Capítulo 15
Flores sobre el Nilo
Amanecí en el camarote que habían dispuesto para mí la noche anterior, aunque durante los primeros instantes no fui capaz de recordar dónde estaba ni por qué el techo sobre mi cabeza no era el de ningún palacio que hubiera conocido, sino una bóveda de madera oscura, pulida y cálida,
atravesada por finas vetas doradas que parecían encenderse allí donde la luz del amanecer lograba alcanzarlas.
El balanceo suave del barco me recordó la verdad antes incluso de que mi mente terminara de ordenarla: el Nilo.
El viaje. La huida. Hardai esperándome al final de aquella corriente inmensa como una boca abierta hacia un mundo que no entendía y al que, sin embargo, ya no podía negarme a entrar.
Había creído que no podría dormir. Después de todo lo ocurrido, después de las palabras de Anubis, del peso de aquella decisión que me había arrancado de todo cuanto conocía y me llevaba hacia una ciudad de sombras como si mi destino hubiese decidido volverse cruelmente irónico,
estaba convencida de que pasaría la noche entera despierta, mirando el techo, escuchando cada crujido del barco y preguntándome en qué momento exacto mi vida había dejado de pertenecerme por completo.
Pero no fue así. A pesar del miedo, de la incertidumbre, de las dudas que se me enredaban bajo las costillas como serpientes pequeñas e insistentes, sucumbí al sueño en cuanto apoyé la cabeza sobre la almohada,
vencida por un agotamiento tan profundo que ni siquiera la angustia tuvo fuerza suficiente para mantenerme despierta.
El camarote era mucho más hermoso de lo que habría esperado en una embarcación destinada a cruzar el Nilo hacia una ciudad de muertos.
No tenía nada de austero ni de improvisado; al contrario, cada detalle parecía escogido con una delicadeza casi insultante, como si alguien hubiese querido recordarme que incluso la huida podía vestirse de lujo cuando quien la dirigía era un príncipe.
Las paredes estaban revestidas de madera de cedro, tallada con motivos de lotos abiertos y pequeñas aves en pleno vuelo, y sobre una mesa baja reposaban cuencos de alabastro con aceites perfumados, frutas frescas y una jarra de agua cubierta por una fina tela de lino para protegerla del polvo.
La cama, amplia y sorprendentemente cómoda, estaba rodeada por cortinas ligeras que se movían apenas con el vaivén del barco, como si respiraran conmigo.
Pero lo más bello eran los ventanales. Grandes, arqueados, abiertos hacia el río, cubiertos por cortinas de lino blanco que ondeaban con la brisa de la mañana y dejaban entrar una luz limpia, dorada, casi líquida.
A través de ellos pude ver el Nilo extendiéndose a ambos lados, inmenso y sereno, reflejando el cielo con una quietud engañosa mientras la embarcación avanzaba cortando el agua con un sonido constante, profundo, hipnótico.
A lo lejos, las orillas despertaban bajo una neblina suave: palmeras inclinadas sobre el cauce, juncos meciéndose con el viento, pequeñas aldeas aún somnolientas, figuras diminutas de pescadores preparando sus redes y aves blancas elevándose en bandadas sobre la superficie plateada.
Durante unos segundos me permití quedarme allí, sentada sobre la cama, con las sábanas recogidas sobre las piernas y el cabello cayéndome desordenado por los hombros, mirando aquel paisaje como si pudiera convencerme de que todo aquello era una travesía cualquiera, una mañana cualquiera,
una vida cualquiera.
Pero entonces llamaron a la puerta.
El sonido fue discreto, tres golpes suaves, tan medidos que casi parecían pedir perdón por existir. Me incorporé con rapidez, llevándome una mano al pecho por puro reflejo, y antes de que pudiera responder la voz de un hombre sonó al otro lado, respetuosa y contenida.
—Mi señora Hathor, perdonad la interrupción. Os esperan en cubierta para desayunar.
Fruncí el ceño, todavía atrapada entre el sueño y la realidad.
—¿Me esperan?
—Sí, mi señora. El príncipe ha ordenado que se os avise cuando despertaseis.
Por supuesto. El príncipe. Porque Anubis no pedía las cosas, las ordenaba. Incluso el desayuno, al parecer.
—Dadme unos minutos —respondí, apartando las sábanas con un suspiro.
—Como deseéis, mi señora.
Escuché sus pasos alejarse por el pasillo y me quedé un instante inmóvil, mirando la puerta cerrada, preguntándome si debía sentir alivio porque Anubis no hubiera irrumpido él mismo en mi camarote con alguna frase mordaz sobre mi tendencia a dormir como una princesa destronada.
Después me levanté, me lavé el rostro con el agua fresca que habían dejado preparada y me vestí con una túnica sencilla de lino claro, mucho menos ostentosa que cualquier prenda que hubiera llevado en Tebas o Alejandría, pero lo bastante elegante como para recordarme que, incluso como fugitiva,
seguía sin poder pasar por una mujer cualquiera.
Cuando salí al corredor, el barco crujió bajo mis pies con una suavidad casi viva.
Un sirviente aguardaba a pocos pasos, de rostro joven y expresión prudente, y me hizo una reverencia antes de guiarme por un pasillo estrecho que olía a madera húmeda, incienso apagado y sal de río.
