Capítulo 21 #2
Lo vi con una claridad que jamás podré olvidar: mi padre extendió los dedos hacia el cielo y la luz del atardecer, que hasta ese instante caía sobre Tebas como un manto dorado, empezó a curvarse hacia él, a obedecerle,
a concentrarse sobre su palma abierta en filamentos incandescentes que descendían desde lo alto como si el propio astro se estuviera deshilachando para alimentar su furia.
La corona solar de su frente ardió con una intensidad insoportable, los brazaletes de sus muñecas se encendieron hasta parecer metal líquido, y en el centro de su mano comenzó a formarse un disco de fuego puro, compacto, palpitante, tan brillante que los escribas soltaron sus cálamos,
los sacerdotes se arrodillaron y el Nilo devolvió sobre la piedra un reflejo blanco que parecía capaz de cegar a cualquiera que se atreviera a sostenerlo.
Sentí el calor abrirse paso bajo mi piel.
Sentí mi sangre reconocerlo.
Sentí a la hija de Ra responder por instinto a aquel poder inmenso, antiguo, devastador, y odié que una parte de mí quisiera inclinarse ante él incluso entonces.
Anubis, en cambio, soltó una breve risa.
Fue baja, seca, casi incrédula.
Y absolutamente provocadora.
—Qué dramático —murmuró, lo bastante alto para que mi padre lo oyera—. Siempre he pensado que el sol tenía demasiado apego por llamar la atención.
El rostro de Ra se endureció hasta volverse irreconocible.
—Cuida tu lengua.
Anubis inclinó apenas la cabeza, como si considerara la advertencia y la descartara por aburrimiento.
—La he cuidado durante siglos. Empieza a resultarme tedioso.
El disco solar creció en la mano de mi padre, girando sobre sí mismo con un zumbido grave que hizo temblar los estandartes y arrancó chispas doradas de las puntas de las lanzas, pero Anubis no retrocedió, no alzó la voz, no buscó refugio, sino que levantó lentamente la mano libre hacia el cielo,
con una calma tan insultante que resultaba más peligrosa que cualquier grito.
Al principio no ocurrió nada.
Solo su mano alzada, los dedos largos y manchados de sombra recortados contra la claridad insoportable.
Después los movió.
No fue un gesto amplio ni teatral como el de Ra. Fue apenas un deslizamiento lento de la palma sobre el cielo, como si acariciara una superficie invisible, como si estuviera apartando una cortina que solo él podía tocar.
Y entonces el día empezó a morir.
La luz titubeó.
El disco solar en la mano de mi padre palpitó con más violencia, como si algo hubiera interferido en el cauce de poder que lo alimentaba, y sobre Tebas, en lo alto, una sombra comenzó a morder el borde del sol.
Un grito ahogado recorrió el puerto.
Levanté la vista y vi cómo la oscuridad avanzaba sobre el astro con una lentitud imposible, perfecta, devorando su resplandor poco a poco, apagando los muros blancos, borrando el oro de las columnas, robando el brillo de las armaduras,
hasta que la ciudad entera quedó suspendida entre un crepúsculo enfermo y una noche nacida demasiado pronto.
Ra dio un paso, furioso.
—No te atrevas.
Anubis sonrió de verdad entonces.
Una sonrisa canalla, insolente, hermosa y terrible, una de esas sonrisas que parecían hechas para arruinar reinos y luego negar que hubiera sido a propósito.
—Ya lo he hecho.
La sombra terminó de cerrar el sol.
Y Tebas quedó sumida en la más absoluta oscuridad.
No fue una noche normal.
No hubo transición, ni suavidad, ni luna, ni estrellas.
Solo una oscuridad total, densa, antigua, tan profunda que los rostros desaparecieron a pocos pasos de distancia y el puerto entero se llenó de exclamaciones, de pasos retrocediendo, de sacerdotes invocando a Ra con voces quebradas,
de nobles aferrándose unos a otros como si acabaran de recordar que incluso los inmortales podían tener miedo cuando el sol dejaba de pertenecerles.
Pero yo veía a Anubis.
No con los ojos, no del todo.
Lo veía porque su poder ocupaba la oscuridad igual que mi padre ocupaba la luz, porque a su alrededor las sombras no eran ausencia, sino presencia, un manto vivo que se extendía bajo sus pies, trepaba por la piedra,
rodeaba la pasarela y se alzaba detrás de él como si una puerta al inframundo se hubiera entreabierto en mitad del puerto.
El disco solar de Ra seguía ardiendo en su mano, pero ahora parecía una antorcha atrapada dentro de un pozo.
Su luz ya no dominaba.
Resistía.
Anubis bajó la mano lentamente y ladeó la cabeza con una arrogancia tan natural, tan suya, que por un instante sentí ganas de golpearlo y de aferrarme a él al mismo tiempo.
—Incluso el sol proyecta sombra, Ra —dijo—. Solo hacía falta recordárselo.
El poder de mi padre estalló entonces.
No llegó a lanzarlo, pero la intención bastó para que una onda de calor atravesara el puerto, levantara vapor del Nilo y agrietara una losa entre ambos.
Yo sentí el golpe en el pecho, como si mi propia sangre hubiera recibido la llamada de aquel fuego, y Anubis respondió sin moverse, dejando que su sombra se alzara en una muralla negra que devoró parte de la llamarada antes de que alcanzara la pasarela.
