Capítulo 19 #2
Mi nombre en sus labios sonó demasiado íntimo, demasiado cerca, demasiado peligroso, y cuando se marchó, atravesando de nuevo el patio con esa calma oscura que lo seguía como una segunda piel, tardé varios segundos en volver a respirar.
Esa noche me transformaron.
No existía otra forma de describirlo.
Akasha y Selene me arrastraron por medio palacio con una determinación que no admitía réplica, discutiendo entre ellas sobre telas, joyas, peinados y colores como si mi vida dependiera de cada detalle, y cuando terminaron, apenas me reconocí frente al espejo.
El vestido parecía tejido con la propia noche; una tela oscura, profunda y suave, recorrida por hilos de oro, obsidiana y plata que se extendían sobre mi cuerpo como constelaciones atrapadas en movimiento.
Las joyas antiguas adornaban mi cuello con un peso elegante, mi cabello recogido en un elegante e intricado recogido y la luz del tocador convertía mi piel en algo casi irreal, como si el crepúsculo mismo hubiera decidido cubrirme con su reflejo.
Por primera vez comprendí por qué aquellas mujeres me observaban con tanta satisfacción.
Parecía una reina.
Y quizá esa fue precisamente la parte que más me asustó.
Cuando descendimos hacia el gran salón, la música ya llenaba la estancia con una melodía lenta y envolvente, hecha de cuerdas graves, tambores lejanos y voces que parecían elevarse hacia las sombras del techo.
Las columnas doradas se alzaban hasta perderse en lo alto, cubiertas de relieves antiguos que brillaban bajo centenares de luces suspendidas en el aire como estrellas cautivas.
La corte entera parecía haberse reunido allí: nobles del Inframundo, criaturas de mirada antigua, dioses menores, guardianes, sombras con forma humana y rostros que me observaban con una mezcla de curiosidad, respeto y cálculo.
Todas las conversaciones se detuvieron al verme entrar.
El silencio descendió sobre el salón con la suavidad de un velo, y sentí cada mirada posarse en mí como una mano invisible. Durante un instante deseé retroceder, esconderme detrás de Akasha, fingir que aquel vestido, aquella entrada y aquel lugar no tenían nada que ver conmigo. Pero entonces lo vi.
Anubis estaba sentado en el trono oscuro, inmóvil, rodeado de sombras y de luz dorada, como si ambas cosas le pertenecieran por igual. Tenía una mano apoyada en el reposabrazos y el rostro ligeramente inclinado hacia uno de sus consejeros, pero en cuanto entré, levantó la mirada.
Y se quedó completamente quieto.
No fue una reacción exagerada. No abrió la boca, no se movió, no permitió que la corte viera demasiado.
Pero yo sí lo vi. Vi cómo su atención se fijaba en mí con una intensidad tan absoluta que todo el salón pareció desaparecer de nuevo.
Vi cómo sus dedos se tensaban apenas sobre el trono.
Vi cómo su mirada descendía, lenta, controlada y peligrosamente silenciosa, recorriendo el vestido, las joyas, mi cuello, mi boca, antes de regresar a mis ojos con una oscuridad distinta, más profunda, más difícil de resistir.
El corazón me golpeó las costillas con tanta fuerza que temí que todos pudieran oírlo.
Anubis se puso en pie despacio.
No hubo prisa en su movimiento, y quizá por eso resultó aún más imponente.
Descendió los escalones del trono uno a uno, sin apartar los ojos de mí, mientras la corte abría paso a su alrededor con una naturalidad casi instintiva, como si nadie se atreviera a interponerse entre él y aquello que había decidido mirar.
Yo no pude moverme.
Quise hacerlo. Quise apartar la vista, fingir indiferencia, recuperar, aunque fuera una mínima parte de mi orgullo.
Pero él caminaba hacia mí con esa calma devastadora, vestido de negro, con la mirada encendida de una forma que no había visto antes, y cada paso suyo parecía reducir el espacio entre nosotros hasta dejarme sin aire.
Cuando llegó frente a mí, la música continuaba, la corte seguía observando y, aun así, sentí que estábamos solos.
Anubis inclinó apenas la cabeza, lo justo para cumplir con el protocolo, aunque sus ojos jamás abandonaron los míos.
—Hathor.
Mi nombre, otra vez, pronunciado de esa forma grave y contenida que convertía una simple palabra en algo casi prohibido.
—Mi rey—respondí, obligándome a sostenerle la mirada.
Una sombra cruzó su rostro, algo parecido a la satisfacción, quizá al deseo de decir algo que no debía decir allí, delante de todos.
Sus ojos volvieron a descender un instante hacia mi vestido, y cuando regresaron a los míos, la tensión entre nosotros se volvió tan densa que habría podido cortarse con un cuchillo.
—Estas… —comenzó, pero se detuvo.
Aquella pausa me hizo arder más que cualquier cumplido.
—¿Estoy? —pregunté, alzando ligeramente la barbilla.
Él se inclinó apenas hacia mí, lo suficiente para que su voz quedara solo entre nosotros.
—Arrebatadora, … peligrosa.
No dijo hermosa. No dijo perfecta. No dijo nada que pudiera repetirse en voz alta sin que sonara a desafío. Dijo peligrosa, y la palabra me rozó la piel como una caricia oscura, arrancándome una respiración que intenté disimular demasiado tarde.
—¿Eso es un cumplido?
