El chacal y la hija del sol Capítulo 18
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Capítulo 18

La soledad de la hija del Sol

El amanecer en Hardai no llegó como llegaba en el mundo de los vivos; no hubo un primer rayo dorado atravesando las cortinas, ni pájaros anunciando el día desde los jardines, ni ese calor familiar del sol extendiéndose poco a poco sobre la piel como una promesa de vida,

porque allí la mañana se abrió despacio, sin luz verdadera, como si el cielo del Inframundo imitara el nacimiento del día desde una memoria antigua y defectuosa.

Una claridad grisácea, casi plateada, fue filtrándose entre las columnas negras de la habitación, tocando las paredes de obsidiana, los tejidos oscuros, los relieves de chacales y escarabajos que vigilaban desde la piedra, y durante unos segundos no supe dónde estaba.

Abrí los ojos con el cuerpo rígido, la respiración atrapada en la garganta y una sensación de vacío tan intensa que tardé demasiado en reconocer la cama bajo mi espalda.

Era enorme, demasiado grande para una sola persona, cubierta de sábanas oscuras y suaves que olían a mirra, a lirios negros y a él; a Anubis, a esa mezcla suya de noche, incienso y algo cítrico que parecía adherirse a todo cuanto tocaba.

Me incorporé despacio y miré el otro lado de la cama.

Estaba intacto.

No había una arruga en las sábanas, ni rastro de calor, ni marca alguna del peso de otro cuerpo.

Anubis no había pasado la noche allí, y no supe qué sentí primero, si alivio o una incomodidad absurda que me dolió precisamente porque no tenía derecho a existir.

Debería haber sido alivio. Después de la discusión, después de Tara, después de verlo matar con aquella precisión terrible, lo último que habría soportado era despertar con su presencia ocupándolo todo a mi lado.

Y, aun así, al mirar aquel espacio vacío, tan perfecto, tan deliberadamente intacto, algo en mi pecho se contrajo.

No había venido.

Ni siquiera para fingir.

Ni siquiera para mantener las apariencias de aquel matrimonio que Hardai acababa de aceptar como ley.

Me odié por pensar en eso y me odié todavía más por sentirlo.

La imagen de Tara regresó sin aviso, con una violencia tan nítida que tuve que cerrar los ojos.

Vi su rostro, su primera respiración rota, el brillo nuevo y terrible de sus ojos cuando mi sangre la llamó desde la muerte, su miedo, su voz apenas susurrando que no quería, y después Anubis, su mano, su decisión, la forma en que no dudó,

la forma en que todo terminó antes de que yo pudiera entender siquiera qué estaba perdiendo.

Me llevé una mano al pecho, intentando expulsar aquella presión que me aplastaba desde dentro, pero no sirvió de nada, porque seguía viendo a Tara caer, seguía oyendo mi propia voz llamando monstruo a Anubis y seguía escuchando la suya, más grave, más fría,

clavándose en mí como una verdad que no había pedido conocer.

“Eso que llamas monstruo sin alma es exactamente lo que tu sangre había empezado a crear.”

Apreté los ojos con fuerza, pero las palabras continuaron allí, abriéndose paso bajo la piel.

No era solo la muerte de Tara lo que me horrorizaba, sino la posibilidad de que Anubis tuviera razón; de que mi compasión, esa parte de mí que siempre había considerado lo único verdaderamente mío, pudiera convertirse en algo tan oscuro; de que mi deseo de ayudar no fuera una virtud,

sino una puerta, una grieta, un peligro.

Una guerra contra la naturaleza, contra Hardai, contra Anubis y quizá, algún día, contra mí misma.

Me levanté de la cama porque seguir tumbada se volvió insoportable.

El suelo estaba frío bajo mis pies descalzos, pulido como una lámina de noche, y cada paso que di por la habitación me recordó que ya no estaba en Alejandría, ni en Tebas, ni en ningún lugar donde el sol pudiera alcanzarme con facilidad.

Todo allí pertenecía a Anubis: las paredes, los símbolos, el silencio, incluso el aire parecía obedecerlo.

Durante un instante pensé en Baset, y el recuerdo fue tan repentino que me dolió.

La imaginé entrando en mi habitación sin pedir permiso, arrancándome las sábanas como tantas veces había hecho, llamándome dramática con esa mezcla suya de ternura y burla, diciéndome que me levantara antes de que el mundo entero decidiera venir a buscarme.

Imaginé su risa, su manera de mirarme como si pudiera leerme incluso cuando yo misma no quería entenderme, y el pecho se me cerró con una nostalgia tan brutal que tuve que apoyar una mano en la pared para no tambalearme.

Baset.

Tefnut.

Mis hermanas.

Las eché de menos con una intensidad que me dejó sin aire.

No de una forma dulce ni melancólica, sino física, casi cruel.

Las necesitaba. Necesitaba la firmeza de Baset, la calma de Tefnut, esa forma de estar juntas que siempre me había hecho creer que, pasara lo que pasara, habría un lugar del mundo donde todavía podía ser solo Hathor y no una promesa, una esposa, una reina o una amenaza.

Pero ellas no estaban, y no sabía si me estaban buscando.

La pregunta llegó despacio, como una sombra extendiéndose sobre el pensamiento.

¿Me estarían buscando? ¿Habría Baset exigido respuestas?

