El chacal y la hija del sol Capítulo 17 #6
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Capítulo 17 #6

Anubis se acercó a mí, no con amenaza, sino con una calma mucho peor, una calma de dios antiguo acostumbrado a dictar finales que nadie quería escuchar.

—Significa que no puedes despertar esto que tienes dentro.

—¿Esto?

—Ese poder —dijo, y su voz descendió hasta volverse más grave—.

Esa fuerza que no cura, sino que arranca.

Que no concede vida, sino una permanencia torcida.

Si lo alimentas, si dejas que responda cada vez que un muerto te mire con súplica, irás contra natura.

Contra las leyes de los vivos. Contra las leyes de los muertos.

Contra el equilibrio que sostiene Egipto desde el primer amanecer. Contra mí.

Mi respiración se desordenó.

—¿Contra ti?

—Sí. Yo conduzco a las almas hacia el lugar que les corresponde.

Tú acabas de demostrar que puedes arrancarlas del camino y atarlas a una condena.

Yo cierro puertas. Tú las abres desde el lado equivocado.

Yo preservo el tránsito. Tú lo rompes. Si esto despierta de verdad, Hathor, no seremos solo dos fuerzas distintas.

Sus ojos verdes se clavaron en los míos.

—Seremos la antítesis el uno del otro.

El golpe de aquellas palabras fue tan profundo que durante un instante no sentí nada más.

—Somos contradicciones —dije, apenas en un hilo de voz.

—No. Esto es más oscuro que una contradicción.

Se inclinó un poco hacia mí, como si necesitara que cada palabra se me quedara grabada.

—Nos convertiría en enemigos naturales.

El aire se volvió helado.

—No digas eso.

—Si Hardai descubre que tu sangre puede levantar no muertos, dejarás de ser la reina que mi ciudad acaba de aceptar.

Ya no serás la Señora de los Muertos. No serás mi esposa ante ellos ni la diosa que camina a mi lado por derecho de sello y sangre.

Serás otra cosa. Algo que temerán. Algo que los jueces señalarán antes de que los sacerdotes pronuncien tu nombre como una amenaza.

Tragué saliva, pero no pude hablar.

—Pasarás de reina de los muertos a reina de los condenados.

La palabra se clavó en mí con una crueldad perfecta.

Condenados.

—No…

—Sí —dijo él, implacable—. Y una vez ese nombre nazca, no podré arrancarlo de sus bocas sin incendiar mi propio reino.

Las leyes de Egipto no te protegerán. Te juzgarán.

Los vivos te temerán por desafiar la muerte.

Los muertos te rechazarán por corromper su descanso.

Hardai, que hoy se inclinó ante ti, exigirá tu destierro.

Y si yo me interpongo entre tú y esas leyes, todos entenderán que el rey del Inframundo ha elegido proteger una grieta capaz de devorar el orden que juró custodiar.

Sentí que el mundo se inclinaba.

—¿Me desterrarían?

—De ambos reinos.

La respuesta no tuvo adornos. No tuvo piedad.

—Del de los vivos y del de los muertos.

Quise odiarlo por decirlo con tanta frialdad, pero había algo en su rostro que lo impedía. No estaba disfrutando. No estaba castigándome. Estaba mostrándome una verdad que le pesaba tanto como a mí, aunque él supiera sostenerla sin quebrarse.

Entonces Tara gimió.

Fue un sonido pequeño, casi vergonzoso, pero bastó para que ambos volviéramos la cabeza.

La joven se había incorporado apenas, con una mano todavía en la garganta y la otra apoyada sobre la piedra, y sus ojos ya no buscaban comprensión.

Buscaban calor. Pulso. Vida. Sus labios se separaron con una respiración temblorosa, y cuando una de las almas cercanas retrocedió, Tara la siguió con la mirada con una atención nueva, fija, terrible.

El hambre había terminado de despertar.

—No… —susurró Tara, horrorizada de sí misma—. No quiero…

Di un paso hacia ella.

—Tara.

Anubis me sujetó del brazo antes de que pudiera acercarme más.

—No.

—Suéltame.

—No te acerques.

—Está asustada.

—Y tiene hambre.

Aquella palabra fue peor que cualquier amenaza.

Tara levantó la mirada hacia mí, y durante un instante vi todavía a la muchacha que había sido, atrapada detrás de aquella nueva oscuridad, suplicando sin saber siquiera qué pedía.

La compasión me desgarró con tanta fuerza que estuve a punto de soltarme de Anubis, de correr hacia ella, de abrazarla si hacía falta. Quizá por eso él se movió antes.

Todo ocurrió demasiado rápido.

Un segundo Tara estaba allí, temblando, con la boca entreabierta y los ojos llenos de una súplica rota.

Al siguiente, Anubis se había colocado frente a ella con la precisión terrible de un dios que no vacila cuando decide cerrar una puerta.

No hubo advertencia, no hubo ritual, no hubo un último discurso para concederle dignidad a lo inevitable.

Solo un movimiento seco, definitivo, tan rápido que mi mente tardó varios latidos en comprenderlo.

Mis oídos ni siquiera habían asimilado el desagradable sonido de algo que se había roto.

Tara abrió los ojos de par en par.

El sonido que escapó de su garganta fue apenas una exhalación quebrada, una sorpresa pequeña, imposible, antes de que la luz antinatural que acababa de encenderse en ella se apagara de golpe.

Su cuerpo quedó suspendido durante un instante contra la mano de Anubis, como si ni siquiera la muerte supiera aún qué hacer con aquello que mi sangre había creado.

Entonces lo vi.

Anubis le había arrancado el corazón.

