El chacal y la hija del sol Capítulo 21 #4
80%

Capítulo 21 #4

—No confundas deseo con derecho.

—No confundas obediencia con honor —respondió Osiris.

Isis dio otro paso hacia él, y por primera vez la máscara dulce se agrietó lo suficiente para dejar ver a la reina debajo, no a la madre, no a la esposa, sino a la estratega que no soportaba que alguien moviera una pieza sin su consentimiento.

—Horus no es un dios cualquiera. Es el heredero. Su unión no puede reducirse a una inclinación adolescente hacia una diosa hermosa.

Baset bajó la mirada como si la frase la hubiera golpeado.

Horus avanzó de inmediato.

—No volváis a hablar de ella así.

La voz de Horus resonó más alta que antes.

Todos lo miraron.

Incluso Anubis.

—No la reduzcáis a eso —continuó Horus, con el pecho subiendo y bajando bajo el esfuerzo de contenerse—.

No es un adorno, ni una distracción, ni una debilidad mía.

La elegí desde que la vi, porque cuando estaba con ella dejaba de sentir que mi vida pertenecía al trono antes que, a mí, porque nunca habría amado a Hathor mientras amaba a Baset, y si durante todo este tiempo callé fue porque creí que mi silencio podía protegerlas a ambas,

pero ya no pienso permitir que sigáis llamando deber a lo que solo ha sido miedo.

Baset lo miraba como si acabara de verlo por primera vez.

No con la admiración inocente de quien descubre una confesión hermosa, sino con la sorpresa estremecida de quien comprende que no había imaginado sola.

Isis apretó la mandíbula.

—Eres mi hijo.

—Y aun así no soy vuestra herramienta.

El golpe fue limpio.

Osiris no intervino.

Ra guardó silencio, pero sus ojos ardían.

Y entonces Nefthis avanzó.

Fue un movimiento pequeño, casi discreto, pero en aquella sala tuvo el efecto de un trueno, porque Nefthis no solía colocarse en el centro de nada, y mucho menos entre Isis y Osiris, entre el poder y la herida,

entre una discusión que llevaba demasiado tiempo alimentándose de historias que nadie se atrevía a nombrar.

—Isis —dijo, con una calma que no logró ocultar el filo de su voz—, déjalo.

Anubis se tensó a mi lado de inmediato.

Lo sentí antes de verlo.

Su mano se cerró en un puño, su mandíbula se endureció y su mirada, que hasta entonces había estado fija en Ra, se desplazó hacia su madre con una atención tan brusca que comprendí que cualquier palabra dirigida a Nefthis podía romperlo mucho más deprisa que cualquier amenaza contra él mismo.

Isis giró hacia su hermana.

—No te entrometas.

—También es mi hijo.

El silencio que siguió fue distinto.

Más antiguo.

Más lleno de cosas no dichas.

Isis sonrió, pero aquella sonrisa no tuvo dulzura alguna.

—Ya lo hiciste una vez, Nefthis, y todos sabemos cómo terminó esa historia.

Nefthis palideció.

Anubis se movió antes de que nadie pudiera preverlo.

No avanzó demasiado, apenas un paso, pero bastó para que la sala entera cambiara de temperatura.

No hubo magia visible, no hubo sombra extendiéndose ni fuego respondiendo, porque Osiris ya había dejado claro que aquello no volvería a convertirse en un campo de batalla, pero la amenaza en el cuerpo de Anubis fue tan brutal que varios nobles retrocedieron de todos modos,

como si hubieran visto abrirse una puerta al inframundo sin necesidad de que esta apareciera.

—No vuelvas a hablarle así —dijo.

No gritó.

No hizo falta.

Isis sostuvo su mirada.

—Qué conmovedor. El hijo defendiendo a la madre que no supo defenderse a sí misma.

Anubis sonrió entonces, pero aquella sonrisa no tenía nada de diversión.

—Tened cuidado, Isis. Mi paciencia está llegando al límite.

El aire se heló.

Yo di un paso hacia él por instinto, no para detenerlo, porque no sabía si alguien podía detenerlo de verdad cuando esa clase de furia lo atravesaba, sino para recordarle, con mi presencia, que seguía aquí, que no estaba solo en mitad de esa herida.

Pero fue Osiris quien habló.

—Isis.

El nombre de su esposa no sonó como llamada, sino como límite.

Ella no apartó la mirada de Anubis.

—¿También vas a defenderla tú?

Osiris descendió un escalón del trono.

—Si sigues usando el pasado para humillar a quienes ya pagaron demasiado por él. Ha sido suficiente.

El impacto fue brutal.

Isis se quedó completamente inmóvil.

Nefthis bajó la vista un segundo, pero cuando volvió a alzarla sus ojos estaban fijos en Osiris, y en ellos vi algo que me estremeció por lo inesperado: orgullo.

No agradecimiento simple, no alivio, sino un orgullo silencioso, profundamente contenido, como si aquel gesto hubiera tocado una parte de ella que llevaba siglos sin ser defendida en voz alta.

Anubis también lo vio.

Su tensión no desapareció, pero cambió de forma.

Primero miró a su madre, después a Osiris, luego a esa mirada entre ambos que duró demasiado poco para ser evidente para toda la sala y demasiado para pasar desapercibida para él.

Yo también lo vi.

Y cuando nuestras miradas se encontraron por un instante, supe que él sabía que yo lo había visto.

Aquello quedó entre nosotros como otra verdad pendiente.

Osiris regresó al centro de la sala, y su voz, cuando volvió a alzarse, ya no dejó espacio para réplicas.

