El chacal y la hija del sol Capítulo 22 #3
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Capítulo 22 #3

—Te lo contaré todo —le prometí—. Pero primero tú me contarás cómo te pidió que fueras su esposa.

Baset miró a Horus, y la sonrisa que compartieron fue tan íntima que aparté la vista por pudor y ternura al mismo tiempo.

—Con dificultad —respondió ella—. Con discusiones, silencios, muchas miradas de Isis capaces de matar flores a distancia y una intervención de Osiris que todavía no sé si agradecer o temer.

—Agradécela —dijo Anubis.

La cena continuó entre conversaciones más ligeras, aunque bajo ellas seguían latiendo todas las tensiones de siempre, porque Ra no había aparecido todavía, e Isis, aunque presente al fondo del jardín junto a varios nobles, sonreía demasiado poco para que aquello pudiera considerarse paz.

Pero aquella noche, al menos durante unos instantes, decidí no mirar demasiado hacia donde estaban ellos.

Miré a Baset, radiante.

A Horus, libre.

A Tefnut, otra vez cerca.

A Selene y Akasha, entrando en un mundo que no era el suyo sin perder la firmeza.

A Sobek, incapaz de apartar del todo los ojos del agua que danzaba alrededor de los dedos de mi hermana.

Y a Anubis, que me observaba como si hubiera sabido exactamente hacia dónde terminaría yendo mi mirada.

—¿Qué? —pregunté en voz baja.

—Nada.

—Mientes.

Su mano se deslizó apenas por mi espalda.

—Estoy comprobando si Tebas sigue teniendo la capacidad de hacerte sentir pequeña.

Miré el jardín, las luces, el agua, mis hermanas, la boda que se preparaba, la felicidad frágil que habíamos conseguido arrancarle a tanta imposición, y después volví a mirarlo a él.

—No —respondí, entrelazando mis dedos con los suyos bajo la mesa—. Ya no.

Anubis apretó fuerte mis manos y la sonrisa que apareció en su boca fue pequeña, arrogante y profundamente suya.

Y por primera vez desde que pisamos de nuevo Tebas, creí que quizá aquella ciudad podía recibirnos sin devorarnos.

Al menos esa noche.

La ceremonia se celebró en la sala del trono, no en los jardines ni en ningún patio abierto donde la música, las flores y el agua pudieran suavizar lo que estaba a punto de ocurrir, porque una boda como aquella no era solo la unión de Horus y Baset, sino una declaración pública ante todo Egipto,

una rectificación política disfrazada de celebración y, sobre todo, una demostración de que Osiris había decidido sostener la voluntad de su hijo incluso frente al disgusto silencioso de Isis y la furia apenas contenida de mi padre.

La sala estaba irreconocible.

Donde semanas atrás había sentido el aire cargado de acusaciones, orgullo herido y amenazas de guerra, aquella mañana se alzaban estandartes blancos y dorados, guirnaldas de loto suspendidas entre las columnas,

braseros encendidos con resinas dulces y bandejas de ofrendas colocadas a ambos lados del pasillo central, mientras la corte de Tebas, ampliada por dioses llegados de todos los rincones de Egipto,

llenaba cada rincón con un murmullo reverente que parecía crecer y apagarse al ritmo de las miradas dirigidas hacia la pareja.

Habían acudido todos, o casi todos.

Dioses de todas partes de Egipto acudieron, del desierto, de la guerra, de la cosecha, del cielo y de las tormentas ocupaban sus lugares bajo los relieves antiguos, algunos sinceramente felices por Horus, otros deseosos de contemplar cómo aquella unión alteraba los equilibrios del trono,

y otros simplemente atentos al espectáculo de ver a Baset, hija de Ra, colocarse junto al heredero con una serenidad que nadie habría imaginado en ella meses atrás, porque Baset ya no parecía una pieza movida por manos ajenas,

sino una mujer que había llegado al centro de la sala por decisión propia y estaba dispuesta a permanecer allí sin pedir perdón por ello.

Yo la observaba desde una posición cercana a la plataforma, al lado de Anubis, con Selene, Akasha, Unar y Geb algo más atrás, todos vestidos con la sobriedad oscura de Hardai entre el resplandor ceremonial de Tebas,

y aunque en otros tiempos aquella diferencia habría bastado para recordarme que no pertenecíamos a ese lugar, ahora me pareció casi una respuesta silenciosa, una sombra firme en medio de tanta luz, una prueba de que mi vida ya no dependía de encajar en el espacio que otros habían reservado para mí.

Anubis permanecía a mi lado, elegante y oscuro, con el rostro imperturbable y una mano apoyada apenas en la parte baja de mi espalda, un gesto mínimo que nadie podría reprocharle y que, sin embargo, me sostenía más de lo que él habría reconocido jamás en voz alta.

No miraba a Ra, aunque sabía perfectamente dónde estaba; no miraba a Isis, aunque ella, desde el lado opuesto de la sala, parecía sentir cada uno de sus silencios como una insolencia; miraba a Horus, y en esa mirada había algo discreto, contenido, casi fraternal,

una satisfacción que él jamás habría llamado ternura, aunque se le notara en la forma en que la tensión de sus hombros cedía cada vez que su hermano sonreía.

