El chacal y la hija del sol Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

No sé si fue orgullo, rabia o la necesidad absurda de demostrarle a Anubis que no podía decidir hasta dónde era capaz de llegar, pero contesté antes de pensarlo demasiado.

—Claro. En Alejandría solíamos hacerlas también.

Mentí. Y la sonrisa lenta que se dibujó en la boca de Anubis me confirmó que él lo sabía.

La ciudad de Anubis no era solo hermosa; era antigua de un modo que dolía mirar.

Cada torre parecía recordar nombres que ya no existían, cada obelisco estaba cubierto de jeroglíficos que brillaban y se apagaban como si respiraran, cada puente suspendido sobre el vacío unía distritos que parecían pertenecer a realidades distintas.

Había avenidas enteras iluminadas por columnas de fuego blanco, mercados donde criaturas envueltas en velos oscuros intercambiaban frascos con humo atrapado, patios donde esfinges vivas descansaban con las patas cruzadas y ojos de oro,

y templos cuyas puertas eran tan altas que podrían haber permitido el paso de gigantes.

La barcaza avanzó lentamente por un canal bordeado de estatuas colosales de chacales sentados, todos orientados hacia la entrada de la ciudad.

A medida que nos acercábamos, sus cabezas de piedra comenzaron a girar una por una, siguiendo el paso de la nave con una solemnidad que me heló la sangre.

No estaban vivas, pero tampoco estaban muertas.

En Hardai, comprendí entonces, esas dos palabras no bastaban para explicar nada.

A ambos lados del canal se reunían los habitantes de Hardai, aunque llamarlos habitantes se me antojó, desde el primer instante, una palabra demasiado simple para describirlos.

No eran sombras, ni simples almas condenadas a vagar sin forma bajo el dominio de Anubis.

Eran algo mucho más antiguo, mucho más imposible, criaturas nacidas en los márgenes del mundo, seres que parecían existir entre la vida, la muerte y una divinidad incompleta que los mantenía unidos a aquella ciudad como si formaran parte de sus propios cimientos.

Vi semidioses de piel oscura salpicada de estrellas, sacerdotes con máscaras de oro, mujeres de ojos completamente negros que sostenían bandejas de incienso y figuras altísimas con cabezas de animales sagrados que caminaban entre los mortales como jueces silenciosos,

sin necesidad de hablar para imponer respeto.

Había guardianes con cabeza de chacal, seres con rostro de ibis, de halcón, de cocodrilo y de leona, todos envueltos en telas antiguas, collares pesados y símbolos que brillaban sobre sus pechos como sentencias escritas por manos divinas.

Algunos permanecían inmóviles junto a las columnas, observándonos con una serenidad terrible, como si pudieran pesar el alma de cualquiera con solo inclinar la cabeza.

También vi esfinges apostadas sobre los muros y junto a las escalinatas del canal, enormes, imponentes, con cuerpos de bestia y rostros tallados por una inteligencia demasiado antigua para resultar humana.

Sus ojos seguían el avance de la barcaza sin parpadear, y cada vez que una de ellas movía apenas las garras sobre la piedra, el sonido me recorría la espalda como una advertencia.

Entre ellas se deslizaban demonios del Inframundo, no como sombras informes, sino como criaturas de humo, hueso, escamas y carne oscura, con miembros demasiado largos, bocas selladas o abiertas en sonrisas imposibles,

y miradas que parecían haber visto nacer y morir imperios enteros sin sentir compasión por ninguno.

Había muertos, sí, pero no todos eran iguales.

Algunos vagaban sin rumbo por los bordes del canal, con los ojos perdidos y los cuerpos translúcidos, como si todavía buscaran el camino que los había llevado hasta allí.

Otros conservaban una presencia casi sólida, envueltos en lino funerario, caminando despacio entre los vivos con la resignación de quien ya no espera nada del mundo.

Los niños translúcidos corrían entre las columnas como destellos de memoria, apareciendo y desapareciendo entre las piernas de criaturas gigantescas que ni siquiera parecían advertirlos.

Y luego estaban las bestias.

Bestias que no pertenecían a ningún desierto que yo conociera, ni a ningún río, ni a ningún templo.

Algunas avanzaban encadenadas junto a guerreros de cráneo animal; otras se mantenían agazapadas en las terrazas superiores, con ojos brillantes, piel cubierta de placas negras y colas que golpeaban la piedra con una paciencia amenazante.

Vi cuerpos cubiertos de vendas antiguas, mandíbulas de cocodrilo, alas plegadas de murciélago, lomos de chacal, cuernos curvados como lunas oscuras y criaturas tan deformes que mi mente tardaba varios segundos en aceptar que realmente estaban allí.

Algunos se arrodillaban al paso de la barcaza.

Otros inclinaban la cabeza con una solemnidad que me resultó casi insoportable.

Y unos pocos permanecían completamente quietos, observándome con una curiosidad silenciosa que no sabía si interpretar como respeto, miedo o reconocimiento.

Porque sus miradas no se detenían solo en Anubis.

También venían hacia mí. Hacia el anillo del escarabajo que llevaba en el dedo.