—La corte ha oído suficiente.

Ra avanzó un paso.

—No aceptaré esta vergüenza.

—No te corresponde aceptarla —respondió Osiris—. Te corresponde escuchar la sentencia.

La sala entera se inmovilizó.

Incluso Anubis.

Incluso Ra.

Osiris sostuvo primero la mirada de mi padre, después la de Isis, después la de Horus y, por último, la mía.

—Hathor, hija de Ra, ha declarado ante esta corte que no fue secuestrada, engañada ni retenida contra su voluntad, sino que acudió a Hardai por decisión propia y que permaneció allí por elección propia.

Mi corazón empezó a latir tan fuerte que me costaba escuchar.

—Anubis, príncipe de Egipto y señor de Hardai, no ha negado el vínculo que la une a él, y Hathor porta sobre su mano el sello real de su casa, símbolo reconocido por ley antigua como prueba de pertenencia elegida cuando existe voluntad de ambas partes.

Isis abrió la boca.

Osiris no le permitió hablar.

—No.

Una sola palabra.

La reina cerró los labios.

—Por tanto —continuó Osiris—, declaro que el matrimonio entre Anubis y Hathor es perfectamente válido ante la ley antigua, ante esta corte y ante el reino de Egipto.

El mundo pareció detenerse.

No hubo alivio inmediato, no de esa clase dulce y sencilla que imaginan quienes nunca han tenido que luchar por respirar dentro de su propia vida, sino una sacudida profunda, una liberación tan violenta que dolía, como si las cadenas no se hubieran abierto con suavidad, sino arrancado de la piel.

Ra me miró.

No como padre.

No del todo.

Como un dios que acababa de perder una posesión delante de todos.

Osiris volvió entonces hacia Horus.

—Asimismo, declaro que Horus queda libre de cualquier compromiso anterior y libre de amar y casarse con quien le plazca, sin que su elección sea utilizada como moneda política, deuda familiar ni deshonra para esta casa.

Baset ahogó un sonido.

Horus cerró los ojos, y cuando los abrió, algo en él había cambiado, no porque el dolor hubiera desaparecido, sino porque por primera vez sentía alivio.

Ra se volvió hacia Osiris, furioso.

—Estás rompiendo una alianza.

—Estoy impidiendo que una alianza rompa a mis hijos.

Isis se acercó a Ra, y no necesitó hablar para que ambos parecieran llegar a la misma conclusión: la batalla pública estaba perdida, al menos por ahora.

Mi padre volvió la mirada hacia mí.

—No cuentes conmigo para bendecir esto.

Apreté los dedos alrededor del anillo de Anubis.

—Nunca os pedí una bendición para existir.

Su rostro se endureció.

—Has elegido tu condena.

La frase me atravesó, sí, pero ya no encontró dentro de mí el mismo lugar donde antes habría echado raíces.

—No, padre —respondí, con la voz baja, firme, casi serena—. He elegido no seguir viviendo la vuestra.

Ra no dijo nada más.

Isis tampoco.

Ambos se marcharon de la sala con una dignidad helada, indignados, heridos en su orgullo, dejando tras de sí una estela de luz tensa y perfume frío, y cuando las puertas se cerraron a sus espaldas, nadie se movió durante unos segundos,

como si todos necesitáramos asegurarnos de que el mundo seguía allí.

Entonces Baset corrió hacia mí.

No caminó, no pidió permiso, no recordó el protocolo ni la mirada de los nobles ni el peso de Osiris en el trono, sino que corrió como cuando éramos niñas y una de las dos se caía en los jardines de Alejandría,

como si el palacio entero no fuese más que una distancia inútil entre su miedo y mi cuerpo, y cuando llegó me abrazó con tanta fuerza que casi me dejó sin aire.

—Pensé que te había pasado algo —susurró contra mi hombro, con la voz rota—. Pensé que no ibas a volver, Hathor. Estaba tan preocupada... tan asustada... No sabía qué creer, no sabía si estabas viva, si estabas herida, si te habían obligado a algo...

La abracé con la misma fuerza, cerrando los ojos mientras el nudo que llevaba días apretándome el pecho se deshacía de golpe.

—Lo siento —murmuré—. No quería hacerte sufrir. Pero no podía quedarme en Tebas ni un minuto más.

Baset se apartó apenas para mirarme con los ojos llenos de lágrimas.

—Estas casada con Anubis… ¿no decías que era una arrogante, niño mimado?

Una risa temblorosa se me escapó antes de que pudiera evitarlo.

​—​ Si, ya ves soy una idiota.

Me golpeó suavemente el brazo, llorando y sonriendo al mismo tiempo, y esa mezcla tan suya, tan viva, me sostuvo más que la sentencia de Osiris.

—Eres idiota —susurró—. Una idiota casada.

—Y tú estás libre.

Su sonrisa se deshizo.

Miró hacia Horus.

Él se había acercado despacio, con una cautela que no tenía nada que ver con frialdad, sino con miedo a tocar demasiado pronto una felicidad que acababa de volverse posible.

Anubis estaba cerca de él, no sonriendo exactamente, porque sonreír de forma abierta parecía una concesión demasiado generosa para su orgullo, pero sí con una expresión menos dura, casi satisfecha,

como si ver a Horus al fin levantarse contra su madre le hubiera arrancado un respeto que no pensaba verbalizar.

Horus miró a Baset.

—De verdad —dijo, respondiendo a una pregunta que ella no había formulado en voz alta—. Somos libres.