Capítulo 16 #2
Anubis me guio hasta colocarme frente a él, ante el altar, y durante unos segundos no hubo más ceremonia que nuestras manos unidas, nuestras respiraciones demasiado cercanas y el silencio expectante de quienes nos observaban.
No hubo sacerdote. No hubo voz ajena. Solo nosotros. Solo la luna. Solo el río llevando la noche hacia algún lugar del que quizá ninguno de los dos podría regresar siendo el mismo.
Anubis levantó mi mano hasta la altura de su pecho y habló primero. Su voz sonó grave, firme, revestida de esa autoridad natural que tantas veces me había irritado, pero aquella vez no había arrogancia en ella. Había solemnidad. Y algo más. Algo que me asustó precisamente porque no parecía fingido.
—Ante la luna que gobierna esta noche, ante las aguas que nos conducen y ante los muertos que reconocen mi nombre, te tomo como esposa, Hathor. No como un trofeo. No como una prisionera. No como una sombra obligada a caminar detrás de mí. Te tomo a mi lado.
Mi garganta se cerró. Anubis continuó mirándome con una intensidad que hacía difícil sostenerle la mirada.
—Juro respetarte incluso cuando me desafíes.
Cuidarte incluso cuando finjas que no lo necesitas.
Protegerte frente a mortales, dioses y monstruos, aunque tenga que enfrentarme al mundo entero para hacerlo.
Juro que ninguna puerta se cerrará para ti en mis dominios y que ningún ser, vivo o muerto, tendrá derecho a tocarte con intención de dañarte mientras yo siga existiendo.
El corazón me golpeaba tan deprisa que me dolía.
No eran las palabras de un pacto político.
No eran las frases vacías de una ceremonia pactada para protegerme.
Había algo en su voz, en la forma en que pronunciaba cada promesa, que me desarmaba con una crueldad casi delicada, como si cada juramento hubiera estado dentro de él mucho antes de aquella noche.
Como si no lo estuviera inventando para mí, sino confesándolo al fin.
—Anubis… —susurré, sin saber siquiera qué quería decir.
Él apretó ligeramente mis dedos.
—Déjame terminar.
Obedecí. Lo odié un poco por eso. Y quizá lo deseé un poco más.
—Juro que no intentaré doblegar lo que eres —añadió, con la voz más baja—, aunque me tienten tu orgullo, tu boca y esa manera imposible que tienes de mirarme como si no te diera miedo nada, incluso cuando sé que estás temblando por dentro.
Sentí que el aire me faltaba.
—No estoy temblando.
Su mirada bajó un instante hacia nuestras manos unidas. Mi pulso delataba la mentira.
—Claro que no.
Aquella respuesta, dicha con una calma casi burlona, me devolvió algo de mí misma. Alcé la barbilla.
—Mi turno.
Algo brilló en sus ojos verdes.
—Te escucho.
Me obligué a respirar. Frente a mí estaba Anubis, vestido de noche y oro, mirándome como si cada palabra que yo pronunciara pudiera condenarlo o salvarlo.
Detrás de él, la luna. A nuestro alrededor, el río, los testigos, los celos silenciosos de Anukis, la atención respetuosa de Geb y Unar, el peso de aquel mundo extraño que había intentado devorarme desde el primer día.
Y aun así, en ese instante, lo único que me importaba era él.
—Ante la luna que nos contempla —dije, intentando que la voz no me temblara—, ante estas aguas y ante quienes hoy son testigos de mi palabra, acepto este vínculo. Prometo respetarte como rey de tus dominios y como dios que ha sabido protegerme incluso cuando yo no quería admitir que lo hacía.
La expresión de Anubis cambió apenas. Fue mínimo. Pero lo vi.
—Prometo no caminar contra ti cuando pueda caminar a tu lado —continué—. Prometo honrar este pacto, obedecer las leyes que nos mantengan unidos y no traicionar la confianza que esta noche depositas en mí.
Él inclinó ligeramente la cabeza, observándome con una concentración férrea. Yo tomé aire antes de añadir lo que no estaba segura de querer decir, pero que salió de mis labios antes de que el orgullo pudiera detenerlo.
—Y prometo intentar no odiarte cuando seas insoportable.
El silencio se rompió con una risa baja de Geb en algún punto de la cubierta.
Anubis sonrió. No aquella sonrisa afilada con la que solía provocarme, sino otra, más lenta, más íntima. Una sonrisa que parecía tocarme sin necesidad de acercarse.
—Eso último será difícil para ti.
—No sabes cuánto.
—Lo sé perfectamente.
Nos miramos durante un instante demasiado largo, y algo entre los dos cambió. No supe nombrarlo. Quizá porque todavía no quería. Quizá porque nombrar ciertas cosas las vuelve demasiado reales.
Anubis soltó una de mis manos solo para llevar la suya hacia el anillo del escarabajo.
Lo vi retirárselo despacio, y aquel gesto hizo que todos guardaran un silencio más profundo.
Conocía ese anillo. Lo había visto en él desde el principio.
Era parte de su autoridad, de su imagen, de su poder.
Un sello antiguo, dorado, con el escarabajo tallado en una superficie brillante que parecía contener dentro una sombra verde y negra.
No era una joya cualquiera. Ni siquiera era un símbolo más. Era suyo.
