Capítulo 15 #2
—¿Después de cruzar medio inframundo por ti? Qué ingrato.
—No has cruzado medio inframundo. Has subido una escalera.
—Con hambre. Eso duplica el esfuerzo.
No pude evitarlo. Sonreí.
Fue una sonrisa pequeña, casi involuntaria, pero Unar la vio de inmediato y señaló hacia mí como si acabara de descubrir un tesoro.
—¡Ahí está! La fugitiva sabe sonreír.
Mi sonrisa desapareció al instante.
—La fugitiva también sabe lanzar copas.
Unar alzó las manos, encantado.
—Me gusta. Tiene carácter.
Geb se inclinó hacia Anubis con una expresión de falsa solemnidad.
—Te advertimos de que no podías traer a una princesa de luz a Hardai y esperar que no mordiera.
—No muerde —dijo Anubis, sirviéndose vino rebajado con agua—. Solo amenaza.
Lo miré con una ceja alzada.
—Probadme.
Geb soltó una carcajada tan sonora que varios sirvientes que pasaban cerca bajaron la mirada para ocultar una sonrisa.
—Oh, esto va a ser glorioso.
—No alimentes el desastre —advirtió Anubis.
—¿Y privarme de la única diversión decente que hemos tenido en meses? Ni hablar.
A pesar de mí misma, algo en mi pecho se aflojó.
Tal vez fue la brisa suave acariciándome el rostro, o el sol reflejado sobre el Nilo, o la naturalidad con la que Geb y Unar ocupaban aquel espacio sin tratarme como a una pieza sagrada, una prometida perdida o una amenaza diplomática.
Bromeaban conmigo. Se burlaban de Anubis delante de mí.
Me miraban con curiosidad, sí, pero no con esa devoción incómoda que siempre me había hecho sentir separada del resto del mundo.
Por primera vez desde que había huido, respiré sin que el miedo me apretara la garganta.
Geb me acercó un cuenco de higos.
—Come, Hathor. Hardai no tiene compasión con los débiles, los hambrientos ni los que se toman demasiado en serio a nuestro príncipe.
—Entonces él debe de sufrir mucho allí —respondí, tomando un higo.
Unar soltó una exclamación encantada.
—La luz tiene garras.
Anubis me observaba en silencio desde el otro lado de la mesa.
No participaba demasiado en la conversación, pero tampoco se apartaba de ella; simplemente miraba, escuchaba, dejaba que los demás llenaran el aire con bromas mientras sus ojos volvían a mí una y otra vez con una atención que resultaba difícil ignorar.
No sonreía como ellos. No parecía relajado como ellos.
Pero había algo en su quietud, algo distinto a la frialdad habitual, como si le interesara observar qué hacía yo cuando nadie me estaba empujando contra una decisión imposible.
Y aquello me inquietó más que cualquiera de sus provocaciones.
—Así que Hardai —dije al fin, intentando centrarme en algo que no fuera su mirada—. ¿Debo esperar una ciudad llena de chacales maleducados o sois vos una excepción especialmente desagradable?
Unar se atragantó con una uva.
Geb golpeó la mesa con una carcajada.
Anubis dejó la copa sobre la madera con demasiada calma.
—En Hardai hay cosas mucho peores que yo.
—Qué consuelo.
—Lo es. Si sobrevives a mí, puede que el resto te parezca manejable.
—Qué generoso por vuestra parte convertiros en mi entrenamiento personal.
—Alguien tenía que hacerlo.
Geb se limpió una lágrima inexistente del rabillo del ojo.
—Por favor, decidme que esta boda será larga. Necesito esto en mi vida.
La palabra boda cayó sobre la mesa como una piedra lanzada al agua.
El aire cambió apenas un instante, lo suficiente para que mi sonrisa se tensara y para que Anubis apartara la mirada hacia el río.
Geb debió de darse cuenta, porque su expresión se suavizó una fracción, aunque Unar, que parecía incapaz de permitir que la tensión durara demasiado, se inclinó hacia mí con complicidad.
—No te preocupes. Si te sirve de algo, nadie entra en Hardai preparado. Ni siquiera los muertos, y técnicamente son los que más ventaja deberían tener.
—Eso no me tranquiliza.
—No pretendía hacerlo.
—Has fracasado —dijo Anubis.
—Con dignidad —replicó Unar.
La conversación volvió a fluir poco a poco, ligera, llena de pequeñas pullas y comentarios absurdos sobre Hardai, sus costumbres, sus calles imposibles, los sirvientes que sabían más secretos que los nobles y los rumores que corrían sobre quienes entraban allí sin permiso.
Geb contó una historia sobre un emisario de Tebas que se desmayó al ver a tres sombras discutir en una fuente.
Unar aseguró que aquello no había sido por miedo, sino porque el pobre hombre había bebido demasiado vino de amapola.
Anubis los corrigió a ambos con una precisión seca que solo provocó que se burlaran más de él.
Y yo, contra todo pronóstico, reí.
No una risa educada. No una risa de corte.
Una risa real, breve pero limpia, que me sorprendió tanto que bajé la mirada hacia mi plato como si pudiera esconderla allí.
Sentí entonces la mirada de Anubis sobre mí, más intensa que antes, pero cuando alcé los ojos no encontré burla.
Ni triunfo. Ni esa frialdad calculada con la que solía cubrirlo todo.
Solo silencio.
Uno extraño.
Uno que no supe interpretar.
La calma duró poco.
El sonido de pasos sobre la cubierta hizo que Geb levantara la vista primero.
Unar dejó de hablar a mitad de una frase.
