El chacal y la hija del sol Capítulo 15 #4
49%

Capítulo 15 #4

Los sirvientes, que hasta entonces habían permanecido inmóviles alrededor de la mesa, retomaron sus tareas con una prudencia exquisita, rellenando copas, retirando platos, fingiendo no haber escuchado cada palabra, aunque todos sabíamos que lo habían hecho.

Y precisamente por eso Anubis lo había dicho delante de ellos.

Al llegar a puerto, Hardai no recibiría un rumor incierto, sino una verdad ya repetida por muchas bocas.

Me serví agua con una calma que no sentía.

Anubis me observó desde el otro lado de la mesa.

—Tú también tendrás que prepararte.

Alcé la vista hacia él.

—¿Debo preocuparme?

—Depende de lo mucho que te guste obedecer instrucciones.

—Entonces sí, debo preocuparme.

Unar sonrió contra el borde de su copa.

—Prometedor.

Geb asintió con gravedad fingida.

—Muy prometedor.

Brindó alzando la copa al aire.

Anubis no apartó sus ojos de los míos.

—No será una boda como las que conoces.

—Eso ya lo imaginaba. Dudo que en Hardai se pongan nerviosos por elegir flores.

—No habrá flores.

—Empiezo a pensar que lo hacéis solo para decepcionarme.

La sombra de una sonrisa rozó su boca, casi imperceptible.

—Habrá votos, sangre simbólica, una copa compartida y testigos suficientes para que nadie pueda fingir ignorancia.

La palabra sangre me endureció la espalda.

—¿Sangre simbólica?

Unar levantó un dedo, rápido.

—Muy simbólica. Nada dramático. Un corte mínimo. Casi elegante.

Geb lo miró.

—¿Casi?

—Depende de quién lo haga.

—Jamás se aprecia mi talento.

Geb apuró toda su copa, no sin antes picarme un ojo.

Anubis siguió mirándome.

—Es parte del rito.

—Qué reconfortante. Mi primera noche como fugitiva y ya he añadido sangre a la agenda.

—También cena.

—Qué equilibrio tan exquisito.

Geb soltó una carcajada, y esta vez no pude evitar que se me escapara una sonrisa breve, pequeña, pero real.

Fue un gesto mínimo, casi un descuido, y aun así sentí la mirada de Anubis detenerse en mi boca durante un instante antes de volver a mis ojos.

No dijo nada. No hizo falta. La tensión entre nosotros seguía allí, distinta ahora, menos áspera que antes y por eso mismo más peligrosa.

Anukis también lo vio.

Su expresión se cerró de inmediato.

—Disfrutad de las bromas mientras podáis —dijo, con la voz baja—. Hardai no será tan indulgente.

Esta vez no respondí al instante. La miré, no como rival, no exactamente, sino como alguien que acababa de advertirme sin querer hacerlo. Había celos en ella, sí, pero también conocimiento. Anukis conocía esa ciudad. Conocía a Anubis. Conocía las reglas que yo apenas empezaba a rozar.

—Entonces tendré que aprender deprisa —contesté.

Ella sostuvo mi mirada unos segundos más.

—O caer muy despacio.

Geb dejó escapar un silbido.

—Eso ha sido casi una bienvenida.

—No lo era —replicó Anukis.

—Por eso he dicho casi.

Anubis se levantó de nuevo, y la conversación murió antes de que nadie pudiera añadir nada más. Su presencia bastó para devolver el orden a la mesa, a los sirvientes, incluso a los dos idiotas sonrientes que parecían disfrutar cada desastre como si fuera entretenimiento de palacio.

—Anukis —dijo—, si tienes algo que decirme, lo harás después. A solas.

La forma en que pronunció esas dos últimas palabras no fue íntima. Fue una orden. Y precisamente por eso dolió más.

Anukis inclinó la cabeza apenas, con una rigidez que no tenía nada de sumisión.

—Como ordenéis, príncipe.

No esperó respuesta. Giró sobre sus talones y se alejó por la cubierta, con la espalda recta y el orgullo intacto a simple vista, aunque todos vimos la grieta que dejaba tras de sí.

Cuando desapareció escaleras abajo, el silencio permaneció unos segundos más, como si nadie quisiera ser el primero en pisar los restos de aquella escena.

Naturalmente, fue Unar quien lo hizo.

—Bueno —dijo, sirviéndose más vino—. Ha ido mejor de lo previsto.

Lo miré con incredulidad.

—¿Eso era mejor?

Geb asintió, muy serio.

—En Hardai, si nadie amenaza con arrancarte la lengua antes del postre, se considera una reunión civilizada.

—Empiezo a entender por qué vuestra ciudad tiene tan poca fama turística.

Unar levantó la copa hacia mí.

—Y aun así esta noche te conviertes en su señora. Qué giro tan inspirador.

—No me llaméis así.

—Todavía no —corrigió Geb.

Anubis se sentó otra vez frente a mí.

—Come, Hathor.

Lo miré con una ceja alzada.

—Acabáis de anunciar una unión ritual con sangre, testigos y una enemiga declarada en la mesa, y vuestra solución es que coma.

—Necesitarás fuerzas.

—Qué detalle. ¿Para los votos o para sobrevivir a los invitados?

—Para ambas cosas.

Durante un segundo lo odié un poco menos. Solo un poco. Lo suficiente para que me molestara.

Tomé un trozo de pan y lo partí con más fuerza de la necesaria.

—Si esta noche voy a tomar esos votos, quiero saber exactamente qué implican.

Anubis apoyó los antebrazos sobre la mesa, inclinándose apenas hacia mí.

—Implican que, desde el momento en que los pronuncies, mi casa será tu casa, mis enemigos serán tus enemigos y cualquier ofensa contra ti será una ofensa contra mí.

—Eso suena muy conveniente para vos.

—Y muy peligroso para ti.

—Al menos no lo disfrazáis.

—Nunca he tenido talento para adornar verdades feas.

—No, eso ya lo he notado.

Geb señaló entre ambos con el pan.

—¿Veis? Esto es lo que decía. No necesito flores. Necesito sentarme cerca.

Unar asintió.

—Yo quiero escribir los votos.

—Tú no escribirás nada —dijo Anubis.

—Puedo hacerlos más poéticos.

—Precisamente por eso.

Por primera vez desde que había subido a cubierta, el desayuno recuperó algo parecido al movimiento.

No la ligereza de antes, porque Anukis había dejado una sombra demasiado clara sobre la mesa, pero sí una especie de normalidad torcida, sostenida por las bromas de Geb, las insolencias de Unar y la calma severa de Anubis, que parecía capaz de transformar cualquier catástrofe en una orden práctica.

Comí despacio, más por disciplina que por hambre, mientras el barco seguía avanzando por el Nilo. El agua brillaba bajo el sol de la mañana, las velas se hinchaban con la brisa y, a lo lejos, las orillas parecían deslizarse hacia atrás como si el mundo conocido se alejara sin hacer ruido.

No volví a preguntar si podía negarme.

No hacía falta.

Había aceptado.

Y ahora lo único que quedaba era descubrir qué clase de mujer tendría que ser para pronunciar esos votos sin temblar.