El chacal y la hija del sol Capítulo 19
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Capítulo 19

El baile de bienvenida

El patio central del palacio se había convertido, sin que yo me diese cuenta, en uno de mis lugares favoritos del Jardín; quizá porque allí nadie me observaba como si fuese una criatura extraña, quizá porque, por primera vez desde que había llegado al Inframundo,

conseguía olvidarme durante un rato de todo lo ocurrido, de la pérdida, del encierro, de esa sensación constante de haber sido arrancada de mi propia vida y arrojada a un mundo que todavía no sabía si quería pertenecerme.

Las fuentes de piedra negra cantaban alrededor de nosotros con un murmullo constante y sereno, mientras el agua, iluminada por diminutas luces doradas que parecían luciérnagas atrapadas bajo la superficie, recorría canales estrechos que serpenteaban entre jardines imposibles.

Flores de pétalos plateados se abrían bajo la luz eterna del crepúsculo, desprendiendo un perfume suave, casi irreal, y criaturas de todos los tamaños cruzaban los senderos con tanta normalidad que, de algún modo, había empezado a acostumbrarme a ellas.

Ya no me sorprendían. Bueno… casi nunca.

—¡Eso es hacer trampas! —gruñó Geb, inclinándose sobre el tablero con una indignación tan teatral que me arrancó una carcajada.

—¿Hacer trampas? —repetí, llevándome una mano al pecho con fingida ofensa.

—Estás haciendo algo.

—Sí —respondí, moviendo una de mis fichas con toda la calma del mundo—. Ganarte.

Akasha resopló tan fuerte que estuvo a punto de atragantarse de risa, y Geb la miró con una mezcla de traición y desesperación, como si esperara encontrar en ella una aliada y solo hubiese descubierto a otra cómplice de mi victoria.

Nos encontrábamos sentados frente a un tablero de senet tallado en obsidiana, cuyas casillas brillaban con reflejos azulados cada vez que la luz de las fuentes resbalaba sobre la piedra.

Las fichas de Geb estaban peligrosamente cerca de la derrota y las mías avanzaban hacia la última hilera con una seguridad que parecía irritarlo cada vez más.

—No entiendo cómo puedes perder siempre —dijo Akasha, todavía riéndose.

—Porque no deja de hablarme mientras juego.

—Eso se llama distracción táctica —contesté, sin apartar la vista del tablero.

—Eso se llama manipulación.

—Eso se llama que soy mejor.

—Insufrible.

—Mal perdedor.

—Bruja.

—Llorón.

Akasha volvió a doblarse sobre sí misma, incapaz de contener la risa, y yo le lancé una mirada orgullosa, como si su diversión fuera la prueba definitiva de mi inocencia.

—¿Ves? Ella me entiende.

—Ella se ríe de mí —protestó Geb.

—Porque eres adorable cuando te enfadas.

Geb abrió la boca para responder, probablemente dispuesto a defender la poca dignidad que le quedaba, pero Unar y Selene aparecieron en ese momento por uno de los senderos del jardín.

Unar caminaba con esa elegancia suya, serena y segura, mientras Selene llevaba un vestido color marfil que se movía como niebla alrededor de sus piernas, rozando apenas el suelo con cada paso.

Y entonces ocurrió.

Otra vez.

Unar la miró.

Selene lo miró a él.

Fue apenas un instante, una sonrisa pequeña, una desviación mínima de los ojos, algo tan breve que quizá cualquier otra persona lo habría pasado por alto; pero no yo.

Yo lo vi. Vi cómo él se quedaba un segundo suspendido en esa mirada, cómo ella bajaba los ojos demasiado deprisa y cómo ambos fingían después una normalidad tan forzada que resultaba casi escandalosa.

Levanté una ceja. Luego la otra. Después miré a Geb y, por último, a Akasha, que ya estaba sonriendo con una discreción nada convincente.

Geb negó con la cabeza antes de que yo dijera una sola palabra.

—No empieces.

—¿Empezar qué?

—La misma tontería de siempre.

—¿Qué tontería?

—La de esos dos.

Miré a Unar, miré a Selene y volví a mirar a Akasha justo en el momento en que ambos apartaban la vista exactamente al mismo tiempo, con una coordinación tan absurda que terminé riéndome por lo bajo.

—Por todos los dioses…

Akasha abrió mucho los ojos.

—¿Qué?

—Nada.

—¿Qué?

—Nada en absoluto.

—Hathor…

—Jamás he visto a nadie tan evidente.

El color abandonó el rostro de Unar con tanta rapidez que Geb soltó una carcajada inmediata, mientras Selene intentaba esconder una sonrisa detrás de una serenidad que se le estaba resquebrajando por las comisuras de la boca.

—Te lo dije —intervino Geb, satisfecho.

—Cállate.

—Crees que nadie lo nota.

—Cállate.

—Lo nota todo el mundo.

—Geb…

—Hasta los muertos.

La expresión mortificada de Unar provocó una nueva oleada de risas, y durante unos segundos todo pareció extrañamente normal, simple, fácil, como si nunca hubiese existido el dolor, como si yo no hubiera abandonado mi hogar, como si mi vida no se hubiese roto en pedazos y aquel lugar,

aquel patio rodeado de agua, sombras y criaturas imposibles, pudiera ser simplemente un refugio.

Entonces el mundo se quedó en silencio.

No fue un sonido lo que cambió, ni una voz, ni siquiera un movimiento brusco.

