Capítulo 21 #5
Baset se llevó una mano a la boca, y durante un segundo pareció que iba a romperse.
Luego dio un paso hacia él.
No llegó a tocarlo.
Todavía no.
Pero ya no apartó la mirada.
Horus respiró hondo.
—No sé qué pasará mañana.
—Yo tampoco —respondió ella, con la voz apenas audible.
—Pero ahora se lo quiero.
Anubis soltó una exhalación seca.
—Eso es porque eres joven y estás absurdamente esperanzado.
Horus lo miró, y una sonrisa verdadera, cansada y feliz, le suavizó el rostro.
—Y tú eres insoportable incluso cuando estás de buen humor.
—No estoy de buen humor.
—Has provocado un eclipse para impresionar a tu esposa. Eso, en tu caso, roza la euforia.
Anubis entrecerró los ojos.
—Ten cuidado, hermano.
Pero no había veneno en su voz.
No del todo.
Y aquello, de algún modo, me hizo sentir que el día no terminaba en ruinas, sino en una especie de tregua imposible, frágil, pero real.
Osiris, desde el trono, dejó escapar una respiración larga, casi imperceptible, como si por fin pudiera soltar una parte del peso que había sostenido durante toda la audiencia.
Nefthis estaba a su lado, algo más cerca que antes, mirándolo con un orgullo silencioso que volvió a atravesarme con la misma intuición extraña de antes.
Anubis lo vio otra vez. Yo también. Y cuando su mirada se encontró con la mía, no preguntó, no explicó, no permitió que aquella duda tomara forma, pero supe que lo había registrado todo con la precisión implacable con la que él parecía registrar cada grieta del mundo.
El día terminó medianamente bien.
No en paz, porque la paz era una palabra demasiado limpia para una familia como la nuestra.
Pero sí con algo parecido a una victoria.
Aquella noche nos quedaríamos en Tebas.
En la habitación de Anubis.
La idea me acompañó por los pasillos como una segunda respiración, cálida, incómoda, cargada de todo aquello que no habíamos podido decir delante de los demás.
Los sirvientes nos guiaron por el ala privada del palacio, y aunque yo conocía aquellos corredores de antes, nada en ellos parecía igual, porque no regresaba a la estancia de un príncipe oscuro al que apenas soportaba,
ni a la habitación donde semanas atrás había intentado convencerme de que Anubis no era más que un problema irritante, arrogante y demasiado atractivo para mi tranquilidad, sino al lugar de mi esposo.
Mi esposo.
La palabra seguía teniendo bordes afilados dentro de mí.
Anubis caminaba a mi lado en silencio, y esa falta de palabras, lejos de calmarme, aumentaba cada sensación hasta volverla casi insoportable, porque todavía sentía en la piel el frío de su eclipse, el roce de su mano, el sonido de su voz defendiendo a Nefthis,
la forma en que había oscurecido Tebas como si el cielo fuera una cortina que podía apartar con dos dedos y la manera en que me había mirado cuando Osiris reconoció nuestro matrimonio, no con triunfo público, no con vanidad, sino con algo mucho más peligroso, más íntimo, más difícil de nombrar.
Cuando entramos en su habitación, el aire olía a mirra, a humo apagado y a piedra fresca.
Las puertas se cerraron detrás de nosotros.
Y por primera vez en todo el día, nos quedamos solos.
La bañera nos esperaba al fondo, enorme, tallada en piedra oscura, rodeada de lámparas de aceite y cortinas de lino que se movían apenas con la brisa nocturna que entraba desde el balcón.
El agua humeaba suavemente, perfumada con aceites amargos y flores nocturnas, y la reconocí de inmediato, no por su forma, sino por el recuerdo que me atravesó con una claridad casi física: yo, semanas atrás, hundida hasta el cuello, furiosa, avergonzada,
negándome a admitir que su sola presencia alteraba el aire; él, apoyado junto a una columna, demasiado tranquilo, demasiado cerca, observándome como si la distancia entre el agua y su boca hubiera sido siempre un desafío que tarde o temprano alguno de los dos iba a perder.
Anubis siguió mi mirada.
—La última vez que estuviste aquí —dijo, quitándose los brazaletes con una calma exasperante—, amenazaste con gritar.
Me volví hacia él mientras empezaba a deshacerme de las horquillas del cabello.
—La última vez que estuve aquí, fuiste un descarado.
—Era mi baño.
—Y yo estaba desnuda.
Su boca se curvó apenas.
—Lo recuerdo.
El calor me subió al rostro, pero esta vez no aparté la mirada.
Anubis se acercó despacio, y no sé si fue el cansancio, la tensión acumulada o el simple hecho de que todo lo que había ocurrido aquel día nos había arrancado ya demasiadas máscaras, pero no retrocedí.
Él se detuvo frente a mí, lo bastante cerca para que pudiera sentir el calor de su cuerpo atravesando el aire entre nosotros, y me miró con esa intensidad oscura que antes me habría hecho buscar una pelea solo para no reconocer lo mucho que me afectaba.
—Hoy casi ahogas la luz del mundo —dije, intentando sonar más ligera de lo que me sentía.
—Yo solo apagué el sol un momento.
—Eso no lo hace mejor.
—Lo hace memorable.
Lo miré con incredulidad.
—Eres insoportable.
—Y aun así te has casado conmigo.
—Empiezo a pensar que fue bajo alguna clase de hechizo.
Anubis bajó la mirada hacia mi boca, lenta, deliberadamente, y cuando volvió a mis ojos su sonrisa tenía algo de pecado y de promesa.
—Si hubiera querido hechizarte, Hathor, lo sabrías.
Sentí que el pulso se me aceleraba.
Su mano subió hasta mi cuello, no para sujetarme, sino para retirar con cuidado un mechón que se había soltado sobre mi piel. El gesto fue tan suave que resultó casi más devastador que cualquier provocación.
Tragué saliva.
Anubis deslizó los dedos desde mi cuello hasta mi muñeca, rozando el anillo con el pulgar.
—Cuando alzaste la mano y mostraste mi sello, pensé que Ra iba a intentar matarme allí mismo.
Su sonrisa regresó, oscura, chula, absolutamente suya.
—Me habría incomodado. Estaba disfrutando demasiado de su cara.
No pude evitar reírme, una risa baja, cansada, que se rompió enseguida en algo más frágil.
Anubis me observó como si aquel sonido le hubiera tocado un lugar que no estaba dispuesto a reconocer.
—Ven —dijo.
No fue una orden del todo.
O quizá sí, pero una que mi cuerpo decidió obedecer antes de que mi orgullo pudiera discutirla.
Nos desnudamos poco, entramos en la bañera en silencio, primero él, después yo, y el agua caliente me envolvió con un alivio tan profundo que cerré los ojos apenas toqué el fondo de piedra.
Durante unos minutos no hubo más que el sonido suave del agua moviéndose alrededor de nuestros cuerpos, las lámparas temblando en la penumbra, la noche de Tebas respirando al otro lado del balcón y esa conciencia insoportable de que, después de todo, estábamos allí, vivos, reconocidos,
unidos y solos.
Me senté frente a él, con las rodillas rozando las suyas bajo el agua.
Anubis apoyó los brazos en el borde de la bañera y me miró sin disimulo.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada.
—Mientes.
—Estoy admirando mi victoria.
Entrecerré los ojos.
—¿Perdona?
Su sonrisa se ensanchó apenas.
—Tú. Aquí. En mi bañera. Con mi anillo. Después de que media corte haya tenido que tragarse que eres mi esposa. Si eso no es una victoria, no sé qué lo es.
Le lancé agua al rostro.