Hacia la serpiente de oro enroscada en mi brazo.

Hacia mi vestido negro. Hacia el lugar que ocupaba a su lado, aunque yo todavía no supiera cómo sostenerlo sin sentir que el suelo se abría bajo mis pies.

No era una ciudad muerta.

Eso fue lo primero que comprendí.

Hardai no era un lugar vacío, gris y condenado, ni un reino hecho únicamente de tumbas y lamentos.

Era vida de otra clase. Una vida antigua, monstruosa, sagrada y terrible, suspendida entre lo que había sido, lo que había muerto y lo que jamás debería haber despertado.

Allí todo respiraba de una forma distinta: las piedras, el agua negra de los canales, las estatuas, los templos, las bestias, los muertos, los jueces de cabeza animal y los demonios que se inclinaban ante el paso de su rey.

Y, por primera vez desde que había pronunciado los votos bajo la luna, comprendí con una claridad helada que no solo estaba entrando en la ciudad de Anubis.

Estaba entrando en un mundo que llevaba siglos esperando reconocer a su reina.

Entonces Anubis apareció detrás de mí.

No hizo ruido, pero mi cuerpo reaccionó antes de que mi mente pudiera advertirlo.

Sentí su presencia como se siente la llegada de una tormenta: por el cambio en el aire, por el estremecimiento involuntario de la piel, por esa certeza primitiva de que algo poderoso acaba de situarse demasiado cerca.

Llevaba una túnica negra ribeteada en oro, brazales oscuros en los antebrazos y un collar ceremonial que descansaba sobre su pecho como una armadura de rey.

Sus ojos verdes, imposibles y despiadadamente hermosos, estaban fijos en la ciudad, pero cuando se detuvo a mi lado bajó la mirada hacia mí con una intensidad que me hizo olvidar por un instante a todos los seres que nos observaban.

—Respira —murmuró.

No me había dado cuenta de que había dejado de hacerlo.

—Es imposible mirar esto y respirar con normalidad.

Algo parecido a una sonrisa rozó su boca.

—Hardai suele causar ese efecto la primera vez.

—¿Y la segunda?

—La segunda ya has aprendido a fingir que no te intimida.

—Qué tranquilizador.

Geb carraspeó a nuestra espalda con una prudencia demasiado estudiada, y Unar tuvo la descarada indecencia de sonreír mirando al horizonte, como si no estuviera disfrutando de cada palabra que se nos escapaba. Anubis no se giró hacia ellos, pero su voz descendió un punto.

—Si alguno de los dos hace un comentario, lo alimentaré con escarabajos carnívoros durante una semana.

—Yo no he dicho nada, mi rey —respondió Unar con inocencia venenosa.

A pesar del nudo que tenía en el estómago, se me escapó una sonrisa.

Fue breve, quizá demasiado pequeña para que alguien más la notara, pero Anubis sí lo hizo.

Lo vi en el modo en que su mirada se suavizó apenas un instante antes de volver a endurecerse, como si recordara que estábamos entrando en su ciudad y que allí cada gesto podía ser visto, medido y utilizado.

El puerto de Hardai no estaba construido sobre tierra firme, sino sobre una extensión de piedra negra que flotaba unos metros por encima del agua, sostenida por columnas invisibles o por una magia tan antigua que nadie se molestaba ya en cuestionarla.

Cuando la barcaza atracó, una pasarela de oro oscuro se desplegó sola desde la cubierta hasta el muelle, y al otro lado nos aguardaba una comitiva de sacerdotes, guardianes y nobles de rostros imposibles.

Entre ellos distinguí a una mujer de belleza afilada, vestida con tejidos oscuros que parecían moverse como humo alrededor de su cuerpo.

Sus ojos se clavaron en mí con un desprecio tan puro que no necesitó pronunciar una sola palabra para hacerme entender que me odiaba.

Anukis.

Me odiaba. Lo supe por la forma en que miraba a Anubis, por la manera en que su mandíbula se tensó cuando él me ofreció la mano para ayudarme a descender, y por ese rencor silencioso, casi venenoso, que dejó caer sobre mí como un velo helado.

Había algo peligroso en su quietud, algo demasiado contenido, como si cada respiración le costara el esfuerzo de no acercarse y arrancarme del lugar que, en su mente, siempre le había pertenecido.

Acepté la mano de Anubis.

Sus dedos se cerraron alrededor de los míos con firmeza.

No fue un gesto tierno.

Fue una declaración.

Y toda la comitiva lo entendió.

En cuanto pusimos un pie sobre el muelle, las voces cesaron.

Las criaturas, los sacerdotes, los guardianes y los nobles inclinaron la cabeza ante él, y después, con un leve retraso cargado de significado, también ante mí.

Noté la resistencia en algunos gestos, la duda en algunas miradas, el rechazo apenas velado en quienes no comprendían qué hacía una diosa de luz entrando en la ciudad del señor de los muertos como su esposa.

Anubis no explicó nada.

No pidió aprobación.

No la necesitaba.

Avanzó conmigo por el puerto, y Hardai se abrió ante nosotros.

El camino hacia el palacio fue una transición tan deslumbrante como inquietante.