El chacal y la hija del sol Capítulo 17 #7
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Capítulo 17 #7

El silencio cayó de golpe. Aquello no me consoló. No suavizó nada. Al contrario. Lo hizo peor, porque convertía su crueldad en protección, y yo no quería que me protegiera de esa forma. No quería que nadie muriera para que mi nombre siguiera siendo aceptable en una ciudad que apenas me conocía.

Anubis se acercó un poco más, lo suficiente para que su voz bajara, aunque no para volverse suave.

—Si Tara hubiera escapado, si una sola muerte hubiera sido atribuida a una criatura nacida de tu sangre, Hardai habría pronunciado tu sentencia antes del amanecer.

Y si yo hubiera intentado protegerte después de eso, todos los jueces, todos los sacerdotes y todas las leyes antiguas habrían entendido que el rey del Inframundo se había puesto del lado de una fuerza contraria al orden.

No te he salvado de una muchacha asustada.

Te he salvado de la reina de los condenados que todos habrían decidido ver en ti.

Mi garganta ardía.

—No me has salvado de nada. Me has mostrado exactamente quién eres.

Su mirada bajó un instante hacia mi mano herida, ya vendada, como si allí siguiera latiendo el verdadero peligro.

—Entonces mírame bien, Hathor. Porque esto también soy yo.

No solo el dios que te protege en los pasillos.

No solo el que te llama Nefer para sacarte de quicio.

No solo el que se interpone entre tú y quienes quieren dañarte.

Soy el que cierra puertas cuando otros lloran delante de ellas.

Soy el que dice no cuando todos suplican.

Soy el que sostiene finales que nadie quiere mirar.

Si eso me convierte en monstruo ante tus ojos, tendrás que aprender a vivir con ello.

No supe qué dolía más: sus palabras o que una parte de mí, una parte mínima y horrible, entendiera desde dónde las decía.

Miré a Tara.

El cuerpo permanecía inmóvil sobre la piedra, demasiado pequeño para todo lo que acababa de ocurrir. El horror volvió a subir, más lento esta vez, mezclado con culpa, rabia y una tristeza tan densa que apenas me permitió respirar.

—Yo no quería esto —susurré.

La voz de Anubis perdió algo de filo, pero no la firmeza.

—Lo sé.

—No la quería así.

—Lo sé.

—Y aun así la has matado.

—Sí.

Esa respuesta, desnuda, sin excusas, me rompió algo por dentro.

Aparté la mirada de él.

—No quiero verte.

Anubis guardó silencio unos segundos, y cuando habló, su voz volvió a ser la de un rey.

—Geb y Unar se ocuparán de esto. Nadie más debe saberlo.

—No hables de ella como si fuera una prueba que esconder.

—Ahora mismo es exactamente eso.

Lo miré con tanto odio que me temblaron los labios.

—Entonces quizá deberías desterrarme ya.

Sus ojos verdes se oscurecieron de una forma que no había visto antes.

—No vuelvas a decir eso.

—¿Por qué? ¿No es lo que pasará si descubren lo que soy?

—No mientras yo pueda evitarlo.

—¿Incluso si soy tu enemiga natural?

—Especialmente entonces.

La frase quedó suspendida entre nosotros, cargada de algo que no era consuelo, pero tampoco amenaza. No quise tocarla. No podía. Estaba demasiado furiosa, demasiado asustada, demasiado marcada por la imagen de Tara apagándose bajo la mano de Anubis.

Él extendió la mano hacia mí.

—Volvemos al palacio.

No la tomé.

—No me pongas una mano encima.

Anubis cerró los dedos lentamente, aceptando el rechazo sin apartar la mirada.

—Como quieras.

El camino de regreso fue un silencio lleno de cosas rotas.

Las almas se apartaban a nuestro paso, los obeliscos habían recuperado su brillo apagado y Hardai, que minutos antes me había parecido un reino terrible pero fascinante, se convirtió en un lugar más frío, más inmenso, más ajeno.

Caminé sin mirar a Anubis, con las manos apretadas contra el cuerpo, sintiendo todavía en la piel el eco de aquella muerte y en la garganta el sabor amargo de una culpa que no sabía dónde terminaba ni dónde empezaba.

Cuando llegamos al palacio, las puertas negras se abrieron sin que nadie preguntara nada. Anubis me acompañó hasta mis aposentos sin pronunciar palabra, y solo al detenernos frente a la entrada volvió a mirarme.

—Retírate a tu habitación.

Aquella orden, seca y contenida, fue la chispa final.

—No soy una niña a la que puedas mandar a dormir después de asustarla.

—No te estoy castigando.

—No, claro. Solo me estás encerrando donde no pueda romper tu precioso equilibrio.

—Te estoy apartando de ojos que podrían notar que estás a punto de quebrarte.

La respuesta me dejó sin réplica durante un segundo.

Lo odié por verlo.

Lo odié por tener razón.

Anubis inclinó apenas la cabeza hacia la puerta.

—Descansa. Mañana hablaremos cuando puedas odiarme con más claridad.

Algo parecido a una sombra de dolor cruzó su rostro, pero desapareció antes de que pudiera aferrarme a ella.

Abrí la puerta con brusquedad y entré sin despedirme. Antes de cerrarla, lo miré una última vez.

—Si alguna vez vuelves a matar delante de mí de esa manera, Anubis, no habrá vínculo, ni sello, ni sangre que me mantenga a tu lado.

Sus ojos verdes sostuvieron los míos con una intensidad insoportable.

—Si alguna vez tu sangre vuelve a crear algo así, Hathor, no habrá amor, ni odio, ni promesa que me impida detenerlo.

La puerta se cerró entre nosotros.

Y por primera vez desde que había llegado a Hardai, no sentí que el palacio me protegiera.

Sentí que me encerraba.

Me apoyé contra la madera negra, con el cuerpo temblando, la respiración rota y la imagen de Tara clavada detrás de los párpados.

No lloré al principio. El horror era demasiado grande para permitirlo.

Solo me quedé allí, inmóvil, comprendiendo que mi sangre no había despertado un milagro, sino una guerra.

Una guerra contra la naturaleza.

Contra Hardai.

Contra Anubis.

Y quizá, algún día, contra mí misma.