Capítulo 19 #3
Después de la tensión del baile, de la forma en que Anubis me había mirado delante de toda la corte y de ese baile que todavía parecía arderme en la piel como si sus manos hubieran dejado una memoria imposible de borrar, habría jurado que no sería capaz de disfrutar de nada más aquella noche.
Sin embargo, poco a poco, entre la música, las luces suspendidas en el aire y las voces que llenaban el gran salón, algo dentro de mí empezó a aflojarse, como si mi cuerpo, cansado de resistir, aceptara durante unas horas que quizá no todo en aquel lugar tenía que doler.
Akasha fue la primera en arrastrarme de vuelta al grupo, con esa seguridad suya que no admitía réplica, y apenas tuve tiempo de protestar antes de que Unar me colocara una copa en la mano y Geb apareciera a mi lado hablando de la partida de senet que, según él,
yo había ganado solo porque había utilizado “métodos cuestionables”.
Me reí antes de poder evitarlo, una risa real, ligera, inesperada, y aquel sonido me sorprendió tanto que durante un instante me quedé callada, como si no reconociera del todo a la mujer que acababa de emitirlo.
—No fueron métodos cuestionables —dije, alzando la copa con dignidad—. Fue talento.
—Fue manipulación —replicó Geb.
—Fue estrategia.
—Fue una vergüenza para todos los jugadores honestos.
Unar soltó una carcajada, y Akasha, que fingía beber para ocultar la sonrisa, terminó negando con la cabeza como si estuviera acostumbrada a vernos discutir de aquella manera.
Selene, mucho más discreta, observaba a Unar desde el otro lado del grupo con una dulzura que él intentaba fingir que no notaba, aunque lo cierto era que lo notaba demasiado, porque cada vez que sus ojos se encontraban, ambos desviaban la mirada con una torpeza tan evidente que incluso yo,
que no estaba precisamente en mi momento más lúcido, tenía que contener las ganas de reír.
Durante un rato me permití estar allí. Simplemente estar.
Escuché a Geb exagerar anécdotas de antiguas celebraciones en las que, según él, había derrotado a medio palacio en juegos de mesa, aunque Unar se encargó de desmontar cada una de sus versiones con una paciencia demoledora.
Akasha me habló de las costumbres de la corte, de los bailes, de las alianzas disfrazadas de sonrisas y de las rivalidades que podían nacer de una mirada mal colocada.
Selene me explicó algunas tradiciones del Jardín con una voz tan suave que parecía hecha para calmar incluso los pensamientos más ruidosos.
Y yo escuché.
Sonreí.
Respondí...
No porque hubiera olvidado todo lo ocurrido, ni porque mi vida hubiese dejado de estar sostenida por hilos ajenos, sino porque, por primera vez desde que había llegado a aquel mundo oscuro y hermoso,
empecé a sentir que existían rostros a los que podía buscar entre la multitud sin temer encontrar juicio en ellos.
Había calidez en aquel pequeño grupo. Una forma extraña de cuidado.
Una familiaridad que no me pertenecía todavía, pero que empezaba a rozarme con suavidad, como si me ofreciera un lugar al que regresar cuando todo lo demás se volviera demasiado.
La música cambió varias veces. Algunos bailaron, otros se quedaron conversando junto a las mesas de vino y frutas, y yo terminé aceptando otra copa, más por acompañar que por deseo real de beber.
Me dejé llevar por el murmullo de la sala, por las luces doradas suspendidas sobre nuestras cabezas, por el movimiento de las telas, por la belleza imposible del salón y por esa sensación extraña de estar participando en una vida que, unas semanas atrás, me habría parecido absurda.
Entonces, sin saber por qué, lo busqué.
No fue una decisión consciente. Simplemente ocurrió.
Mis ojos se deslizaron entre los grupos reunidos bajo las columnas, cruzaron los espacios donde las parejas giraban al ritmo de la música, recorrieron los balcones abiertos al crepúsculo eterno y se detuvieron en el lugar donde lo había visto por última vez. Pero Anubis ya no estaba.
Fruncí apenas el ceño.
Tal vez se habría movido.
Volví a mirar con más atención, esta vez fingiendo interés por una conversación de Akasha mientras mi mirada seguía buscando sombras entre la luz.
No estaba junto al trono, ni cerca de sus sacerdotes, ni en los extremos más oscuros del salón donde alguien como él podría refugiarse para observar sin ser observado.
Tampoco lo vi junto a Anukis, ni hablando con ninguno de los nobles que antes parecían disputarse su atención con una mezcla de respeto y temor.
No estaba allí.
La constatación me produjo una incomodidad inmediata, una punzada pequeña, ridícula, que intenté aplastar antes de que se volviera demasiado evidente.
No me importaba. No tenía por qué importarme.
Él podía irse cuando quisiera, desaparecer como hacía siempre, retirarse a cualquier rincón del palacio y perderse entre sus propios silencios sin que yo tuviera motivo alguno para preocuparme.
Pero seguí buscándolo.
Una vez.
Otra.
Y otra más.
Hasta que Geb, que llevaba un rato observándome con una expresión demasiado inteligente para mi tranquilidad, se inclinó hacia mí con una copa en la mano y una sonrisa que ya anunciaba problemas.
