El chacal y la hija del sol Capítulo 22
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Capítulo 22

La ceremonia

Habían pasado semanas desde nuestro regreso a Hardai, y durante ese tiempo la ciudad de los muertos había dejado de parecerme una frontera oscura para convertirse, poco a poco, en algo peligrosamente parecido a un hogar, no porque hubiera perdido su misterio ni porque sus calles de piedra negra,

sus canales silenciosos y sus templos iluminados por llamas azules hubieran dejado de recordarme que allí la muerte no era una sombra lejana, sino una presencia cotidiana, sino porque yo había empezado a entender que aquel reino no estaba construido para asustar a los vivos,

sino para custodiar con dignidad a quienes ya habían cruzado el último umbral.

Las mañanas pertenecían a los deberes reales, a las audiencias, a los informes, a las disputas entre casas antiguas y a los vivos que acudían a Hardai buscando despedirse de quienes amaban, y Anubis, para sorpresa de muchos y quizá también para la mía, no me relegó jamás a un lugar decorativo,

sino que me permitió sentarme a su lado, escuchar, preguntar e intervenir cuando lo consideraba necesario, aunque después discutiéramos durante horas porque él creía que mi compasión podía convertirse en debilidad y yo insistía en que su frialdad, a veces,

era solo una armadura demasiado bien pulida.

Selene y Akasha se encargaron de enseñarme aquello que nadie aprendía en los salones de Tebas: las leyes no escritas de Hardai, el lugar que ocupaban las almas recientes, los guardianes de las puertas,

las familias que desconfiaban de mí por ser hija de Ra y las otras que empezaban a inclinar la cabeza no por miedo, sino por respeto; Selene lo hacía con paciencia y elegancia, como si cada explicación formara parte de una ceremonia,

mientras Akasha prefería advertirme de los peligros sin suavizar una sola palabra, recordándome que en el reino de los muertos incluso los silencios podían tener dientes.

Y aun así, era feliz.

Lo fui de una forma que jamás había conocido en Tebas ni en Alejandría, una felicidad imperfecta, intensa, llena de deberes, discusiones y noches demasiado cortas, porque cuando el día terminaba y Hardai se cubría de luna y estrellas,

Anubis y yo dejábamos atrás el peso del reino para perdernos el uno en el otro, entre sábanas oscuras, piel cálida y esa clase de deseo que ya no nacía de la rabia ni del desafío, sino de algo más profundo, más peligroso y nuestro.

Él seguía siendo arrogante, insoportable y demasiado consciente del efecto que provocaba en mí, pero también había empezado a mostrarme partes de sí mismo que la corte jamás habría creído posibles, pequeños gestos de cuidado que escondía detrás de órdenes secas,

miradas que duraban un segundo más de lo debido y una forma de buscarme incluso dormido, con la mano cerrándose sobre mi cintura, como si la noche solo estuviera completa si podía asegurarse de que yo seguía allí.

Una mañana, después de una de esas noches en las que apenas habíamos permitido que el sueño nos separara, desperté con la luz pálida de Hardai filtrándose entre las cortinas y el cuerpo de Anubis a mi espalda, cálido, firme, demasiado cómodo para un dios acostumbrado a la guerra,

y estaba a punto de volver a cerrar los ojos cuando llamaron a la puerta.

Él no se movió.

—Si es Unar —murmuró contra mi hombro, con voz ronca—, lo voy a matar.

—Eso sería bastante poco creíble viniendo de ti.

—Puedo ser muy convincente cuando quiero.

Volvieron a llamar, y Anubis soltó una exhalación de fastidio antes de incorporarse lo justo para ordenar la entrada. Una sirvienta apareció con una bandeja entre las manos, y sobre ella reposaba un cilindro sellado con cera roja y dorada.

Tebas.

El simple color del sello bastó para que la calma de la habitación se quebrara.

Me incorporé despacio, sujetando la sábana contra el pecho, mientras Anubis tomaba la misiva con esa expresión de desprecio tranquilo que usaba siempre que esperaba encontrar dentro una amenaza, una exigencia o alguna nueva forma de arrogancia escrita por mi padre.

—Si Ra ha vuelto a amenazar con quemar Hardai —dijo, rompiendo el sello—, esta vez pienso responderle.

—Anubis.

A pesar de la tensión, casi sonreí, pero la sonrisa murió cuando lo vi leer las primeras líneas y detenerse.

—¿Qué ocurre?

Él no respondió de inmediato, y aquello me puso aún más nerviosa.

Me incliné para leer, pero, por supuesto, levantó el pergamino un poco más.

—No juegues conmigo ahora.

—Estoy comprobando si has aprendido paciencia.

—Y yo sí puedo estrangularte con una sábana.

Su boca se curvó apenas, pero me entregó la carta.

Leí con el corazón encogido, preparada para encontrar otra acusación, otra orden, otra herida enviada desde Tebas con tinta elegante, pero lo que encontré fue tan inesperado que tuve que leerlo dos veces.

No era una amenaza.

Era un anuncio.

Por orden y bendición de Osiris, se comunicaba la próxima celebración de una boda real entre Horus, príncipe heredero de Egipto, y Baset, hija de Ra.

Durante un instante no pude respirar.

