El chacal y la hija del sol Capítulo 14
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Capítulo 14

Ofrenda al Chacal

Regresé a mis dormitorios con la sensación extraña de estar caminando dentro de una vida que ya no me pertenecía, como si cada paso sobre el suelo pulido del palacio fuera, en realidad, una despedida silenciosa de todo aquello que durante años había considerado inevitable.

Las antorchas del corredor ardían con una quietud casi solemne, proyectando sombras alargadas sobre los relieves dorados de las paredes, y el palacio, que a otras horas parecía respirar con el murmullo constante de sirvientes, guardias y voces lejanas,

se encontraba ahora envuelto en un silencio tan profundo que incluso el roce de mi vestido contra mis piernas me pareció demasiado indiscreto.

No debía estar haciendo aquello.

Esa idea me acompañó desde que crucé el umbral de mis aposentos y cerré la puerta a mi espalda con una suavidad casi culpable.

No debía moverme en mitad de la noche como una fugitiva.

No debía ocultarme de mi padre, ni de Horus, ni de la reina Isis, ni de todos aquellos que ya habían decidido por mí sin molestarse en preguntarme qué deseaba.

No debía, pero lo cierto era que nunca había debido casi nada de lo que me estaba ocurriendo, y aun así ahí estaba, con el corazón golpeándome contra las costillas y las manos frías, obligándome a respirar despacio para no dejarme vencer por el miedo justo cuando, por primera vez,

tenía delante una salida.

No una salida limpia. No una salida segura. Ni siquiera una salida amable.

Pero era una salida.

Y, por extraño que resultara admitirlo, me la había ofrecido Anubis.

Apreté los labios al pensar en él, en su rostro impenetrable, en esa manera insoportable de mirarme como si supiera siempre algo que yo ignoraba, en la frialdad de sus palabras y en la sombra peligrosa que parecía acompañarlo incluso cuando no estaba presente.

Anubis no era precisamente un refugio. No era consuelo.

No era paz. Era oscuridad, arrogancia, peligro y una clase de verdad incómoda que no pedía permiso para abrirse paso.

Sin embargo, dentro de todo aquello, dentro de su dureza y de ese modo suyo de actuar como si el mundo entero fuera una carga que solo él comprendía, me había ofrecido algo que nadie más se había atrevido siquiera a poner sobre la mesa: la posibilidad de no pertenecer a una vida diseñada por otros.

Y eso, por mínimo, por imperfecto y por aterrador que fuera, bastaba.

Me moví deprisa, aunque sin hacer ruido, cruzando la habitación hasta el arcón donde las doncellas habían guardado parte de mis pertenencias.

No podía llevarme demasiado. Lo sabía. Una huida no admitía cofres cargados, ni vestidos pesados, ni joyas que tintinearan a cada paso, ni recuerdos inútiles escogidos con nostalgia.

Una huida se hacía con lo indispensable, con aquello que cabía entre las manos y podía sostenerse sin delatarte.

Aparté telas con dedos impacientes, escogí una muda sencilla, un manto oscuro, una pequeña bolsa de cuero, unas sandalias resistentes y una daga corta que no recordaba haber usado nunca, pero cuyo peso en la palma me ofreció una seguridad absurda, casi ridícula,

porque si algo me encontraba en el camino probablemente no sabría defenderme con ella.

Aun así, la guardé.

Después añadí un pequeño frasco de aceite perfumado, no por necesidad, sino por impulso, porque olía a Alejandría, a los patios de mi infancia, a las mañanas en las que Baset, Tefnut y yo corríamos entre columnas fingiendo que el mundo era nuestro y que ninguna decisión podía alcanzarnos.

Lo sostuve unos segundos entre los dedos, sintiendo que aquel perfume encerraba más hogar que cualquier objeto valioso de la habitación, y entonces lo dejé dentro de la bolsa antes de que la duda pudiera convencerme de abandonarlo.

No podía llevarme recuerdos.

Pero necesitaba al menos uno.

Me incorporé despacio y miré alrededor. La estancia seguía igual que siempre, perfecta, ordenada, hermosa de una forma casi ofensiva.

Los velos caían desde el techo con una delicadeza calculada, las lámparas de aceite ardían en silencio, los cuencos de alabastro reflejaban una luz tibia y dorada, y sobre la cama descansaban las telas que las doncellas habían preparado para el día siguiente,

como si aún existiera un mañana en el que yo despertaría allí, obediente, lista para seguir representando el papel que se esperaba de mí.

Fue entonces cuando sentí el peso del collar.

El ojo de Horus reposaba sobre mi pecho con esa frialdad familiar que ya había empezado a confundirse con mi propia piel, y de pronto me resultó insoportable.

No solo por el oro, ni por las piedras incrustadas, ni por el símbolo que me vigilaba incluso cuando no había nadie delante.

Era lo que significaba. La promesa impuesta.

La alianza. El recordatorio de que mi cuerpo, mi nombre y mi destino habían sido ofrecidos como parte de un acuerdo que todos consideraban sagrado menos yo.

Mis dedos subieron hasta el cierre con una lentitud extraña.

Durante un instante pensé que no sería capaz de quitármelo, que algo en mí, educado durante siglos para obedecer antes de pensar, se resistiría a romper aquel gesto final.