Lo sostenía en su mano manchada, cerrado entre sus dedos como una sentencia, no como un trofeo.

No había placer en su rostro. No había crueldad satisfecha ni triunfo oscuro.

Solo una necesidad helada, absoluta, tan terrible precisamente porque no parecía nacer de la ira, sino del deber.

La mano de Anubis permaneció baja, firme, marcada por la prueba de lo que acababa de hacer, y aquel órgano inmóvil, arrancado de una existencia que nunca debió sostenerse, selló en silencio la puerta que mi sangre había abierto.

Los jeroglíficos rojos parpadearon con violencia y luego comenzaron a apagarse uno a uno, como si el propio Inframundo hubiera cerrado de nuevo la herida.

Tara cayó, y Anubis la sostuvo apenas lo necesario para que su cuerpo no golpeara la piedra con brusquedad.

Después la dejó en el suelo con una delicadeza que llegó demasiado tarde.

El silencio fue absoluto.

Yo no podía moverme.

No podía respirar.

La escena se quedó suspendida delante de mí con una claridad insoportable.

Tara ya no temblaba. Ya no respiraba. Ya no me miraba.

Aquella muchacha que hacía unos instantes había pronunciado mi nombre con los ojos, que había tenido miedo de sí misma, que quizá aún conservaba una parte de lo que fue, yacía inmóvil sobre la piedra oscura de Hardai.

No fue la muerte lo que me destrozó primero.

Fue la violencia.

La rapidez.

La ausencia de duda.

Y aquella mano.

La mano de Anubis, todavía marcada por el acto que acababa de cometer, cerrada alrededor del corazón que le había arrancado para impedir que mi sangre propagara una condena.

—¿Qué has hecho? —susurré.

Anubis permaneció de pie junto a Tara, con el rostro endurecido y la respiración controlada. No parecía triunfante. Eso lo hacía peor. Parecía necesario.

—He impedido que naciera una plaga.

La calma de su respuesta me golpeó como una bofetada.

—La has matado.

—Ya estaba muerta.

—¡No digas eso!

Mi grito rebotó contra los obeliscos, y varias almas se apartaron todavía más. Anubis giró hacia mí con una lentitud que habría intimidado a cualquiera, pero yo estaba demasiado horrorizada para sentir miedo.

—No conviertas esto en algo que no era.

—Era Tara.

—Era una no muerta.

—¡Era una joven asustada!

—Y dentro de poco habría dejado de serlo.

La frialdad de aquella frase me revolvió el estómago.

—Eres un monstruo.

Sus ojos verdes se clavaron en los míos.

—Ten cuidado.

—No. No pienso tener cuidado. Acabas de matarla delante de mí como si no fuera nada.

Como si no hubiera tenido miedo. Como si no hubiera intentado resistirse.

Como si su voz, su cuerpo, su existencia, todo lo que quedaba de ella, pudiera reducirse a una amenaza que había que borrar. Eres un monstruo sin alma.

Algo cruzó su rostro. Algo rápido, oscuro, casi doloroso, pero desapareció antes de que pudiera estar segura de haberlo visto.

—Eso que llamas monstruo sin alma es exactamente lo que tu sangre había empezado a crear.

La frase cayó entre nosotros con una violencia distinta.

Me quedé helada.

—¡No lo sabes!

—Lo sé —rugió, y su voz llenó el espacio con una autoridad tan profunda que incluso los obeliscos parecieron vibrar—.

Sé lo que hacen los no muertos cuando la sed les gana.

Sé cómo cazan. Sé cómo vacían cuerpos hasta que no queda en ellos ni una gota de vida.

No beben con medida, Hathor. No se detienen porque alguien suplique.

No retroceden porque una criatura sea inocente, pequeña o indefensa.

No importa la edad. No importa si es un anciano, una mujer, un hombre, un niño o un bebé que aún no comprende el mundo que lo rodea.

Para ellos no hay compasión. No hay límite. No hay culpa. Solo hambre.

Sentí que el aire se me escapaba.

—Basta…

—No —dijo, avanzando hacia mí—. Vas a escucharlo, porque hace un momento estabas mirándola como si hubieras descubierto una respuesta.

Como si tu sangre pudiera ser un beneficio, una salida para todos los finales que te duelen.

Y no lo es. No es misericordia. No es salvación.

Es una condena que se alimenta de otros para sostenerse.

—Yo no pensaba eso.

—Sí lo pensabas. Lo vi en tu cara. Lo sentí en tu silencio.

—¡No tienes derecho a hablarme así!

—Tengo todo el derecho cuando tu compasión puede desatar una guerra en mi reino.

—Tu reino, tu ley, tu equilibrio… siempre lo mismo. ¿Y ella? ¿Dónde queda ella en tus leyes?

—Muerta —respondió, cruelmente sincero—. Como debía estar.

La palabra me atravesó. Me dolió tanto que retrocedí.

—Eres horrible, un monstruo.

Anubis permaneció inmóvil. Sus ojos verdes no se apartaron de mí, y por un instante pensé que iba a decir algo cruel, algo afilado, algo que terminara de rompernos. Pero cuando habló, su voz fue más baja.

—Ahora mismo lo prefiero.

—Claro. Así no tienes que sentir nada.

Su expresión se endureció.

—No sabes nada de lo que siento.

—Sé que acabas de matar a una joven delante de mí sin pestañear.

—Y tú sigues pensando en ella como joven porque no has visto lo que habría hecho con la primera garganta viva que se cruzara en su camino.

—Podríamos haberla ayudado.

—No —admitió con una honestidad brutal—. No, no podíamos.