Capítulo 13 #4
Estoy intentando que entiendas que, si vienes conmigo, vas a entrar en un lugar que no perdona la ingenuidad, ni la curiosidad mal puesta, ni las decisiones tomadas a medias.
Y, aun así, si decides cruzar esa puerta, no permitiré que te enfrentes sola a lo que haya al otro lado.
El aire se me quedó atrapado en la garganta.
No era ternura.
No exactamente.
Era algo mucho más peligroso, porque Anubis no estaba prometiéndome suavidad, ni paz, ni una salvación limpia. Me estaba ofreciendo miedo con la verdad delante, oscuridad sin disfrazarla y una protección que sonaba casi tan terrible como aquello de lo que pretendía protegerme.
—Entonces no me pidas que no tiemble —susurré.
Su mirada descendió un instante hacia mis manos, como si hubiera visto el temblor que yo intentaba ocultar, y cuando volvió a mis ojos su voz fue más baja, más firme.
—Tiembla si tienes que hacerlo —respondió—. Pero no retrocedas.
—Esta noche —dijo—. Si vienes conmigo, será esta noche. No al amanecer. No después de una despedida. No cuando Isis empiece a sospechar y tu padre coloque guardias en cada puerta. Esta noche, Hathor, y si dices que sí, no habrá vuelta atrás.
El pulso me golpeaba con tanta fuerza que apenas pude respirar.
—¿Y si digo que no?
—Volverás al palacio. Te casarás con Horus. Sonreirás cuando te lo pidan. Y dentro de unos años quizá ni siquiera recuerdes cómo sonaba tu voz antes de aprender a callarte.
Aquello dolió porque era exactamente lo que más temía.
Cerré los ojos un segundo, viendo a Baset en mi mente, su rostro, su risa, la forma en que me miraría si descubría mi cama vacía, y el dolor fue tan intenso que casi me obligó a retroceder.
Pero después vi a Isis. Vi a Ra. Vi el collar de Horus sobre mi piel.
Vi todas las manos que llevaban días moviéndome de un lado a otro como si mi vida fuera una pieza útil y no una existencia propia.
Cuando abrí los ojos, Anubis seguía allí.
Oscuro. Inmóvil. Imposible.
Me ofrecía una ciudad de muertos.
Y, de algún modo terrible, eso era lo más parecido a una elección que alguien me había dado.
Era un abismo.
—Entonces —susurré—, sácame de aquí.
Anubis me sostuvo la mirada durante un último instante, como si quisiera asegurarse de que entendía cada sombra de lo que acababa de pedirle, y luego asintió una sola vez, con la solemnidad de quien acaba de sellar un juramento que ni siquiera los dioses deberían romper.
Dio un paso atrás, como si aquella distancia fuera necesaria para que ninguno de los dos se olvidara de lo que acababan de decidir, pero no se marchó de inmediato.
Permaneció allí, bajo la pérgola, con la noche recortándole el rostro y los lotos moviéndose apenas sobre el agua, observándome con una intensidad distinta, menos desafiante, menos cruel, como si por primera vez no estuviera buscando una forma de herirme ni de protegerse de mí,
sino intentando memorizar algo que todavía no se atrevía a nombrar.
—Hathor —dijo, y mi nombre sonó diferente en su boca, más bajo, más grave, despojado por un instante de toda burla.
Lo miré, incapaz de responder enseguida, porque había demasiadas cosas entre nosotros: la carrera, la tormenta, la rabia, los insultos, su mano sujetándome en mitad del desierto, mi súplica bajo aquella pérgola y esa decisión imposible que acababa de abrirse ante mí como una herida.
—¿Qué?
Su mirada descendió apenas, no hasta mi boca esta vez, sino hasta mis manos, como si hubiera notado que temblaban, aunque yo intentara esconderlas entre los pliegues del vestido.
Durante un segundo pensé que iba a acercarse, que iba a tocarme, que iba a hacer algo imprudente y definitivo que cambiaría la forma en que ambos recordaríamos aquella noche, pero Anubis no lo hizo.
Solo volvió a mirarme a los ojos con una dureza cuidadosamente recompuesta.
—No mires atrás cuando salgas de tus aposentos —murmuró—. Si lo haces, encontrarás demasiadas razones para quedarte.
Aquello me dolió porque era verdad. Baset. Mi padre. Mi vida entera encerrada en habitaciones, jardines, voces conocidas y recuerdos que, incluso convertidos en jaula, seguían teniendo la forma de un hogar. Sentí que el pecho se me cerraba, pero asentí despacio, obligándome a no apartar la mirada.
—Te veo en el patio central del palacio en una hora —murmuró—. Lleva solo lo imprescindible, cúbrete bien y procura que no te vea nadie. Si alguien te detiene, miente. Si alguien te sigue, pierde el camino. Si dudas... sigue andando.
Anubis se volvió para marcharse, pero antes de desaparecer entre las sombras del jardín, se detuvo apenas, sin girarse del todo.
—Y, Nefer...
El corazón me dio un vuelco al oír aquel nombre en su voz.
—¿Sí?
Esta vez sí volvió un poco el rostro, lo justo para que la luz de la luna le dibujara el perfil.
—Estarás protegida en todo momento.
Después se marchó.
Y yo me quedé allí, inmóvil, con la noche latiendo alrededor, el corazón roto entre el miedo y la esperanza, y la certeza de que, en una hora, si conseguía atravesar el palacio sin que nadie me viera, Anubis estaría esperándome en el patio central para llevarme por el Nilo, durante tres días,
hacia una ciudad de muertos donde quizá no encontraría paz, ni felicidad, ni perdón.
Pero encontraría una elección.