Capítulo 18 #2
Era una ciudad que había aprendido a existir después del final.
Y mientras la observaba desde el baño de Anubis, con el agua aromática cubriéndome la piel y el corazón todavía lleno de horror, comprendí que Hardai no era solo un reino, sino una criatura inmensa, antigua, capaz de ofrecer belleza y terror con la misma mano;
un lugar que podía inclinarse ante mí por la mañana y devorarme antes del anochecer si descubría lo que mi sangre era capaz de despertar.
Apoyé la frente sobre mis brazos, respirando despacio.
Ayer había entrado en aquella ciudad como reina de los muertos, pero hoy había despertado con el miedo de convertirme en la reina de los condenados, y, por primera vez desde que Anubis me había arrastrado a su mundo, comprendí que quizá la pregunta no era si mi familia seguiría buscándome.
La verdadera pregunta era si, cuando me encontraran, todavía quedaría algo de mí capaz de volver.
El resto del día lo pasé encerrada en mis aposentos, quizá porque no quería verme las caras con el dios Anubis o quizá porque, después de lo ocurrido con Tara, incluso respirar el aire de Hardai me parecía una forma de aceptar algo para lo que aún no estaba preparada.
Primero fue una tarde, después una noche, y al final fueron tres días enteros en los que la ciudad continuó latiendo más allá de mis muros mientras yo permanecía dentro de aquella habitación demasiado grande, fingiendo que el encierro era una elección y no una rendición.
Las únicas personas que cruzaban mis puertas eran las dos jóvenes semidiosas que Anubis había dispuesto para mí: Selene y Akasha.
Al principio las recibí con cierta distancia, pero su presencia acabó resultándome menos invasiva de lo que esperaba.
Selene tenía una dulzura serena, casi acuática, con ojos claros y una forma de moverse que recordaba a la calma de Tefnut cuando intentaba sostener el mundo sin hacer ruido; Akasha, en cambio, era más viva, más afilada,
con una ironía en la mirada y una seguridad que me recordaban inevitablemente a Baset, aunque sin esa calidez feroz que solo mi hermana poseía.
Quizá por eso, sin darme cuenta, empecé a permitirles quedarse un poco más cada día.
Selene entraba por las mañanas con bandejas de fruta, infusiones oscuras y aceites para el baño, mientras Akasha aparecía después con telas limpias, flores de los jardines inferiores y pequeñas noticias de la ciudad que dejaba caer con aparente descuido,
como si no supiera que yo escuchaba más de lo que admitía.
Me hablaban de los canales, de los mercados nocturnos, de los templos bajos y de las criaturas que solo salían cuando el cielo de Hardai se volvía azul oscuro.
Yo respondía poco, pero ellas no parecían ofenderse; tal vez porque comprendían que a veces el dolor necesita silencio antes que consuelo.
La tercera mañana, o lo que en Hardai hacía las veces de mañana, estaba sentada junto a la galería con un libro abierto sobre las rodillas que llevaba demasiado tiempo sin leer, cuando unos golpes suaves sonaron en la puerta.
Selene, que ordenaba una bandeja de ungüentos, levantó la cabeza, y Akasha, reclinada junto a una columna con una familiaridad impropia de una doncella, me miró de reojo.
—¿Esperáis a alguien, mi señora? —preguntó Selene.
Negué despacio.
—No.
Los golpes volvieron a repetirse, esta vez algo menos ceremoniosos, y entonces una voz conocida llegó desde el otro lado.
—Mi reina… soy Unar. ¿Puedo pasar?
Durante un instante no respondí. Su voz me sorprendió más de lo que habría querido admitir, quizá porque no esperaba que nadie viniera a buscarme con preocupación real y no por simple deber. Al final dejé el libro a un lado.
—Pasa.
La puerta se abrió despacio y Unar asomó primero la cabeza, como si quisiera asegurarse de que no iba a recibir un objeto volando en su dirección.
Aquello casi consiguió arrancarme una sonrisa.
Entró después, alto, elegante, vestido con tonos oscuros y dorados, y su mirada recorrió la estancia con rapidez hasta detenerse en mí.
Sin embargo, antes de hablar, sus ojos se desviaron hacia Selene.
Fue apenas un segundo.
Pero yo lo vi.
Unar la miró con un interés demasiado silencioso para ser casual, y Selene, siempre tan serena, bajó la vista de inmediato mientras un rubor delicado le subía a las mejillas.
Akasha arqueó una ceja con una lentitud deliciosa, y yo sentí que algo dentro de mí, una parte antigua y familiar que ni Hardai ni la muerte de Tara habían logrado apagar del todo, despertaba con una chispa de diversión.
Era la diosa del amor, después de todo. Podían encerrarme en el Inframundo, rodearme de sombras, de leyes y de condenas, pero seguía reconociendo una atracción cuando la veía nacer delante de mis narices.
—Veo que sigues viva, mi reina —dijo Unar, recuperando la compostura con una rapidez demasiado estudiada.
—De momento —respondí, conteniendo una sonrisa.
Selene fingió ocuparse de los ungüentos con un interés repentino, y Akasha tuvo la decencia de mirar hacia otro lado, aunque su expresión dejaba claro que no se había perdido nada.
Unar avanzó unos pasos, pero no se acercó demasiado, como si intuyera que mis aposentos se habían convertido en un territorio defensivo.
—¿Puedo sentarme?
