El chacal y la hija del sol Capítulo 17 #3
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Capítulo 17 #3

Atravesamos una avenida inmensa pavimentada con piedra negra y vetas doradas, bordeada por lámparas en forma de loto que ardían sin aceite y por canales estrechos donde corría un agua tan clara que en ella no se reflejaba el cielo, sino escenas fugaces de vidas pasadas.

Vi el rostro de una anciana riendo con un niño, un soldado cayendo de rodillas en una batalla, una mujer besando la frente de un recién nacido, un hombre cerrando los ojos bajo la mano de alguien que lo amaba.

Eran recuerdos, comprendí, fragmentos de almas que el río arrastraba hacia algún lugar donde Anubis debía decidir su destino.

A cada paso, la ciudad me mostraba una contradicción nueva.

Había belleza en los puentes adornados con flores nocturnas, en los balcones desde los que colgaban telas bordadas con oro, en las fuentes que derramaban agua suspendida en el aire, pero también había horror en las criaturas que observaban desde las esquinas,

en los demonios agazapados junto a las puertas de los templos, en los murmullos de almas que parecían escapar de las grietas de la piedra.

Un grupo de esfinges abrió paso a nuestra comitiva con una solemnidad majestuosa; sus cuerpos leoninos rozaron el suelo sin emitir sonido, y sus rostros humanos se inclinaron ante Anubis antes de mirarme con una inteligencia que me hizo sentir desnuda por dentro.

Más allá, varios chacales negros, enormes y elegantes, caminaron junto a nosotros durante un tramo, como sombras domesticadas por la voluntad de su rey.

—No los mires demasiado tiempo —me advirtió G en voz baja, situándose a mi izquierda.

—¿A quiénes?

—A los que no tienen rostro.

Miré por instinto hacia una arcada lateral y vi varias figuras altas, cubiertas con velos negros, inmóviles entre las columnas. No tenían ojos, ni boca, ni piel visible; solo una oscuridad lisa donde debería haber un rostro.

—¿Qué son?

—Antiguos servidores del Duat —respondió Unar desde mi otro lado, con un tono mucho menos burlón que de costumbre—. Guían a quienes se pierden entre puertas equivocadas.

—¿Y si alguien vivo los sigue?

—Entonces deja de estar vivo de una forma bastante incómoda.

—Unar —lo reprendió Geb.

—¿Qué? Ha preguntado.

Anubis no apartó la vista del frente, pero su mano seguía sosteniendo la mía, y aunque su actitud era la de un rey que marcha hacia su palacio, percibí en la presión de sus dedos una advertencia silenciosa: no te separes de mí.

No lo hice.

La avenida ascendía poco a poco hacia una colina desde la que el palacio dominaba la ciudad.

Era una construcción monumental, oscura y hermosa, tallada en piedra negra, oro viejo y cristal azulado, con torres que se elevaban como lanzas hacia el cielo rojo y terrazas cubiertas por jardines imposibles donde florecían plantas que no necesitaban sol.

Enormes cortinas ondeaban entre columnas colosales, y sobre la puerta principal, custodiada por dos estatuas de chacales alados, brillaba el símbolo de Anubis grabado en un disco de obsidiana.

Al entrar, una oleada de incienso, mirra y fuego sagrado me envolvió.

El salón del trono superaba cualquier cosa que hubiera imaginado.

Se extendía bajo una bóveda altísima decorada con constelaciones móviles, como si el cielo entero hubiera sido capturado y obligado a girar lentamente sobre nuestras cabezas.

A ambos lados se alineaban sacerdotes con túnicas negras, guardianes armados, criaturas del inframundo, nobles semidivinos y seres encargados de ayudar a las almas en su tránsito hacia el Más Allá.

Todos aguardaban en silencio, todos valoraban mi presencia con ojos que no siempre parecían humanos, y todos entendieron que algo había cambiado en Hardit cuando Anubis me condujo hasta el centro del salón sin soltar mi mano.

El trono de Anubis se alzaba al fondo, sobre varios escalones de piedra oscura, flanqueado por braseros de llama azul. No se sentó. Se quedó de pie ante todos, alto, imponente, terrible en su belleza, y cuando habló su voz llenó la sala sin necesidad de elevarse.

Entonces Anubis habló.

—Hardai —pronunció, y su voz se extendió sobre el canal con una autoridad tan profunda que el agua pareció aquietarse bajo la barcaza—.

Contemplad a la hija de Ra. Hathor, nacida de la luz primera, diosa del amor, del deseo y de la belleza que incluso la muerte reconoce cuando decide no apartar la mirada.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

No esperaba aquellas palabras.

Anubis no me miraba, pero cada frase parecía rodearme, levantarme ante ellos, construirme frente a aquella ciudad que todavía no sabía si debía aceptarme o devorarme.

—No llega a mis dominios como prisionera —continuó—.

No llega como huésped ni como tributo entregado por otros dioses.

Ha cruzado el umbral de Hardai por vínculo, por juramento, por sello y por sangre.

Su nombre ha sido pronunciado bajo la luna, su mano porta mi sello real y su vida ha quedado unida a la mía ante las aguas, ante los vivos y ante los muertos.

El silencio se hizo más profundo.

Noté cómo varias criaturas inclinaban la cabeza al escuchar aquello.

Algunos jueces de rostro animal golpearon el suelo con la base de sus cetros.

