Capítulo 18 #3
—Bajad conmigo. Solo una hora. No tenéis que saludar a nadie si no queréis. No iremos al salón del trono ni a ningún lugar donde os pesen el alma con la mirada. Os llevaré a un sitio tranquilo. Si después queréis volver y encerraros otros tres días, prometo no deteneros.
Akasha soltó un sonido bajo, divertido.
—Yo sí lo haría.
Selene le dio un suave codazo, pero ambas me miraban con una esperanza mal disimulada.
—Traidoras —murmuré.
Akasha sonrió.
—Siempre al servicio de vuestra recuperación, mi señora.
Unar extendió una mano hacia mí, no para obligarme a levantarme, sino como invitación.
Al hacerlo, su mirada volvió a desviarse un instante hacia Selene, y ella, que fingía no estar pendiente, se sonrojó otra vez antes de mirar hacia la bandeja de ungüentos como si acabara de descubrir en ella los secretos del universo.
Esta vez no pude evitar sonreír.
Por los dioses.
Ni siquiera Hardai estaba libre de esa clase de torpezas dulces.
Miré la mano de Unar, pensé en Tara, en Anubis, en mi familia, en la ciudad que respiraba más allá de mis puertas, y suspiré.
—Una hora.
La expresión de Unar se suavizó con alivio.
—Una hora, mi reina.
—Y si me llevas a algún sitio lleno de jueces, sacerdotes o criaturas que quieran pesarme el alma con la mirada, vuelvo aquí y no salgo en una semana.
—Anotado.
—Y nada de Anubis.
Su sonrisa se volvió más contenida.
—El príncipe no estará en ninguna conversación.
No sé por qué aquella respuesta me dolió y me alivió al mismo tiempo.
Me puse de pie despacio. Selene se apresuró a traer una túnica limpia, oscura y ligera, bordada con hilos de oro apagado, mientras Akasha me ayudaba a ajustar la serpiente de oro en el brazo.
En el espejo, mi reflejo seguía pareciéndome cansado, herido y demasiado lejos de sí mismo, pero también había algo nuevo allí, una chispa pequeña que quizá no era valentía todavía, sino simple terquedad.
Y quizá, por ahora, bastaba.
Cuando crucé el umbral de mis aposentos junto a Unar, el aire del palacio me recibió frío, perfumado a piedra húmeda, mirra y flores oscuras. Durante un segundo tuve el impulso de volver atrás, cerrar la puerta y protegerme de todo cuanto me esperaba fuera, pero no lo hice. Di un paso. Luego otro.
Hardai seguía allí.
Y aunque todavía no sabía si algún día podría pertenecerle, comprendí que ya no podía seguir fingiendo que no me pertenecía un poco a mí.
Unar no me llevó directamente a los jardines, como yo había imaginado.
Primero atravesamos los corredores silenciosos del palacio y descendimos hacia la ciudad.
Al cruzar las grandes puertas, la luz me golpeó el rostro con una suavidad inesperada, cálida, casi amable, y tuve que parpadear varias veces antes de acostumbrarme al movimiento, a las voces,
al sonido del agua corriendo por los canales y al murmullo de la vida continuando como si mi dolor no hubiera detenido nada.
La ciudad se extendía ante mí con una belleza que hasta entonces no había sabido mirar.
Las calles estaban hechas de piedra clara, pulida por los siglos y atravesada por vetas doradas que brillaban bajo el sol.
A ambos lados, las casas se alzaban en terrazas cubiertas de flores, telas ligeras ondeaban desde los balcones y pequeñas fuentes dejaban caer hilos de agua sobre cuencos de alabastro.
Había niños corriendo junto a los mercados, mujeres escogiendo frutos de colores imposibles y ancianos sentados bajo los toldos, conversando con esa calma de quienes han visto pasar suficientes tragedias como para no dejarse vencer por ninguna.
Caminé despacio, sintiéndome extraña entre tanta normalidad.
—Nunca había visto esto así —confesé.
Unare redujo el paso para caminar a mi lado.
—Porque no has tenido ocasión de verlo sin miedo.
No respondí. La frase me tocó demasiado cerca de un lugar que todavía dolía.
Seguí avanzando mientras él me mostraba pequeños rincones que parecían escondidos incluso a plena vista: una plaza donde las sombras de los árboles dibujaban figuras de antiguos dioses sobre el suelo,
un patio circular donde los muros respondían con música si alguien los rozaba con la palma de la mano, un puente estrecho bajo el que nadaban peces transparentes con corazones encendidos como brasas diminutas.
Todo era hermoso de una manera serena, sin imponerse, como si aquel reino también supiera guardar belleza para quienes llegaban demasiado cansados de luchar.
—No todo aquí está hecho para herir —dijo Unar cuando me quedé mirando cómo un grupo de pájaros dorados descendía sobre una fuente y bebía sin agitar el agua.
—A veces cuesta recordarlo.
—Por eso te he traído.
Lo miré de reojo.
—¿Por orden del rey?
—Por orden de nadie.
—Mentiroso.
Sonrió apenas.
—Digamos que todos ganan con esto. Tú respiras, el rey deja de parecer una tormenta contenida y yo sigo conservando la cabeza sobre los hombros.
Esta vez sí sonreí, aunque fuera poco.
Después de recorrer la ciudad, Unar me condujo más allá de las últimas casas, siguiendo un sendero de piedra que se internaba en los jardines reales.
Allí el ruido quedó atrás poco a poco, sustituido por el rumor de las hojas y el canto lejano de aves que no alcancé a ver.
