Capítulo 14 #2
La grandeza del día se transformaba en una presencia más antigua, más vigilante, como si las paredes hubieran esperado a que todos durmieran para revelar su verdadera naturaleza.
El mármol parecía más frío, los relieves más severos, los ojos tallados de los dioses más atentos.
Caminaba deprisa, pero no corría, porque correr habría sido admitir que estaba huyendo, y aunque lo estaba haciendo, aunque cada latido me lo recordaba, necesitaba conservar un mínimo de dignidad.
Cuando por fin alcancé la salida trasera que daba a los jardines inferiores, el aire nocturno me golpeó el rostro con una frescura que me hizo cerrar los ojos.
Olía a agua, a piedra húmeda, a flores abiertas bajo la luna y a esa libertad incierta que siempre parece más hermosa antes de conocer su precio.
Crucé entre palmeras y estanques con el manto oscuro cubriéndome los hombros, hasta que el palacio quedó a mi espalda como una bestia dormida, inmenso y luminoso en lo alto, ajeno todavía a la ausencia que estaba a punto de descubrir.
El lugar de encuentro se encontraba más allá de los jardines, cerca de una puerta menor que descendía hacia los embarcaderos privados del palacio, donde las barcas reales descansaban protegidas de las miradas de la ciudad.
No había demasiada luz allí, solo algunas lámparas bajas marcando el camino y el reflejo tembloroso de la luna sobre el agua.
A medida que me acercaba, escuché primero el sonido: un rumor grave, apenas perceptible, como un gruñido contenido en la oscuridad.
Me detuve.
Luego los vi.
Dos chacales enormes aguardaban junto a la escalinata de piedra, tan inmóviles que por un instante pensé que eran estatuas talladas en obsidiana.
Sus cuerpos oscuros parecían absorber la luz en lugar de reflejarla, y sus ojos, de un dorado intenso, brillaban con una inteligencia demasiado viva para pertenecer únicamente a un animal.
Eran más grandes de lo normal, musculosos, elegantes, con las orejas altas y el hocico afilado, y había en ellos una quietud vigilante que no tenía nada de domesticada.
Uno estaba sentado, con la cola enrollada alrededor de las patas delanteras, observándome como si me evaluara con un descaro casi humano; el otro permanecía de pie, ligeramente adelantado, enseñando apenas los dientes en lo que no supe si era amenaza o diversión.
Y entre ellos, apoyado contra una columna oscura como si la noche hubiera decidido tomar forma humana, estaba Anubis.
Vestía de negro, por supuesto. Siempre de negro.
Una túnica ligera, ajustada lo suficiente para dejar clara la fuerza de su cuerpo sin necesitar adornos, brazaletes oscuros en los antebrazos, el cabello recogido parcialmente hacia atrás y ese rostro imposible de leer que parecía hecho para irritarme incluso en silencio.
Al verme, no se movió de inmediato. Solo dejó que su mirada descendiera por mi manto, la bolsa que llevaba al hombro, mis manos vacías, mi garganta desnuda.
Su atención se detuvo ahí.
En la ausencia del collar.
Algo cambió en sus ojos, aunque fue tan breve que quizá lo imaginé.
—Has venido —dijo al fin.
—Eso parece.
Mi voz salió más firme de lo que me sentía, y agradecí que la oscuridad ocultara parte del temblor que aún me recorría por dentro. Anubis se separó lentamente de la columna y los chacales, como si hubieran estado esperando una señal suya, alzaron la cabeza al mismo tiempo.
Yo retrocedí medio paso antes de poder evitarlo.
—¿Esas dos bestias van a venir con nosotros? —pregunté, incapaz de apartar los ojos de ellos.
Anubis arqueó una ceja, y por primera vez desde que lo había encontrado allí, una chispa de diversión le atravesó el rostro.
—Ten cuidado con cómo hablas de ellas, hija de Ra.
—¿De ellas?
—De ellos —corrigió, y esta vez la diversión fue más evidente, aunque seguía contenida bajo esa elegancia fría tan suya—.
Esas dos bestias, como acabas de llamarlos con tan poca prudencia, son mis mejores amigos.
Para mí son como hermanos. Y si consigues no ofenderlos antes de que zarpemos, serán quienes cuiden de ti en Hardai cuando yo no pueda hacerlo.
Lo miré, incrédula.
—¿Tus mejores amigos son dos chacales gigantes?
—Tú tienes una hermana que casi se desmaya por un príncipe prometido con otra mujer. No creo que estés en posición de juzgar mis vínculos afectivos.
Abrí la boca, indignada, pero uno de los chacales soltó un sonido extraño, una especie de resoplido grave que se parecía peligrosamente a una risa. Me giré hacia él con los ojos entrecerrados.
—¿Se está riendo de mí?
—Probablemente —respondió Anubis, sin disimular ya su sonrisa—. Suele tener buen criterio.
El chacal sentado levantó la cabeza con una dignidad exagerada, como si entendiera cada palabra y se sintiera halagado por el comentario. El otro, en cambio, se acercó despacio, olfateando el aire a mi alrededor con un interés que me hizo tensar los hombros.
—No me gusta cómo me mira —murmuré.
—A él tampoco le gusta cómo lo miras tú.
—No sabía que tuviera que pedirle aprobación a un chacal.
