Capítulo 21 #3
Solo permaneció a mi lado, oscuro, arrogante, peligroso, todavía rodeado por los restos de una noche que él mismo había puesto sobre Tebas con un gesto de la mano, y sentí, con una claridad casi dolorosa, que si hablaba no tendría que hacerlo sola.
Respiré.
Y por primera vez, no obedecí.
—No.
La palabra fue baja.
Pero después de haber visto al sol apagarse sobre la ciudad, todos la escucharon.
La sala del trono nos recibió con un silencio tan denso que por un instante tuve la sensación de que el eclipse no había terminado del todo, de que algo de aquella oscuridad que Anubis había tendido sobre Tebas seguía adherido a las columnas, a los relieves dorados,
a los rostros tensos de los dioses reunidos y al aire inmóvil que respirábamos con dificultad, como si el palacio entero hubiera comprendido que la verdadera batalla ya no iba a librarse con fuego ni sombras, sino con palabras capaces de romper alianzas,
deshacer compromisos y arrancar máscaras que llevaban demasiado tiempo intactas.
Osiris ocupó su trono sin necesidad de imponerse, porque bastó verlo alzarse sobre la plataforma central, grave, antiguo, con aquella autoridad que no brillaba ni oscurecía nada porque no necesitaba competir con ninguna fuerza visible,
para que todos recordaran que incluso Ra y Anubis podían incendiar o apagar el cielo, pero la sentencia pertenecía al rey.
Isis se colocó a su lado con la espalda recta y el rostro sereno, demasiado sereno, como si ya hubiera empezado a ordenar el desastre en su mente para convertirlo en una versión soportable, mientras Ra permanecía frente a ellos, aún rígido, aún abrasador,
con el orgullo herido ardiéndole bajo la piel, y Horus, pálido bajo el oro de su rango, se mantenía a un lado junto a Baset, que no sabía dónde colocar las manos ni hacia dónde mirar, atrapada entre su miedo por mí,
la presencia de Horus y la certeza de que cualquier gesto suyo podía ser usado contra todos.
Anubis estaba a mi derecha.
No detrás, no apartado, no escondido en esa sombra que todos parecían empeñados en adjudicarle, sino justo a mi lado, con la misma quietud arrogante con la que había descendido del barco, el rostro imperturbable,
la boca apenas curvada en una expresión que seguía pareciendo demasiado insolente para una sala donde acababa de ser acusado de secuestro y de poner Tebas bajo un eclipse, y aunque yo sabía que estaba tenso,
porque lo notaba en la forma en que su mano permanecía demasiado cerca de la mía sin llegar a tocarla, nadie más habría podido verlo, porque Anubis tenía la irritante costumbre de parecer más peligroso cuanto más inmóvil se quedaba.
Osiris nos miró a todos durante unos segundos, como si necesitara medir el peso exacto de cada silencio antes de permitir que nadie lo rompiera.
—Hablad —dijo al fin.
Ra no esperó.
—Mi hija fue sustraída de Tebas, retenida en Hardai y devuelta hoy bajo la protección insolente de un príncipe que se ha permitido desafiarme delante de toda la ciudad, oscurecer el sol sobre mi capital y presentarse ante esta casa como si una provocación pública pudiera borrar lo que ha hecho.
Anubis soltó una exhalación muy baja, casi una risa, tan apenas perceptible que quizá otro no la habría oído, pero yo sí, porque estaba demasiado cerca de él y porque empezaba a reconocer cuándo su desprecio se convertía en diversión.
—Tu capital —repitió con una suavidad peligrosa—. Qué curioso, siempre pensé que Tebas pertenecía a Egipto antes que a tu orgullo.
El murmullo fue inmediato, breve, nervioso, como el roce de muchas telas moviéndose a la vez, y Ra giró hacia él con una lentitud abrasadora.
—No vuelvas a hablarme así.
Anubis ladeó apenas la cabeza, y aquella sonrisa suya, mínima, oscura, insoportablemente segura de sí misma, apareció donde menos convenía.
—Podría fingir arrepentimiento si eso os ayudara a atravesar la vergüenza, pero me temo que no se me da demasiado bien inclinarme ante acusaciones mal construidas.
Sentí que el aire se tensaba como una cuerda.
—Anubis —murmuré, no porque quisiera proteger a Ra de su insolencia, sino porque conocía a mi padre y sabía que cada palabra de aquel hombre era una chispa sobre aceite.
Él no me miró, pero sus dedos rozaron los míos de forma mínima, casi imperceptible, y aquel contacto, tan pequeño, tuvo más peso que una promesa.
Isis avanzó entonces apenas un paso, lo suficiente para recuperar el centro de la conversación sin parecer que arrebataba nada, y su voz, cuando habló, fue tan suave que por un instante habría podido confundirse con sensatez.
—Quizá convenga recordar que no estamos aquí para admirar la habilidad del príncipe Anubis oscureciendo ciudades, sino para resolver una ofensa mucho más grave, porque Hathor estaba comprometida con Horus ante nuestras casas, ante Ra, ante Osiris y ante toda la corte,
y regresar tomada de la mano de otro hombre, precisamente del hermano de su prometido, no es solo una falta contra un acuerdo político, sino una humillación directa al heredero.
Horus cerró los ojos un instante.
Baset bajó la mirada.