Las esfinges apostadas en las terrazas superiores bajaron apenas el rostro de piedra, y los demonios del Inframundo, imposibles y terribles, permanecieron inmóviles como si acabaran de recibir una orden que no admitía desafío.

Anubis giró entonces hacia mí.

Sus ojos verdes se encontraron con los míos durante un instante, y en ellos no había burla ni provocación. Solo una gravedad absoluta, una decisión tomada desde un lugar tan hondo que me dejó sin aire.

Después volvió a mirar a su ciudad.

—Desde esta noche, Hathor no caminará detrás de mí, sino a mi lado.

Su palabra será escuchada en Hardai como se escucha la mía; su presencia será honrada en mis salones, en mis jardines y ante mis puertas.

Ningún guardián le negará el paso. Ningún juez desoirá su voz.

Ningún ser, antiguo o recién muerto, mortal o divino, tendrá derecho a tocarla, amenazarla o desafiarla sin responder ante mí.

La última frase cayó sobre la ciudad como una sentencia.

Algunos se arrodillaron de inmediato. Otros inclinaron la cabeza con una lentitud solemne. Vi a criaturas de humo y hueso plegarse ante él, a guerreros de cabeza de chacal bajar sus armas y a mujeres de ojos negros cubrirse el rostro con las manos en señal de respeto.

Anubis alzó entonces mi mano izquierda.

El anillo del escarabajo brilló bajo la luz oscura de Hardai, emitiendo un destello verde y dorado que pareció propagarse por el canal como una señal viva.

—Reconocedla —ordenó—. No por miedo. No por obediencia ciega. Reconocedla porque mi sello la reconoce, porque mi sangre la ha aceptado y porque la ciudad que me pertenece sabrá distinguir siempre entre una intrusa y una reina.

El aire se quebró.

No hubo vítores como en una corte mortal.

Hardai no celebraba de esa manera. Lo que surgió fue algo más grave, más antiguo: un golpe unánime de cetros, garras, armas y manos contra la piedra, un sonido profundo que se extendió a ambos lados del canal como el latido de una criatura inmensa despertando bajo la ciudad.

Anubis no soltó mi mano.

—Hathor es mi esposa —declaró al fin, y solo entonces aquellas palabras tuvieron el peso que merecían—. Y desde este instante, vuestra reina.

El golpe volvió a repetirse, más fuerte.

Hardai se inclinó ante mí.

Y yo, que había llegado creyendo que bastaría con mantener la barbilla alta para no derrumbarme, comprendí que aquella ciudad no solo estaba aceptando mi presencia. Estaba respondiendo a ella.

Nadie se movió.

Nadie protestó.

Pero las miradas hablaron por ellos.

Sentí a Anukis en algún punto del salón, su odio clavado en mi espalda como una aguja ardiente.

Sentí también la curiosidad de los sacerdotes, la cautela de los guardianes, la sospecha de aquellos seres que no podían entender que una diosa luminosa ocupara un lugar junto al dios que custodiaba las sombras.

Uno de los sacerdotes más ancianos dio un paso adelante. Su piel parecía pergamino y sus ojos estaban pintados con kohl negro hasta las sienes.

—Mi rey —dijo, inclinándose profundamente antes de mirarme—, si la nueva reina comparte vuestro trono, compartirá también el peso de las almas. Decidnos, señora, ¿está preparada una diosa de luz para ayudar a los muertos?

La pregunta cayó sobre mí con más fuerza de la que esperaba, porque no me llevó a pensar en tronos, ni en ceremonias, ni en poder, sino en aquel humano cuya vida se había escapado entre mis manos, en la sangre caliente empapándome los dedos,

en su mirada suplicante buscando una ayuda que yo no había sabido darle y en la rabia que me atravesó cuando Anubis se lo llevó mientras yo todavía creía, con una desesperación absurda, que aún podía salvarlo.

Sentí cómo la garganta se me cerraba al recordarlo, cómo el peso de aquella impotencia regresaba con la misma crudeza que entonces, y comprendí que, si alguna vez deseaba ocupar un lugar en aquel mundo, no sería por coronas ni por reconocimiento, sino por algo mucho más simple y mucho más doloroso:

ayudar a los muertos.

Aquellas palabras sonaban casi nobles allí, entre columnas, sacerdotes y fuego sagrado, pero dentro de mí golpeaban contra una parte que se resistía con desesperación.

Yo no quería ayudar a los muertos a marcharse.

Yo quería impedir que murieran. Quería arrancarlos de la oscuridad, devolverlos al aire, al calor, al latido.

Quería desafiar el final, aunque el final tuviera nombre de dios y estuviera de pie a mi lado.

Anubis giró apenas la cabeza hacia mí.

Su mirada encontró la mía.

Y lo supo.

Vio mi rechazo antes de que yo pudiera esconderlo, vio esa contradicción feroz que se abría en mi pecho, y durante un instante pensé que me reprendería delante de todos o que endurecería su expresión para recordarme cuál era mi lugar.

Pero no lo hizo. Sus dedos se cerraron un poco más alrededor de los míos, y ese gesto mínimo, casi imperceptible, me sostuvo.

—Aprenderá —respondió él por mí, sin apartar los ojos del sacerdote—. Y nadie en esta sala cometerá el error de confundir su compasión con debilidad.