Hice un gesto hacia el diván frente al mío.
—Si has llegado hasta aquí, sería una pena que te quedaras de pie.
Él tomó asiento, aunque no perdió aquella sombra de preocupación que lo había acompañado desde la puerta. Durante unos segundos guardó silencio, observándome con una franqueza que me resultó incómoda.
—No habéis salido, mi reina.
No fue una acusación. Eso lo hizo peor.
—He estado ocupada.
Su mirada bajó al papiro abierto sobre mis rodillas.
—Ese papiro parece que lleva abierto mucho tiempo.
Apreté los labios.
—Quizá leo despacio.
Akasha soltó una risa bajísima, y Selene bajó aún más la cabeza para ocultar la sonrisa. Unar, en cambio, no se rio.
—No habéis hecho vida en Hardai desde que llegasteis —dijo con suavidad—.
No habéis recorrido los salones, ni visitado los jardines, ni permitido que la ciudad os conozca más allá de aquel primer recibimiento.
Las doncellas suben y bajan con noticias, pero vos no bajáis con ellas.
Hardai se inclina ante una reina que no ve, y eso empieza a preocupar.
Sentí cómo algo se tensaba dentro de mí.
—¿Te ha enviado Anubis para decirme eso?
La pregunta salió más afilada de lo que pretendía. Unar negó despacio.
—No, mi reina. Anubis no me ha enviado.
Lo observé con desconfianza.
—¿Seguro?
—Completamente. De hecho, Anubis no se encuentra en la ciudad.
La frase cayó entre nosotros con más peso del que esperaba.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
Unar sostuvo mi mirada sin dramatizar, pero tampoco suavizó la respuesta.
—Se marchó hace tres días.
El silencio que siguió fue denso. Anubis llevaba tres días fuera. Los mismos tres días que yo llevaba encerrada en mis aposentos, evitando encontrarme con un dios que ni siquiera estaba allí. Me sentí ridícula, y algo más que no quise mirar demasiado de cerca.
—No me lo habían dicho —murmuré.
—Lo sé.
—¿Y dónde está?
Unar dudó apenas.
—Atendiendo asuntos fuera de Hardai, mi reina.
—Qué específico.
—Es todo lo que puedo decir.
Me recliné contra el diván, cruzándome de brazos.
Unar ladeó la cabeza.
—¿Qué significa eso?
—Que, aunque no esté aquí, parece que ambos estáis haciendo todo lo posible por evitaros.
No supe si reír o enfadarme.
—Es difícil evitar a alguien que se ha ido de la ciudad.
—Y, aun así, vos habéis conseguido encerraros como si fuera a aparecer detrás de cada columna.
La precisión del golpe me dejó sin respuesta. Odié que tuviera razón, sobre todo porque lo decía sin intención de herirme.
—No quiero verlo —admití al fin, más bajo de lo que esperaba.
Unar asintió despacio.
—Lo imaginaba.
—Entonces no entiendo qué haces aquí.
—Precisamente por eso, mi reina. Porque no hace falta que lo veáis para empezar a conocer Hardai.
Miré hacia la ciudad, hacia sus torres negras, sus canales oscuros y sus puentes imposibles.
—Hardai no parece tener demasiado interés en conocerme.
—Os equivocáis. Hardai está conteniendo la respiración desde que llegasteis.
Volví la mirada hacia él.
—Sois la primera reina que esta ciudad recibe junto a Anubis. No una figura decorativa, no una alianza pasajera, no una visitante protegida por su sello. Reina. Eso significa algo aquí, incluso para aquellos que aún no saben qué hacer con vos.
Sentí el peso del anillo en mi dedo.
—Quizá hacen bien en no saberlo.
—Quizá —admitió—, pero esconderos no hará que sea más fácil.
Guardé silencio.
—No puedo salir ahí fuera y fingir que no pasó nada —dije al fin—. No puedo pasear por sus jardines, sonreír a sus guardianes y aceptar reverencias cuando hace tres días vi lo que mi sangre podía hacer. Cuando vi lo que Anubis hizo para detenerlo.
Unar no apartó la mirada.
—Nadie os está pidiendo que finjáis, mi reina.
—Entonces ¿qué me pides?
—Que no permitáis que ese momento sea lo único que Hardai signifique para vos.
Sus palabras me golpearon de una forma lenta.
—Esta ciudad es terrible —continuó—, pero también es más que sus leyes y más que sus secretos.
Hay jardines donde crecen flores que solo se abren para los muertos que recuerdan su nombre, bibliotecas que guardan relatos olvidados por los vivos, mercados donde se comercia con recuerdos, perfumes y fragmentos de canciones perdidas.
Y hay seres, mi reina. Antiguos, extraños, difíciles quizá, pero seres que algún día deberán miraros y decidir si os temen o si os siguen.
Tragué saliva.
—No sé si quiero que me sigan.
—Quienes desean poder con demasiada facilidad suelen ser peligrosos. Quienes le tienen miedo, al menos, saben que pesa.
La frase quedó suspendida entre nosotros, y pensé en Anubis antes de poder evitarlo. En el peso de su poder. En esa mirada cansada cuando habló de cerrar puertas y sostener finales que nadie quería mirar. Aparté el pensamiento con brusquedad.
Unar se levantó y caminó hacia la galería. La luz gris recortó su perfil mientras señalaba la ciudad con un gesto tranquilo.