Fue algo más profundo, una alteración invisible en el aire, una presión repentina que me recorrió la piel antes de que mi mente pudiera comprenderla.

Las risas se apagaron poco a poco, el murmullo de las fuentes pareció alejarse y mi cuerpo reaccionó antes que yo, tensándose de una forma tan íntima y absurda que supe quién había llegado incluso antes de levantar la vista.

Anubis acababa de entrar en el patio.

Vestía completamente de negro, como si las sombras hubieran sido tejidas para él y no al revés, y la oscuridad parecía adherirse a su figura con una devoción inquietante, siguiendo cada línea de su cuerpo, cada paso lento y medido, cada gesto contenido.

Durante un instante permaneció inmóvil al otro lado del patio, observándonos a todos con esa autoridad silenciosa que no necesitaba imponerse para dominar el espacio.

Pero cuando sus ojos encontraron los míos, el resto desapareció.

Las fuentes, las voces, la risa de Unar, la presencia de Geb a mi lado, incluso el tablero de senet sobre la mesa dejaron de existir con una facilidad humillante, como si el mundo entero hubiera decidido retirarse para dejarnos solos en mitad de aquel patio lleno de gente.

No nos dijimos nada. Ni una sola palabra.

Y, sin embargo, aquella mirada contenía demasiadas cosas: silencios antiguos, preguntas que ninguno de los dos se atrevía a formular, reproches que quizá ya habían perdido fuerza y una añoranza tan peligrosa que me dolió reconocerla.

Una presión insoportable se instaló en mi pecho, tan intensa que durante un segundo olvidé cómo respirar.

Lo había echado de menos. Muchísimo. Más de lo que quería admitir, más de lo que estaba dispuesta a reconocer, más de lo que mi orgullo habría permitido si no me hubiese traicionado el cuerpo en cuanto lo vi aparecer.

Aquellas mariposas absurdas, aquellas que yo había intentado matar con rabia, con distancia y con orgullo, seguían ahí.

No habían desaparecido. Habían crecido, más fuertes, más insistentes, más peligrosas.

—Mi rey —saludó Geb, poniéndose en pie.

Los demás lo imitaron enseguida, y Anubis apartó los ojos de mí con una dificultad tan breve como evidente, aunque suficiente para que algo cálido y traicionero se encendiera bajo mi piel.

—Veo que os encontráis entretenidos —dijo, con esa voz grave que siempre parecía rozar algo dentro de mí antes de llegar a mis oídos.

—Le estaba dando una paliza monumental —respondí, señalando el tablero con una seguridad que no sentía del todo.

Geb protestó al instante, ofendido por aquella descripción de los hechos, y Anubis sonrió.

Solo eso.

Una sonrisa breve, apenas insinuada, pero suficiente para desordenarme por completo.

—Entonces lamento haber interrumpido una batalla tan desigual.

Las comisuras de mi boca se elevaron solas antes de que pudiera evitarlo, y odié esa reacción con una intensidad casi ridícula. Él me observó durante un segundo, como si hubiese advertido cada grieta en mi compostura, antes de preguntar:

—¿Cómo os encontráis?

La pregunta era sencilla, casi protocolaria, pero la forma en que la formuló no lo fue; había algo en su voz, en la quietud de sus ojos, en la manera en que no miraba a nadie más, que convertía esas tres palabras en algo mucho más íntimo, como si realmente quisiera saberlo,

como si le importara la respuesta.

—Bien —respondí.

Su mirada no se apartó de mí.

—¿De verdad?

Tragué saliva, sintiendo que esa segunda pregunta me alcanzaba en un lugar mucho más vulnerable.

—Sí.

Miré a Unar, buscando una salida, una excusa, algo que me permitiera no seguir atrapada en sus ojos.

—Él ha tenido mucho que ver.

Después miré a Selene y Akasha.

—Todos ellos.

Anubis los observó un instante, y cuando volvió a mirarme había en su expresión una sinceridad tan inesperada que tuve que apartar la vista.

—Me alegra oírlo.

Y parecía cierto. Tan cierto que me desarmó. Porque si seguía mirándolo, si me quedaba un segundo más atrapada en aquella calma oscura que él arrastraba consigo, terminaría diciendo cosas que no debía, cosas que quizá llevaba demasiado tiempo conteniendo.

Anubis guardó silencio unos instantes antes de anunciar:

—Esta noche tendrá lugar el Baile Ceremonial de bienvenida. Muchos vendrán para saludarte y darte un recibimiento como dictan las leyes.

La reacción fue inmediata. Akasha se animó con una sonrisa, Geb murmuró un «por fin» cargado de alivio y Unar dejó escapar una exclamación entusiasmada, pero yo solo pude quedarme quieta, sintiendo cómo la mirada de Anubis volvía a buscarme entre todos.

—Es una tradición importante —añadió.

—¿Y tengo que asistir?

—Toda la corte desea conoceros.

—Eso suena aterrador.

—Lo sobreviviréis.

Por primera vez, una sombra de diversión cruzó sus ojos, apenas un destello, pero suficiente para que esa tensión silenciosa que parecía perseguirnos desde el primer día volviera a instalarse entre los dos con una fuerza casi física.

La misma tensión. La que ninguno se atrevía a nombrar.

La que convertía cada palabra en algo más, cada silencio en una amenaza y cada mirada en una promesa que no sabía si quería cumplir.

—Os veré esta noche, Hathor.