El aire olía a agua limpia, a tierra húmeda y a flores abiertas bajo el calor del día.
A cada paso, el paisaje parecía volverse menos real y más antiguo, como si estuviéramos entrando en un lugar que existía antes que los palacios, antes que los tronos, antes incluso que los nombres de los dioses.
Los árboles crecían altos, entrelazando sus ramas por encima de nosotros hasta formar túneles de sombra verdosa.
Algunas hojas tenían bordes plateados y se iluminaban cuando la brisa las movía.
Entre los troncos, pequeñas criaturas aladas revoloteaban dejando un polvo azul en el aire, y las raíces, gruesas y oscuras, parecían apartarse ligeramente para abrirnos camino.
—¿Siempre haces esto? —pregunté.
—¿Sacar reinas tristes a pasear?
—Enseñar lugares que nadie más conoce.
—Solo a quienes creo que pueden necesitarlos.
Aquella respuesta me hizo callar.
Seguimos caminando hasta que el sendero descendió suavemente y los árboles se abrieron ante una laguna tan hermosa que me dejó inmóvil.
El agua era de un azul turquesa intenso, luminosa desde dentro, como si bajo la superficie ardiera un cielo líquido.
Sobre ella flotaban enormes nenúfares blancos y rosados, cerrados al principio, quietos como manos dormidas.
Entonces, a medida que nos acercábamos, comenzaron a abrirse uno tras otro con una lentitud casi ceremonial.
Los pétalos se desplegaron sobre el agua y de su interior ascendieron esporas doradas que se elevaron en remolinos suaves, llenando el aire de pequeños destellos.
Me acerqué a la orilla sin poder apartar la mirada.
—Es precioso —susurré.
—Se llama la laguna de Neshat.
—¿Por qué brillan así?
—Dicen que sus flores despiertan cuando sienten un corazón demasiado cargado.
Lo miré, y Unare sostuvo mi mirada con una naturalidad que no intentaba suavizar la verdad.
—Entonces han despertado por mí.
—Quizá también por mí. No te atribuyas todo el mérito.
Solté una risa breve, inesperada, y el sonido pareció extraño saliendo de mí después de tantos días. Me senté sobre una roca lisa junto al agua y observé cómo las esporas doradas subían hacia las ramas, quedándose atrapadas entre las hojas como si fueran pequeñas estrellas recién nacidas.
Durante un rato ninguno de los dos habló. Agradecí ese silencio, porque no era incómodo ni vacío. Era un silencio que no exigía nada. Unare se sentó cerca, dejando espacio suficiente para que no me sintiera vigilada, pero no tanto como para hacerme creer que estaba sola.
Fue allí, entre el resplandor azul de la laguna y aquella lluvia dorada suspendida sobre nosotros, cuando pensé en Anukis...
—Unar.
—Dime.
—Quiero preguntarte algo.
—Eso suena peligroso.
—Es sobre Anukis.
Su expresión cambió apenas, pero lo suficiente para que entendiera que no le sorprendía.
—Imaginaba que acabarías preguntando por ella.
—¿Por qué me trata de esa manera?
Unar apoyó los antebrazos sobre las rodillas y miró el agua antes de responder.
—Porque verte le recuerda algo que lleva demasiado tiempo intentando tener.
Fruncí el ceño.
—Eso no es una respuesta.
Esperé, aunque dentro de mí se tensó algo que no supe nombrar.
—Anukis siempre ha estado enamorada de Anubis —dijo al fin.
La frase cayó entre nosotros con una sencillez brutal. Durante unos segundos solo pude mirar el movimiento de las esporas sobre la laguna, como si el mundo hubiera seguido avanzando mientras yo intentaba encajar aquellas palabras.
—¿Siempre?
—Desde que ambos eran jóvenes.
Me giré hacia él.
—¿Y Anubis lo sabía?
—Claro que lo sabía. Anubis ve demasiadas cosas, incluso aquellas que preferiría ignorar.
Aquello me dolió de una forma extraña.
—¿Y él qué sentía por ella?
Unare tardó en contestar. No parecía buscar una mentira, sino una manera justa de decir la verdad.
—La quería y la quiere, muchísimo.
Sentí que el pecho se me cerraba.
—¿Como a una mujer?
—No de la forma en que ella necesitaba.
Bajé la mirada hacia el agua. Una espora dorada cayó sobre la superficie y se deshizo en un círculo de luz.
—Explícame eso.
—Cuando eran jóvenes, Anubis no era como lo conoces ahora.
Seguía siendo serio, orgulloso y difícil, no voy a negarlo, pero todavía no se había encerrado tanto en sí mismo.
Reía más, discutía más, se dejaba acompañar.
Anukis estaba a su lado constantemente. Era su confidente, su cómplice, la única capaz de enfrentarlo sin miedo y quedarse después como si nada hubiera ocurrido.
Intenté imaginar a Anubis así, menos distante, menos cubierto por esa oscuridad que parecía formar parte de él. Me costó.
—Entonces ella pensó que algún día él la elegiría.
—No solo ella.
Levanté la vista.
—¿Qué quieres decir?
—Que muchos lo pensamos. Durante un tiempo parecían inevitables. Había entre ellos una confianza que no se construye fácilmente, una cercanía que, vista desde fuera, podía confundirse con algo más. Anukis vivió durante años esperando que Anubis diera un paso que nunca dio.
—¿Y por qué no lo hizo?
Unar respiró hondo.