El chacal y la hija del sol Capítulo 16 #5
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Capítulo 16 #5

El tono fue seco, pero no cruel. Anubis apoyó una mano en la barandilla, junto a la mía, tan cerca que sus dedos casi rozaban los míos, y aquella distancia mínima me pareció más peligrosa que cualquier contacto.

El viento movió las telas de mi vestido y trajo consigo el olor del río, de las antorchas y de él: mirra, lirios oscuros y esa nota cítrica que mi cuerpo parecía reconocer antes que mi memoria.

—No espero que hagamos vida matrimonial juntos —añadió, mirando hacia el Nilo—. Esta unión es una protección. Una estrategia. Nada más.

Nada más.

Debería haber sentido alivio. Debería haber respirado con tranquilidad, agradecerle que pusiera límites claros, que no exigiera nada, que no confundiera los votos con un derecho sobre mi voluntad.

Y una parte de mí lo sintió, claro que sí.

Pero en algún lugar de mi pecho, muy hondo, casi donde no quería mirar, apareció un pinchazo mínimo, débil, absurdo, tan leve que habría podido fingir que no existía si no me hubiera dolido precisamente por lo ridículo que era.

Anubis lo vio. No sé cómo. Tal vez porque el silencio me traicionó. Tal vez porque mis dedos se cerraron apenas sobre la madera. Tal vez porque él, por desgracia, parecía tener un talento cruel para advertir todo aquello que yo no quería mostrar. Giró el rostro hacia mí despacio.

—A no ser que tú quieras lo contrario.

El mundo se detuvo. No fue lo que dijo, sino cómo lo dijo: bajo, cerca, con esa voz grave que parecía tocar antes de pronunciar, sin burla abierta, sin insistencia, pero con una calma tan peligrosa que el aire se volvió insoportable.

La frase cayó entre nosotros y prendió en algún lugar de mi piel.

Sentí el calor subirme otra vez, no como vergüenza esta vez, sino como una llamarada lenta que me recorrió desde el vientre hasta la garganta.

Me giré hacia él demasiado rápido.

—No —respondí enseguida, quizá demasiado enseguida—. No quiero decir eso. No he dicho eso. Ni lo he pensado.

La sonrisa apareció en sus labios antes de que pudiera evitarla. Pequeña. Lenta. Imposible de soportar.

—No he dicho que lo hubieras pensado.

—Lo insinuabas.

—He hecho una aclaración.

—Una aclaración innecesaria.

—Tu reacción sugiere lo contrario.

Apreté los labios, odiándolo un poco más por estar tan cerca, por oler así, por mirarme como si cada palabra mía fuera una cuerda que él supiera tensar con precisión.

—Mi reacción sugiere que tus amigos son unos idiotas y tú no mucho menos.

Anubis inclinó apenas la cabeza, y su sonrisa, lejos de desaparecer, se volvió más oscura.

—Puede ser.

La respuesta me desarmó más que cualquier réplica afilada.

Durante unos segundos ninguno habló. Las antorchas crujieron a nuestra espalda.

El barco siguió avanzando sobre el Nilo, deslizándose bajo la luna roja, y yo fui demasiado consciente de que llevaba su nombre unido al mío, de que su mano seguía junto a la mía sobre la barandilla y de que bastaría un movimiento mínimo para que nuestros dedos se tocaran.

Entonces él se inclinó hacia mí. No mucho. Solo lo suficiente para que su voz me llegara más baja, más próxima, casi contra el borde de mi oído.

—No sufras, Nefer —murmuró—. No te obligaré a nada que tú no me pidas.

El aire se me quedó atrapado en los pulmones.

La palabra Nefer me rozó por dentro con una suavidad peligrosa, mucho más íntima que cualquier caricia, porque en su boca ya no sonaba como una burla ni como una provocación lanzada en mitad de una discusión,

sino como algo que se permitía decirme solo porque sabía perfectamente el efecto que causaba.

No aparté la mirada del río. No podía. Si lo hacía, si giraba la cara y lo encontraba tan cerca, con esa sombra de sonrisa todavía en los labios y los ojos verdes fijos en mí, temía descubrir que mi orgullo no era tan fuerte como me gustaba creer.

—No te pediré nada —dije, pero mi voz salió más baja de lo que debía.

—Entonces no habrá nada.

Simple. Directo. Firme. Y, aun así, la promesa no enfrió el aire entre nosotros.

Al contrario. Lo hizo más peligroso, porque de pronto la tensión ya no estaba sostenida por una amenaza, ni por una obligación, ni por una tradición absurda inventada por Geb y Unar para verme arder de vergüenza.

Estaba sostenida por la posibilidad. Por el espacio intacto entre lo que no iba a exigirme y lo que, quizá algún día, podría llegar a querer pedir.

Anubis se apartó antes de que yo encontrara una respuesta digna.

—Descansa, Hathor. Mañana entraremos en Hardai.

Lo dijo como si la noche no acabara de cambiar de forma entre los dos, como si mi pulso no siguiera desbocado, como si su voz no hubiera dejado una marca invisible en mi piel.

Después se volvió y caminó hacia la proa, oscuro bajo la luz roja, dueño de sí mismo, del barco, de la ciudad que nos esperaba y, tal vez, de una parte de mí que yo todavía no estaba dispuesta a reconocer.

Me quedé sola junto a la barandilla, con el Nilo extendiéndose bajo la luna de sangre y el cuerpo encendido por una mezcla imposible de rabia, alivio y deseo no admitido.

No habría noche de bodas. No esa noche.

Pero, por primera vez, comprendí que quizá el verdadero peligro no estaba en lo que Anubis pudiera exigirme, sino en aquello que yo, algún día, tal vez quisiera pedirle.