—Si sigues mirando hacia las sombras con esa intensidad, alguien va a pensar que esperas que te devuelvan la mirada.
Lo miré de inmediato.
—No estoy mirando hacia las sombras.
—Claro que no.
—Estoy observando la sala.
—La sala se llama Anubis, por lo visto.
Le lancé una mirada de advertencia, pero él no pareció sentirse especialmente amenazado. Al contrario, se acomodó junto a mí con una tranquilidad irritante, como si acabara de encontrar una forma maravillosa de entretenerse el resto de la noche.
—No estaba buscándolo —dije, demasiado rápido.
—Por supuesto que no.
—Geb...
—Se ha retirado.
Aquella frase me cortó antes de que pudiera seguir defendiéndome con una dignidad cada vez menos convincente.
—¿Retirado?
—Eso ha dicho.
Algo en su tono me hizo entrecerrar los ojos.
—¿Y por qué?
Geb bebió un trago antes de responder, como si estuviera considerando cuánto debía decirme y cuánto prefería reservarse para no complicarse la existencia.
—Cansancio. El viaje. Trabajo atrayendo almas. El día ha sido largo.
Lo miré fijamente.
Después solté una risa breve, seca, sin humor.
—¿Cansancio?
—Eso ha dicho.
—Anubis.
—Eso también he pensado yo.
—¿Tú te lo has creído?
Geb ladeó la cabeza, y por primera vez su sonrisa perdió un poco de ligereza.
—Ni por un segundo.
La respuesta cayó entre los dos con un peso incómodo.
Porque era exactamente lo que yo sabía. Anubis no se retiraba de un salón lleno de nobles, dioses y aliados porque estuviera cansado.
Anubis no desaparecía por agotamiento después de haber cruzado una tormenta como si el desierto obedeciera a su respiración, ni después de enfrentarse a Apofis con la tranquilidad de quien saluda a una amenaza conocida.
Si se había marchado, era por otra razón.
Y el problema era que una parte de mí necesitaba saber cuál.
— Dime donde esta —pregunté.
Geb me miró con más seriedad.
—Hathor...
—Solo quiero comprobar que está bien.
—Eso no suena a “solo”.
—Geb.
El tono de mi voz debió de bastar, porque suspiró y miró alrededor antes de responder en voz más baja.
—Ala norte. Pasillo de obsidiana. Puertas dobles con chacales tallados. Pero si alguien pregunta, yo no te he dicho nada.
—No pienso mencionarte.
—Eso espero.
Me alejé antes de que pudiera arrepentirse de haberme dado la información.
No corrí, aunque mi cuerpo parecía inclinarse peligrosamente hacia esa posibilidad.
Caminé con la mayor compostura que pude reunir, atravesando el salón entre grupos de invitados que apenas repararon en mí, aprovechando que la música había vuelto a subir y que el ambiente estaba lo suficientemente animado como para que mi salida no resultara demasiado evidente.
Al abandonar el gran salón, el sonido de la fiesta empezó a apagarse detrás de mí, primero como un murmullo brillante, después como una vibración lejana que se quedó atrapada entre las columnas y los pasillos.
El palacio parecía otro de noche. Más vasto.
Más silencioso. Más antiguo. Las antorchas de llama azulada proyectaban sombras largas sobre las paredes de piedra oscura, y el eco de mis pasos se multiplicaba a mi alrededor de una forma que me hizo sentir demasiado visible, como si cada corredor supiera que yo no debía estar allí.
El ala norte se extendía al final de una galería más estrecha, menos transitada, donde el aire parecía enfriarse a medida que avanzaba.
El pasillo de obsidiana apareció ante mí como una boca negra, brillante, pulida hasta reflejar la luz de las antorchas en destellos dorados y rojizos.
Caminé despacio, intentando no pensar en lo absurdo de todo aquello, en que estaba yendo a buscar a un príncipe que no me había pedido que lo buscara, a un hombre que me enfurecía tanto como me desarmaba,
a alguien que parecía empeñado en acercarse lo justo para después recordarme que no debía confiar en él.
Al fondo, tal como Geb había dicho, estaban las puertas.
Dobles.
Enormes.
Talladas con dos chacales enfrentados.
Me detuve frente a ellas.
Durante unos segundos no hice nada. Solo miré la madera oscura, los relieves, las líneas perfectas de aquellos animales guardianes que parecían observarme con una quietud casi viva.
Debí llamar. Debí dar media vuelta. Debí regresar al salón, fingir que no había pasado nada y dejar que Anubis se ahogara en sus propios misterios si eso era lo que quería.
Pero no lo hice.
Apoyé la mano sobre una de las hojas y empujé con cuidado.
La puerta cedió con un suspiro bajo.
Entré.
Los aposentos reales estaban en penumbra, iluminados apenas por lámparas de aceite colocadas en puntos estratégicos, y lo primero que me envolvió fue su olor.
Mirra. Cedro. Lirios. Un rastro cítrico, limpio y amargo, mezclado con algo más profundo que no supe identificar y que, de inmediato, me hizo pensar en él.
No era un perfume preparado para impresionar a nadie. Era más íntimo que eso. Más suyo.
La estancia principal era amplia, sobria y elegante, muy distinta al lujo excesivo de otros espacios del palacio.