El chacal y la hija del sol Capítulo 16 #3
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Capítulo 16 #3

Anubis no apartó sus ojos verdes de los míos mientras lo hacía, como si quisiera asegurarse de que cada segundo de aquel gesto quedara bajo su control, de que nada me dañara más de lo necesario.

Unas gotas de sangre brotaron de la pequeña herida y resbalaron hacia el cáliz. Rojo sobre oro. Vida sobre muerte.

Mi respiración se volvió más lenta.

—¿Ya está? —susurré.

Anubis pasó el pulgar cerca del corte, sin tocarlo del todo.

—Te dije que no iba a hacerte daño.

La frase fue sencilla. Demasiado sencilla. Y aun así me golpeó en un lugar extraño del pecho, porque empezaba a creerle. Esa era la parte peligrosa.

Anubis elevó el cáliz. La cubierta entera quedó inmóvil. La luna pareció inclinarse sobre nosotros. Él bebió. Y entonces ocurrió.

No fue algo evidente para los demás. No hubo trueno, ni viento repentino, ni antorchas apagándose como en las historias que cuentan los poetas para exagerar los presagios. Nada de eso. Pero yo lo vi, porque estaba mirándolo.

Vi cómo sus ojos cambiaban. Primero fue una mínima contracción en sus pupilas.

Después, una tensión repentina en su mandíbula.

Su mano se cerró con más fuerza alrededor del cáliz y todo su cuerpo pareció quedarse suspendido en un silencio interior que nadie más alcanzaba.

Anubis apartó la copa de sus labios lentamente, pero no dejó de mirarme.

Ya no me miraba como antes. Ya no era deseo.

Ni desafío. Ni siquiera esa ternura contenida que se le había escapado durante los votos.

Era otra cosa. Asombro. Alerta. Y, por debajo de todo, una sombra de inquietud tan bien escondida que cualquier otro la habría pasado por alto.

Yo no. Yo ya llevaba demasiado tiempo observándolo, aunque jamás lo admitiría.

—Anubis —dije en voz baja.

No respondió. Su mirada permanecía clavada en la mía con una intensidad casi insoportable, como si acabara de descubrir algo escondido bajo mi piel.

Algo que ni siquiera yo sabía que existía.

Sentí que el aire entre los dos se volvía más pesado, más eléctrico, como si una puerta invisible acabara de abrirse en algún lugar muy antiguo y algo dormido hubiera levantado la cabeza.

—Anubis —repetí, esta vez con más firmeza—. ¿Qué ocurre?

Él parpadeó. Solo entonces pareció recordar dónde estábamos.

A nuestro alrededor, todos seguían en silencio, esperando que el ritual concluyera.

Geb nos observaba con el ceño apenas fruncido.

Anukis, en cambio, tenía los ojos fijos en Anubis, como si también hubiera percibido algo, aunque no supiera qué.

Anubis bajó el cáliz.

—Nada.

Mentía. Lo supe con la misma claridad con la que sabía que la luna estaba sobre nosotros. Me acerqué un poco más, olvidando por un momento a los testigos, el barco, la ceremonia, todo.

—No me mientas en medio de tus propios votos.

Su expresión se endureció, pero no por enfado. Más bien por contención. Como si estuviera sujetando una verdad demasiado grande entre los dientes.

—No esta noche.

Aquellas tres palabras me helaron más que cualquier confesión.

—¿Qué has sentido?

Su mirada bajó a la pequeña herida de mi mano. Después volvió a mis ojos. Durante un instante, pensé que iba a decírmelo. Lo vi debatirse en silencio, vi cómo algo antiguo y prudente se interponía entre nosotros. Luego su rostro recuperó esa máscara impenetrable que tanto me desesperaba.

—Hathor.

Mi nombre, dicho así, sonó distinto. Más bajo. Más grave. Casi como una advertencia.

—Dímelo —insistí.

Anubis se inclinó apenas hacia mí, lo justo para que solo yo pudiera escucharlo.

—Hay cosas que, si se nombran antes de tiempo, despiertan.

Un escalofrío me recorrió entera.

—¿Y qué he despertado yo?

Su silencio fue peor que cualquier respuesta, porque en sus ojos verdes vi algo que él no podía ocultar del todo.

Había sentido poder en mi sangre. No un poder común.

No una chispa débil ni una marca fácil de explicar.

Algo oculto. Algo enterrado. Algo tan antiguo que incluso él, señor de los muertos, rey de aquello que espera al otro lado, había necesitado un segundo para comprenderlo.

Y ese segundo bastó para asustarme. No porque supiera qué significaba, sino porque él sí lo sabía. O al menos empezaba a sospecharlo.

Anubis depositó el cáliz de nuevo sobre el altar y tomó mi mano herida entre las suyas.

Con un gesto lento, acercó mis dedos a sus labios y rozó la piel junto al corte, no exactamente la herida, sino el lugar cercano, como si aquello fuera parte del ritual y al mismo tiempo algo demasiado íntimo para compartirlo con quienes nos rodeaban.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi razón. Se me erizó la piel. El pulso me saltó en la garganta. Y él lo notó. Por supuesto que lo notó. Sus ojos subieron hasta los míos.

—Respira —murmuró.

—Deja de darme órdenes.

Lo odié por la sonrisa apenas insinuada que acompañó esas palabras. Lo odié mucho menos de lo que debería.

El silencio terminó cuando Unar dio un paso adelante y se inclinó ante nosotros. No fue un gesto exagerado, pero sí solemne, profundo, cargado de significado.

