Capítulo 16 #4
—Entonces empieza por esa.
Su mano subió lentamente hasta rozar el anillo del escarabajo en mi dedo. No me acarició la piel de forma abierta, pero el contacto fue tan delicado que sentí la caricia igualmente.
—No esta noche, mi reina.
Mi reina.
No lo dijo para los demás. No lo dijo como título.
Lo dijo como si aquellas dos palabras le pertenecieran en la boca.
Y yo, que debería haberme enfadado, que debería haberle exigido respuestas, que debería haber dado un paso atrás para recuperar el aire, me quedé allí, mirándolo, con el corazón golpeándome demasiado deprisa y una certeza incómoda creciendo en silencio dentro de mí.
Algo había cambiado. No solo en el mundo. No solo en él. También en mí.
Porque cuando todos inclinaron la cabeza y me dieron la bienvenida como Señora de los Muertos, cuando el río siguió avanzando bajo la luna y Anubis permaneció a mi lado como una sombra protectora, comprendí que aquella noche no había sellado únicamente un pacto para salvarme.
Había abierto una puerta. Una puerta hacia sus dominios. Hacia su poder.
Alcé la vista hacia la luna buscando una certeza, pero la luz que cayó sobre mi rostro ya no era plateada.
Se había tornado roja, de un rojo denso y profundo que teñía el Nilo, las velas del barco y la piel de Anubis con un resplandor casi imposible, como si el cielo hubiese abierto una herida silenciosa sobre nosotros.
Me quedé inmóvil, atrapada por aquella visión hermosa y terrible, incapaz de decidir si estaba contemplando una señal de los dioses o una advertencia destinada solo a mí.
Anubis también la vio. Lo supe antes de que se moviera, antes de que su sombra se acercara a mi espalda y el aire se estrechara de golpe entre los dos.
No hizo ruido; simplemente apareció allí, demasiado cerca, con esa presencia suya que parecía oscurecerlo todo incluso bajo la luz roja del cielo.
Su boca quedó junto a mi oído, tan próxima que sentí el roce cálido de su respiración antes de escuchar su voz.
—Luna de sangre.
El murmullo me atravesó de una forma absurda, más intensa que el propio presagio.
Se me erizó la piel y un temblor me recorrió entera, no por el frío del Nilo ni por el miedo que aquella luna debería haberme provocado, sino porque Anubis estaba demasiado cerca, porque su voz aún permanecía sobre mi piel y porque, por alguna razón que no quería entender,
mi cuerpo reaccionaba a él antes de que mi orgullo pudiera impedirlo.
—¿Qué significa? —pregunté sin apartar la mirada del cielo.
Él tardó en responder, y ese silencio bastó para que comprendiera que la respuesta existía, aunque todavía no fuera mía.
—El despertar de algo antiguo —dijo al fin—. Algo que lleva dormido mucho tiempo.
Me obligué a respirar despacio.
—¿Lo hemos hecho nosotros? —pregunté—. Me refiero al vínculo.
Anubis sostuvo mi mirada. Sus ojos verdes, iluminados por aquella luna imposible, tenían una profundidad inquietante, como si en ellos se mezclaran la sombra, la cautela y una verdad que aún no estaba dispuesto a entregarme.
—Aún no lo sé.
No dijo más. No hizo falta. La luna roja siguió ardiendo sobre nosotros, suspendida en lo alto como una promesa antigua, y yo sentí que algo en mi interior respondía a esa luz con un pulso secreto, casi imperceptible, mientras Anubis permanecía a mi espalda,
tan cerca que su sombra parecía confundirse con la mía.
No sabía qué anunciaba aquella luna. Solo sabía que, desde ese instante, la noche había dejado de pertenecernos.
El barco continuó avanzando sobre el Nilo con una suavidad engañosa, envuelto en una penumbra tibia donde las antorchas parecían arder más despacio y el río, oscuro y ancho a ambos lados,
arrastraba un rumor profundo que hacía que todo cuanto ocurría sobre la cubierta pareciera formar parte de un secreto antiguo.
Los votos ya habían sido pronunciados, la copa ritual había pasado de mis manos a las de Anubis, de sus labios a los míos, y aún sentía en la boca el sabor especiado del vino mezclado con algo más metálico, más íntimo, más imposible de ignorar,
como si aquella ceremonia hubiese dejado una marca no solo en mi nombre, sino también bajo mi piel.
Los sirvientes se habían retirado poco a poco, llevándose las telas, las lámparas pequeñas y las bandejas que ya nadie miraba, pero Geb y Unar permanecían allí con una comodidad insultante,
apoyados cerca de la barandilla como si la noche no estuviera lo bastante cargada ya y necesitaran añadirle una última humillación.
—Bueno —dijo Unar, cruzándose de brazos con una expresión demasiado inocente para ser sincera—, supongo que ahora deberíamos hablar de la parte verdaderamente importante de la tradición.
Me giré hacia él, aún demasiado consciente del peso del anillo en mi dedo y de la presencia de Anubis a mi espalda.
—¿Qué parte?
Geb se llevó una mano al pecho, fingiendo escándalo.
—Oh, Hathor. No nos digas que nadie te lo ha explicado.
El estómago se me encogió de inmediato.
