El chacal y la hija del sol Capítulo 18 #4
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Capítulo 18 #4

—Porque querer a alguien no siempre significa amarlo como esa persona desea.

Anubis la necesitaba, la respetaba, incluso la buscaba cuando el mundo le pesaba demasiado, pero nunca la miró con esa rendición que ella esperaba.

Y Anukis, en lugar de marcharse, se quedó.

Se quedó esperando una señal, una palabra, una grieta. Cualquier cosa.

Tragué saliva.

—Eso es cruel.

—Lo es. Aunque a veces la crueldad no nace de hacer daño, sino de no saber cómo evitarlo.

Me quedé en silencio. La laguna continuaba brillando, pero algo de su belleza se había vuelto más triste.

—Entonces aparecí yo —dije.

Unare giró lentamente la cabeza hacia mí.

—Sí.

—Y ocupé el lugar que ella quería.

—Ocupaste el lugar que ella llevaba siglos imaginando.

La verdad fue tan clara que no pude defenderme de ella.

—Yo no se lo arrebaté.

—No. Pero eso no impide que a ella le duela verte ahí.

Apreté los dedos sobre la tela de mi vestido.

Unar me miró con una seriedad distinta.

—Hathor…

—No, déjame decirlo. Si realmente ocupara ese lugar, no me sentiría así. No estaría aquí intentando respirar porque Anubis decidió apartarme como si lo que siento fuera un error que debe corregirse.

—Anubis no te apartó porque no le importaras.

Solté una risa amarga.

—Siempre encontráis una manera de protegerlo.

—No lo estoy protegiendo. Estoy intentando que entiendas que hay personas que no saben amar sin convertirlo todo en sacrificio.

Aquellas palabras me dejaron inmóvil.

Unar miró la laguna, y su voz se volvió más baja.

—Anubis ha pasado demasiado tiempo creyendo que todo lo que toca termina marcado por la muerte, por el deber o por la pérdida.

Anukis quiso convencerlo de lo contrario durante siglos, pero nunca pudo atravesar esa parte de él.

Tú, en cambio, llegaste y lo obligaste a mirar lugares de sí mismo que ni siquiera ella conocía.

Sentí un nudo en la garganta.

Lo miré.

—¿Qué quieres decir?

—Que incluso tú dudas de algo que ella habría considerado un milagro. Anukis habría dado cualquier cosa por una sola mirada de Anubis como las que él te dirige cuando cree que nadie lo observa.

Mi corazón se contrajo.

—No digas eso.

—¿Por qué?

—Porque no es verdad, el cree que soy una cría mimada.

Unar no respondió enseguida. Las esporas doradas seguían ascendiendo entre nosotros, suaves, hermosas, indiferentes a todo lo que se rompía por dentro.

—Es verdad —dijo al fin—. Pero también porque Anubis sigue siendo Anubis.

Puede sentir algo hasta quemarse por dentro y aun así convencerse de que alejarse es una forma de protegerte.

Anukis lo sabe mejor que nadie. Durante años esperó que él dejara de esconderse.

Esperó ser suficiente para hacerlo cambiar.

Y ahora te ve a ti provocando en él aquello que ella siempre quiso despertar.

Me quedé mirando el reflejo de mi rostro en el agua turquesa. Parecía más pálido, más cansado, pero también menos encerrado que aquella mañana.

—Entonces es normal que esté resentida.

—Sí —admitió Unare—. Es normal. No es justo contigo, pero es comprensible.

—¿Ella aspiraba a estar en mi lugar?

—Durante mucho tiempo. No como reina, si eso es lo que preguntas.

Anukis nunca deseó una corona por ambición.

Lo que quería era pertenecer a Anubis de una manera que nadie pudiera discutir.

Quería ser la elegida, la única capaz de quedarse a su lado cuando todos los demás se apartarán.

Y durante años creyó que, si esperaba lo suficiente, él terminaría viéndola.

El silencio volvió a caer, más denso esta vez.

Observé cómo los nenúfares seguían abiertos, derramando luz dorada sobre el agua.

Algo en aquella imagen me pareció cruelmente hermoso: flores que solo despertaban ante emociones intensas, abriéndose precisamente cuando una conversación removía heridas que no eran solo mías.

—No sé si puedo odiarla después de saber esto —murmuré.

—No tienes por qué odiarla.

—Pero tampoco puedo permitir que me hiera.

Lo miré, agradecida por la sencillez de aquella respuesta.

—¿Crees que Anubis la quiso alguna vez de esa manera, aunque fuera por un instante?

Unar tardó en responder más que antes.

—Creo que hubo momentos en los que pudo haberlo intentado.

Momentos en los que quizá se preguntó si sería más fácil entregarse a alguien que ya lo conocía, alguien que no exigía de él más de lo que estaba dispuesto a dar.

Pero amar no siempre obedece a la lógica, y Anubis, por mucho que quisiera controlarlo todo, nunca pudo obligarse a sentir algo que no nacía de verdad.

Aquello me dejó una tristeza extraña, no solo por Nefru, sino también por él.

—Debe de ser terrible amar a alguien que está tan cerca y tan lejos al mismo tiempo.

—Sí —dijo Unar—. Y por eso Anukis se volvió afilada. No nació así. Se hizo así para sobrevivir a una espera que nunca terminó.

Las luces doradas comenzaron a descender poco a poco sobre la laguna. Algunas se posaban en los pétalos abiertos; otras caían sobre mi pelo, sobre mis manos, sobre el borde del vestido.

Respiré hondo.

Por primera vez en tres días, el aire no me pesó tanto.

—Gracias por traerme aquí —dije en voz baja.

Unare sonrió sin mirarme.

—Era mi deber complacer a mi reina.

—Y al rey.

—Y al rey —admitió—. Aunque, entre nosotros, creo que esta vez he sido bastante más útil que él.

No pude evitar sonreír.

La tristeza seguía ahí. Anubis seguía ahí, clavado en algún lugar de mi pecho, junto a todo lo que no entendía y todo lo que aún dolía.

Pero al mirar la laguna turquesa, los nenúfares abiertos y las esporas doradas elevándose como pequeñas promesas, comprendí que el mundo no se había reducido a aquella herida.

Seguía habiendo belleza.

Seguía habiendo lugares capaces de sostenerme cuando yo no sabía hacerlo.

Y quizá, solo quizá, también quedaban respuestas esperándome más allá del dolor.