Capítulo 21
Cuando el sol se oscurece
Tebas no nos recibió de golpe, sino que fue apareciendo lentamente ante nosotros como una amenaza vestida de esplendor, primero con los estandartes dorados que se alzaban rígidos sobre los embarcaderos,
después con las torres del palacio recortándose a lo lejos contra el cielo incendiado de la tarde, y finalmente con los muros blancos de la capital elevándose sobre la ribera como una frontera demasiado luminosa entre la vida que yo había abandonado y la guerra que estaba a punto de comenzar por
haber elegido no volver a ella de rodillas.
El barco real de Anubis avanzaba sobre el Nilo con una lentitud casi insultante, como si incluso el río quisiera obligarnos a mirar cada detalle de aquello que nos aguardaba, y yo sentía cómo el aire cambiaba a medida que nos acercábamos al puerto, volviéndose más espeso, más caliente,
más cargado de esa electricidad previa a las tormentas que no nacen del cielo, sino de los dioses cuando contienen demasiado poder dentro del cuerpo y demasiada rabia detrás de los dientes.
Los murmullos llegaron antes que las voces.
Primero fueron apenas un rumor sobre la piedra, un movimiento de rostros asomándose entre columnas, balcones y terrazas, sirvientes corriendo hacia el interior del palacio, guardias enderezándose al reconocer la vela negra de Hardai descendiendo por el río,
nobles agrupándose con esa rapidez discreta de quienes jamás admiten que han acudido a presenciar un escándalo, sacerdotes de Ra alineándose bajo túnicas blancas y doradas con los rostros duros y los ojos encendidos por una devoción que, en ese momento, parecía más cercana al fanatismo que a la fe.
Y entonces lo vi todo.
Mi padre no había preparado un recibimiento.
Había preparado un juicio.
El embarcadero principal estaba tomado por soldados apostados a ambos lados de la pasarela, por escribas preparados para convertir cada palabra en una versión oficial antes incluso de que se pronunciara,
por sacerdotes que aguardaban como si mi regreso fuera una profanación que necesitara purificarse bajo el sol, y por la corte entera distribuida con una precisión demasiado perfecta para ser casual, dejando al fondo, al pie de la escalinata que ascendía hacia el palacio,
a la familia real de Egipto reunida bajo la mirada de todos.
Ra estaba allí.
No simplemente de pie, no simplemente esperándome, sino ocupando el espacio como si el propio día le perteneciera, erguido bajo una luz que parecía obedecerlo, con el oro de sus brazaletes, de su collar y de su corona capturando el sol hasta devolverlo más ardiente, más violento, más suyo,
mientras su rostro permanecía tan sereno que dejó de parecer calma para convertirse en una amenaza cuidadosamente pulida.
A su lado, Isis observaba sin moverse, impecable, luminosa, con esa expresión dulce que nunca me había inspirado ternura porque siempre escondía otra cosa debajo, una hoja fina, precisa, dispuesta a abrir la piel sin necesidad de levantar la voz; Osiris permanecía unos pasos más atrás, grave,
inmóvil, con esa autoridad antigua que no necesitaba imponerse porque estaba escrita en cada piedra de aquel palacio; Horus, pálido bajo el oro de su rango, parecía contener una respiración que no se atrevía a soltar;
Baset me buscaba con los ojos abiertos y una angustia tan evidente que el pecho se me contrajo antes incluso de bajar del barco; y Nefthis, más discreta que todos ellos,
tenía la mirada fija en Anubis con una tensión silenciosa que me recordó que el hombre que estaba a mi lado no era solo el acusado de mi padre, ni el señor de Hardai, ni la sombra que muchos preferían convertir en leyenda, sino también su hijo, sangre de aquella casa,
príncipe de Egipto y una herida antigua que todos parecían empeñados en no tocar demasiado.
Los dos chacales de Anubis se irguieron detrás de nosotros antes de que la pasarela terminara de asentarse sobre la piedra húmeda del puerto, enormes, oscuros, con los ojos prendidos de un verde imposible,
y la sola visión de sus cuerpos tensos bastó para que los caballos de los guardias resoplaran nerviosos y algunos soldados cerraran los dedos con más fuerza alrededor de las lanzas.
Isis alzó una mano, lenta, elegante, como si incluso ordenar una humillación pudiera formar parte de una ceremonia.
—Esas dos bestias no pisarán el palacio.
La frase cayó antes de que hubiéramos tocado tierra.
Anubis no respondió de inmediato, y quizá precisamente por eso el silencio se volvió más peligroso, porque no era la pausa de quien se contiene por respeto, sino la de quien decide cuánto desprecio merece gastar en contestar.
Se limitó a mirar a los chacales por encima del hombro, pronunció una orden baja en una lengua antigua, áspera y profunda, una lengua que parecía no estar hecha para los vivos, sino para las puertas selladas bajo la arena, y las bestias obedecieron sin inclinar la cabeza,
retirándose hacia la barcaza con una dignidad tan feroz que no parecían expulsadas, sino simplemente apartadas de un espectáculo que no merecía su presencia.
Después Anubis miró a Geb y a Unar.
—Esperad en la barcaza real.
