Capítulo 16
Luna de sangre
La noche había caído sobre el río con una lentitud casi ceremonial, como si incluso el cielo supiera que aquella no iba a ser una noche cualquiera.
Desde mi camarote podía escuchar el rumor del agua golpeando suavemente el casco del barco, un sonido grave y constante que parecía arrastrar consigo secretos antiguos,
promesas olvidadas y destinos escritos mucho antes de que yo supiera siquiera pronunciar el nombre de Anubis sin que me ardiera la lengua.
El navío avanzaba despacio sobre la oscuridad del Nilo, iluminado por lámparas de aceite, braseros de incienso y pequeñas llamas que temblaban al compás de la brisa nocturna.
Todo olía a mirra, a loto, a oro caliente y a esa humedad profunda del río que se pegaba a la piel como una advertencia.
Yo permanecía de pie en el centro del camarote, rodeada por las doncellas que habían enviado para prepararme.
Ninguna hablaba demasiado. Se movían a mi alrededor con una precisión silenciosa, casi reverente, como si no estuvieran vistiendo a una mujer, sino envolviendo a una ofrenda destinada a presentarse ante los dioses.
Sus dedos iban y venían sobre la tela, sobre mi piel, sobre mi cabello, ajustando, acariciando, corrigiendo cada detalle con una delicadeza que contrastaba con el caos que yo sentía por dentro, porque por dentro no había calma alguna; por dentro todo era un incendio.
Me iba a casar con Anubis.
La idea seguía sonándome absurda, peligrosa, imposible.
El mismo Anubis que me había irritado desde el primer instante; el mismo que sabía encontrar siempre la palabra exacta para desafiarme, la mirada justa para hacerme perder la paciencia y el silencio preciso para hacerme pensar en él mucho después de haberle dado la espalda.
El mismo dios que parecía hecho de sombras, poder y control.
El mismo que me había protegido más veces de las que yo estaba dispuesta a reconocer en voz alta. Y ahora iba a convertirme en su esposa.
Una de las doncellas terminó de ajustar la última costura del vestido y se apartó unos pasos.
Las demás hicieron lo mismo, y el silencio que quedó entre todas fue tan denso que, por un instante, solo escuché mi respiración.
Levanté la mirada hacia la lámina de bronce pulido que hacía las veces de espejo, y no me reconocí.
El vestido era negro, completamente negro, pero no un negro triste ni apagado, sino profundo, vivo, casi líquido, como si alguien hubiera tomado un pedazo de noche cerrada y lo hubiera cosido directamente sobre mi cuerpo.
La tela se ceñía a mi pecho, a mi cintura y a mis caderas con una exactitud que resultaba casi indecente, marcando cada curva sin necesidad de descubrir demasiado, insinuando con una elegancia tan peligrosa que comprendí al instante que aquel atuendo no buscaba esconderme, sino declararme.
No como una prisionera, no como una invitada, no como una mujer empujada a un acuerdo que no comprendía del todo, sino como alguien destinada a ocupar un lugar junto a él.
El tejido caía hasta el suelo en una cascada oscura y suave, abriéndose lo justo con cada movimiento para dejar entrever la línea de mis piernas cuando caminaba.
No había exceso. No había vulgaridad. Solo una sensualidad afilada, solemne, casi sagrada, de esas que no necesitan gritar para imponerse.
El vestido parecía respirar conmigo, deslizarse sobre mi piel como una sombra obediente, como si hubiera nacido para aquella noche y para ningún otro propósito.
En mi brazo izquierdo, una pieza de oro ascendía desde la muñeca hasta casi rozarme el hombro.
Era una serpiente. No un simple brazalete, sino una criatura entera enroscada alrededor de mi piel, con el cuerpo trabajado en escamas minúsculas y la cabeza alzada hacia mi clavícula, como si velara por mí o me reclamara.
La luz de las lámparas se deslizaba sobre el oro y hacía que cada escama pareciera moverse.
Probé a levantar el brazo despacio y durante un segundo tuve la inquietante sensación de que la serpiente despertaba conmigo.
Mis otros brazaletes tintineaban suavemente cuando respiraba. Oro en las muñecas, , oro en los tobillos. Pero el cuello me lo habían dejado libre. Completamente desnudo. Sin collares. Sin cadenas. Sin el peso ceremonial que tantas otras mujeres habrían llevado para una noche así.
Me miré aquella parte de mí con una extraña incomodidad.
La piel expuesta entre la base de mi garganta y el inicio del vestido parecía demasiado vulnerable, demasiado accesible, como si dejar mi cuello sin adornos fuera una forma distinta de desnudez.
Podían haberme cubierto de oro hasta convertirme en una estatua, pero habían escogido dejar allí solo mi pulso.
Quizá porque esa noche no necesitaba que nada lo ocultara.
Quizá porque mi propio latido ya era suficiente confesión.
Mi cabello caía suelto por la espalda, largo, oscuro y ondulado, trabajado con aceites perfumados que lo hacían brillar bajo la luz temblorosa.
Habían marcado mis ojos con pigmentos negros y dorados, alargando mi mirada hasta volverla más intensa de lo que yo misma estaba acostumbrada a soportar.
En los labios llevaba un tono profundo, cálido, como si la sangre se hubiera quedado en ellos después de una mordida.
