El chacal y la hija del sol Capítulo 17 #5
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Capítulo 17 #5

Sus ojos, oscuros y enormes, conservaban una dulzura melancólica que me atravesó sin permiso.

Había algo de hada en ella, aunque no perteneciera a ningún bosque, sino a aquel reino de tránsito y ceniza; una fragilidad luminosa, una belleza silenciosa que parecía a punto de desvanecerse si alguien pronunciaba su nombre demasiado alto.

—Tara —dijo Anubis.

La joven levantó la vista y, al reconocerlo, inclinó la cabeza de inmediato.

—Mi rey.

Su voz fue apenas un hilo.

Anubis me miró.

—Acércate.

Obedecí, aunque cada instinto de mi cuerpo me pedía que no lo hiciera.

—¿Quién es?

—Un alma que todavía no ha cruzado.

—¿Por qué?

—Porque se aferra demasiado a lo que perdió.

Tara bajó la mirada, y algo en su gesto me hizo sentir una punzada de culpa absurda, como si su dolor hubiera encontrado en mí una puerta.

—Extiende la mano —me ordenó Anubis.

Lo miré con desconfianza.

—La última vez que me pediste algo parecido acabé casada contigo.

—Y mírate, sigues respirando.

—Eso está por comprobar.

Unar habría estado orgulloso de mí por aquella respuesta, pero Anubis no sonrió. Sacó una pequeña daga de hoja curva, tan negra que parecía absorber la luz de los obeliscos, y el modo en que la sostuvo me hizo retroceder medio paso.

—¿Qué estás haciendo?

—Mostrándote la verdad.

—Podrías probar con palabras. Son menos afiladas.

—Las palabras no bastan para esto.

Tomó mi mano con una firmeza que no admitía huida, aunque sus dedos no fueron bruscos.

Me sostuvo la palma hacia arriba y, antes de que pudiera apartarme, trazó un corte breve y limpio en mi piel.

El dolor fue rápido, ardiente, seguido por la visión de mi sangre brotando despacio, demasiado roja en aquel lugar donde todo parecía hecho de sombras gastadas.

Tara levantó la cabeza.

Sus ojos se clavaron en mi mano.

Como si algo en mi sangre hubiera pronunciado su nombre desde dentro.

—Bebe —ordenó Anubis.

Me quedé helada.

—No.

Él no apartó los ojos de Tara.

—Bebe.

—Anubis, ¿qué estás haciendo?

—Querías ver lo que yo vi, ¿no?

Tara dudó. Su mirada pasó de Anubis a mí, y en aquellos ojos oscuros, que hasta hacía apenas un instante conservaban la tristeza apagada de las almas que ya no esperan nada, vi algo que me hizo contener la respiración: miedo, obediencia y una necesidad que no parecía pertenecerle del todo.

No era hambre todavía, no al menos como yo habría entendido el hambre, sino una llamada más honda, más primitiva, como si algo en mi sangre hubiera pronunciado su nombre desde un lugar antiguo y ella no tuviera más opción que responder.

Cuando se arrodilló ante mí y tomó mi mano con una delicadeza estremecedora, quise apartarla, quise impedirlo, quise exigir explicaciones antes de cruzar un límite que ya intuía peligroso, pero sus labios tocaron mi sangre y el Inframundo entero pareció contener la respiración.

La transformación no fue una curación. Lo comprendí demasiado tarde.

No hubo luz cálida ni reparación limpia, ningún regreso hermoso parecido a los milagros que los mortales imaginaban cuando rezaban a los dioses.

Lo que atravesó a Tara fue una sacudida oscura, violenta, una corriente imposible que le tensó el cuerpo desde dentro, como si algo enterrado bajo la muerte hubiese clavado las uñas en ella y la obligara a regresar por un camino prohibido.

Su espalda se arqueó con un grito ahogado que no snó del todo a dolor, sino a desgarro, a ruptura, a una criatura arrancada del silencio antes de tiempo.

Los obeliscos encendieron sus jeroglíficos con una luz roja, brusca y feroz; las almas retrocedieron al unísono, no por miedo a ella, sino por miedo a lo que acababa de responder a través de mí.

El suelo vibró bajo mis pies con un pulso grave, antiguo, como si las raíces mismas de Hardai hubieran sentido la infracción.

La piel de Tara, antes pálida y translúcida, comenzó a llenarse de un calor falso, demasiado rápido, demasiado perfecto para pertenecer a la vida.

Sus mejillas recuperaron color, pero no la suavidad de alguien salvado, sino el rubor inquietante de algo que imita la vida sin poseerla.

Sus labios se oscurecieron con un tono rojo profundo, húmedo, casi febril, como si la sangre que acababa de probar hubiera dejado en ellos una marca imposible de borrar.

Sus dedos se clavaron en la piedra, su garganta se abrió en una primera respiración rota, y aquel sonido —ese aire entrando en un cuerpo que ya no debía necesitarlo— me atravesó con una mezcla de esperanza y horror tan intensa que durante un segundo no supe cuál de las dos emociones iba a vencer.

Respiró.

La oí respirar.

Una muerta acababa de respirar ante mí.

Pero aquello no era vida. Ni siquiera era misericordia.

Tara levantó la cabeza lentamente. Seguía siendo hermosa, quizá incluso más que antes, y eso fue lo que volvió todo más terrible, porque su belleza había cambiado hasta convertirse en algo inquietante, casi sagrado y corrompido a la vez.

Ya no era la dulzura frágil de un alma perdida, sino la delicadeza imposible de una criatura que había regresado desde un lugar al que nadie debía regresar.

