Capítulo 19 #4
Había telas oscuras, muebles bajos de madera negra, mapas extendidos sobre una mesa, pergaminos abiertos, una copa intacta junto a un cuenco de fruta que nadie había tocado y varias armas colocadas sobre la pared con una precisión casi ritual.
Todo estaba ordenado. Controlado. Silencioso.
Como él.
—¿Anubis? —llamé en voz baja.
Nadie respondió.
Avancé unos pasos, sintiendo que cada movimiento me convertía en una intrusa más evidente, aunque no lo suficiente como para detenerme.
Miré hacia una estancia lateral que parecía un dormitorio, separada por cortinas oscuras; la cama estaba intacta, sin señal alguna de que alguien hubiera descansado allí.
Tampoco lo vi junto a la mesa, ni en los balcones privados que daban a la noche del Jardín.
No estaba, o quizá sí, porque entonces lo escuché: agua.
Al principio fue apenas un murmullo tan suave que lo confundí con el eco lejano de alguna fuente exterior, pero al quedarme inmóvil lo oí con claridad, un sonido constante y delicado, como el de una pequeña cascada cayendo sobre piedra,
que llegaba desde una arcada lateral entreabierta junto con una corriente de aire tibio cargada de vapor y de un aroma mucho más intenso que el de la estancia principal, una mezcla densa de aceites, flores,
resinas y calor que me hizo tragar saliva antes incluso de comprender del todo hacia dónde me estaba llevando.
El baño. Debería haberme marchado en ese mismo instante, lo supe con una claridad casi dolorosa, porque nada justificaba seguir avanzando, nada explicaba que mis pies se movieran hacia aquel sonido ni que mi mano apartara con cuidado la cortina que separaba la sala principal de aquella estancia
oculta, pero aun así lo hice.
La sala de baño era enorme, abovedada, tallada casi por completo en piedra negra pulida, iluminada por lámparas doradas cuya luz se deshacía entre el vapor como si flotara en el aire.
Una pequeña cascada brotaba de la boca de una estatua de chacal situada en la pared del fondo, vertiendo agua caliente en una piscina rectangular hundida en el suelo, donde la superficie brillaba cubierta por una fina capa de aceites que reflejaban la luz en tonos ámbar, oro y cobre.
El vapor ascendía en espirales lentas, envolviéndolo todo con un perfume cálido y embriagador: mirra, flor de loto, almendra amarga, cedro, algo oscuro y dulce que parecía meterse bajo la piel.
Y allí estaba él.
Anubis permanecía dentro del agua, sumergido hasta el pecho, de espaldas a mí y completamente inmóvil, con los brazos apoyados en el borde de piedra y la cabeza ligeramente inclinada hacia delante,
como si el peso de sus propios pensamientos lo hubiera obligado a bajar la guardia en un lugar donde nadie debía verlo.
El cabello húmedo se le pegaba a la nuca y a los hombros, la luz de las lámparas resbalaba sobre su piel mojada y el vapor difuminaba el contorno de su cuerpo hasta convertirlo en algo casi irreal, más cercano a una sombra antigua que a un príncipe de carne y hueso.
No parecía descansar.
No parecía siquiera haberme oído.
Estaba allí, completamente absorto, perdido en algún lugar al que yo no pertenecía, rodeado por el murmullo del agua, el aroma de los aceites y una quietud tan profunda que me detuvo en el umbral, con la respiración atrapada y el corazón golpeándome demasiado fuerte.
Anubis permanecía junto a la enorme bañera excavada en piedra oscura.
—Veo que sigues sin saber interpretar los jeroglíficos de las puertas.
La voz grave resonó entre las columnas.
Sonreí.
—Por supuesto que sé leerlos.
Anubis alzó una ceja.
—Entonces, ¿qué haces aquí?
Sostuve su mirada sin apartarme.
—Buscarte.
Algo se tensó en su rostro. Apenas un músculo en la mandíbula. Un brillo fugaz en esos ojos capaces de hacerme olvidar hasta mi propio nombre.
—¿Y se puede saber para qué?
No respondí enseguida.
Los escalones descendían hacia el agua frente a mí.
Sin dejar de mirarlo, puse un pie sobre el primero.
El agua tibia me abrazó los tobillos y la tela negra de mis vestiduras se agitó alrededor de mis piernas como una sombra viva.
Sus ojos bajaron con una lentitud medida desde mi rostro hasta la línea de mi cuello, se detuvieron apenas en el movimiento de mi respiración y continuaron después por la tela negra que caía sobre mi cuerpo, siguiendo el modo en que la gasa se abría alrededor de mis piernas al tocar el agua.
Sentí aquella mirada como si no rozara la tela, sino mi piel; como si cada palmo que recorría quedara encendido bajo sus ojos.
Anubis no dijo nada.
La tensión en su mandíbula, el modo en que sus dedos se cerraron apenas sobre el borde de la piedra y ese brillo oscuro que cruzó sus ojos bastaron para que comprendiera que mi descenso al agua no le era indiferente.
Y, por primera vez desde que había entrado en aquel baño, dejé de fingir que no lo sabía.
—Primero dime por qué te marchaste.
Anubis exhaló lentamente.
—Necesitaba estar solo.
Bajé otro escalón.
—No te he preguntado qué necesitabas. Te he preguntado de qué huías.
El agua me alcanzó las pantorrillas. Pequeñas ondas se expandieron por la superficie oscura hasta rozar sus pies.
—Ten cuidado, Hathor.
Su advertencia me rozó la piel con más fuerza que el agua.