—No tienes que pedírsela —replicó Anubis, cruzándose de brazos—. Pero te conviene conseguirla. Geb es rencoroso.
El chacal que me olfateaba soltó un gruñido bajo, no exactamente amenazante, pero sí lo bastante claro como para que yo enderezara la espalda.
—¿Geb? —repetí.
—Él es Geb —dijo Anubis, señalando al que permanecía de pie junto a mí—. Desconfía de todo el mundo, muerde antes de preguntar y tiene especial debilidad por quienes intentan aparentar más valor del que sienten.
—Maravilloso. Ya tenemos algo en común.
La comisura de Anubis se elevó apenas.
—Y ese es Unar —añadió, indicando al otro, que seguía sentado con una expresión tan solemne que resultaba ridícula—. Es más educado, más paciente y bastante más inteligente que muchos dioses que conozco.
Unar inclinó ligeramente la cabeza, como si aceptara la presentación con absoluta cortesía. Yo parpadeé.
—¿Acaba de saludarme?
—Te está concediendo una oportunidad.
—Qué honor.
Geb soltó otro resoplido, esta vez tan claro que no pude evitar mirarlo con ofensa.
—No pienso permitir que un chacal se burle de mí en mi primera noche como fugitiva.
Anubis pasó junto a mí con esa tranquilidad insoportable, como si mi indignación le resultara un entretenimiento menor.
—Entonces empieza a acostumbrarte, Hathor —dijo sin detenerse—. En Hardai se ríen mucho de quienes llegan creyendo que la luz las convierte en intocables.
Me quedé quieta un segundo, procesando aquella frase más de lo que me habría gustado, pero él ya había comenzado a descender por las escaleras hacia el embarcadero, y los dos chacales lo siguieron con una obediencia que no parecía sumisión, sino costumbre.
Respiré hondo antes de ir tras ellos, apretando la bolsa contra mi costado mientras el sonido del agua se hacía más cercano.
Entonces la vi.
La embarcación de Anubis no se parecía a ninguna barca real que hubiera visto antes.
Era enorme, más alta y larga de lo que esperaba, construida en madera oscura pulida hasta reflejar la luna como si estuviera barnizada con noche líquida.
La proa se alzaba hacia el cielo con la forma estilizada de un chacal, no amenazante, sino vigilante, con las orejas erguidas y los ojos incrustados en algún mineral dorado que brillaba tenuemente incluso en la penumbra.
A lo largo del casco, relieves finísimos representaban almas en tránsito, ríos subterráneos, puertas custodiadas por criaturas antiguas y estrellas que no pertenecían al cielo de los vivos.
No era una embarcación pensada para impresionar a una corte.
Era otra cosa. Más íntima. Más sagrada. Más peligrosa.
Había dos niveles principales. El inferior, ancho y sólido, estaba cubierto por una serie de puertas talladas que conducían, según pude ver al acercarme, a distintos camarotes alineados a ambos lados de un pasillo central: estancias pequeñas pero exquisitas,
con camas bajas cubiertas por telas oscuras, cofres sujetos al suelo para resistir el movimiento del agua, lámparas de aceite protegidas por cristal ahumado y ventanillas estrechas desde las que podía verse el río como una cinta de plata rompiéndose contra la madera.
No eran aposentos palaciegos, pero tenían una elegancia sobria, casi austera, que hablaba más de utilidad que de lujo, aunque cada detalle parecía haber sido elegido con un gusto impecable.
La cubierta superior, sin embargo, fue lo que me dejó sin palabras.
Se extendía amplia y despejada bajo la noche, con pérgolas de madera oscura levantadas sobre columnas delgadas, cubiertas por telas negras que caían en suaves ondulaciones y se movían con la brisa como sombras vivas.
No eran telas blancas, ni doradas, ni decoradas con los colores alegres que solían cubrir las barcas de los dioses solares.
Eran negras, profundas, elegantes, tan ligeras que parecían hechas de humo, y entre ellas colgaban pequeñas lámparas de vidrio oscuro, encendidas con una llama azulada que no iluminaba demasiado, sino lo justo para crear un resplandor misterioso sobre los cojines, las mesas bajas,
las ánforas sujetas con soportes de bronce y el espacio central donde, imaginé, podía reunirse una tripulación sin necesidad de sentirse expuesta al cielo.
Había también una zona protegida por paneles tallados, quizá destinada a resguardarse del viento, y más adelante una cabina amplia desde la que se gobernaba la embarcación, con mapas extendidos sobre una mesa,
instrumentos de navegación que no reconocí y una gran rueda de madera incrustada con símbolos funerarios.
Todo olía a mirra, a cuero, a madera mojada y a ese aroma suyo que ya empezaba a reconocer contra mi voluntad: lirios, incienso y algo cítrico, oscuro y limpio a la vez.
—No esperaba esto —admití en voz baja.
Anubis, que había subido antes que yo, me miró por encima del hombro.
—¿Esperabas una barca pequeña llena de huesos?
—No he dicho eso.
—Lo has pensado.
—He pensado muchas cosas desde que te conozco, alteza, y pocas te favorecen.
Unar, que acababa de subir con una agilidad sorprendente, se sentó junto a una de las pérgolas y me observó con atención, como si encontrara mi respuesta razonablemente entretenida.