—Que la luna sea testigo —declaró con voz clara—. Que lo sean las aguas, los vivos y los muertos. Hathor ha sido unida a Anubis por palabra, sello y sangre.

Uno a uno, los presentes bajaron la cabeza. Incluso los sirvientes. Incluso algunos guardianes que hasta entonces habían permanecido inmóviles como estatuas en los extremos de la cubierta.

Unar volvió a hablar, y esta vez su voz pareció extenderse sobre el río.

—Desde esta noche, no será nombrada princesa ni como huésped protegida. Será reconocida como Señora de los Muertos junto a él. Reina del Inframundo junto al Rey.

Reina.

La palabra volvió a caer sobre mí con todo su peso.

Las copas se alzaron. Las voces comenzaron a multiplicarse.

Algunos sirvientes sonrieron. Otros inclinaron la cabeza con un respeto que me resultó casi incómodo.

Las antorchas se agitaron con la brisa y la cubierta se llenó de una energía nueva, una celebración contenida pero intensa, como si todos comprendieran que no acababan de presenciar una simple unión, sino el nacimiento de algo que podía alterar el equilibrio de aquel mundo.

Anukis no celebró. La vi apartar la mirada con los labios apretados, incapaz de ocultar la rabia que le tensaba el rostro. Sus celos ardían más que las antorchas, pero aquella noche ya no tenía lugar entre nosotros. O al menos eso quise creer.

Anubis seguía a mi lado. Demasiado cerca.

Su brazo rozaba el mío y, aunque había voces, música suave y movimiento a nuestro alrededor, yo era consciente solo de él.

De su silencio. De la forma en que todavía me observaba de reojo, como si no pudiera evitarlo.

Como si mi sangre hubiera dejado una pregunta ardiendo en su boca.

—Sigues mirándome raro —dije sin volver la cabeza.

—Tú sigues fingiendo que no te gusta.

Giré hacia él de inmediato.

—No confundas irritación con gusto.

—Contigo es difícil distinguirlas.

—Tal vez porque disfrutas provocándome.

—Tal vez porque tú disfrutas respondiendo.

Abrí la boca para contestar, pero no encontré nada lo bastante rápido, y eso pareció divertirlo más de la cuenta.

La música empezó a sonar, baja y envolvente, marcada por tambores suaves y cuerdas que parecían imitar el movimiento del agua.

Algunos sirvientes comenzaron a moverse al fondo de la cubierta, preparando vino, frutas, panes dulces y lámparas nuevas.

Todo a nuestro alrededor despertaba en celebración, pero entre Anubis y yo seguía existiendo una tensión distinta, más íntima, mucho más peligrosa que cualquier ritual.

Me miré la mano. El anillo del escarabajo brillaba en mi dedo. La pequeña herida del voto apenas era ya una línea roja. Palabra. Sello. Sangre. Tres formas distintas de pertenecer a algo. O a alguien.

Anubis notó hacia dónde miraba.

—¿Te pesa?

No tuve que preguntar a qué se refería.

—Sí.

Su expresión se cerró apenas.

—Puedo hacer que el anillo sea más ligero.

Negué despacio.

—No hablo del anillo.

Él guardó silencio. Por primera vez en toda la noche, no tuvo una respuesta preparada.

La luna iluminaba su perfil, endureciendo la línea de su mandíbula, suavizando al mismo tiempo algo en sus ojos verdes.

Me pareció imposible que la misma criatura pudiera resultar tan intimidante y tan devastadoramente cercana.

—Hathor —dijo al fin—, lo que ha ocurrido esta noche no te encadena.

Una risa breve, casi amarga, se me escapó.

—Me has dado tu sello, me has hecho beber de tu sangre y acabas de presentarme como reina de tu mundo. Si eso no es encadenar, empiezo a preocuparme por tu concepto de libertad.

Su mirada no se apartó de la mía.

—Una cadena retiene. Un vínculo reconoce.

Aquella respuesta me dejó inmóvil. No porque fuera hermosa, sino porque me dio miedo lo mucho que deseé creerla.

—¿Y tú qué reconoces en mí? —pregunté.

Durante un segundo, el poder oculto que había sentido volvió a cruzar su mirada como una sombra. Anubis no respondió enseguida. Cuando lo hizo, su voz fue más baja.

—Más de lo que esperaba.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que puedo darte esta noche.

La frustración me tensó los dedos.

—Siempre haces lo mismo. Abres una puerta lo suficiente para que quiera mirar dentro y luego la cierras en mi cara.

Anubis se inclinó hacia mí, despacio, como si cada centímetro que reducía entre nosotros fuera una decisión meditada.

—Y tú siempre llamas más fuerte.

Mi respiración se alteró. Estábamos demasiado cerca.

Demasiado. Podía ver el reflejo de las antorchas en sus ojos verdes, sentir el calor de su cuerpo atravesando la escasa distancia que aún nos separaba, percibir el olor oscuro de su piel mezclado con incienso, metal y noche.

Mi cuello desnudo pareció recordar de golpe que nada lo protegía.

Su mirada bajó hasta allí un instante, apenas un instante, pero fue suficiente para que el pulso se me desbocara.

—No me mires así —susurré.

Sus ojos regresaron a los míos.

—¿Así cómo?

Odié que usara mis propias debilidades contra mí. O quizá me gustó demasiado.

—Como si supieras algo que yo no sé.

La expresión de Anubis cambió. La sensualidad del momento no desapareció, pero se oscureció con otra cosa, con ese secreto que había nacido entre nosotros cuando probó mi sangre.

—Sé muchas cosas que tú no sabes.