Pero el broche cedió con un sonido mínimo, apenas un clic ahogado en la quietud de la habitación, y cuando el collar se deslizó por mi garganta sentí una ligereza tan brusca que tuve que cerrar los ojos.

No era libertad.

Todavía no.

Pero se parecía peligrosamente a ella.

Caminé hasta la cama y dejé el collar sobre las sábanas, justo en el centro, donde nadie podría ignorarlo al entrar.

El oro brilló bajo la luz tenue de las lámparas, hermoso, frío, ajeno, como si perteneciera a otra mujer que yo acababa de abandonar allí.

Durante unos segundos me quedé observándolo sin moverme, con la bolsa colgada del hombro y el pulso demasiado acelerado, imaginando el momento en que lo encontraran.

Imaginando el rostro de Horus. El de mi padre.

El de Isis. Imaginando también a Baset, y esa fue la imagen que me rompió.

Baset.

El aire se me quedó atrapado en el pecho.

Me giré hacia la puerta que comunicaba con el corredor y, después de apagar una de las lámparas para dejar la habitación en una penumbra más discreta, salí sin permitir que mis pensamientos me frenaran.

Cada paso hacia sus aposentos fue más difícil que el anterior, porque una parte de mí, la más cobarde o quizá la más humana, quería entrar, despertarla, contárselo todo, pedirle que viniera conmigo, que no me dejara hacer aquello sola, que me mirara como siempre lo hacía y me dijera que,

pasara lo que pasara, seguiríamos siendo tres aunque Tefnut estuviera lejos.

Pero no podía.

No podía despedirme de ella porque, si lo hacía, no me marcharía.

Me detuve frente a su puerta con la mano alzada, a medio camino de tocar la madera, y durante un instante entero el mundo se redujo a ese gesto suspendido.

Al otro lado dormía mi hermana, la mitad más firme de mi vida, la que había sostenido mis miedos sin pedirme nunca que los justificara, la que había aceptado subirse a un caballo y hacer el ridículo conmigo solo porque yo se lo había pedido,

la que habría cruzado Egipto entero si se lo hubiera suplicado con lágrimas en los ojos.

Precisamente por eso no podía despertarla.

Porque Baset vendría. Aunque tuviera miedo, aunque le doliera, aunque eso la enfrentara a todos.

Vendría por mí. Y yo no podía arrastrarla a una huida que ni siquiera sabía adónde me llevaría.

Apoyé la palma en la puerta con suavidad, como si ese contacto pudiera atravesar la madera y llegar hasta ella.

—Perdóname —susurré tan bajo que apenas fue aire—. Perdóname por no saber hacerlo de otra manera.

No hubo respuesta. Solo silencio.

Cerré los ojos y la imaginé dormida, con el cabello extendido sobre la almohada, probablemente inquieta incluso en sueños, como si alguna parte de ella pudiera presentir que algo estaba a punto de romperse.

Me dolió tanto que tuve que apartar la mano.

Si permanecía allí un segundo más, entraría.

Y si entraba, todo acabaría antes de empezar.

Di un paso atrás.

Luego otro.

Y entonces pensé en Tefnut.

La punzada fue distinta, más suave y profunda, como una tristeza antigua.

Tefnut, que siempre parecía comprender las cosas antes de que los demás encontráramos las palabras para nombrarlas.

Tefnut, que se había negado a acompañarme el día de mi partida porque sabía que no sabría decirme que no.

Tefnut, que quizá se sentiría traicionada cuando lo supiera, o quizá lloraría en silencio, o quizá, con esa sabiduría triste suya, entendería mejor que nadie que una vida elegida por otros no era vida, por dorada que pareciera desde fuera.

Me pregunté cómo se lo tomaría. Si me odiara un poco.

Si pensara que había sido egoísta. Si comprendiera que no huía de ellas, sino de todo lo demás.

De Horus. De Isis. De mi padre. De esa jaula construida con alianzas, promesas y sonrisas perfectas.

Quise convencerme de que algún día podría explicárselo, de que algún día volvería a mirarlas a las dos y les diría que no me marché porque no las quisiera, sino porque las quería demasiado como para quedarme convertida en alguien que terminaría odiando su propia existencia.

No podía vivir una vida diseñada para satisfacer la voluntad de los demás.

No podía casarme para sostener un equilibrio que me aplastaba.

No podía seguir aceptando que mi destino fuera una habitación hermosa cerrándose poco a poco a mi alrededor.

Anubis, con toda su oscuridad, con toda su arrogancia, con esa manera suya de hacer daño incluso cuando parecía estar salvándote, me había ofrecido otra posibilidad.

No sabía si debía confiar en él. De hecho, casi estaba segura de que no debía.

Pero confiar en el camino que todos habían elegido para mí era todavía peor.

Y esa certeza fue la que me hizo seguir avanzando.

Abandoné el ala de los dormitorios por un corredor secundario, tal como él me había indicado, manteniéndome pegada a las sombras cuando escuchaba pasos y conteniendo la respiración cada vez que una antorcha iluminaba demasiado una esquina.

El palacio, de noche, no era el mismo lugar.