—¿Con qué? ¿Con el baño? ¿Con la noche? ¿O contigo?
Una sombra cruzó su rostro.
—Con lo que crees saber.
—Sé más de lo que te gustaría.
La comisura de sus labios tembló apenas. Casi una sonrisa. Casi una amenaza.
Descendí un escalón más. El agua ya rozaba mis rodillas y la gasa negra empezó a abrirse alrededor de mí, flotando como humo oscuro bajo la luz de las antorchas.
—¿Te fuiste por miedo?
Sus ojos verdes se clavaron en los míos.
—No le temo a nada.
—Eso es mentira.
El silencio cayó entre nosotros, denso, cargado, vivo. Como una cuerda tensada hasta el límite.
—¿Ahora también lees almas?
—No.
Seguí avanzando.
—Pero sé leerte a ti.
Durante unos segundos no hubo nada más que el murmullo del agua, el crepitar de las llamas y el eco lejano del baile, tan distante que parecía pertenecer a otra vida.
—Deberías volver —dijo él.
—No quiero.
—Te estarán buscando, eres la novedad de la noche.
Bajé un escalón más. El agua alcanzó mis muslos y sentí cómo su mirada luchaba por no descender. Aquello me encendió de una forma peligrosa.
—Yo ya encontré lo que buscaba.
Anubis levantó la cabeza. De verdad. Como si mis palabras hubieran atravesado algo que él llevaba siglos protegiendo.
—No juegues conmigo, Hathor.
—No estoy jugando.
Tragué saliva, aunque intenté que no se notara.
—Desapareciste.
Anubis cerró los ojos un instante.
—Tenía que alejarme.
—¿De mí?
La pregunta quedó suspendida entre nosotros. Esta vez no respondió enseguida.
—Sí.
El corazón me golpeó las costillas.
—Mírame y dilo otra vez.
Sus ojos volvieron a los míos, oscuros, tensos, peligrosamente sinceros.
—Tenía que alejarme de ti.
La manera en que lo dijo me atravesó entera.
—Entonces no lo estás haciendo muy bien.
Su mandíbula se endureció.
—No sabes lo que estás provocando.
—Quizá sí.
Bajó la mirada hacia el agua. Su voz salió más grave, más baja.
—Si me hubiera quedado allí esta noche, habría hecho algo que llevo demasiado tiempo intentando evitar.
Descendí otro escalón. El agua rodeaba ya mi cintura. La tela negra flotaba a mi alrededor como pétalos oscuros, y el aire entre nosotros parecía arder, aunque todo mi cuerpo estuviera sumergido.
—Dímelo.
Anubis me observó, y por primera vez no vi al dios implacable, ni al juez de los muertos, ni al príncipe de Hardai. Vi a un hombre luchando contra sí mismo.
—Habría cometido un error.
El aire desapareció de mis pulmones.
Sus palabras resonaron entre las columnas. Simples. Directas. Brutales.
—Anubis...
—No.
Negó despacio.
—No digas mi nombre así.
Sentí un calor lento subir por mi garganta.
—¿Así cómo?
Sus ojos descendieron a mi boca.
—Como si supieras exactamente lo que me haces.
Mi cuerpo entero respondió a esa frase antes que mi mente. Un temblor leve. Apenas visible. Pero él lo vio. Claro que lo vio.
—Me costó demasiado marcharme —añadió—. No me lo pongas más difícil.
Bajé el último escalón. El agua se cerró alrededor de mí. Solo nos separaban unos pocos pasos.
Su mirada bajó por mi rostro, se demoró en mis labios y volvió a mis ojos con una intensidad que me dejó sin defensa.
—Llevo siglos sabiendo quién soy.
—¿Y?
—Desde que llegaste, ya no estoy tan seguro.
El corazón me dio un vuelco.
El baño pareció empequeñecer. Las columnas, las fuentes, las antorchas, el palacio entero desaparecieron. Solo quedamos nosotros. Él. Yo. El agua entre ambos. El deseo respirando en silencio.
—No tienes idea de lo difícil que es verte y fingir que no ocurre nada —murmuró.
Sentí una punzada de ternura, pero también algo más oscuro, más caliente, más mío. Aquel guerrero, aquel juez temido incluso por los inmortales, estaba delante de mí con la coraza abierta apenas una rendija, y esa rendija era más peligrosa que cualquier espada.
Di un paso más. El agua onduló entre nosotros.
—Creo que sí lo sé.
La mirada de Anubis se oscureció.
—Hathor...
Durante unos segundos nadie respiró. Nadie habló. El tiempo pareció detenerse.
El agua murmuraba a nuestro alrededor. Las antorchas seguían ardiendo. La celebración continuaba lejos, demasiado lejos.
Entonces levanté una mano y rocé su mejilla.
Lo hice despacio, con una cautela que no habría sabido disimular, aunque hubiera querido.
Su piel estaba tibia bajo mis dedos, firme, real, y aquel simple contacto me desarmó más que cualquiera de sus palabras.
Anubis no se movió. Ni un solo músculo. Permaneció inmóvil ante mí, con la mandíbula tensa y la respiración contenida, como si toda la fuerza de su cuerpo se hubiera concentrado en no acercarse.
Pero sus ojos sí hablaron.
Me observaban en silencio, oscuros, fijos, demasiado atentos.
Bajaron un instante a mi boca, volvieron a mis ojos y se quedaron allí, clavados en mí con una intensidad que me dejó expuesta por completo.
No había burla en esa mirada. Tampoco indiferencia.
Había deseo contenido, una lucha muda, una tensión tan feroz que casi podía sentirla vibrar entre nosotros.