Incluso los sirvientes que se movían alrededor de la mesa parecieron tensarse de forma casi imperceptible, como si una corriente distinta hubiera cruzado el barco.
Anubis no se giró de inmediato, pero su mandíbula se endureció apenas, lo suficiente para que yo comprendiera que sabía perfectamente quién acababa de llegar.
Una mujer apareció bajo el toldo.
Anukis.
No necesitó que nadie pronunciara su nombre para que yo lo supiera.
Había algo en ella que reclamaba el espacio antes incluso de ocuparlo: una belleza oscura, elegante y afilada, sin dulzura alguna, vestida con una túnica de lino negro ceñida a la cintura por un cinturón de plata,
el cabello recogido en una trenza larga que le caía sobre un hombro y los ojos fijos en mí con una intensidad que no intentó disimular.
No caminaba como una invitada. Caminaba como alguien que se consideraba parte de aquel mundo desde mucho antes de que yo hubiera tenido derecho siquiera a mirarlo.
Se detuvo junto a la mesa y, por un instante, no saludó a nadie.
Solo me observó.
—Así que es verdad —dijo al fin, con una voz suave, pero tan fría que las palabras parecían cortadas en piedra—. La hija de Ra desayuna ya en nuestra mesa.
Nuestra mesa.
La forma en que lo dijo no fue casual.
Geb se reclinó en su asiento, con una sonrisa que intentaba ser inocente y fracasaba estrepitosamente.
—Buenos días también para ti, Anukis. El sol brilla, el río fluye y sigues entrando en los sitios como si vinieras a anunciar una ejecución. Qué alivio saber que algunas cosas no cambian.
Anukis no le dedicó ni una mirada.
—No sabía que se invitaba a cualquiera a cruzar hacia Hardai.
Unar tomó un dátil y se lo llevó a la boca con teatral lentitud.
—Técnicamente no es cualquiera. Es una diosa, fugitiva, prometida, casi esposa y probablemente la única persona capaz de hacer que Anubis parezca conversador antes del mediodía. Yo diría que el perfil es bastante específico.
Geb asintió, muy serio.
—Difícil de reemplazar.
Anukis apretó los labios, pero mantuvo los ojos en mí.
—No hablaba contigo, Unar.
—Lo sé. Por eso he respondido. Me gusta aportar cuando no me invitan.
Me obligué a sostenerle la mirada a Anukis sin bajar la barbilla. Sentía el peso de su hostilidad como una mano fría en la nuca, y aunque no sabía aún qué lugar ocupaba exactamente en la vida de Anubis, había algo en ella que lo dejaba bastante claro: fuera cual fuera, yo acababa de invadirlo.
—Si tenéis algún problema con mi presencia —dije con calma medida—, podéis decírmelo directamente.
La comisura de su boca se curvó apenas.
—Qué considerada. Pero en Hardai no solemos perder el tiempo explicando lo evidente.
Anubis alzó por fin la mirada.
—Anukis.
Solo dijo su nombre. Nada más. Pero fue suficiente para que el aire se tensara.
Ella giró apenas el rostro hacia él, y durante un segundo vi algo que no esperaba: dolor. No mucho. No mostrado con claridad. Pero estaba ahí, escondido bajo aquella capa de orgullo que la mantenía erguida.
—¿Qué? —preguntó ella—. ¿Vas a pedirme que sea amable?
—Voy a pedirte que recuerdes dónde estás.
—En tu barco.
—En mi mesa.
La diferencia fue mínima. Pero a ella le dolió.
Geb dejó escapar un silbido bajo.
Unar se inclinó hacia él.
—No uses esa palabra tan pronto. El desayuno aún puede empeorar.
Anukis los fulminó con la mirada.
—¿Os divierte?
—Muchísimo —respondió Geb sin pudor.
—De una forma sana, eso sí —añadió Unar—. Casi reparadora.
Yo no sabía si sentirme incómoda, furiosa o absurdamente entretenida. Probablemente las tres cosas al mismo tiempo. Anubis, en cambio, parecía cada vez más cansado de todos nosotros.
—Siéntate, Anukis —ordenó.
Ella no se movió.
—No tengo hambre.
—No te he preguntado si tenías hambre.
La tensión entre ambos se volvió más evidente.
Más antigua. Más cargada de cosas no dichas.
Yo miré a Anubis y después a ella, comprendiendo con una punzada incómoda que aquello no era simple antipatía hacia mí.
Era algo más profundo. Anukis no me odiaba solo por lo que yo era.
Me odiaba por el lugar que, de pronto, ocupaba.
Un lugar que ella había imaginado para sí misma.
—No hace falta que os molestéis —dije, antes de pensar demasiado—. Si mi presencia incomoda tanto, puedo desayunar en otro lugar.
Anubis giró la cabeza hacia mí con una lentitud peligrosa.
—No.
Una sola palabra. Seca. Inapelable.
Anukis soltó una risa baja, sin alegría.
—Qué rápido respondes por ella.
—Y tú demasiado rápido contra ella —replicó él.
El silencio que siguió fue afilado.
Geb levantó una mano como si estuviera en una asamblea.
—Propongo que todos respiremos antes de que alguien acabe arrojando una copa al Nilo. Aunque, si tiene que ocurrir, pido que sea después de terminar los pastelillos.
—Basta —dijo Anubis.
No alzó la voz. No hizo falta. La autoridad cayó sobre la mesa de forma inmediata, pesada, imposible de ignorar.
Geb cerró la boca, aunque aún sonreía. Unar se reclinó en su asiento.
Anukis sostuvo la mirada de Anubis con orgullo herido.