La comisura de su boca se elevó con lentitud.
—Depende de quién lo escuche.
—¿Y cómo lo has dicho?
Sus ojos se oscurecieron un poco más.
—Como una advertencia.
El mundo pareció inclinarse bajo mis pies. La música, las luces, las voces contenidas, todo se mezcló en una sensación demasiado intensa mientras él extendía la mano hacia mí, con la palma abierta, firme y silenciosa.
—Baila conmigo.
No fue una pregunta.
Fue una invitación.
Una orden.
Miré su mano, luego sus ojos, y supe que si aceptaba algo cambiaría, aunque no supiera todavía el qué. Pero también supe que no habría podido negarme ni aunque lo hubiera intentado.
Así que puse mi mano sobre la suya.
Y en cuanto sus dedos se cerraron alrededor de los míos, la misma descarga de siempre me atravesó, solo que esta vez no hubo tormenta, ni excusa, ni peligro exterior al que culpar.
Solo estábamos él y yo, en mitad del salón, bajo la mirada de toda la corte, fingiendo que aquello era solo un baile cuando ambos sabíamos que era mucho más.
Anubis me condujo hacia el centro de la sala sin soltarme, con una seguridad que me obligó a seguirlo, y cuando su mano se apoyó en mi cintura, firme, cálida incluso a través de la tela, tuve que contener el impulso de cerrar los ojos.
Me sostuvo demasiado cerca para ser inocente, pero no lo bastante como para que nadie pudiera acusarlo de romper el protocolo.
Esa era la peor parte. Sabía exactamente cuánto podía acercarse sin cruzar una línea visible.
Pero todas las invisibles ya las había cruzado.
—Todos nos miran —murmuré.
—Que miren.
Su mirada descendió un instante a mi boca, apenas un segundo, pero lo suficiente para desarmarme.
La música cambió entonces, volviéndose más lenta, más profunda, y él me hizo girar con una elegancia oscura, atrayéndome después de nuevo hacia sí con una precisión que convirtió aquel movimiento en algo peligrosamente íntimo.
Mi mano descansaba sobre su hombro, la suya seguía en mi cintura, y cada vez que nuestros cuerpos se acercaban un poco más, sentía que algo dentro de mí cedía, algo que no quería ceder, algo que llevaba días, quizá semanas, resistiéndose a él.
—Has estado evitándome —dijo en voz baja.
— Tú tampoco has venido a buscarme.
—No sabía si queríais que lo hiciera.
Aquella sinceridad, tan inesperada y breve, me golpeó más fuerte que cualquiera de sus provocaciones.
—¿Y ahora lo sabes?
Anubis no respondió enseguida. Me hizo girar de nuevo, pero esta vez, al regresar, me sostuvo un segundo más cerca de lo necesario. Su mano se tensó en mi cintura.
—Ahora sé que me has echado de menos.
Sentí el calor subir por mi cuello.
—Eres muy arrogante.
—No lo has negado.
—No te daré ese placer.
Su sonrisa fue mínima, peligrosa.
—Ya me lo has dado.
Me quedé sin respuesta. Porque era cierto. Porque mi cuerpo llevaba traicionándome desde que lo vi entrar en el patio, desde que bajó los escalones del trono, desde que dijo mi nombre como si fuera algo que quisiera guardar solo para él.
—No deberías mirarme así —susurré, más débil de lo que pretendía.
—¿Así cómo?
—Como si no hubiera nadie más en la sala.
Su expresión cambió. La diversión desapareció lentamente, sustituida por algo más oscuro, más honesto, más inquietante.
—Ese es el problema, Hathor.
La música siguió girando alrededor de nosotros, pero yo apenas podía oírla.
—¿Cuál?
Anubis inclinó el rostro lo justo para que su aliento rozara mi sien cuando respondió:
—Que cuando te miro, no lo hay.
Me faltó el aire.
Durante un instante no fui capaz de moverme, y quizá él lo notó, porque su mano en mi cintura se volvió más firme, sosteniéndome con una delicadeza que no encajaba con la dureza de su voz ni con el hombre que tantas veces me había hecho arder de rabia.
—Anubis…
Mi voz sonó demasiado baja. Demasiado cercana.
Él cerró los ojos un segundo, como si escuchar su nombre en mis labios le hubiera costado más de lo que esperaba, y cuando los abrió de nuevo, la tensión entre nosotros era casi insoportable.
—No digáis mi nombre así.
—¿Cómo?
—Como si me necesitaras.
Y entonces comprendí que no era solo yo. Que aquello no me estaba ocurriendo sola. Que él también lo sentía, aunque se escondiera detrás de su frialdad, aunque lo disfrazara de advertencia, de orgullo o de distancia. Lo sentía. Lo estaba sintiendo en ese mismo instante.
La música cambió de ritmo, pero ninguno de los dos se apartó de inmediato.
Durante un segundo más permanecimos allí, demasiado cerca, con nuestras manos aún unidas y la respiración atrapada entre los dos. Después, poco a poco, Anubis se separó, recuperando esa máscara de príncipe oscuro que tan bien sabía llevar, aunque sus ojos siguieran traicionándolo.
Inclinó la cabeza.
—Disfrutad del baile, Hathor.
Y se marchó.
Pero esta vez no tardé varios segundos en volver a respirar.
Tardé mucho más.
La noche, contra todo pronóstico, terminó siendo mucho más amable de lo que yo había imaginado.