Capítulo 17
La ley de los antiguos
Abri los ojos, durante unos instantes no supe en qué lugar del mundo me encontraba, ni siquiera estuve segura de pertenecer todavía al mundo de los vivos, porque el techo de mi camarote se extendía sobre mí como una noche atrapada entre cuatro paredes,
cubierto de pequeñas estrellas de oro incrustadas en una madera oscura que parecía obsidiana pulida, y cada una de ellas temblaba con el suave balanceo de la barcaza igual que si el cielo hubiera descendido hasta la embarcación de Anubis para vigilar mi sueño.
Me incorporé despacio, con el cuerpo envuelto en una pesadez extraña, no desagradable, pero sí demasiado profunda para tratarse de simple cansancio.
Había dormido como si algo me hubiera reclamado desde un lugar al que mi voluntad no podía oponerse, como si el río, la madera, el incienso y aquella embarcación oscura y majestuosa hubieran conspirado para hundirme en un sueño tan denso que ni siquiera los recuerdos habían logrado alcanzarme.
Durante unos segundos permanecí sentada entre las sábanas, con el cabello cayéndome sobre los hombros y la respiración todavía lenta, tratando de ordenar lo último que mi mente conservaba de la noche anterior: la ceremonia, la voz grave de Anubis pronunciando palabras antiguas bajo la luna,
el filo abriendo mi piel, su sangre mezclándose con la mía, sus ojos verdes clavados en mí con una intensidad imposible de olvidar y, después, aquel cielo teñido de rojo como si los dioses hubieran descorrido una cortina de sangre sobre el mundo.
La luz que se filtraba por las cortinas no era la del amanecer.
Era un resplandor cálido, anaranjado, casi enfermizo, propio de un sol que comenzaba a caer.
Había despertado casi al atardecer.
Fruncí el ceño y aparté las sábanas con lentitud, todavía confundida por aquella debilidad silenciosa que me recorría los músculos, cuando las puertas del camarote se abrieron y varias doncellas entraron con la cabeza inclinada,
moviéndose con la discreción perfecta de quienes han sido educadas para no interrumpir jamás los pensamientos de una reina, aunque yo todavía no supiera sentirme como una.
—Mi señora —saludaron al unísono.
No tuve tiempo de preguntar cuánto había dormido ni por qué nadie me había despertado.
Ellas ya estaban disponiendo telas, bandejas de oro, pequeños frascos de alabastro, peines de marfil y ánforas humeantes cuyo perfume comenzó a invadir el camarote con una mezcla de mirra, loto azul, canela, aceite de cedro y una nota más oscura que no supe identificar, una fragancia profunda,
casi mineral, que parecía pertenecer menos a los vivos que a los templos subterráneos donde los muertos aguardaban su juicio.
Me condujeron hasta una estancia contigua que no había visto la noche anterior.
Allí, en el centro, había una bañera tallada en piedra negra, tan pulida que reflejaba las llamas de las lámparas como si contuviera pedazos de noche líquida.
El agua estaba cubierta de pétalos azules y blancos, y de ella ascendía un vapor suave que empañaba los espejos de bronce colocados contra las paredes.
Sobre las columnas del pequeño baño se enroscaban figuras de chacales, serpientes y aves sagradas, todas grabadas con una delicadeza inquietante, como si en cualquier momento pudieran desprenderse de la piedra y observarme con ojos propios.
Cuando me sumergí, el calor me envolvió la piel con una lentitud deliciosa y, sin querer, cerré los ojos.
Las doncellas comenzaron a lavar mi cabello con aceites perfumados, vertiendo agua tibia sobre mi nuca mientras otra frotaba mis brazos con una pasta suave de miel, sal y flores trituradas.
Había algo casi ceremonial en cada gesto, algo que iba mucho más allá de prepararme para salir a cubierta; me estaban vistiendo, bañando y perfumando como a alguien que debía ser presentada ante un mundo que todavía no la había aceptado y que, quizá, jamás lo haría del todo.
No pregunté por Anubis, aunque su nombre me rozó la lengua más de una vez.
No pregunté si había dormido en alguna parte de la barcaza, si había pasado la noche despierto, si había vuelto a mirar la luna después de dejarme en mi camarote o si también él había sentido algo distinto cuando nuestra sangre se había mezclado.
Me obligué a mantener la mirada fija en el agua, aunque mi memoria insistiera en devolverme la sensación de sus dedos sujetando mi mano y el modo en que su expresión había cambiado, apenas un instante, cuando probó mi sangre.
Había visto algo.
O lo había sentido.
Y Anubis no era un dios que se inquietara con facilidad.
Cuando las doncellas terminaron, me vistieron con una túnica de lino blanco tan fino que parecía tejida con luz, ajustada bajo el pecho por un cinturón de oro blanco y lapislázuli.
Sobre mis hombros colocaron un manto ligero de gasa dorada, casi transparente, que caía por mi espalda como un reflejo del sol.
Mi cabello quedó suelto, perfumado y brillante, con pequeñas cuentas de oro trenzadas en algunos mechones, y alrededor de mi cuello colocaron un collar ancho que combinaba piedras claras con fragmentos de obsidiana, como si alguien hubiera querido recordarme que,
aunque mi naturaleza perteneciera a la luz, ahora caminaba junto al señor de las sombras.
