Capítulo 19 #5
Él no me tocaba, pero me miraba como si hacerlo fuera ya una forma de ceder.
Yo nunca había besado a nadie.
Y esa certeza, de pronto, me volvió vulnerable de una manera insoportable. No sabía si debía cerrar los ojos, si acercarme más, si esperar a que él lo hiciera por mí. Pero Anubis seguía quieto, estático, observándome como si cada segundo de duda estuviera desgarrando algo dentro de él.
Me incliné apenas.
Mis labios rozaron los suyos.
Fue un contacto mínimo. Inseguro. Tembloroso.
Casi una pregunta. Tan breve que el agua pareció sonar más fuerte cuando me aparté, como si el mundo entero hubiera contenido la respiración durante ese instante.
Para mí, sin embargo, fue inmenso. Sentí el roce aún en la boca, en el pecho, en las manos que apenas sabían dónde sostenerse.
Anubis no reaccionó.
Siguió inmóvil.
Su rostro permanecía cerrado, severo, imposible de leer.
Solo sus ojos seguían sobre mí, y aquello me confundió más que cualquier palabra.
Durante un segundo esperé algo: una respuesta, un gesto, una señal de que no había cometido un error.
Pero él continuó quieto, como si se hubiera convertido en piedra.
La vergüenza me subió despacio por la garganta.
Quizá lo había entendido mal. Quizá aquella tensión solo existía dentro de mí. Quizá su manera de mirarme no significaba lo que yo había creído.
Bajé la mano.
Y comencé a apartarme.
No llegué a hacerlo.
Su mano subió hasta mi nuca con una rapidez que me robó el aliento.
Sus dedos se hundieron en mi cabello húmedo, firmes, seguros, y me retuvo junto a él antes de que pudiera retroceder.
No fue brusco, pero sí inevitable. Como si algo en él acabara de romperse y ya no quedara espacio para la distancia.
Cuando volví a mirarlo, Anubis ya no parecía frío.
Parecía peligroso.
No por amenaza, sino por la intensidad con la que me deseaba y por el esfuerzo que aún hacía para no dejar que ese deseo lo arrasara todo.
—No vuelvas a hacer eso.
Su voz salió ronca, baja, casi áspera.
Tragué saliva.
—¿Qué cosa?
Su mirada descendió otra vez a mi boca.
—Besarme como si fueras a huir después.
El corazón me golpeó con tanta fuerza que apenas pude sostenerle la mirada.
—No estaba huyendo.
Algo oscuro cruzó sus ojos.
—Entonces quédate.
Y me besó.
No como yo lo había hecho.
No con duda. No con miedo. No con esa suavidad torpe con la que yo apenas me había atrevido a tocarlo.
Anubis me besó como si mi pequeño roce hubiera sido la última grieta en una muralla que llevaba demasiado tiempo sosteniendo, como si cada segundo de quietud anterior hubiera sido una batalla perdida de antemano.
Su boca tomó la mía con una intensidad que me dejó sin aire.
Firme. Profunda. Devastadora. Su mano en mi nuca me mantuvo cerca, inclinándome hacia él con una seguridad que me hizo estremecer, mientras la otra se cerraba en mi cintura bajo el agua y me atraía hasta que no quedó nada entre los dos salvo el calor,
la respiración y aquel beso que parecía arder por dentro.
Yo no sabía besar.
Pero mi cuerpo aprendió en el suyo.
Aprendió en la presión de sus labios, en el modo en que contenía su fuerza sin suavizar el deseo, en la respiración que se le quebró contra mi boca cuando mis dedos se aferraron a sus hombros.
Había algo salvaje en él, sí, algo oscuro y casi desesperado, pero también una contención que hacía cada gesto más intenso, como si incluso entregándose siguiera luchando contra la parte de sí mismo que quería perder el control.
Me aferré a su cuello.
El agua se movió alrededor de nosotros, lenta al principio, después más inquieta, golpeando suavemente la piedra mientras mi vestido flotaba entre ambos como una sombra deshecha.
Las antorchas ardían sobre las columnas, proyectando reflejos dorados en su piel, en sus ojos, en la línea tensa de su mandíbula cuando se apartó apenas lo justo para respirar y volvió a besarme con más hambre.
Esta vez respondí.
Con torpeza al principio. Con temblor. Con esa inseguridad que todavía me ardía en el pecho. Pero cuando él me rodeó con más fuerza, cuando su boca buscó la mía otra vez y otra, cuando sentí que también él respiraba como si aquello lo estuviera venciendo, dejé de pensar.
Solo sentí.
Sus manos no me apresaron; me sostuvieron.
Su cuerpo no me exigió nada; me llamó. Y yo fui hacia él con la misma inevitabilidad con la que el agua se cerraba alrededor de nuestras cinturas, con la misma certeza con la que la noche parecía haberse apartado para dejarnos solos en aquel baño escondido del palacio.
Anubis separó apenas los labios de los míos y apoyó la frente contra la mía.
Sus ojos seguían cerrados.
Su respiración era honda, irregular, demasiado humana.
—Hathor... —murmuró, y mi nombre en su boca sonó distinto. Más bajo. Más suyo.
No respondí con palabras.
Volví a besarlo.
Esta vez ya no como una pregunta.
Y cuando él me atrajo de nuevo contra sí, cuando el agua nos envolvió y el mundo quedó reducido al roce de su piel, a sus manos firmes en mi cintura y a la forma en que mi nombre se perdió entre su respiración y la mía, comprendí que aquella noche ya no pertenecía al palacio, ni a Horus,
ni a ninguna promesa hecha por otros.
Nos pertenecía a nosotros.
A lo que habíamos intentado negar.
A lo que acabábamos de aceptar sin decirlo.
Las antorchas continuaron ardiendo sobre las columnas mientras la distancia entre los dos desaparecía por completo, y el murmullo del agua fue lo último que escuché antes de dejar de luchar contra él, contra mí, contra todo.
Aquella noche, por primera vez, no quise escapar.