Yo sentí la rabia abrirse paso por encima del miedo.
—No uséis el dolor de vuestro hijo como arma contra mí —dije, y mi voz, aunque baja, sonó más firme de lo que esperaba—, porque si de verdad os importara su honor, no lo habríais obligado a sostener una mentira delante de todos.
Isis volvió los ojos hacia mí con una lentitud perfecta.
—Qué osada eres al hablar por él.
—No hablo por Horus —respondí—, hablo de lo que he visto, de lo que todos habéis fingido no ver durante demasiado tiempo, de esa forma en que su mirada buscaba a Baset incluso cuando yo llevaba su collar sobre el pecho.
El silencio se volvió tan denso que casi dolía respirar.
Baset se quedó completamente inmóvil, como si mi nombre unido al suyo en aquella sala le hubiera atravesado el cuerpo, y Horus abrió los ojos despacio, con una expresión que no supe descifrar del todo, no porque negara lo que yo acababa de decir,
sino porque quizá era la primera vez que alguien pronunciaba aquella verdad sin pedirle permiso al miedo.
Ra giró hacia mi hermana con una dureza que me hizo avanzar medio paso sin pensarlo, pero antes de que pudiera decir nada, fue Horus quien habló.
—Es cierto.
La sala entera pareció detenerse.
Isis no se movió, pero vi cómo sus dedos se cerraban apenas sobre la tela de su vestido.
—Horus —dijo, y aquella sola palabra contenía una orden, una advertencia y una amenaza materna disfrazada de control.
Pero Horus ya no bajó la mirada.
—Es cierto —repitió, y esta vez su voz resonó con más fuerza, rota por dentro, pero al fin suya—. Nunca habría amado a Hathor. No amando a otra diosa.
Baset levantó la cabeza de golpe.
La sorpresa en su rostro fue tan pura, tan indefensa, que durante un instante se me olvidó todo lo demás, porque mi hermana, mi Baset, la que siempre había sabido sostenerse entera incluso cuando el mundo se venía abajo, parecía ahora incapaz de creer que aquello hubiera sido dicho delante de todos,
incapaz de aceptar que la verdad que había intentado enterrar bajo prudencia, culpa y obediencia acababa de salir de la boca de Horus con una claridad que no dejaba refugio a nadie.
Horus la miró.
No mucho.
Lo suficiente.
Y Baset, que no sabía dónde encajar en aquella sala, que no sabía si su presencia era una traición para mí, una amenaza para Ra o una vergüenza para Isis, se llevó una mano al pecho como si necesitara comprobar que seguía respirando.
Isis dio un paso hacia su hijo.
—No vas a destruir tu futuro por un arrebato.
Horus la miró entonces como no la había mirado nunca, al menos no delante de mí, no como hijo obediente, ni como heredero educado para contenerse, sino como un hombre cansado de que su voluntad fuera tratada como un detalle molesto dentro de los planes de otros.
—Mi futuro no es vuestro tablero, madre.
El impacto de aquellas palabras fue casi físico.
Isis palideció apenas.
Ra intervino con la voz baja, dura.
—No cuentes con ello.
Horus giró hacia él.
—No os he pedido permiso.
Baset emitió un sonido mínimo, ahogado, y yo sentí que algo dentro de mí se abría con una mezcla de dolor y alivio, porque no era solo mi vida la que se estaba deshaciendo delante de todos, sino también la suya, la de Horus, la de Baset,
la de cada uno de nosotros atrapado bajo alianzas que otros habían llamado destino.
Ra me miró entonces, como si yo fuera el origen de todo.
—Esto es lo que has provocado.
La rabia me subió por la garganta con una claridad nueva.
—No —respondí—. Esto es lo que habéis provocado vosotros al intentar corregir los sentimientos de todos a vuestra voluntad.
Mi padre se quedó inmóvil.
—Hathor.
—No podéis ordenar el amor como se ordena una guardia, padre.
No podéis decidir que Horus me ame porque os conviene, ni que Baset desaparezca de su corazón porque os incomoda, ni que yo vuelva a vuestro lado porque no soportáis haber perdido el control de mi vida.
Este es el precio que habéis pagado por forzar las cosas.
La luz alrededor de Ra pareció tensarse, no como amenaza abierta, sino como una reacción inevitable de su poder ante la herida de su orgullo, y Anubis, a mi lado, no dijo nada, pero su presencia se volvió más densa, más oscura,
como si incluso sin invocar sombra alguna bastara su quietud para recordarle a mi padre que yo ya no estaba sola frente a él.
Isis se volvió hacia Osiris con una frialdad afilada.
—¿Vas a permitir que esto continúe? Hathor ha roto un compromiso, Horus acaba de humillar a su propia casa delante de toda la corte y Anubis, tu hijo, se presenta aquí como si pudiera tomar lo que quiere, oscurecer Tebas cuando se le contradice y salir de esta sala premiado por su insolencia.
Si todavía queda honor en este trono, debes defender el de Horus.
Osiris la miró con un cansancio antiguo.
—No hay nada que defender.
Isis parpadeó.
—¿Perdona?
—Horus hace tiempo que tomó su elección.
La frase cayó como una piedra en agua profunda.
Isis tardó un segundo en reaccionar, y quizá por eso resultó tan evidente que había entendido exactamente lo que Osiris estaba diciendo.