El chacal y la hija del sol Capítulo 15 #3
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Capítulo 15 #3

Yo, por mi parte, sentí que el corazón me latía demasiado rápido.

Anubis se puso en pie.

El gesto fue simple, pero cambió la estructura completa del momento. Bajo el toldo, con el Nilo extendiéndose a nuestra espalda y el viento moviendo las telas sobre nuestras cabezas, su presencia se volvió más oscura, más definitiva, como si el príncipe hubiera decidido dejar de tolerar el juego.

—Escuchadme bien todos —dijo, mirando primero a Geb y Unar, después a Anukis y, por último, a mí—.

Esto no es una excursión ni una representación para entretener a nadie.

Estamos cruzando el Nilo hacia Hardai con una fugitiva perseguida por Tebas, por Ra y por todo aquel que crea que entregarla le dará poder.

En cuanto pongamos un pie en mi ciudad, cada mirada importará, cada palabra importará y cada gesto será utilizado contra nosotros si damos la menor oportunidad.

Nadie habló.

Ni siquiera Geb.

Anubis dejó que el silencio se asentara antes de continuar.

—Hathor no entrará en Hardai como una invitada, ni como una protegida, ni como una hija del sol a la que he decidido esconder por capricho. Entrará como mi esposa.

El mundo pareció detenerse.

No porque no lo supiera. No porque aquella idea no hubiera estado rondando desde la noche anterior como una sombra inevitable. Sino porque oírlo decirlo así, delante de todos, con esa voz firme y sin el menor temblor, hizo que se volviera real de una forma que me dejó sin aire.

Anukis palideció apenas.

Geb abrió mucho los ojos.

Unar, por primera vez desde que había llegado, no tuvo nada que decir.

Yo miré a Anubis, incapaz de apartar la vista.

—¿Qué habéis dicho? —pregunté, aunque lo había escuchado perfectamente.

Él me sostuvo la mirada.

—Que debemos entrar en Hardai como marido y mujer.

La expresión de Anukis se quebró solo un instante, lo suficiente para revelar lo que el orgullo no podía ocultar del todo. Celos. Rabia. Dolor. Todo mezclado en una sola mirada que me atravesó con una violencia muda.

—No puedes hablar en serio —dijo ella, pero su voz ya no sonó tan fría. Sonó herida—. No con ella.

Anubis no apartó los ojos de mí.

—Esta noche tomaremos los votos en el barco. Geb y Unar serán testigos. También los sirvientes. Al amanecer, cuando lleguemos a Hardai, nadie podrá cuestionar su lugar junto a mí sin cuestionarme a mí.

Sentí que la cubierta se movía bajo mis pies, aunque no sabía si era el barco o mi propio cuerpo tratando de sostener aquella revelación.

—¿Esta noche? —logré decir.

—Esta noche.

—¿Y pensabais informarme antes o después de ordenar las flores?

Unar hizo un sonido ahogado que parecía una risa reprimida.

Geb se tapó la boca con el puño.

Anubis me miró con una calma irritante.

—No habrá flores.

—Qué alivio. Habría sido demasiado romántico para vos.

Algo parecido a una sonrisa quiso formarse en su boca, pero no llegó a hacerlo.

—Habrá votos. Testigos. Y una verdad lo bastante sólida como para protegerte.

—Qué bonito. Casi parece que lo hacéis por mí.

—No tientes mi paciencia, Hathor.

—No sabía que os quedara.

Geb carraspeó.

—Voy a decir algo quizá inapropiado, pero esta pareja empieza a parecerme prometedora.

—Geb —advirtió Anubis.

—Solo digo que hay matrimonios que nacen del amor, otros de la política, y luego está esto, que parece una guerra santa con desayuno incluido.

Unar levantó su copa.

—A mí me convence.

Anukis dio un paso hacia la mesa, con los ojos clavados en Anubis.

—¿Y qué hay de Hardai? ¿De tus leyes? ¿De los tuyos? ¿Crees que van a aceptarla porque pronuncies unos votos sobre la cubierta de un barco?

—La aceptarán porque yo lo ordeno.

—No todos viven para obedecerte.

—No —respondió él, y su voz se volvió más baja, más peligrosa—. Pero todos saben lo que ocurre cuando desafían una orden mía dentro de mis dominios.

La amenaza no fue explícita, pero llenó el aire como humo oscuro.

Anukis apretó los puños.

—Siempre imaginé que, cuando eligieras una esposa, sería alguien de Hardai. Alguien que entendiera lo que eres. Lo que pesa tu nombre. Lo que exige tu ciudad.

La frase cayó con una sinceridad tan desnuda que incluso yo sentí una punzada incómoda. Porque no estaba hablando solo de política. Estaba hablando de ella. De lo que había esperado. De lo que tal vez había creído que algún día tendría derecho a reclamar.

Anubis tardó un segundo en responder.

—No la estoy eligiendo para complacerte.

Aquello fue cruel.

Demasiado.

Anukis no retrocedió, pero algo en sus ojos se apagó de golpe.

Por primera vez, no sentí deseo de contestar.

Ni de defenderme. Ni siquiera de ganar aquella escena.

La miré y vi en ella algo que reconocí demasiado bien: la humillación de descubrir que tus deseos no tienen peso frente a las decisiones de otros.

Y aunque su desprecio hacia mí seguía doliendo, no pude disfrutar del golpe.

—Anukis... —empecé, sin saber muy bien qué pretendía decir.

Ella giró hacia mí con una furia inmediata.