Su cabello negro le rozaba los hombros con suavidad, sus facciones finas conservaban aquella apariencia casi feérica, pero bajo su piel nueva había una tensión distinta, una sed naciendo despacio, una oscuridad que no gritaba todavía porque acababa de abrir los ojos por primera vez.

Di un paso atrás sin querer.

—¿Qué le has hecho? —pregunté.

Anubis no me miró al principio. Observaba a Tara con una severidad tan absoluta que el aire alrededor de él pareció enfriarse.

Sus ojos verdes no tenían triunfo ni satisfacción.

Ni siquiera sorpresa. Lo que había en ellos era peor: reconocimiento.

Como si estuviera viendo confirmarse una amenaza que había temido desde el instante en que probó mi sangre bajo la luna de sangre.

—No se lo he hecho yo —respondió al fin.

El aire se me quedó atrapado en el pecho.

—No.

Anubis giró hacia mí, y la dureza de su expresión hizo que todo dentro de mí se tensara.

—Mírala.

No quise hacerlo. No quería mirar a Tara como él la miraba, como una prueba, como una consecuencia, como algo que debía ser comprendido antes de que fuera tarde.

Pero mis ojos obedecieron antes que mi orgullo, y entonces vi lo que él quería que viera.

Tara no me observaba como un alma agradecida.

Me miraba como si mi sangre siguiera llamándola desde el aire, como si mi herida abierta fuera una estrella encendida en mitad de su oscuridad.

Sus labios se separaron apenas, y una sombra de necesidad cruzó su rostro con tanta rapidez que casi pude convencerme de que la había imaginado.

Casi.

—Lo que tienes delante no es una mujer devuelta a la vida —dijo Anubis, acercándose a Tara con pasos lentos—. No es un alma salvada. No es un milagro nacido de tu compasión.

Tara tembló al escucharlo. Yo también.

—Entonces ¿qué es? —susurré.

Él sostuvo mi mirada con una gravedad que me heló.

—Una no muerta.

La palabra cayó sobre mí como una sentencia. Tara bajó la vista hacia sus propias manos, confundida, asustada de sí misma, y aquel gesto me dolió porque durante un instante volvió a parecer joven, perdida, sola; pero Anubis no suavizó la voz, no le concedió a mi culpa el consuelo de una mentira.

—Su cuerpo imitará la vida, pero no la poseerá.

Su pecho se moverá, sus ojos brillarán, sus labios tendrán color y, si alguien la ve sin saber lo que es, quizá crea que ha regresado.

Pero no habrá regreso verdadero en ella.

No habrá descanso. No habrá tránsito. Solo hambre.

Una sed que al principio será confusa, después insoportable, y al final absoluta.

—Basta —murmuré.

—No.

Su negativa fue seca, brutal, y me obligó a mirarlo.

—No voy a dejar que confundas esto con un don, Hathor. No voy a permitir que mires lo que acabas de crear y lo llames salvación solo porque la idea de salvar a los muertos te duela menos que aceptar lo que realmente ha ocurrido.

La rabia me subió por la garganta.

—Yo no sabía que esto pasaría.

—Precisamente por eso debes escucharlo.

Anubis se volvió hacia Tara de nuevo. Ella estaba de rodillas, respirando de forma irregular, con las manos crispadas sobre la piedra y los ojos cada vez más oscuros, cada vez menos humanos. La luz roja de los obeliscos se reflejaba en su piel con una belleza enferma.

—Una no muerta no pertenece a los vivos ni a los muertos —continuó—.

Es una grieta. Una criatura sostenida por la sangre de otros, por la necesidad de arrebatar vida para prolongar una existencia que nunca debió permanecer.

No ama como amaba. No siente como sentía.

Puede recordar, puede hablar, puede incluso suplicar durante un tiempo, pero la sed lo cubrirá todo.

No distinguirá entre culpables e inocentes, entre enemigos y aliados, entre un guerrero armado y un niño dormido.

Para ella, la sangre no tendrá rostro. Solo será alimento.

Sentí náuseas.

—No hables de ella así.

—Tengo que hacerlo.

—¡Es Tara!

—Ahora es el comienzo de otra cosa.

Aquello me dolió más que si me hubiera gritado.

Tara emitió un sonido bajo, casi un gemido, y se llevó una mano a la garganta.

Sus ojos se movieron hacia las almas que observaban desde la distancia, hacia los sirvientes, hacia cualquier resto de vida que pudiera existir en aquel lugar.

Vi el horror aparecer en su rostro al comprender su propio impulso.

Vi cómo intentaba reprimirlo. Vi cómo le temblaban los labios.

—No quiero… —susurró ella.

Mi pecho se rompió un poco.

—Anubis, podemos ayudarla.

Él no respondió de inmediato, y ese silencio fue peor que una negativa. Lo vi endurecerse, no por falta de emoción, sino porque había tomado una decisión antes incluso de que yo formulara la súplica.

—No.

La palabra me dejó helada.

—Ni siquiera lo has intentado.

—No hay intento seguro con algo así.

—Eso no lo sabes.

—Lo sé mejor que nadie.

—Entonces enséñame a controlarlo. Enséñala a ella. Enciérrala si hace falta, pero no me digas que la única respuesta es la muerte. —

—La única respuesta es impedir que se propague.

El Inframundo pareció quedarse en silencio. Lo miré sin entender al principio, o quizá entendiendo demasiado y negándome a aceptarlo.

—¿Qué significa eso?