Luz y oscuridad chocaron.
El impacto no sonó como un trueno.
Sonó como si el cielo se hubiera roto por dentro.
La barcaza crujió contra el embarcadero, los estandartes se desgarraron en lo alto, varios soldados cayeron de rodillas y el agua del Nilo se elevó durante un instante en una ola oscura que no terminó de romper, suspendida entre ambos poderes como si incluso el río dudara de a quién obedecer.
Yo habría caído si Anubis no hubiera cerrado la mano alrededor de mi cintura.
Lo hizo sin mirarme, sin dejar de enfrentarse a Ra, con un gesto tan rápido y posesivo que me dejó sin aire, y aunque una parte de mí quiso apartarlo por orgullo, otra comprendió que, si no me sostenía, el choque de aquellos dos mundos me habría arrastrado al suelo.
—No la toques —dijo Ra.
La voz de mi padre ya no era solo ira.
Era fuego contenido.
Anubis bajó los ojos hacia la mano que todavía me sujetaba y luego volvió a mirar a Ra con una insolencia lenta, calculada, cruelmente deliciosa.
—Llegas tarde para dar esa orden.
El silencio que siguió fue peor que el estallido.
Mi padre alzó de nuevo la mano, y esta vez el disco solar se expandió hasta envolverle el brazo entero, formando una corona de fuego que amenazaba con desbordarse sobre el puerto; Anubis separó apenas los dedos y las sombras respondieron como chacales invisibles, abriéndose a sus lados,
preparadas para saltar.
Y entonces Osiris intervino.
No gritó.
No necesitó hacerlo.
—Basta.
La palabra cayó sobre Tebas con el peso de una sentencia antigua, y la tierra obedeció antes que los dioses.
El suelo tembló bajo nuestros pies con una vibración profunda, grave, nacida de lugares donde la luz de Ra no llegaba y las sombras de Anubis no mandaban solas, una fuerza más vieja que el orgullo de ambos, más vinculada a la ley que a la furia,
y el poder de Osiris se extendió por el puerto como una raíz invisible que sujetó el fuego de mi padre, empujó la oscuridad de Anubis hacia atrás y obligó incluso al eclipse a detenerse en el cielo, suspendido entre la noche imposible y el día herido.
La luz no regresó del todo.
La oscuridad no se retiró por completo.
Ambas quedaron contenidas, atrapadas bajo la autoridad del rey, como dos bestias obligadas a arrodillarse, aunque siguieran enseñando los dientes.
Osiris descendió los escalones con lentitud.
Cada paso suyo parecía devolver forma al mundo.
—Ni el sol ni el inframundo dictarán sentencia en un puerto —dijo, y su voz no admitía réplica—. No mientras yo siga sentado en el trono de Egipto.
Ra no apartó los ojos de Anubis.
—Ha desafiado mi poder delante de toda Tebas.
Anubis soltó una exhalación breve, casi divertida, como si aquello le pareciera una acusación incompleta.
—Y aun así sigues en pie. Deberías agradecer mi moderación.
Varios nobles ahogaron un sonido.
Yo cerré los ojos un instante.
Por supuesto.
Por supuesto tenía que decir eso.
Incluso con Tebas envuelta en un eclipse, incluso con Ra a punto de reducir el puerto a cenizas, Anubis seguía siendo Anubis: arrogante, insoportable, brillante en su crueldad, incapaz de inclinarse, aunque el mundo entero le pusiera una rodilla en la espalda.
Osiris lo miró con una severidad que habría hecho callar a cualquiera.
Anubis sostuvo la mirada.
Y luego, solo entonces, inclinó apenas la cabeza.
No como sumisión.
Como concesión.
Una concesión tan mínima que casi fue otra provocación.
—Padre —dijo, y aquella palabra pareció tensar algo en Nefthis.
Osiris dejó pasar el matiz, aunque no creo que se le escapara.
—La acusación se escuchará dentro —sentenció—. No aquí, no entre soldados, sacerdotes y rumores, y no bajo un cielo roto por el orgullo de dos dioses que deberían recordar que Egipto no es un campo de batalla para demostrar quién puede oscurecerlo o quemarlo primero.
El eclipse empezó a ceder poco a poco.
No porque Anubis lo deshiciera de inmediato, sino porque bajó la mano con una lentitud casi insolente, como si quisiera dejar claro que era él quien devolvía la luz y no el miedo quien se la arrebataba.
La sombra se retiró del sol en una línea perfecta.
Tebas recuperó el día a medias, como si la claridad volviera herida, y cuando los rostros reaparecieron a nuestro alrededor, vi el miedo en muchos de ellos, la fascinación en otros y, en mi padre, una furia tan profunda que ya no necesitaba arder para resultar peligrosa.
Ra me miró entonces.
No como a una hija que había vuelto.
No como a una diosa que acababa de presenciar una guerra suspendida a tiempo.
Sino como a alguien que se le estaba escapando en público.
—Tú vas a venir conmigo ahora mismo.
La orden cayó sobre mí con todo el peso de mi infancia.
Con todos los años en que una sola palabra suya bastaba para doblarme.
Con todos los silencios que había aceptado porque amarlo siempre había parecido significar obedecerlo.
Pero aquella vez Anubis no habló.
No dio un paso delante de mí.
No me robó la voz.