Capítulo 21 #6
Anubis cerró los ojos un segundo, inmóvil, con gotas resbalándole por las pestañas, por la mandíbula, por el cuello, y cuando volvió a abrirlos había en ellos una oscuridad divertida que me robó el aliento.
—Ten cuidado, esposa.
La palabra me atravesó de una forma distinta dicha por él.
Esposa.
—¿O qué? —susurré.
No respondió enseguida.
Se movió en el agua con una lentitud deliberada, acercándose hasta que la distancia entre nosotros empezó a desaparecer, y cada onda cálida contra mi piel pareció anticipar el contacto antes de que sucediera.
Cuando sus dedos rozaron mi muñeca bajo la superficie, sentí el vínculo despertar con una vibración suave, una cuerda invisible tensándose entre mi pecho y el suyo.
La magia respondió.
No como en el puerto.
No como la sombra enfrentándose al sol ni como el eclipse devorando Tebas, sino de una forma íntima, profunda, secreta, casi sagrada.
El agua se oscureció alrededor de sus manos con una negrura suave, líquida, atravesada por filamentos dorados que nacían de mí sin que pudiera impedirlo, hilos de luz cálida que se enredaban con su sombra hasta formar pequeñas espirales que ascendían entre nosotros como humo bajo la superficie.
Anubis miró el agua.
Después me miró a mí.
—Sigues brillando incluso cuando intentas esconderte.
—Y tú sigues envolviéndolo todo en sombras incluso cuando finges que nada te importa.
Su mano subió por mi brazo, lenta, firme, dejando una estela oscura en el agua que mi luz perseguía sin que yo supiera cómo detenerla.
—Hay cosas que sí me importan.
La confesión fue tan baja que casi se perdió entre el vapor.
Pero la oí.
Me acerqué sin pensar, o quizá pensando demasiado, y apoyé una mano en su pecho. Bajo la piel húmeda, su corazón latía con una fuerza que desmentía toda su calma. Anubis cerró los ojos un instante, apenas, como si aquel contacto le doliera y lo aliviara al mismo tiempo.
Me incliné hacia él.
No hubo prisa. No aquella vez. No hubo rabia buscando una salida ni desafío disfrazado de beso.
Solo el instante suspendido entre su respiración y la mía, el agua caliente rodeándonos, la luz y la sombra girando bajo la superficie como si también ellas hubieran decidido dejar de pelear por un momento.
Cuando sus labios tocaron los míos, el mundo se cerró en vapor, piel y magia.
Anubis me besó con una contención que duró muy poco, porque en cuanto mis dedos se cerraron sobre su nuca y mi cuerpo se acercó al suyo, algo en él cedió.
Sus manos me rodearon la cintura y me atrajeron con una firmeza que me hizo soltar una exhalación contra su boca.
Yo lo dejé. Lo busqué. Me hundí en él igual que en el calor del agua, en su olor a mirra y humo, en la tensión de sus músculos bajo mis manos, en esa forma suya de besar como si no pidiera permiso al mundo para desear nada, pero sí a mí para cruzar cada límite.
Y yo se lo di.
Con la boca.
Con las manos.
Con el cuerpo entero inclinándose hacia el suyo.
La magia estalló alrededor de nosotros en silencio, sin romper nada, sin destruir, solo elevando el agua en pequeñas ondas luminosas que tocaron los bordes de la bañera y regresaron hacia nosotros como si la estancia respirara con nuestro mismo pulso.
Mi luz dorada se enredó en sus sombras, y esta vez no se enfrentaron.
Se reconocieron. Se buscaron. Se mezclaron bajo nuestra piel hasta que ya no supe dónde terminaba mi calor ni dónde empezaba su oscuridad.
Anubis me alzó con una facilidad que todavía conseguía desarmarme, sentándome sobre sus piernas, y el agua se desbordó en una oleada suave sobre la piedra.
Me besó el cuello, la línea de la mandíbula, el hueco bajo la oreja, y yo cerré los ojos mientras el placer me recorría despacio, profundo, acompañado por esa sensación imposible de estar cayendo y siendo sostenida al mismo tiempo.
—Hathor —murmuró contra mi piel.
Mi nombre en su boca no sonó como el de mi padre.
No sonó a propiedad.
No sonó a deber.
Sonó a deseo, a promesa, a rendición.
Le tomé el rostro entre las manos y lo obligué a mirarme.
—Te amo Anubis.
Su mirada se oscureció.
—Yo también, Hathor.
Y entonces volvió a besarme, esta vez con una intensidad que borró cualquier pensamiento que no fuera él, el agua, la noche, el vínculo latiendo entre nosotros y la certeza abrumadora de que aquella bañera,
que semanas atrás había sido testigo de una tensión insoportable entre dos enemigos destinados a herirse, se convertía ahora en el lugar donde dejamos de pelear contra lo inevitable.
Nos amamos allí, entre vapor y sombras, con la ciudad de Tebas respirando al otro lado del balcón y el palacio entero ignorando que, mientras Ra e Isis se consumían en su indignación y Osiris recuperaba el aliento junto a Nefthis,
yo dejaba de sentir mi elección como una condena y empezaba a comprenderla como un regreso.
No a Tebas.
No a mi padre.
No a la vida que habían diseñado para mí.
Sino a mí misma.
Y cuando más tarde apoyé la frente contra el hombro de Anubis, agotada, envuelta en agua tibia y en el círculo oscuro de sus brazos, sentí sus labios rozarme el cabello con una delicadeza que jamás habría imaginado en él.
Cerré los ojos y dormí profundamente.