Capítulo 20 #2
La puerta se abrió lo justo para que una mano depositara un pergamino cerrado sobre la bandeja del desayuno que acababan de traer. Había pan, dátiles, higos, miel, queso fresco y vino aguado. La escena habría parecido doméstica, casi íntima, si no fuera por el sello rojo que cerraba el pergamino.
El sello de Ra.
Sentí que el estómago se me hundía.
Anubis se quedó mirando aquel símbolo sin tocarlo.
—Padre... —susurré.
Él rompió el lacre con un gesto seco y leyó en silencio. Vi cómo su expresión se endurecía línea a línea, hasta volverse piedra.
—¿Qué dice? —pregunté.
No respondió.
Me levanté, fui hasta él y le arrebaté el pergamino antes de que pudiera impedírmelo.
La letra de mi padre parecía arder sobre la piel del papiro.
El pergamino tembló entre mis dedos.
—No —dije.
Anubis me miró.
—Hathor.
—No.
Doblé el pergamino con una fuerza que casi lo rasgó.
—No va a acusarte de algo que no has hecho.
Su rostro se volvió aún más severo.
—Tu padre acaba de declarar una amenaza directa contra Hardai.
—Mi padre cree que me has secuestrado.
—Y eso lo vuelve peligroso.
—Entonces hay que contarle la verdad.
La tensión en la habitación se volvió inmediata.
Anubis se acercó un paso, oscuro, imponente, con esa calma suya que siempre precedía a una orden.
—No.
Lo miré sin apartarme.
—Sí.
—No vas a volver a Tebas.
—No me digas lo que voy a hacer.
Su mandíbula se tensó.
—No pienso llevarte delante de una corte que utilizará cada palabra contra ti.
—Prefiero eso a permitir que te llamen secuestrador.
—No me importa lo que Ra piense de mí.
—A mí sí.
El silencio que siguió fue denso.
Anubis me sostuvo la mirada. Había furia en él, pero no dirigida a mí. Era otra cosa. Miedo disfrazado de control.
—No entiendes lo que puede pasar si vuelves —dijo al fin—. Te pondrán delante de Osiris, de Isis, de Horus, de tu padre. Te obligarán a justificarte como si fuera un delito.
Me acerqué a él.
—No voy a justificarme. Voy a decir la verdad.
—La verdad no siempre protege.
—Pero la mentira nos condena.
Durante un instante ninguno habló.
Después Anubis apartó la mirada, respiró hondo y se giró hacia la puerta.
—Llamad a Geb y Unar.
La orden resonó con una autoridad fría.
—¿Geb y Unar? ¿Qué pintan ellos aquí? —pregunté.
—Pintan mucho más de lo que crees.
Pasamos unos momentos en absoluto silencio, con la misiva de mi padre abierta sobre la mesa y la certeza de que, al otro lado de aquella habitación, el mundo ya estaba empezando a moverse contra nosotros. Unar y Geb no tardaron en llegar.
Geb entró primero, alto, de expresión viva y sonrisa difícil de contener.
Unar lo siguió con paso tranquilo, más serio, aunque sus ojos delataban la misma curiosidad.
Ambos se detuvieron al vernos juntos en la habitación, el desayuno intacto, el pergamino abierto sobre la mesa y la tensión cortando el aire.
Geb alzó una ceja.
—Vaya.
Unar miró a Anubis, luego a mí, y después al lecho desordenado.
—Parece que la noche fue... productiva.
Geb sonrió.
—Yo diría que bastante más que productiva.
Anubis volvió la cabeza hacia ellos con una lentitud peligrosa.
—Una palabra más y os mando a vigilar las puertas del Duat durante mil años más.
Geb cerró la boca de inmediato, aunque la sonrisa siguió allí.
—Entendido, mi señor. —Ya callo.
Anubis tomó el pergamino y se lo entregó.
Geb leyó primero. La sonrisa desapareció. Unar lo hizo después, y su expresión se volvió grave.
—Ra no está amenazando por orgullo —dijo Unar—. Está preparando a Tebas para culparte.
—Ya lo sé —respondió Anubis.
—Si no vais —añadió Geb, ahora sin rastro de burla—, parecerá una confesión.
Anubis clavó en él una mirada dura.
—¿Me estás recomendando llevarla de vuelta?
—Te estoy recomendando no darle a Ra una guerra que pueda vender como rescate.