Tragué saliva.
La mujer que me devolvía la mirada desde el bronce parecía capaz de desafiar a un dios. Yo, en cambio, apenas podía respirar.
—Mi señora —murmuró una de las doncellas, inclinando la cabeza—. Ha llegado el momento.
El corazón me dio un golpe tan fuerte que por un instante temí que todas lo hubieran escuchado.
No respondí enseguida. Me limité a cerrar los ojos, a tomar aire y a intentar reunir en mis pulmones algo parecido al valor.
Pero el valor no llegó en forma de calma, sino en forma de orgullo, de esa rabia mía, terca e inútil, que tantas veces me había mantenido de pie cuando lo único que deseaba era huir.
Abrí los ojos.
—Vamos.
Las doncellas se apartaron para dejarme pasar.
Al cruzar el umbral del camarote, la brisa nocturna me golpeó con suavidad en el rostro y me trajo el olor del río, del incienso y de las flores colocadas en cubierta.
El aire era más fresco allí fuera, más amplio, más vivo.
Las antorchas dibujaban destellos sobre la madera pulida del barco, y cada paso que daba parecía acompañarse del murmullo de mi vestido rozando el suelo, del tintineo mínimo de mis brazaletes y de mi respiración intentando no quebrarse.
A medida que avanzaba por el pasillo exterior, escuché voces al fondo. No muchas. No era una celebración multitudinaria, sino algo más íntimo, más peligroso, más antiguo. Cuando llegué a la cubierta, el mundo pareció detenerse.
El sol ya había caído casi por completo, dejando apenas una línea de fuego moribundo en el horizonte.
Sobre nosotros, la luna ascendía lenta y brillante, enorme, blanca, implacable, como un ojo divino abierto sobre el río.
Su luz se derramaba sobre la cubierta, mezclándose con el resplandor rojizo de las antorchas y convirtiendo cada sombra en algo vivo.
Habían levantado un pequeño altar en la proa, pero no había sacerdote alguno.
Solo una mesa baja cubierta por un paño oscuro, un cáliz de oro rodeado por serpientes talladas, una hoja ceremonial, varios cuencos con aceites aromáticos y flores negras cuyos pétalos parecían absorber la luz.
Alrededor, los testigos guardaban silencio.
Geb estaba allí, sereno, observándolo todo con una expresión que mezclaba orgullo y alivio.
También vi a Anukis entre los presentes, rígida como una estatua, con el rostro cuidadosamente contenido y los ojos demasiado afilados para ocultar del todo el disgusto.
Estaba celosa. Furiosa, incluso. No hacía falta que dijera nada; la tensión de su mandíbula y la forma en que sus dedos se cerraban sobre sus propios brazaletes hablaban por ella.
Había algunos sirvientes más, todos vestidos de blanco y oro, esperando con la cabeza inclinada. Pero yo dejé de verlos en cuanto lo vi a él.
Anubis estaba junto al altar, vestido de negro.
No negro como mi vestido, sino un negro más severo, más regio, más suyo.
La tela caía sobre su cuerpo con una perfección imponente, resaltando la anchura de sus hombros, la fuerza contenida de su postura y esa presencia suya capaz de llenar cualquier espacio sin necesidad de moverse.
El oro aparecía solo en detalles precisos: en los puños, en el cinturón, en los bordes de la túnica, en el anillo del escarabajo que brillaba en su mano como un símbolo irrenunciable de poder.
Parecía el rey de todo lo que la noche se atrevía a ocultar.
Pero no fue eso lo que me hizo detenerme. Fue su mirada.
Desde el instante en que aparecí, Anubis no miró a nadie más.
Ni a Geb. Ni a Unar. Ni a los sirvientes.
Ni a la luna. Solo a mí. Y aquello fue mucho peor que cualquier palabra, porque había deseo en sus ojos verdes, sí, pero no solo eso.
Había sorpresa, contención, algo más oscuro y hondo que me obligó a bajar un segundo la mirada para poder seguir caminando.
Me odié por ello. Me odié por notar cómo el calor me subía por el cuello desnudo, cómo el pulso se me desordenaba, cómo una parte absurda de mí quería saber si él veía lo mismo que yo había visto en el espejo.
Cuando llegué hasta él, Anubis extendió la mano. Yo la miré. Después lo miré a él.
—No tienes que parecer tan satisfecho —murmuré lo bastante bajo para que solo él pudiera oírme.
La comisura de su boca se elevó apenas.
—No estoy satisfecho.
—Pues lo disimulas fatal.
Sus dedos rozaron los míos antes de tomar mi mano por completo.
—Estoy intentando recordar cómo se respira.
Aquellas palabras me atravesaron de una forma inesperada. Parpadeé, desconcertada.
—No digas cosas así.
—¿Por qué?
—Porque entonces parecerá que las dices de verdad.
Su mirada descendió un instante hasta mis labios y volvió lentamente a mis ojos.
—Ese es el problema, Hathor. Que esta noche no tengo intención de mentirte.
Sentí que algo dentro de mí se tensaba. El murmullo del río pareció crecer alrededor del barco.
La luna se elevó un poco más sobre nuestras cabezas, bañándolo todo con una claridad pálida, casi sobrenatural.