—Baset... —susurré, como si el nombre necesitara salir de mi boca para volverse real.

Anubis se recostó contra el cabecero, observándome con una calma que no llegaba a ocultar del todo su sorpresa.

—Parece que mi hermano ha decidido terminar de arruinarle los planes a su madre.

—Se van a casar.

—Eso dice la carta.

—Baset se va a casar con Horus.

Lo miré, con los ojos llenos de lágrimas antes de poder evitarlo.

—Lo han conseguido.

Anubis sostuvo mi mirada unos segundos, y esta vez no hizo ninguna broma.

—Sí.

Apreté la carta contra el pecho, incapaz de contener la emoción que me subía por la garganta, porque durante semanas había temido que mi elección hubiese destrozado la vida de mi hermana, que mi libertad hubiera condenado la suya a otro tipo de jaula,

y de pronto aquella misiva traía una verdad sencilla y luminosa en medio de tantas sombras: Baset había elegido, Horus también, y Osiris había decidido sostener esa elección delante de todos.

—Nos invitan como testigos principales —murmuré, leyendo de nuevo la última parte.

Anubis arqueó una ceja.

—Es la boda de mi hermana.

—Y de mi hermano.

—¿Te alegra?

Tardó un segundo en responder, y ese segundo fue suficiente para que yo comprendiera que sí, aunque jamás lo admitiría con facilidad.

—Horus llevaba demasiado tiempo intentando ser el hijo perfecto para su madre, ha sido perfecto con todos, menos consigo mismo.

Sonreí despacio.

—Eso ha sonado casi tierno.

Me miró con una amenaza tan fingida que acabé riéndome, y entonces él me atrajo hacia su pecho, envolviéndome entre sus brazos mientras la carta quedaba atrapada entre los dos, un pedazo de Tebas en mitad de nuestra cama de Hardai.

—Tendremos que volver —dije en voz baja.

Sentí cómo su respiración cambiaba apenas.

—Sí.

—Ra estará allí.

—Probablemente furioso.

—Isis también.

—Entonces procuraré no apagar el sol durante la ceremonia.

Alcé la cabeza para mirarlo.

—Ni se te ocurra. Esta vez que nadie toque el cielo.

—No prometo nada si alguien provoca.

Le di un golpe suave en el hombro, pero él sonrió, esa sonrisa canalla y arrogante que seguía siendo tan suya incluso cuando me sostenía con una ternura que nunca habría reconocido en voz alta.

Me quedé un momento mirándolo, con la carta todavía entre los dedos y el pecho lleno de una alegría extraña, frágil, casi culpable, porque sabía que nada que llegara de Tebas era sencillo y que una boda real podía ser tanto una celebración como un nuevo campo de batalla.

Pero aquella mañana decidí no adelantarme al desastre.

Por una vez, dejé que la felicidad existiera.

Baset iba a casarse por amor.

Horus iba a elegir delante de todos.

Y yo, en brazos de Anubis, dentro del reino de los muertos, comprendí que algunas rupturas no solo destruyen lo que éramos, sino que también abren una puerta para que otros respiren.

Volver a Tebas no tuvo esta vez el sabor amargo de una rendición, aunque tampoco fue sencillo, porque por más que ya no regresara como una hija reclamada ni como una pieza fugitiva,

la ciudad seguía teniendo la extraña capacidad de despertar en mí todas las versiones antiguas que había intentado dejar atrás, y mientras la barcaza de Hardai avanzaba por el Nilo bajo una luz de atardecer que doraba las aguas con una calma casi ofensiva,

sentí que el pasado no desaparecía nunca del todo, sino que aprendía a observarte desde otra distancia, esperando el menor descuido para recordarte que aún conocía tu nombre.

Esta vez no viajábamos solos.

Unar y Geb permanecían cerca de la proa, hablando en voz baja con esa mezcla de vigilancia y familiaridad que siempre adoptaban cuando Anubis se acercaba demasiado a territorio hostil, Selene contemplaba la ciudad con una serenidad elegante,

atenta a cada detalle sin permitir que nada alterara su compostura, y Akasha, en cambio, no hacía el menor esfuerzo por disimular su desconfianza, apoyada contra uno de los laterales de la barcaza con los brazos cruzados y la mirada afilada, como si ya hubiese decidido que cada columna blanca,

cada guardia dorado y cada estandarte solar escondían una posible traición.

—Tebas siempre me ha parecido demasiado luminosa —murmuró Akasha, sin apartar los ojos del palacio—. Da la impresión de que intenta cegar a todo el mundo para que nadie mire debajo.

Anubis soltó una breve exhalación, casi divertida.

—Por una vez, no estás equivocada.

Yo no pude evitar sonreír, y Anubis, que lo vio, inclinó apenas la cabeza hacia mí con esa expresión suya de arrogancia tranquila que siempre parecía decir que el mundo podía ponerse en pie de guerra si quería, siempre que yo no dejara de sonreír demasiado pronto.

Atracamos sin el teatro hostil de la última vez, aunque los guardias del puerto siguieron observando a Anubis con una mezcla de respeto, cautela y miedo que ya no intentaban ocultar del todo,

porque después de haber visto el sol apagarse sobre Tebas nadie podía mirar al señor de Hardai como si fuera solo un príncipe incómodo.