—No me hables como si me compadecieras.

Cerré la boca.

Anubis dio un paso alrededor de la mesa, colocándose entre ambas de una forma tan sutil como definitiva.

—Ya basta.

La autoridad en su voz fue distinta esta vez. No estaba corrigiendo una conversación. Estaba marcando una frontera.

Anukis no respondió de inmediato.

Durante unos segundos se limitó a mirar a Anubis como si acabara de oír una sentencia que no pensaba aceptar, y aquella quietud suya, tan contenida, tan afilada, hizo que incluso la brisa del Nilo pareciera volverse más fría bajo el toldo.

No había sorpresa en su rostro. No del todo.

Había algo peor: la expresión de alguien que había temido durante mucho tiempo una posibilidad y acababa de verla pronunciarse en voz alta delante de todos.

—Esta noche —repitió al fin, con una calma tan forzada que resultaba casi más peligrosa que un grito.

Anubis sostuvo su mirada sin pestañear.

—Esta noche.

Geb dejó el pan sobre la mesa con una lentitud exagerada, como si temiera que cualquier ruido innecesario pudiera desencadenar una guerra.

—Bueno... al menos nadie podrá acusarte de organizar bodas aburridas.

Unar alzó la copa con una solemnidad ridícula.

—He asistido a funerales con menos tensión.

—Tú has causado varios de esos funerales —murmuró Geb.

—Y aun así tuvieron mejor ambiente.

Yo no sonreí, aunque la réplica merecía una.

Tenía la mirada fija en Anukis, en la rigidez de sus hombros, en la manera en que sus dedos se cerraban sobre la tela negra de su túnica como si necesitara aferrarse a algo para no perder la compostura.

No me gustaba su hostilidad, pero tampoco era tan ingenua como para no reconocer el origen de aquella herida.

Anukis no estaba viendo únicamente a una extraña sentada a la mesa de su príncipe.

Estaba viendo a una intrusa ocupando un lugar que, quizá durante años, había imaginado como suyo.

Y lo peor era que no podía decirle que se equivocaba.

Porque al caer la noche yo estaría justo ahí.

A su lado.

Con el nombre de Anubis unido al mío.

—No finjas que esto te incomoda —dijo Anukis de pronto, clavando sus ojos en mí.

La frase cayó sobre la mesa con la precisión de una hoja. Geb dejó de masticar. Unar bajó lentamente la copa. Anubis giró apenas la cabeza, pero no intervino. Todavía no.

Yo la miré de frente.

—No estoy fingiendo nada.

—Claro que no —respondió ella, y su sonrisa fue breve, amarga—. Las hijas del sol no fingen. Solo permiten que el mundo arda alrededor y luego dicen que no fueron ellas quienes encendieron la llama.

Sentí el golpe de aquellas palabras, pero no bajé la mirada. No podía. No delante de ella, no delante de Anubis, no delante de todos aquellos testigos que, de pronto, parecían medir no solo mi respuesta, sino el lugar que sería capaz de ocupar cuando llegáramos a Hardai.

—Si queréis odiarme, hacedlo con algo más de imaginación —dije con calma—. Culparme por una decisión que ninguno de los dos ha tomado por deseo resulta demasiado cómodo incluso para vos.

Unar abrió mucho los ojos.

—Oh.

Geb se inclinó hacia él, encantado.

—Eso ha tenido filo.

—Mucho filo.

Anukis dio un paso hacia mí.

—Tú no sabes nada de mis deseos.

—Ni vos de los míos.

El silencio se tensó hasta volverse casi insoportable.

Por primera vez desde que había aparecido, Anukis pareció dudar, no porque mis palabras la hubieran herido más que las de Anubis, sino porque quizá no esperaba que yo respondiera sin esconderme detrás de él.

Había venido dispuesta a encontrar una princesa asustada, una fugitiva envuelta en telas claras y protección ajena, y se había encontrado con algo menos fácil de empujar.

Anubis habló entonces.

—Suficiente.

No elevó la voz, pero el efecto fue inmediato. La autoridad de aquella palabra cayó sobre nosotros con una contundencia seca, y hasta el río pareció quedar lejos durante un instante. Anukis no retrocedió, pero apartó los ojos de mí para fijarlos en él.

—¿Vas a defenderla de todo? —preguntó.

—Voy a impedir que confundas este barco con un campo de batalla.

Geb carraspeó, mirando de uno a otro.

—Por si mi opinión tiene algún valor, que probablemente no, yo preferiría llegar a Hardai con todos los miembros aún unidos al cuerpo.

Unar levantó la mano.

—Apoyo la moción. Especialmente si hablamos de los míos.

Anubis los ignoró.

—Geb, tú te encargarás de los testigos. Quiero a la tripulación reunida antes de la caída del sol, pero sin ceremonias innecesarias ni voces de más. Unar, habla con Meret; que prepare las telas, el aceite y la copa ritual. Nada ostentoso. Nada que parezca una celebración.

Unar ladeó la cabeza, fingiendo decepción.

—Qué lástima. Ya me veía lanzando pétalos al río.

—Lanza uno y te arrojo detrás.

—Entonces pétalos no.

Geb se reclinó en su asiento, divertido pese a la tensión.

—¿Y yo puedo llorar? En las uniones solemnes suelo emocionarme.

—Tú no lloras —dijo Anubis.

—Por dentro soy muy delicado.

—Por dentro eres igual de insoportable.

—Eso ha sido hiriente.

La tensión cedió apenas, lo justo para que el aire volviera a moverse entre nosotros.