El chacal y la hija del sol Capítulo 20
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Capítulo 20

La misiva del sol

La luz de la mañana se derramaba sobre mi rostro, tibia y dorada, filtrándose entre las cortinas con una delicadeza casi cruel, demasiado suave para todo lo que aún ardía dentro de mí,

y durante unos segundos no abrí los ojos porque había algo en aquel instante suspendido entre el sueño y la vigilia que parecía demasiado frágil para tocarlo, como si bastara un movimiento o una respiración demasiado consciente para romperlo y devolverme al mundo de los nombres, las alianzas,

los deberes y las amenazas que seguían esperándonos al otro lado de aquellas paredes.

No estaba sola, y lo supe antes de verlo, en el peso cálido de un brazo rodeándome la cintura, en la respiración profunda que rozaba mi nuca, en el cuerpo firme que permanecía junto al mío con una cercanía que, hasta la noche anterior, habría parecido imposible.

Anubis seguía allí, no se había marchado antes del amanecer, no había convertido aquella noche en un error silencioso ni en una sombra que ambos fingiríamos no recordar, y esa certeza me atravesó con una intensidad tan brutal que durante un instante no supe si sonreír o contener el aire.

Abrí los ojos despacio, y la habitación, aunque seguía siendo la misma, parecía haber quedado marcada por nosotros: una copa olvidada sobre la mesa, una tela oscura caída junto al lecho, el perfume tenue del agua,

de la mirra y de las antorchas apagadas adherido a la piel como una memoria imposible de borrar.

Todo estaba en su lugar y, sin embargo, nada parecía igual, quizá porque la que había despertado allí tampoco era exactamente la misma que había cerrado los ojos la noche anterior.

Mi cuerpo estaba cansado, sensible, atravesado por una quietud nueva bajo la que latía algo más peligroso que el deseo y más difícil de nombrar que la ternura,

porque lo que había ocurrido entre nosotros no era solo una rendición física ni un arrebato nacido de demasiadas noches de tensión contenida, sino la conciencia feroz de haber cruzado una frontera que no tenía regreso.

Anubis se movió apenas a mi espalda, y su brazo se cerró un poco más en torno a mi cintura, como si incluso dormido reconociera el impulso de alejarme antes de que yo pudiera obedecerlo.

—No te muevas todavía —murmuró.

Su voz, grave y áspera por el sueño, me rozó la piel con una intimidad que me dejó inmóvil, no porque sonara a orden, aunque en él casi todo lo hacía, sino porque debajo de aquella frase había una súplica mal escondida, una necesidad tan impropia de él que me dolió de una forma extraña.

—Creía que el dios de los muertos no dormía.

Su respiración cambió contra mi cuello, casi una risa, apenas un roce.

—Dormimos cuando alguien se empeña en agotarnos.

Me giré despacio entre sus brazos, lo justo para quedar frente a él, y la luz de la mañana suavizó los ángulos de su rostro sin lograr volverlo menos imponente.

Tenía el cabello algo desordenado, los ojos todavía entornados por el sueño y una expresión distinta, menos blindada, menos hecha de hierro, como si la noche hubiera arrancado una parte de la armadura que siempre llevaba puesta y él aún no hubiera tenido tiempo de volver a colocársela.

Al verme mirarlo, abrió los ojos del todo.

Verde y oro. Mi ruina.

Durante unos segundos ninguno habló, y su mirada se sostuvo en la mía con una seriedad tan intensa que el rubor dejó de ser vergüenza y se transformó en otra cosa, en una conciencia casi dolorosa de la cercanía, del recuerdo,

de todo lo que mi cuerpo aún sabía de él sin que yo pudiera fingir ignorancia.

—¿Te arrepientes? —pregunté en voz baja.

La pregunta salió antes de que pudiera detenerla, más desnuda de lo que habría querido, y Anubis no respondió de inmediato.

Su mirada bajó a mis labios, volvió a mis ojos, y su mano ascendió lentamente hasta apartarme un mechón del rostro con una delicadeza que, en él, parecía más peligrosa que cualquier amenaza.

—No.

Una sola palabra, firme, sin adornos, sin ternura fácil, y precisamente por eso me atravesó.

El aire abandonó mis pulmones con una lentitud temblorosa, y cuando su pulgar rozó mi mejilla algo dentro de mí se aflojó, algo que había permanecido tenso desde que abrí los ojos esperando el golpe, la distancia, el regreso del dios implacable que fingía que nada podía tocarlo.

Pero él seguía allí. Mirándome. Tocándome como si aquella mañana fuera tan real para él como lo era para mí.

—Yo tampoco —susurré.

Anubis sostuvo mi mirada, y por un instante vi cómo algo cruzaba su rostro, algo breve, oscuro y casi roto, que quizá fue alivio o quizá una emoción más antigua, más honda, una de esas que él no estaba acostumbrado a permitir que nadie leyera.

Su mano descendió hasta mi cintura y me atrajo un poco más cerca, y cuando su boca rozó la mía no hubo burla ni desafío, sino una pausa cargada de todo aquello que ninguno de los dos sabía decir sin convertirlo en una herida.

Me separé apenas.

—Anubis...

Él se quedó inmóvil, como si hubiera oído en mi voz algo que lo obligara a detenerse.