Geb abrió la boca con la evidente intención de decir algo imprudente, probablemente brillante y suicida, pero Unar le sujetó el brazo antes de que el destino tuviera que esforzarse demasiado en mantenerlo con vida.
—Mi señor... —empezó Geb, tenso.
Anubis giró apenas la cabeza hacia él.
—No he venido a esconderme detrás de nadie.
Aquello bastó.
Geb cerró la boca, no porque estuviera conforme, sino porque reconoció la clase de tono ante el que incluso los más leales solo pueden obedecer, y cuando los hombres de Hardai se quedaron atrás, formando una línea oscura junto al barco,
comprendí que Anubis acababa de aceptar entrar solo en territorio enemigo porque, en el fondo, jamás había considerado que aquel palacio pudiera ser ajeno del todo.
Descendió primero.
No como un dios acusado de haber robado a la hija del sol.
No como un príncipe sorprendido por la hostilidad que lo esperaba.
No como alguien que acudía a pedir perdón.
Anubis bajó a la pasarela con esa calma arrogante que parecía escrita en sus huesos, vestido de negro entre tanta luz, con la espalda recta, la barbilla apenas alzada y una expresión de fría impaciencia, como si todo aquel despliegue —los sacerdotes, los soldados, los nobles,
la ira de Ra y la vigilancia de Isis— no fuera una amenaza, sino una molestia excesivamente decorada.
Cuando se giró para ofrecerme la mano, supe que aquel gesto incendiaría el puerto antes incluso de que se dijera una palabra.
No era ayuda.
No era cortesía.
Era una provocación hecha con los dedos.
Una declaración visible para mi padre, para Isis, para Horus, para Osiris, para Baset, para Nefthis y para cada garganta dispuesta a repetir después que la hija de Ra había descendido del barco de Hardai tomada de la mano del dios al que se acusaba de haberla robado.
Aun así, puse mi mano sobre la suya.
Y Anubis, por supuesto, no la soltó enseguida.
Me ayudó a bajar con una lentitud deliberada, manteniendo la mirada fija en mi padre mientras sus dedos seguían cerrados alrededor de los míos un segundo más de lo necesario, lo justo para que nadie pudiera fingir que no había visto nada,
lo justo para que el gesto no pudiera confundirse con protección accidental ni con una formalidad vacía.
Ra lo vio.
Y el sol pareció verlo con él.
La luz del puerto se volvió más blanca, más dura, más hiriente, como si el atardecer hubiera retrocedido bajo una orden silenciosa de mi padre, y por primera vez desde que el barco había tocado piedra sentí verdadero miedo, no por mí, no del todo,
sino por la facilidad con la que una humillación pública podía convertirse en guerra cuando quienes se enfrentaban no eran hombres, sino dioses acostumbrados a que el mundo obedeciera su voluntad.
—Hathor —dijo mi padre.
Mi nombre salió de su boca sin alivio, sin ternura, sin la sombra de una bienvenida; sonó como una posesión recuperada ante testigos, como si al pronunciarlo estuviera intentando devolverme al lugar exacto del que yo había escapado.
Di un paso hacia él más por costumbre que por decisión, pero Anubis se movió conmigo, apenas medio paso, suficiente para no parecer que me retenía y, sin embargo,
bastante para dejar claro que ya no permitiría que nadie me colocara delante de todos como una hija muda a la que se podía reclamar sin preguntarle si quería volver.
Los ojos dorados de Ra se clavaron en él.
—No he venido a hablar contigo, príncipe, así que apártate.
El desprecio fue tan preciso que habría podido cortar piedra.
Anubis sonrió.
No una sonrisa amplia ni franca, sino esa curva oscura, insoportablemente segura de sí misma, que siempre le aparecía cuando alguien cometía el error de confundir su silencio con docilidad.
—Entonces escogiste mal el lugar para esperarnos.
El puerto entero contuvo el aliento.
Vi cómo varios sacerdotes abrían los ojos, cómo los soldados tensaban las lanzas, cómo los nobles retrocedían un paso casi imperceptible, y cómo Horus bajaba la mirada un instante, no por cobardía,
sino porque conocía demasiado bien a ambos hombres como para no comprender que aquella frase había atravesado la primera línea de contención.
Ra descendió un escalón.
El aire se calentó de golpe.
No de manera simbólica, no como una impresión nacida de mis nervios, sino con una violencia física que me golpeó la piel, que hizo vibrar las piedras del puerto y que obligó a los más cercanos a apartar el rostro cuando la luz alrededor de mi padre comenzó a intensificarse hasta volver casi
imposible mirarlo directamente.
—No tienes derecho a hablarme así, después de secuestrar a mi hija. Futura reina de Egipto.
Anubis mantuvo la mano cerrada alrededor de la mía, aunque no me apretó; no necesitaba hacerlo para que yo supiera que estaba allí.
—Estas muy seguro Ra, pero mide bien tus palabras. Te recuerdo quien soy si lo has olvidado.
El murmullo recorrió la corte como una grieta abriéndose bajo una superficie demasiado pulida.
Ra alzó la mano derecha.
Y entonces el sol respondió.