A cada paso, el sonido del Nilo se hacía más presente, mezclado con las voces lejanas de la tripulación, el golpe rítmico de los remos y el susurro insistente del viento hinchando las velas.
Al subir a cubierta, la luz me obligó a entrecerrar los ojos.
El mundo se abrió ante mí de golpe.
La embarcación avanzaba majestuosa por el Nilo, con velas de lino oscuro tensas bajo la brisa y remos largos hundiéndose en el agua con una coordinación perfecta.
El sol aún no estaba alto del todo, por lo que la mañana conservaba una frescura agradable, una claridad dorada que convertía la superficie del río en un manto de reflejos móviles.
Todo olía a agua, a fruta madura, a pan recién hecho, a especias tostadas y a esa humedad vegetal que ascendía desde las orillas.
En el centro de la cubierta habían dispuesto una mesa larga bajo un toldo de telas claras que se movían lentamente con el viento.
Sobre ella había más comida de la que nadie podría necesitar para un simple desayuno: panes redondos todavía calientes, cuencos de miel espesa, dátiles brillantes como piedras oscuras, higos abiertos, granadas partidas, quesos suaves, aceitunas, uvas, pastelillos de sésamo, carnes especiadas,
huevos cocidos, leche de almendra, vino rebajado con agua y varias jarras de zumos perfumados con hierbas frescas.
Había también varios asientos, más de los que esperaba, lo cual me hizo detenerme antes de acercarme del todo.
Anubis estaba allí.
De pie junto a la barandilla, vestido de negro incluso bajo aquella luz limpia que parecía empeñada en suavizarlo sin conseguirlo, observaba el río como si el Nilo no fuese una maravilla sagrada, sino un camino más que debía obedecerlo.
El viento le movía apenas algunos mechones oscuros, y la tela de su túnica se ajustaba a su cuerpo con una elegancia austera, peligrosa, de esas que no necesitan adornos para imponerse.
Al sentir mi presencia, giró la cabeza lo justo para mirarme.
—Has dormido bastante —dijo.
No fue un saludo. Por supuesto que no.
—Buenos días para ti también, alteza —respondí, avanzando hacia la mesa con toda la dignidad que pude reunir—. Me alegra comprobar que vuestra cortesía mejora con el sol.
Una sombra de sonrisa apareció en su boca.
—No te emociones. Solo estoy siendo soportable porque aún no he desayunado.
—Qué alivio. Por un momento pensé que estabais enfermo.
Esta vez sí sonrió, apenas, una curva breve y peligrosa que desapareció enseguida. Señaló uno de los asientos con la mano, sin apartar los ojos de mí.
—Siéntate, Hathor.
—¿Es una invitación o una orden?
—Depende de lo difícil que quieras ponérmelo antes de probar el pan.
Lo miré con los ojos entrecerrados, pero acabé obedeciendo porque, por mucho que me irritara admitirlo, el olor de la comida comenzaba a recordarle a mi estómago que llevaba demasiadas horas vacío.
Me senté en uno de los cojines dispuestos alrededor de la mesa, procurando no parecer tan hambrienta como estaba, y Anubis ocupó el asiento frente al mío con esa calma suya que siempre parecía tener un filo escondido.
—¿Siempre desayunáis como si fuerais a alimentar a medio Egipto? —pregunté, observando la mesa.
—No sabía cuánto comía una hija del sol cuando deja de fingir que no tiene apetito.
—Qué considerado.
La respuesta le arrancó una mirada lenta, casi divertida, y durante un segundo el aire entre nosotros pareció tensarse de esa forma extraña que ya empezaba a reconocer demasiado bien: una mezcla incómoda de desafío, irritación y algo más que prefería no nombrar.
Entonces una voz masculina, alegre y burlona, rompió el momento desde la escalera de acceso a cubierta.
—Por los dioses, ¿ya estáis discutiendo? Ni siquiera hemos tenido tiempo de probar los higos.
Me giré y vi aparecer a Geb, pero no como lo había visto antes.
No como la presencia antigua, férrea y ligada a la tierra que imponía respeto con solo existir, sino en forma humana, alto, ancho de hombros, con la piel cobriza iluminada por el sol y una sonrisa franca que suavizaba la fuerza de su rostro.
Caminaba con la seguridad despreocupada de quien podría hacer temblar montañas y aun así prefería gastar la mañana burlándose de sus amigos.
A su lado apareció Unar, también en forma humana, más delgado, más ágil, con ojos vivos y una expresión tan pícara que supe al instante que, de todos los presentes, era probablemente el más peligroso en una conversación.
Tenía esa clase de sonrisa que anunciaba problemas antes incluso de que abriera la boca.
—Yo aposté a que tardarían menos de tres frases en provocarse —dijo Unar, acercándose a la mesa—. Creo que he ganado.
—Nadie ha apostado contigo —replicó Geb, sentándose sin pedir permiso y arrancando un trozo de pan.
—Eso no invalida mi victoria.
Anubis los miró con una paciencia que parecía muy gastada.
—¿Vais a comportaros como invitados civilizados o debo arrojaros al río antes de terminar el desayuno?
Geb se llevó una mano al pecho, ofendido de forma teatral.