El chacal y la hija del sol Capítulo 17 #4
60%

Capítulo 17 #4

El anciano inclinó la cabeza.

—Como ordenéis, mi rey.

La ceremonia continuó, aunque yo apenas escuché el resto.

Recibí reverencias, juramentos, nombres que se mezclaron unos con otros y miradas que pesaban más que las palabras.

Geb permaneció cerca, serio y vigilante; Unar adoptó esa postura aparentemente relajada que, empezaba a intuir, significaba que estaba más preparado que nunca para matar a alguien si era necesario.

Anukis no se acercó ni una sola vez, pero cada vez que mi atención rozaba el lugar donde ella se encontraba, la veía observándome con una sonrisa fría, como si ya estuviera imaginando todas las formas en que Hardai podía devorarme.

Cuando por fin aquello terminó, Anubis me condujo por corredores laterales hasta las estancias reales.

La habitación principal del palacio era tan impresionante como incómodamente íntima.

Se abría sobre una terraza desde la que se veía toda la ciudad encendida bajo el atardecer rojo, con las cascadas flotantes brillando en la distancia y los obeliscos ardiendo con jeroglíficos dorados.

Las columnas eran de ónice, las telas negras y doradas caían desde el techo como sombras domesticadas, y en el centro de la estancia había una cama enorme, cubierta con sábanas oscuras y cojines bordados con hilo de oro.

Una sola cama.

Mi cuerpo se tensó antes de que pudiera evitarlo.

Anubis lo notó, por supuesto, porque parecía notar cualquier cosa que yo intentara ocultar.

—No voy a tocarte, Hathor.

Su voz fue baja, firme, casi seca, pero no cruel.

—No he dicho nada.

—Lo has pensado.

—Tengo derecho a pensar muchas cosas cuando me encierran en una habitación con un dios oscuro que además tiene la mala costumbre de ser insoportablemente arrogante.

Por primera vez en todo el día, una sonrisa real, pequeña pero evidente, curvó sus labios.

—¿Insoportablemente?

—Muchísimo.

—Intentaré sobrevivir a tu opinión.

—Seguro que tu ego amortigua el golpe.

Anubis se acercó a la terraza y apoyó una mano en la piedra, mirando la ciudad como si el peso de cada alma que la habitaba descansara sobre sus hombros.

La luz rojiza del exterior perfilaba su rostro, marcaba la línea elegante de su mandíbula, el puente recto de su nariz, la oscuridad de su cabello y ese contraste imposible de unos ojos verdes que parecían demasiado vivos para pertenecer al señor de los muertos.

Odié la forma en que mi cuerpo reaccionó ante él, esa punzada cálida y peligrosa que me recorría cuando estaba cerca, porque Anubis seguía siendo una amenaza, una tentación, un abismo con forma de hombre y mirada de dios.

—Tendremos que compartir estas estancias cuando sea necesario —dijo al cabo de un momento—. Si no lo hacemos, empezarán las preguntas.

—Y las preguntas se convierten en rumores.

—Y los rumores aquí pueden matar más rápido que una daga.

Me volví hacia él.

—¿Pasarás muchas noches aquí?

—Procuraré no hacerlo si eso te incomoda. Hay demasiado trabajo en las salas de juicio, demasiadas almas pendientes, demasiados equilibrios que mantener.

No supe por qué aquella respuesta me provocó una mezcla absurda de alivio y decepción.

—No me incomodas siempre —murmuré antes de poder arrepentirme.

Anubis giró la cabeza lentamente.

Sus ojos se clavaron en mí con una intensidad que hizo que el aire cambiara de densidad.

—Eso ha sonado peligrosamente parecido a una concesión.

La frase, dicha con aquella calma oscura, quedó suspendida entre nosotros más de lo que debería.

Aparté la vista hacia la ciudad para no seguir mirándolo, porque había algo en él esa tarde que resultaba distinto, algo menos cruel y más atento, como si el pacto de la noche anterior hubiera desplazado una pieza invisible entre ambos.

Seguía siendo Anubis, seguía siendo peligroso, seguía teniendo demasiadas respuestas ocultas detrás de los ojos; pero ya no me miraba como una molestia que proteger por obligación, sino como algo cuya pérdida había empezado a temer.

Entonces recordé su expresión al probar mi sangre, aquella forma en que sus ojos verdes habían cambiado durante apenas un segundo, como si algo dentro de mí hubiera rozado una parte de él que ni siquiera Anubis esperaba encontrar.

El recuerdo me golpeó con una claridad incómoda, y antes de poder decidir si era prudente preguntar, las palabras ya habían salido de mi boca.

—Dime… ¿Qué viste?

No tuve que explicarle a qué me refería.

Él lo supo de inmediato. Lo vi en la forma en que su rostro se cerró apenas, en cómo su mirada se apartó un instante de la mía y regresó después con esa calma demasiado medida que siempre usaba cuando intentaba ocultar algo.

Anubis no respondió enseguida, y el silencio que dejó entre nosotros fue suficiente para helarme la sangre.

—No es lo que vi —dijo al fin, con la voz baja—. Es más bien… lo que sentí.

Tragué saliva, intentando no mostrar cuánto me inquietaba aquella respuesta.

—Eso no mejora mi tranquilidad.

Su sinceridad me irritó casi tanto como la sombra que todavía permanecía en sus ojos. Apreté los labios y di un paso hacia él, obligándome a sostenerle la mirada, aunque cada segundo se volviera más incómodo.