Cuando salí al corredor, la barcaza parecía respirar bajo mis pies.
No era una embarcación corriente. Lo había sabido desde el primer momento, pero durante el día —o lo que quedaba de él— su belleza resultaba todavía más perturbadora.
Los pasillos estaban iluminados por lámparas de llama azul, las paredes cubiertas de relieves que representaban almas atravesando puertas, chacales custodiando balanzas y dioses antiguos observando desde tronos imposibles; bajo mis dedos, la madera oscura vibraba con un pulso bajo y constante,
como si aquella nave no hubiera sido construida, sino invocada desde las profundidades del inframundo para servir a su rey.
Al subir a cubierta, el aire me golpeó la cara con olor a río, a piedra caliente y a flores desconocidas.
Geb y Unar se encontraban cerca de la proa, de pie uno junto al otro, con esa postura de vigilancia natural que parecía formar parte de sus huesos.
Los dos chacales guerreros vestían armaduras oscuras, trabajadas con placas de metal negro y líneas doradas, y aunque sus rostros conservaban siempre ese aire feroz de quienes han sobrevivido a demasiadas guerras,
había entre ellos una complicidad tan evidente que bastaba verlos intercambiar una mirada para entender que no solo eran soldados de Anubis, sino hermanos escogidos por la sangre derramada en batalla.
—Vaya —dijo Unar al verme aparecer, ladeando la cabeza con una sonrisa que intentó disimular sin éxito—. La reina ha decidido regresar del reino de los sueños.
—Estábamos a punto de comprobar si seguías respirando —añadió Geb con tono solemne, aunque el brillo divertido de sus ojos lo traicionaba—. Unar proponía lanzarte al río. Yo, en cambio, sugerí algo más elegante.
—Ah, ¿sí? —pregunté, cruzándome de brazos—. ¿Y cuál era tu opción?
—Lanzarte al río con una ofrenda floral.
---Estas obsesionado con las flores.
Unar soltó una carcajada breve y grave, y yo no pude evitar mirarlos con una mezcla de exasperación y cariño inesperado.
Aquellos dos eran imposibles. Había algo en su lealtad, en su forma de bromear incluso cuando el mundo parecía estar a punto de abrirse bajo nuestros pies, que comenzaba a colarse en mí sin pedir permiso.
Geb tenía una calma más pesada, más protectora, una presencia de roca antigua; Unar, en cambio, era filo y burla, una sombra rápida que parecía disfrutar midiendo hasta dónde podía tensar la paciencia ajena antes de romperla.
—Sois insoportables —murmuré.
—Eso dicen todas las futuras leyendas antes de encariñarse con nosotros —respondió Unar.
—No te emociones —le advertí.
—Demasiado tarde.
Geb sonrió apenas, pero su mirada se alejó enseguida hacia el horizonte, y aquella pequeña diversión que había suavizado sus facciones desapareció como una llama apagada por el viento.
Unar también dejó de bromear. Ambos se irguieron al mismo tiempo, y el silencio que cayó entre nosotros me hizo volver la vista hacia delante.
—Hathor —dijo Geb, y el modo en que pronunció mi nombre me obligó a prestarle toda mi atención—, estamos a punto de entrar en Hardai.
Unar apoyó las manos en la barandilla, pero ya no sonreía.
—A partir de aquí, cada mirada que recibas tendrá peso, cada palabra que pronuncies podrá convertirse en rumor y cada duda que muestres será juzgada como debilidad. No porque seas tú, sino porque eres la esposa de Anubis, y en esta ciudad nada relacionado con él pasa inadvertido.
Tragué saliva.
—Hablas como si fuese a entrar en una jaula.
—No —replicó Geb con voz baja—. Vas a entrar en un reino. Tú reino.
Antes de que pudiera responder, la barcaza redujo la velocidad.
Al principio creí que el sol se estaba reflejando sobre el agua de una manera extraña, porque el horizonte comenzó a encenderse con destellos dorados, verdes y violetas, luces que ascendían desde algún punto oculto tras una cortina de bruma. Después comprendí que no era el sol.
Era la ciudad.
Hardai emergió ante nosotros como una visión arrancada de un sueño que ningún mortal habría sido capaz de imaginar sin perder la cordura.
No se levantaba simplemente sobre la tierra; parecía suspendida entre varios mundos, extendida sobre terrazas imposibles, islas de piedra caliza flotante y acantilados que descendían hacia un río tan oscuro como el cielo nocturno.
Palacios de ónice, alabastro, oro viejo y cristal negro se elevaban sobre jardines colgantes cuyas raíces no tocaban el suelo, y entre ellos caían cascadas luminosas que no obedecían a ninguna ley natural,
porque algunas se derramaban hacia arriba como cintas de plata líquida que ascendían hasta perderse entre nubes rojizas, mientras otras flotaban en el aire formando arcos transparentes bajo los que pasaban aves con alas de fuego azul.
Durante toda mi vida había oído hablar de Tebas como si fuera el corazón del mundo.