Capítulo 22 #2
Esta vez no había sacerdotes esperando con acusaciones, ni escribas dispuestos a convertir cada respiración nuestra en escándalo, sino una escolta formal enviada por Osiris para conducirnos al palacio, lo bastante solemne para honrar nuestra llegada y lo bastante medida para recordarnos que,
aunque acudíamos a una boda, Tebas seguía siendo Tebas.
Anubis me ofreció la mano para descender, y aunque el gesto ya no tuvo la violencia pública de aquella primera vez, siguió provocando murmullos entre quienes miraban desde los embarcaderos, porque había algo en verlo tocarme con naturalidad,
en ver mis dedos cerrarse sobre los suyos sin temor ni duda, que hacía más real que cualquier sentencia aquello que muchos aún preferían considerar imposible.
—¿Preparada? —preguntó en voz baja, lo bastante cerca para que solo yo lo oyera.
—Para una boda sí. Para mi padre, nunca.
Su boca se curvó apenas.
Me miró con esa arrogancia oscura que tanto me irritaba y tanto me pertenecía ya.
Subimos hacia el palacio entre columnas cubiertas de guirnaldas, telas claras, lámparas suspendidas y cuencos de perfume encendidos, y por primera vez desde que conocía Tebas la ciudad parecía haber decidido dejar a un lado la severidad para vestirse de celebración.
No nos condujeron a la sala del trono, gracias a todos los dioses, sino a uno de los jardines interiores, un jardín de loto abierto bajo el cielo nocturno, donde los estanques reflejaban la luna en fragmentos de plata,
las flores flotaban sobre el agua como pequeñas copas pálidas y las mesas bajas se distribuían entre columnas cubiertas de lino, antorchas suaves y lámparas de aceite que daban al lugar una intimidad casi imposible dentro de aquel palacio.
La cena nupcial ya había comenzado cuando llegamos.
La música era baja, cálida, acompañada por el murmullo contenido de conversaciones y risas discretas, y durante un instante me permití observarlo todo como si no perteneciera a ninguna guerra: las bandejas de fruta, los cálices de vino, los velos moviéndose con la brisa,
el perfume de los lotos mezclado con mirra y miel, los dioses reunidos sin armaduras visibles, aunque todos lleváramos las nuestras bajo la piel.
Baset fue la primera en verme.
Estaba junto a Horus, vestida con un lino dorado muy suave que no competía con su belleza, sino que parecía rendirse ante ella, y cuando nuestros ojos se encontraron su rostro se iluminó de una forma tan pura que se me apretó el pecho.
No esperó protocolo. No esperó a que nadie nos anunciara.
Se levantó y vino hacia mí con los ojos brillantes, tan feliz que por un segundo volvió a parecer mi hermana antes que futura reina.
—Has venido —susurró, abrazándome.
La estreché con fuerza.
—Claro que he venido.
—Tenía miedo de que Tebas te pesara demasiado.
—Me pesa —admití, cerrando los ojos un instante—, pero tú más.
Baset se rio contra mi hombro, emocionada, y cuando se apartó me tomó las manos, miró el anillo de Anubis y después mi rostro, como si aún necesitara comprobar que yo estaba bien, que seguía entera, que la sombra de Hardai no me había arrebatado nada que no hubiera elegido entregar.
Horus se acercó detrás de ella, y la felicidad en su rostro era menos desbordada, pero igual de evidente, una serenidad luminosa que le quitaba años de encima y lo volvía más cercano, más libre, más él.
—Hathor —dijo con una inclinación cariñosa—. Anubis.
Anubis lo miró de arriba abajo con fingida gravedad.
—Hermano.
Horus sonrió.
—Anubis.
Ambos se fundieron en un abrazo cordial.
Horus soltó una risa baja, y durante un instante los cuatro compartimos algo parecido a una normalidad que antes habría parecido imposible.
—¿Y cómo lo llevan? —pregunté al fin, bajando un poco la voz, aunque no necesitaba decir sus nombres para que todos supieran a quién me refería—. Isis y mi padre.
La sonrisa de Baset perdió apenas un poco de brillo, no lo suficiente para apagarse, pero sí para recordar que incluso la felicidad podía celebrarse bajo vigilancia.
—No especialmente bien.
Horus entrelazó los dedos con los suyos, delante de todos, sin esconderse.
—Mi madre ha decidido llamarlo “un giro inconveniente de los acontecimientos”, que en su idioma significa que está furiosa, y Ra lleva días comportándose como si cada arreglo floral fuera una provocación personal.
Anubis arqueó una ceja.
—Me decepciona no haber sido invitado a verlo.
—Lo has sido a la boda —respondió Horus—. Sobrevive a eso primero.
Antes de que Anubis pudiera responder, una voz familiar me llegó desde el otro lado del jardín, suave y quebrada por la emoción.
—Hathor.
Me giré.
Y la vi.
Tefnut estaba de pie junto a uno de los estanques, tan hermosa que por un instante el ruido del jardín pareció apagarse a su alrededor.
Tenía el cabello oscuro y larguísimo, cayéndole por la espalda como una corriente de agua negra bajo la luz de la luna, y los ojos grises, claros, profundos, de ese tono imposible que no pertenecía del todo al cielo ni a la tormenta, sino a la lluvia antes de caer.