—Anubis.

Mi voz sonó más firme de lo que me sentía, pero no me importó.

Necesitaba una respuesta. Necesitaba que, por una vez, dejara de esconderse detrás de medias verdades, silencios calculados y frases dichas como advertencias.

Él me observó durante unos segundos que se hicieron demasiado largos, con los ojos verdes fijos en mí y la mandíbula tensa, como si estuviera decidiendo cuánto podía decirme sin romper algo que todavía no debía nombrarse.

—Sentí poder —admitió al fin—. No una chispa. No una marca débil. Algo antiguo, enterrado, demasiado profundo para pertenecer a una diosa que cree conocerse por completo.

El aire pareció volverse más denso entre los dos.

—¿Qué clase de poder? Yo no poseo nada… —pregunté, aunque una parte de mí temía la respuesta.

Anubis no apartó la mirada, y eso fue peor que cualquier evasiva.

—Uno que no debería despertar nunca.

Me quedé inmóvil. La frase descendió por mi cuerpo como agua helada, abriéndose paso entre el miedo, la rabia y esa necesidad insoportable de comprender.

Quise responder, exigirle más, empujarlo contra sus propios secretos hasta arrancarle la verdad, pero la forma en que me miraba me detuvo.

No había burla en él. No había provocación.

Solo una gravedad oscura, contenida, como si acabara de señalar una puerta que ninguno de los dos estaba preparado para abrir.

—¿Y si despierta? —susurré.

Anubis tardó en contestar. Cuando lo hizo, su voz fue apenas un murmullo.

—Entonces todo cambiará.

Él cerró los ojos un instante, como si estuviera decidiendo cuánto podía decirme sin romper algo que aún no comprendíamos del todo.

—Ven conmigo.

No me llevó por los corredores principales, sino por una escalera oculta tras una pared móvil de piedra negra.

Descendimos durante largo rato por pasadizos estrechos iluminados por símbolos que se encendían a nuestro paso.

El aire se volvió más frío con cada escalón, más denso, más cargado de ese olor a tierra húmeda, incienso quemado y piedra antigua que parecía pertenecer a lugares donde la vida no tenía permiso para entrar.

Geb y Unar nos acompañaron parte del camino, pero Anubis les hizo un gesto al llegar a una puerta cubierta de jeroglíficos y ambos se detuvieron.

—Nadie entra —ordenó.

Geb inclinó la cabeza.

—Como ordenéis.

Unar me miró de reojo, y aunque intentó sonreír, esta vez no hubo broma en su expresión.

—Si el rey te pide que no grites, mi consejo es que no le hagas caso. Grita todo lo que quieras. Aquí abajo a veces viene bien recordar que una sigue viva.

—Unar—gruñó Anubis.

—Ya me callo.

La puerta se abrió sin que nadie la tocara.

Más allá no había una cripta.

Era algo mucho peor.

Era una frontera.

El inframundo se extendía ante mí como una llanura inmensa bajo un cielo sin sol, cruzada por ríos de luz pálida y senderos de arena negra.

Obeliscos gigantescos se alzaban por todas partes, cubiertos de inscripciones que brillaban con una claridad tenue, y entre ellos vagaban las almas.

Había ancianos apoyados en bastones que ya no necesitaban, niños con los ojos muy abiertos, mujeres abrazadas a recuerdos invisibles, guerreros todavía cubiertos por heridas que no sangraban, jóvenes que miraban sus propias manos como si no entendieran por qué ya no proyectaban sombra.

Algunos caminaban en silencio, otros lloraban, otros rezaban, otros simplemente esperaban.

Cuando Anubis entró, todo cambió.

Las almas se apartaron.

No por miedo exactamente, aunque también había miedo, sino por reconocimiento.

Él era el dueño de aquel tránsito, el juez, el guardián, el rey ante el cual todos los caminos terminaban doblando la rodilla.

Nadie le habló. Nadie se atrevió a tocarlo.

Sin embargo, sentí cientos de miradas posarse sobre nosotros, sobre él primero y sobre mí después, como si mi presencia allí fuera una anomalía que incluso los muertos podían percibir.

—Este es el lugar al que llegan antes de ser conducidos —dijo Anubis mientras avanzábamos entre los obeliscos—. Algunos aceptan. Otros se aferran. Otros no recuerdan lo suficiente para hacer ninguna de las dos cosas.

Una mujer anciana pasó junto a mí murmurando un nombre que quizá había repetido durante siglos. Un niño sentado sobre una piedra me observó con curiosidad y después escondió la cara contra las rodillas. Sentí un dolor extraño en el pecho, una compasión tan intensa que casi me obligó a detenerme.

—No puedes salvarlos a todos —dijo Anubis sin mirarme.

—No sabes lo que iba a decir.

—No hacía falta.

Apreté los labios.

—¿Y si no quiero aceptar eso?

—Entonces sufrirás más de lo necesario.

Su boca se curvó apenas, pero la expresión desapareció enseguida cuando se detuvo ante una joven que permanecía de pie junto a un obelisco inclinado.

Era tan delicada que durante un instante pensé que no podía ser real.

Tenía el cabello negro cortado a la altura de los hombros, liso y suave, enmarcando un rostro fino, casi etéreo, con pómulos suaves, labios pequeños y una piel tan pálida que parecía moldeada con la luz de la luna.