Unar asintió.
—La corte debe verla. Debe oírla. Si Hathor habla delante de Osiris, Ra no podrá sostener que fue secuestrada sin quedar expuesto.
—La expondrán a ella —replicó Anubis.
—Ya estoy expuesta —dije.
Los tres me miraron.
Di un paso adelante, sosteniendo el pergamino contra mi pecho.
—Mi padre cree que sigo siendo una hija que puede recuperar con una orden. Horus cree que sigo siendo su futura esposa. Isis creerá lo que más le convenga. Y tú... —miré a Anubis— tú crees que puedes encerrarme aquí para protegerme.
Sus ojos se oscurecieron.
—No te estoy encerrando.
—Entonces déjame decidir.
La frase quedó entre nosotros.
Anubis no respondió.
Me acerqué más, bajando la voz.
—Yo hui contigo. No me trajiste contra mi voluntad. Yo elegí estar aquí. Yo elegí esta noche. Yo te elegí a ti. Y si mi padre quiere declarar una guerra por eso, tendrá que declarármela a mí delante de todos.
La dureza de Anubis flaqueó apenas. Solo un instante. Pero lo vi.
Geb carraspeó.
—Tiene razón.
Anubis lo fulminó con la mirada.
—No te he pedido opinión.
—Nos has mandado llamar para eso.
Unar intervino antes de que Anubis respondiera.
—Mi señor, si Ra ha enviado esto, Tebas es un hervidero de rumores contra vos. Cada hora que pase sin respuesta hará más fuerte su versión. Hay que volver antes de que convierta la ausencia de Hathor en una causa sagrada.
Anubis apoyó ambas manos sobre la mesa, inclinó la cabeza y se quedó así unos segundos, inmóvil, severo, respirando como si cada decisión lo llevara a una guerra distinta.
—Si volvemos —dijo al fin—, no habrá marcha atrás.
—Nunca la hubo —respondí.
Sus ojos se alzaron hacia mí.
—Dirán que te he marcado.
—Lo has hecho.
—Dirán que he quebrado una alianza real.
—La alianza ya estaba rota antes de que yo llegara a Hardai.
—Dirán que eres mía.
Sostuve su mirada.
—Soy tuya.
Geb dejó escapar un silbido bajo.
—Eso sí va a incendiar Tebas.
Unar le dio un golpe discreto en el brazo.
Anubis no apartó los ojos de mí.
—Hathor.
—Soy la esposa del dios de los muertos —dije, con la voz más firme de lo que me sentía—. Nuestro vínculo está sellado. Para siempre. Y pienso decirlo delante de mi padre, de Osiris, de Isis, de Horus y de toda la maldita corte.
El silencio fue absoluto.
Anubis me miró como si acabara de desafiar a todos los dioses y, en cierto modo, lo había hecho.
—Eres imposible —murmuró.
Geb sonrió apenas.
—Yo empezaría a preparar el barco.
Unar asintió.
—Mañana al alba. Es lo más prudente. Hoy enviamos respuesta breve: Hathor está viva, está bajo protección de Hardai y comparecerá ante la corte por voluntad propia.
—No —dijo Anubis.
Todos lo miramos.
—Partiremos al amanecer.
—No —corrigió Anubis, alzando la vista hacia él—. Partiremos antes. Si Ra quiere guerra, no le daremos tiempo a adornarla. Lo haremos esta misma noche.
Después me miró.
La severidad de su rostro seguía allí, pero debajo había algo más oscuro. Más íntimo. Más peligroso.
Anubis se acercó hasta quedar frente a mí. Geb y Unar guardaron silencio, conscientes de que ya no formaban parte de ese instante.
—Cuando cruces esa sala —dijo en voz baja—, todos intentarán hacerte temblar.
Sus ojos descendieron un segundo a mi boca y volvieron a los míos.
—No te apartes de mí.
—No pienso hacerlo.
La puerta se cerró tras Geb y Unar.
El desayuno seguía intacto. La carta de Ra reposaba sobre la mesa como una amenaza abierta. Y, sin embargo, lo único que sentí al mirar a Anubis fue una certeza feroz, más grande que el miedo.
Al día siguiente volveríamos a Tebas.
No como fugitivos.
No como culpables.
Como lo que éramos.
Y todos tendrían que escucharlo.