Horus estaba radiante.

No de una manera ostentosa ni juvenil, sino con esa felicidad serena de quien ha cruzado demasiadas obligaciones antes de llegar a una sola elección verdadera, y cuando Baset avanzó hacia él por el pasillo central, vestida con lino claro bordado en oro viejo,

el cabello recogido con pequeñas piezas de lapislázuli y los ojos brillantes bajo el peso de todas las miradas, vi cómo el príncipe heredero dejaba de parecer heredero durante un instante y se convertía simplemente en un dios incapaz de apartar los ojos de la mujer que amaba.

La corte también lo vio.

Tal vez por eso el murmullo se volvió más suave.

Ra estaba al otro lado de la sala, erguido, impecable, con la luz aferrándose a él como siempre, aunque aquella vez no parecía dueño de ella, sino prisionero de una dignidad demasiado rígida para permitirle moverse con naturalidad.

No sonreía. Ni siquiera fingía hacerlo bien.

Su rostro conservaba esa serenidad abrasadora que tantos confundían con calma, pero yo conocía el hierro debajo, el modo en que sus ojos evitaban detenerse demasiado tiempo en Baset porque hacerlo significaba reconocer que otra de sus hijas había escapado del destino que él consideraba más adecuado.

Isis, en cambio, sonreía.

Y eso era peor.

Su sonrisa era perfecta, de reina, de madre orgullosa, de esposa sentada junto al rey; una sonrisa para la corte, para los enviados, para los escribas y para todas las versiones futuras de aquella boda, pero no para Horus, no de verdad,

porque cada vez que sus ojos se posaban en Baset había una frialdad apenas perceptible, una aceptación externa que no lograba esconder del todo la ofensa de haber sido desobedecida por su propio hijo.

Osiris no sonreía mucho, pero su presencia bastaba para sostenerlo todo.

Ocupaba el centro de la plataforma con una solemnidad que hacía que incluso los dioses más antiguos guardaran cierta distancia, y cuando Horus y Baset se arrodillaron ante él, uno junto al otro, la sala entera pareció inclinarse con ellos,

como si todos comprendiéramos que aquel rito no unía solo dos cuerpos ni dos linajes, sino dos voluntades que habían tenido que abrirse paso entre demasiadas manos intentando separarlas.

El rito fue largo, antiguo y hermoso.

Osiris invocó a los nombres mayores, a las aguas que alimentaban Egipto, al sol que marcaba los ciclos, a la tierra que sostenía las casas, a las estrellas que vigilaban los juramentos y a los muertos que habían preservado la memoria de nuestras estirpes,

y mientras su voz grave recorría la sala con una cadencia casi hipnótica, Horus tomó las manos de Baset entre las suyas y repitió las palabras de unión sin vacilar, mirándola a ella y solo a ella,

como si toda la corte hubiera desaparecido y ningún dios presente importara más que aquel rostro que se alzaba hacia el suyo con lágrimas contenidas y una felicidad tan luminosa que me obligó a apretar los labios para no llorar también.

Baset respondió con voz firme, aunque se le quebró apenas al final, y ese pequeño temblor la volvió aún más hermosa, más verdadera, más mía, porque bajo las joyas, bajo el lino, bajo el título que estaba a punto de recibir, seguía siendo mi hermana,

la misma que había temido no encajar en ninguna parte y que ahora, delante de todo Egipto, elegía su lugar sin esconderse.

Cuando Osiris colocó sobre sus manos unidas el símbolo real de la casa de Tebas, la luz de los braseros se elevó un instante, no como amenaza ni como prodigio violento, sino como una aceptación solemne, y la voz del rey se impuso sobre la sala con una claridad definitiva.

—Ante esta corte, ante los dioses reunidos y bajo la ley antigua de Egipto, reconozco la unión de Horus, príncipe heredero, y Baset, hija de Ra, y los declaro desde este momento nuevos príncipes de Egipto.

El estallido de aplausos fue inmediato.

La sala entera se llenó de vítores, de palmas, de voces alzándose para felicitar a la pareja, de música que comenzó a sonar desde los laterales y de flores lanzadas al aire por las doncellas,

mientras Horus se incorporaba y ayudaba a Baset a ponerse en pie antes de besarle los nudillos con una delicadeza que la hizo sonreír como si estuviera a punto de romperse de alegría.

Yo aplaudí con las manos temblorosas.

Tefnut, a pocos pasos, lloraba sin disimulo, y Sobek, que había intentado mantener cierta compostura durante toda la ceremonia, la miraba más a ella que a los recién casados, como si la emoción de la diosa de las aguas le resultara un fenómeno mucho más interesante que cualquier rito real.

Geb silbó por lo bajo hasta que Unar le dio un golpe discreto en el costado.

Akasha sonrió apenas, lo justo para que nadie pudiera acusarla de sentimental, y Selene inclinó la cabeza con una elegancia serena que parecía guardar respeto por algo más profundo que la ceremonia.

Anubis no aplaudió de inmediato.

Durante un segundo se quedó quieto, mirando a su hermano, y luego, con una lentitud que parecía casi una concesión arrancada a su orgullo, unió las manos en un aplauso sobrio, contenido, pero sincero.