Su belleza no era dorada como la de Baset ni cálida como la mía había intentado ser siempre; la suya era húmeda, serena, envolvente, una belleza de agua quieta capaz de arrastrarlo todo sin levantar la voz.
Durante un segundo ninguna de las dos se movió.
Luego corrimos.
No sé quién dio el primer paso, solo que de pronto estaba en sus brazos y ella en los míos, y todo lo que no habíamos podido decirnos durante semanas se rompió en un abrazo tan fuerte que me dejó sin aire.
Tefnut olía a lluvia, a papiro fresco y a flores mojadas, y al sentirla contra mí algo antiguo se me deshizo dentro, porque habíamos sido tres durante demasiado tiempo como para que mi vida pudiera recomponerse del todo sin volver a tocar aquella parte de mí.
—Pensé que no te volvería a ver —murmuré contra su cabello.
—Yo pensé que no me perdonarías haberme quedado lejos aquel día.
Me aparté apenas para mirarla.
—Tefnut...
—Lo sé —dijo, y sus ojos grises se llenaron de lágrimas—. Sé que entendiste por qué lo hice, pero aun así me dolió no estar contigo.
Le tomé el rostro entre las manos.
—Estás aquí ahora.
Ella sonrió, y al hacerlo una lágrima le resbaló por la mejilla, pero no llegó a caer.
Se quedó suspendida en el aire, temblando como una gota de cristal, antes de regresar suavemente hacia el estanque más cercano.
El agua respondió a su emoción con un movimiento delicado, casi imperceptible al principio, hasta que los lotos comenzaron a girar lentamente sobre la superficie, siguiendo una corriente que no venía del viento ni de fuente alguna, sino de ella.
Fue entonces cuando noté que alguien la miraba.
Sobek.
Estaba al otro lado del jardín, con una copa detenida a medio camino de la boca, observando a Tefnut con una atención que no tenía nada de casual.
El dios del Nilo, acostumbrado a las aguas vivas, a la fuerza del río y al movimiento profundo de las corrientes, parecía haberse quedado atrapado en aquella pequeña demostración involuntaria de poder, en la forma en que Tefnut movía el agua sin esfuerzo, sin alardes,
como si el mundo líquido simplemente reconociera su estado de ánimo y acudiera a consolarla.
Anubis también lo vio, por supuesto.
Lo miré de reojo.
—No empieces.
—No he dicho nada.
Anubis dejó que la mirada se deslizara otra vez hacia Sobek, que seguía fingiendo no mirar mientras miraba de todos modos.
—Sobek mirando a tu hermana como si acabara de descubrir un nuevo afluente del Nilo, como mínimo, es digno de observación.
Tefnut, que había oído lo suficiente, se volvió hacia él con una mezcla de vergüenza y dignidad.
—Vos debéis de ser Anubis.
Él inclinó apenas la cabeza, más educado de lo que esperaba.
—Y vos Tefnut, la hermana prudente.
Ella parpadeó, sorprendida.
—¿Prudente?
—Hathor habla de vos como si fuerais la única capaz de pensar antes de incendiar algo.
—Eso no es exactamente lo que digo —protesté.
Anubis me miró.
—Es una traducción generosa.
Tefnut sonrió, y aquella sonrisa, tan suave, me hizo sentir de nuevo en casa de una forma extraña.
Presenté entonces a Selene y Akasha, que habían permanecido un poco apartadas, observando la escena con esa mezcla de respeto y vigilancia propia de Hardai.
Selene saludó a Baset, Horus y Tefnut con una elegancia impecable, y Akasha lo hizo con una inclinación más breve, menos dócil, aunque no descortés.
Baset las recibió con calidez inmediata, quizá porque había entendido que si aquellas mujeres habían cruzado con nosotros desde Hardai no eran simples acompañantes, sino parte del mundo que ahora también era mío, y Horus, mucho más consciente de la importancia política de su presencia,
les agradeció haber acudido a la celebración.
—Hardai no suele prestar a los suyos para cenas de Tebas —comentó Horus.
Akasha sostuvo su mirada.
—Hardai no presta nada. Decide.
Anubis soltó una risa baja.
—Está siendo amable.
—Estoy siendo precisa —replicó ella.
Horus sonrió, sin ofenderse.
—Entonces me alegra que hayáis decidido venir.
Geb y Unar llegaron unos pasos detrás, y la noche terminó de llenarse de esa extraña mezcla de mundos que semanas atrás habría parecido imposible: Tebas y Hardai compartiendo mesa, mi hermana y Horus sonriendo sin esconderse,
Tefnut moviendo sin querer el agua de los estanques cada vez que se emocionaba demasiado, Sobek fingiendo un interés repentino por su copa cada vez que ella miraba en su dirección, y Anubis a mi lado, oscuro entre la luz de las lámparas,
con una mano apoyada en mi espalda de una manera tan natural que casi dolía recordar cuánto había costado llegar hasta allí.
Baset nos condujo hacia una de las mesas más cercanas al estanque, aún aferrada a mi mano como si temiera que desapareciera si me soltaba demasiado pronto.
—Tienes que contarme todo —dijo en voz baja—. Hardai, Selene, Akasha, cómo es vivir allí, cómo es él cuando no está intentando aterrorizar a media corte...
—Sigo aquí —dijo Anubis.
Baset ni siquiera se inmutó.
Horus se rio, y yo sentí que algo dentro de mí se aflojaba.