Y cuando tomó mi mano izquierda y lo colocó en mi dedo, sentí el peso de algo mucho mayor que el oro. El anillo quedó algo grande al principio, pero una corriente cálida lo recorrió y la pieza se ajustó a mí como si hubiera estado esperando mi piel.
Contuve la respiración.
Anubis no apartó la mirada de mi mano.
—Desde esta noche, este sello te reconoce —dijo—.
Y con él te reconocerán todas las puertas de mis jardines, todos los guardianes de mis dominios y todas las sombras que respondan a mi nombre.
Ningún umbral del Inframundo se cerrará para ti, Hathor.
Donde yo pueda entrar, entrarás tú. Donde yo gobierne, serás recibida no como invitada, sino como reina.
La palabra me atravesó.
Reina.
No princesa. No consorte. Reina. Junto a él.
Miré el anillo en mi dedo y sentí que algo se movía dentro de mí, algo parecido al miedo, pero también a una emoción más peligrosa.
Porque no estaba imaginando un futuro cualquiera.
Estaba imaginando sus puertas abriéndose para mí, sus sombras inclinándose, su mundo aceptando mi nombre unido al suyo.
—¿Cualquier puerta? —pregunté en voz baja.
—Cualquiera.
Levanté la mirada.
—¿Incluso las que tú preferirías mantener cerradas?
Anubis me sostuvo la mirada con una calma que no logró ocultar del todo la tensión en su mandíbula.
—Especialmente esas.
No supe qué responder. Tampoco hizo falta, porque entonces llegó el último juramento.
Uno de los sirvientes avanzó con el cáliz de oro entre las manos.
Era una pieza extraordinaria, antigua, casi inquietante.
Dos serpientes rodeaban la copa desde la base hasta el borde, enroscadas una sobre otra, con las cabezas enfrentadas como si custodiaran lo que fuera a derramarse en su interior.
Los ojos de las serpientes estaban hechos con piedras oscuras, y al acercarse a la luz de las antorchas parecieron encenderse.
El voto de sangre.
Mi estómago se cerró de inmediato. Había sabido que llegaría. Me lo habían explicado. Un pacto como aquel no se sellaba solo con palabras, ni con anillos, ni con promesas murmuradas bajo la luna. En los dominios de Anubis, la sangre no era únicamente sangre. Era memoria. Era esencia. Era verdad.
Anubis debió notar mi tensión, porque se acercó un poco más, lo suficiente para que su voz rozara mi oído sin que los demás pudieran escucharla con claridad.
—No tengas miedo.
Quise reírme, pero la risa se me quedó atrapada en el pecho.
—Me estás pidiendo que beba tu sangre y luego vas a beber la mía. Perdona si no me parece una costumbre encantadora.
Su boca se curvó apenas.
—Has sobrevivido a cosas peores.
—Sí. A ti, por ejemplo.
—Y aun así aquí estás.
Lo miré con los ojos entornados.
—No te acostumbres.
—Demasiado tarde.
Una parte de mí quiso responderle. Otra, mucho más traicionera, se quedó atrapada en la cercanía de su cuerpo, en el calor que desprendía, en la forma en que el negro de su ropa parecía fundirse con el mío cuando la brisa movía la tela entre ambos.
Anubis tomó la hoja ceremonial. El filo era oscuro y brillante, con reflejos de oro en la empuñadura.
No levantó la mano de manera teatral ni buscó impresionar a nadie.
Simplemente apoyó el filo sobre su piel y realizó un corte limpio en la palma.
No hizo ningún gesto de dolor. Ni siquiera parpadeó.
Varias gotas de sangre cayeron en el cáliz, lentas, densas, imposiblemente oscuras bajo la luz de la luna.
Después, Anubis sostuvo la copa ante mí.
—Bebe.
La palabra no sonó como una orden. Sonó como una invitación a cruzar una frontera.
Mis dedos rozaron el oro del cáliz. Estaba templado. Demasiado templado. Como si hubiera absorbido el calor de su sangre al instante. Levanté la copa con cuidado, consciente de todas las miradas sobre mí, consciente sobre todo de la de él. Acerqué los labios al borde. Y bebí.
Esperaba algo amargo. Metálico. Desagradable.
Pero el sabor me sorprendió tanto que casi aparté el cáliz.
Era cálido, sí, pero no repulsivo. Tenía una extraña dulzura oscura, una intensidad que descendió por mi garganta como si llevara consigo fuego, noche y una promesa imposible de romper.
Durante un instante sentí un estremecimiento recorrerme la espalda, no de rechazo, sino de reconocimiento, como si mi cuerpo entendiera algo que mi mente aún no alcanzaba a comprender.
Anubis observó cada mínima reacción de mi rostro.
—No ha sido tan horrible —murmuró.
Bajé el cáliz despacio.
—No sonrías.
—No estoy sonriendo.
—Lo estás haciendo con los ojos.
Esta vez sí sonrió, apenas, y el gesto fue tan breve que casi pareció un secreto.
Después tomó mi mano. La izquierda no. La derecha.
La que aún no llevaba su sello. El contacto de sus dedos fue firme y cuidadoso a la vez.
Me sostuvo la muñeca con una delicadeza que me desarmó más que cualquier caricia, inclinándose sobre mí con una concentración absoluta.
—Mírame —dijo.
Obedecí. No sé por qué. Quizá porque, en ese instante, necesitaba hacerlo.
El filo descendió sobre mi piel. Sentí solo una presión leve, un frío breve, una línea fina abriéndose con tanta limpieza que apenas dolió.