Capítulo 14 #3
Geb pasó por mi lado rozándome apenas el manto con el lomo, un contacto rápido, deliberado, y después se acomodó cerca de la proa como si aquel fuera su puesto asignado.
—Creo que tus hermanos me están juzgando —murmuré.
—Lo hacen.
—¿Y?
Anubis se acercó lo suficiente para que tuviera que alzar la vista hacia él.
—Unar cree que eres más valiente de lo que pareces. Geb cree que eres demasiado ruidosa por dentro.
Fruncí el ceño.
—¿Ruidosa por dentro?
—Tienes miedo, culpa, rabia, orgullo y demasiadas preguntas peleándose todas a la vez. Para Geb eso es ruido.
Miré al chacal negro, que ni siquiera tuvo la decencia de apartar la vista.
—Pues Geb debería aprender a respetar la intimidad ajena.
— No respeta nada que no se haya ganado antes.
Anubis lo dijo sin burla, y esa seriedad repentina hizo que algo dentro de mí se recogiera.
Porque, por mucho que me irritara, por mucho que quisiera encontrar en cada una de sus palabras una provocación, había algo en aquella embarcación, en esos animales, en la forma en que todos parecían formar parte de un mundo cerrado donde yo acababa de entrar sin permiso,
que me hizo comprender que no estaba simplemente huyendo hacia un lugar desconocido.
Estaba cruzando el umbral de algo que Anubis protegía con una ferocidad que todavía no alcanzaba a entender.
Y, aun así, me había dejado subir.
Un hombre de piel oscura y rostro anguloso apareció desde la cabina de mando, inclinándose ante Anubis con respeto antes de mirar hacia mí sin demasiada sorpresa, como si mi presencia hubiera sido anunciada desde mucho antes de que yo misma decidiera venir.
—Todo está listo, mi señor.
—Zarpamos —ordenó Anubis.
La palabra cayó sobre la cubierta con una firmeza que me atravesó de pies a cabeza.
Zarpamos.
No mañana. No cuando amaneciera. No cuando yo estuviera preparada.
Ahora.
Los hombres comenzaron a moverse con una precisión silenciosa, soltando amarras, retirando pasarelas, ajustando velas oscuras que se desplegaron lentamente sobre nuestras cabezas como alas negras abriéndose contra el cielo.
El agua golpeó el casco con mayor fuerza cuando la embarcación se separó del embarcadero, y yo sentí ese movimiento mínimo, ese primer deslizamiento hacia lo desconocido, como si alguien hubiera cortado el último hilo que aún me unía al palacio.
Me acerqué a la barandilla sin pensarlo.
Desde allí, Tebas se alzaba a lo lejos, inmensa, dorada incluso de noche, con sus torres, sus columnas y sus terrazas iluminadas por cientos de lámparas.
El palacio de Osiris brillaba en lo alto como una corona imposible, bello y cruel, y en algún lugar dentro de aquella mole de piedra dormía Baset, sin saber que yo ya no estaba.
En algún otro punto, quizá mi padre descansaba tranquilo, seguro de que su hija amanecería aún marcada por el collar de Horus.
Y, más lejos todavía, Tefnut quizá despertaría al día siguiente con una inquietud que no sabría explicar.
El pecho me dolió tanto que tuve que aferrarme a la madera.
No lloré.
No todavía.
Pero la garganta se me cerró con esa clase de dolor que no necesita lágrimas para existir.
La embarcación avanzó con una suavidad majestuosa, dejando atrás el embarcadero, los jardines, las luces, el mundo que conocía.
La brisa nocturna me apartó algunos mechones del rostro y me llenó los pulmones de olor a río, a noche y a despedida.
Sentí miedo, sí. Un miedo enorme, oscuro, que se abría ante mí como el propio cauce del Nilo bajo la luna.
Pero debajo de ese miedo había algo más.
Algo pequeño, tembloroso, casi irreconocible.
Una posibilidad.
La posibilidad de ser algo distinto a una promesa sellada con oro.
La posibilidad de descubrir quién era cuando nadie me obligaba a obedecer.
Anubis se colocó a mi lado sin decir nada.
No demasiado cerca, pero tampoco lejos. Su presencia era imposible de ignorar, como siempre, aunque por una vez no parecía venir cargada de burla.
Miraba hacia delante, hacia el camino de agua que se abría ante nosotros, con el rostro serio, severo, iluminado apenas por el resplandor azul de las lámparas y la plata de la luna.
—Si quieres volver, aún estás a tiempo —dijo al cabo de un rato, sin mirarme.
La pregunta, o más bien la posibilidad, me atravesó con una violencia inesperada. Volver. Regresar a la habitación. Recuperar el collar. Fingir que nada había ocurrido. Pedir perdón. Aceptar el matrimonio. Convertirme en lo que todos esperaban.
Miré de nuevo el palacio, cada vez más pequeño.
Después pensé en Baset, en Tefnut, en mi padre, en Horus, en todo lo que dejaba atrás.
Y por último pensé en mí.
—No —respondí, con la voz baja pero firme—. No quiero volver.
Anubis giró entonces el rostro hacia mí.
Sus ojos verdes, rodeados por ese halo dorado que parecía imposible bajo la noche, se clavaron en los míos con una intensidad extraña, distinta a la de otras veces.
No era desafío. No exactamente. Tampoco aprobación.
Era algo más silencioso, más difícil de nombrar, como si acabara de escuchar una respuesta que esperaba y temía al mismo tiempo.
—Entonces no mires atrás demasiado tiempo —dijo—. Hardai no recibe bien a quienes llegan con medio corazón todavía atado al mundo de los vivos.
Tragué saliva.
—¿Y tú? ¿Llegaste alguna vez con el corazón entero?
Sus ojos se oscurecieron apenas, y durante un instante pensé que no respondería. Que volvería a encerrarse detrás de esa muralla fría que levantaba siempre que una pregunta tocaba demasiado cerca.
Pero entonces habló.
—No.
Solo eso.
Una palabra.
Y, sin embargo, pesó más que cualquier explicación.
El silencio volvió a extenderse entre nosotros mientras la embarcación se adentraba en la noche, dejando atrás las luces de Tebas y avanzando hacia un horizonte donde el río parecía no conducir al sur ni al norte, sino a un lugar que no pertenecía del todo al mundo de los vivos.
Las telas negras de las pérgolas se agitaron sobre nuestras cabezas como alas, los chacales permanecieron vigilantes en la cubierta, uno junto a la proa y el otro cerca de nosotros, y la luna, suspendida sobre el agua,
iluminó el camino con una belleza tan triste que por primera vez entendí que la libertad no siempre empieza con alegría.
A veces empieza con una pérdida.
A veces con culpa.
A veces con una despedida que no se tiene valor de pronunciar.
Y aquella noche, mientras la embarcación de Anubis se deslizaba hacia Hardai y mi vida anterior quedaba atrás convertida en un conjunto de luces cada vez más lejanas, comprendí que acababa de cruzar una frontera que no sabía si podría desandar jamás.
No sabía qué me aguardaba en la ciudad de los muertos, ni qué precio tendría aceptar la salida que él me ofrecía, ni si al llegar descubriría que había escapado de una jaula solo para entrar en otra más oscura.
Pero por primera vez en mucho tiempo, el siguiente paso era mío.
Y eso bastaba para mantenerme en pie.