—¿Explicarme qué?
Unar inclinó la cabeza hacia un lado, mirándome con una gravedad tan teatral que habría resultado ridícula si no fuera porque yo estaba demasiado nerviosa para distinguir la broma.
—Que, en Hardai, después de tomar los votos, es tradición consumar el matrimonio antes de que termine la noche.
Durante un segundo no entendí nada. Después entendí demasiado.
Sentí cómo el calor me subía de golpe por el cuello hasta las mejillas, tan rápido y evidente que habría pagado cualquier cosa por que el Nilo se abriera bajo mis pies y me tragara entera.
Mi mirada saltó de Unar a Geb, de Geb a Anubis, y en cuanto vi la forma en que los dos primeros intentaban contener la risa, una sospecha terrible empezó a abrirse paso entre mi vergüenza y mi pánico.
—¿Cómo que consumar? —pregunté, y odié que mi voz sonara mucho menos firme de lo que pretendía.
Geb chasqueó la lengua con una paciencia falsa.
—Ay, pequeña hija del sol, no nos obligues a ser gráficos. Estamos en una cubierta respetable.
—Geb, Unar… —advirtió Anubis.
Pero la advertencia llegó demasiado tarde, porque Unar, encantado con mi expresión, dio un paso más en el desastre.
—Lo dicen las viejas costumbres. Votos, testigos, copa compartida y después… bueno, prueba de que la unión no es solo política.
Me quedé completamente quieta. El barco se balanceó apenas bajo mis pies, pero habría jurado que era mi cuerpo el que había perdido el equilibrio.
La idea de entrar en el camarote con Anubis, de quedarme a solas con él después de aquella noche, después de la luna roja, después de los votos y de esa cercanía insoportable que parecía alterar el aire cada vez que respiraba cerca de mí, me dejó el pulso desbocado.
No porque temiera que pudiera hacerme daño; eso no era exactamente lo que me asustaba.
Lo que me aterraba era otra cosa mucho más difícil de admitir: que mi cuerpo parecía haber entendido aquellas palabras antes que mi orgullo.
—No pienso… —empecé, pero la frase se me quedó atrapada en la garganta.
Unar abrió mucho los ojos, fingiendo horror.
—¿No piensas qué? Cuidado, que estamos hablando de tradiciones sagradas.
Geb asintió con una solemnidad absurda.
—Muy sagradas. Antiquísimas. Probablemente inventadas hace unos cinco minutos, pero con gran potencial histórico.
Me quedé mirándolos.
—¿Perdón?
Fue entonces cuando ambos estallaron en carcajadas.
La vergüenza me atravesó con tanta fuerza que durante un instante no supe si quería gritarles, empujarlos por la borda o esconderme detrás de Anubis, y esa última posibilidad me irritó todavía más.
Unar se dobló ligeramente, riéndose sin pudor, mientras Geb levantaba las manos como si pidiera clemencia.
—Tendrías que haberte visto la cara —dijo Unar, limpiándose una lágrima inexistente—. Por todos los dioses, Hathor, parecía que acababan de anunciarte una ejecución con velas.
—Sois insoportables —espeté, con las mejillas ardiendo.
—Eso también es tradición en Hardai —respondió Geb—. Pregunta a cualquiera.
Anubis no se rio. Eso fue peor. Porque mientras Geb y Unar disfrutaban de mi humillación, él permanecía en silencio, demasiado quieto, observándome con esa intensidad oscura que no necesitaba palabras para incendiarme la piel.
No había burla clara en sus ojos verdes, pero sí algo más peligroso, una atención lenta, profunda, casi tangible, como si hubiera advertido cada reacción mía: el rubor, el temblor mínimo de mis dedos, la forma en que mi respiración se había roto antes de que pudiera fingir indiferencia.
—Ya basta —dijo al fin.
Su voz no fue alta, pero cortó las risas de inmediato.
Geb carraspeó, aún divertido.
—Solo intentábamos aliviar la solemnidad de la noche.
—Pues aliviadla lejos.
Unar levantó la copa en señal de rendición.
Geb pasó junto a mí con una sonrisa amplia.
—Bienvenida a Hardai, Hathor. Si sobrevives a nuestras bromas, quizá sobrevivas a la ciudad.
—Estoy considerando seriamente empezar por ahogaros a los dos —respondí.
—Eso también sería muy de Hardai —dijo él, encantado, antes de alejarse con Unar hacia el otro extremo de la cubierta.
El silencio que dejaron fue distinto. Mucho peor.
Porque ya no había risas que ocuparan el espacio entre Anubis y yo.
Solo quedaba la noche, el río, el balanceo lento del barco y la conciencia brutal de que acabábamos de convertirnos en marido y mujer ante testigos, aunque nada en nosotros se pareciera a una pareja real.
Sentí su presencia acercarse antes de verlo moverse, una sombra cálida y oscura que se detuvo a mi lado, no invadiendo mi espacio por completo, pero sí lo suficiente para que cada parte de mí reaccionara.
—No tienes que preocuparte por eso —dijo.
Lo miré de reojo, todavía con la dignidad herida.
—¿Por las bromas de tus amigos o por las tradiciones inventadas?
—Por ambas.