—Lo de Tara —dije al fin, y sentí cómo el nombre cambiaba el aire entre nosotros—. En el inframundo. Yo...

No encontré una forma limpia de decirlo, porque no la había.

La imagen de Tara seguía clavada en un rincón oscuro de mi memoria: su presencia, su historia, el modo en que yo había reaccionado desde el miedo, desde los celos, desde esa parte cobarde de mí que prefería atacar antes que admitir que algo dolía.

Bajé la mirada, incapaz de sostener la suya durante aquel primer intento de verdad.

—Fui injusta contigo y con ella, no entendí lo que vi o quizá lo entendí demasiado tarde, pero dejé que el orgullo hablara antes de yo, y si usé su nombre para herirte, aunque fuera sin querer reconocerlo, lo siento.

Anubis no habló enseguida. Su silencio fue largo, denso, lleno de cosas que no sabía si estaba dispuesto a entregarme, pero no se apartó, y eso, viniendo de él, ya era una respuesta.

—Tara no era un arma para usar contra ti —dijo finalmente, con una voz más baja, más áspera—, pero yo la convertí en una sombra entre nosotros porque nunca te expliqué lo suficiente,

porque preferí que me odiaras antes que permitirte ver cuánto me importó perderla y cuánto me aterró que tú también acabaras convirtiéndote en alguien a quien no pudiera salvar.

La confesión me atravesó despacio. No sonó perfecta ni dulce, no tuvo la forma de una disculpa hermosa, porque Anubis no sabía pedir perdón sin dejar primero un filo sobre la mesa, pero en su voz había algo crudo, algo honesto, una grieta abierta donde antes solo había piedra.

—No soy Tara —susurré.

Sus ojos se endurecieron apenas, no por rechazo, sino por miedo.

—Lo sé.

—Y no quiero ser una deuda más para ti.

Su mano se cerró con más firmeza en mi cintura.

—No lo eres, Hathor.

—Entonces no me protejas como si ya me hubieras perdido.

Anubis bajó la mirada durante un instante, y cuando volvió a alzarla había en sus ojos una oscuridad más honesta que cualquier promesa.

—No sé hacerlo de otra forma.

Aquella respuesta, tan imperfecta y tan suya, me dolió más que una disculpa completa, porque entendí de pronto que Anubis no sabía amar sin prepararse para la pérdida, ni cuidar sin convertir el cuidado en una jaula, ni tocar sin temer que todo lo que tocaba terminara marcado por la muerte.

Apoyé la mano en su rostro, rozando con los dedos la línea severa de su mandíbula.

Algo en su expresión se quebró apenas, una grieta mínima en la piedra, y entonces me besó.

No como la noche anterior, no con la violencia de dos personas que se han resistido demasiado tiempo y ya no pueden fingir que no arden, sino con una intensidad más honda, más lenta, más peligrosa por lo que tenía de reconocimiento.

Me besó como si la mañana nos perteneciera solo durante ese instante, como si quisiera borrar cada palabra torpe, cada herida mal cerrada, cada distancia que ambos habíamos usado como escudo hasta entonces.

Y yo le respondí, porque todavía tenía miedo, porque Tebas seguía existiendo más allá de aquellas paredes, porque mi padre, Isis, Horus y toda la corte seguían siendo una amenaza suspendida sobre nosotros, pero en aquel momento nada pesaba más que su boca sobre la mía,

su mano acariciando partes de mi cuerpo y la certeza insoportable de que, si aquello iba a condenarme, al menos sería una condena elegida.

Anubis me atrajo contra él con una delicadeza que no suavizaba el peligro, sino que lo hacía más íntimo, y cuando sus labios descendieron por mi cuello, cerré los ojos, dejando que el mundo se retirara otra vez,

que el deber se quedara al otro lado de la puerta y que todo lo que no nos pertenecía esperara unos minutos más.

No hubo promesas ni palabras grandes, solo la respiración de ambos mezclándose en la luz dorada de la mañana, el roce de su piel contra la mía, la sábana deslizándose despacio y esa forma suya de tocarme como si cada caricia fuera una pregunta que yo respondía sin necesidad de hablar.

Después, cuando la mañana terminó de entrar en la habitación y el silencio volvió a asentarse sobre nosotros, me quedé con la frente apoyada contra su pecho, escuchando el latido lento y profundo de un dios al que todos temían,

mientras él acariciaba mi espalda con una paciencia que nadie habría creído posible en sus manos.

Por un instante, solo por uno, pensé que quizá el mundo podía tardar un poco más en encontrarnos.

Entonces llamaron a la puerta.

El golpe fue seco.

Uno solo.

Anubis abrió los ojos de inmediato, y toda la suavidad de la mañana desapareció de su rostro. Se incorporó con una rapidez silenciosa, alerta, convertido de nuevo en el señor de Hardai antes incluso de apartarse de mí.

—Quedaos fuera —ordenó.

La voz al otro lado respondió con tensión.

—Mi señor... es urgente. Una misiva de Tebas.

El nombre cayó sobre la habitación como una sombra.

Me incorporé, sujetando la sábana contra el pecho, mientras Anubis se levantaba y se cubría con una túnica oscura. No parecía sorprendido. Eso me asustó más.

—Que la dejen en la mesa —dijo.