¿Habría Tefnut llorado en silencio, intentando mantener la compostura delante de nuestro padre?

¿Habría Ra removido Egipto entero para encontrarme, o habría decidido que mi desaparición era otra consecuencia incómoda que debía resolverse con estrategia y no con amor?

Mi padre.

El pensamiento de Ra me produjo una punzada distinta, más amarga.

Durante siglos había creído conocer el alcance de su poder, su autoridad y su luz incuestionable, pero desde que llegué a Hardai todo lo que había entendido de mi propia sangre empezaba a deformarse.

¿Sabría él lo que había dentro de mí? ¿Lo habría sabido siempre?

¿Me había entregado a Horus sin saberlo o precisamente porque lo sabía?

¿Era posible que mi vida entera hubiera sido otra decisión tomada por otros para contener algo que ni siquiera yo comprendía?

Y luego estaban Isis y Horus. Isis, con aquella sonrisa que nunca llegaba a ser amable del todo, con sus ojos calculadores y su capacidad para convertir cualquier gesto en una maniobra; Horus, correcto, luminoso, destinado a todo lo que yo había rechazado sin saber aún hacia qué estaba caminando.

¿Me buscaría él? ¿Lo haría por deber, por orgullo herido, por afecto?

¿O también ellos habrían dejado de hacerlo ya, aceptando que Hathor, la hija del sol, había cruzado una frontera de la que quizá no convenía traerla de vuelta?

La idea me dejó un hueco frío en el estómago.

Quizá ya habían dejado de buscarme.

Quizá, para el mundo de los vivos, yo ya era una pieza perdida.

Caminé hacia el baño porque necesitaba agua, no para limpiarme la piel, sino para intentar arrancarme de encima la noche anterior, aunque supiera que nada podría borrar lo que había visto. Las puertas se abrieron sin resistencia ante mí, y al cruzarlas me detuve.

El baño de Anubis era tan hermoso que resultaba casi ofensivo.

No esperaba aquella amplitud ni aquella luz extraña cayendo desde lo alto en haces pálidos, filtrada por aberturas talladas en la piedra negra.

La estancia era inmensa, sostenida por columnas de alabastro oscuro veteado en oro, con relieves de chacales, lunas y serpientes que ascendían por ellas como guardianes silenciosos.

El suelo estaba cubierto por losas pulidas que reflejaban la claridad gris del amanecer, y en el centro se alzaba una bañera gigantesca de alabastro blanco, tan amplia que parecía más un estanque ceremonial que un lugar destinado al descanso.

El agua humeaba suavemente, sin hervir, desprendiendo un vapor cálido, envolvente, cargado de aceites aromáticos que al acercarme me rodearon con una delicadeza inesperada: loto azul, mirra, leche dulce, miel, pétalos oscuros y alguna esencia más profunda que no supe identificar,

algo que olía a tierra mojada después de una tormenta y a templos cerrados durante siglos.

Sobre la superficie flotaban flores negras y doradas, y junto al borde descansaban pequeñas vasijas de ungüentos, sales finas y aceites humectantes que alguien había dispuesto con una precisión casi reverente.

Me pregunté quién lo habría ordenado.

Y odié pensar en Anubis.

Me despojé de la ropa lentamente, dejando que las telas cayeran al suelo sin mirarlas.

Cuando introduje un pie en el agua, el calor me subió por la pierna con una suavidad tan perfecta que se me escapó un suspiro involuntario.

Me hundí despacio, hasta que el agua me cubrió los hombros, y por primera vez desde la muerte de Tara mi cuerpo pareció recordar que existía algo más que tensión, culpa y miedo.

El agua era espesa por los aceites, sedosa, casi maternal.

Se pegaba a mi piel con una caricia lenta, humectante, perfumada, como si intentara devolverme una calma que yo ya no sabía si merecía.

Apoyé la cabeza contra el borde de alabastro y cerré los ojos, pero el silencio trajo de vuelta la escena que quería olvidar: Tara, Anubis, la sangre, sus palabras.

Abrí los ojos de golpe.

No podía quedarme atrapada en eso.

Me incorporé y avancé dentro de la bañera hasta apoyar los brazos sobre el muro bajo que la rodeaba.

Desde allí, la estancia se abría hacia una galería enorme sin ventanas, porque en Hardai nada parecía necesitar ventanas para ofrecer vistas imposibles.

Más allá del arco se extendía la ciudad entera, infinita, oscura, terrible, desplegada bajo aquel amanecer sin sol.

Hardai.

La contemplé en silencio, y lo peor fue comprender que era hermosa.

Era hermosa de una manera que me hacía sentir culpable por reconocerlo.

Torres negras se alzaban entre canales de agua oscura, templos de obsidiana y oro dormido brillaban bajo la luz grisácea, puentes imposibles unían terrazas suspendidas sobre abismos de niebla, y estatuas colosales de chacales,

esfinges y jueces de cabeza animal vigilaban la ciudad como si fueran capaces de despertar en cualquier momento.

A lo lejos, los obeliscos ardían con símbolos apagados, no rojos como la noche anterior, sino de un azul profundo, casi triste, y sobre los canales se deslizaban barcazas silenciosas donde figuras antiguas, mitad divinas y mitad imposibles, avanzaban sin prisa hacia lugares que yo aún no comprendía.

No era una ciudad muerta.

Era peor.