El chacal y la hija del sol Capítulo 13 #3
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Capítulo 13 #3

—¿Por qué? —pregunté, y esta vez la palabra no salió como un desafío, sino como algo mucho más desnudo—. ¿Por qué te sacrificarías por mí?

Anubis no respondió enseguida, pero su silencio ya no fue el de alguien que prepara una burla, sino el de un hombre que decide cuánto de sí mismo está dispuesto a dejar al descubierto.

—No lo hago por ti exactamente.

La respuesta dolió más de lo que debería, aunque no supe si por orgullo o por algo mucho más peligroso.

—Entonces ¿qué sacas tú de todo esto? —insistí, sintiendo cómo la desesperación se mezclaba con una necesidad absurda de entenderlo—.

Desde que llegué a Tebas apenas hemos hecho otra cosa que provocarnos, discutir y herirnos.

Me has humillado, me has desafiado, me has tratado como si todo en mí fuera una molestia, y ahora quieres que crea que vas a convertirte en mi salida, en mi protección, en el hombre que se enfrenta a media corte por mí. ¿Por qué, Anubis? ¿Qué ganas tú?

Él desvió la mirada hacia el agua, y la luz de la luna le recortó el perfil con una dureza que lo volvió casi irreal, más oscuro, más antiguo, como si por un instante el príncipe arrogante hubiese desaparecido y en su lugar quedara solo el guardián de una ciudad que había visto demasiadas condenas

repetirse con distintos nombres.

—Quizá estoy cansado —dijo al fin, con una voz más baja, menos controlada—.

Cansado de Isis moviendo vidas como piezas de un tablero y llamándolo equilibrio.

Cansado de Ra envolviendo sus órdenes en luz y deber hasta que nadie se atreve a decir que siguen siendo cadenas.

Cansado de Tebas, de sus leyes absurdas, de sus alianzas, de esa forma tan limpia que tienen todos de destruir a alguien mientras sonríen y lo llaman destino.

Me quedé quieta, sorprendida por la amargura que había en su voz, porque no sonaba a estrategia ni a provocación, sino a algo mucho más viejo, más hondo, algo que no pertenecía solo a aquella noche.

—Eso no responde por qué.

Anubis me miró entonces, y durante un segundo sus ojos perdieron esa frialdad exacta con la que solía protegerse de todo.

—Porque ojalá, mi madre, hubiera tenido a alguien que le ofreciera una opción antes de que todos decidieran por ella.

La frase cayó entre nosotros con una fuerza silenciosa, sin necesidad de explicaciones.

No dijo más. No pronunció el nombre de Nefthis, ni el de Seth, ni el de ninguna herida concreta, pero no hizo falta, porque algo en su mandíbula, en la forma en que apartó la vista inmediatamente después, en esa rigidez repentina que le endureció los hombros,

me dejó claro que acababa de mostrarme una grieta que rara vez permitía ver a nadie.

Y entonces lo entendí, al menos en parte.

Anubis tenía un dolor antiguo cuando se trataba de su madre, una herida enterrada bajo arrogancia, distancia y esa crueldad defensiva con la que parecía mantener a todos lejos, y aunque una parte de mí quiso preguntar, quiso saber qué había ocurrido exactamente, qué le habían hecho,

qué no habían podido impedir, supe que no era el momento.

No allí. No en mitad de una huida que aún no había empezado.

No cuando acababa de ofrecerme una verdad que probablemente le había costado más que cualquier amenaza.

Así que no pregunté.

Solo sostuve su mirada con un silencio distinto, menos orgulloso, más cuidadoso, y por primera vez desde que lo conocía no vi únicamente al hombre que me irritaba hasta hacerme perder el juicio, ni al dios peligroso que gobernaba una ciudad prohibida,

sino a alguien que quizá también había aprendido demasiado pronto lo que ocurría cuando otros escribían el destino de una mujer y nadie se atrevía a romper la pluma.

—¿Y qué tendría que hacer yo? —pregunté, con la voz más baja—. Si entrara como tu esposa.

Su mirada descendió un instante hacia mi boca y volvió a mis ojos con una tensión que no intentó disimular del todo.

—Tendrías que obedecer mis leyes dentro de Hardai, no las de Tebas.

No podrías hablar de lo que vieras allí con nadie de fuera, ni revelar sus rutas, sus puertas, sus nombres verdaderos o los secretos de sus habitantes.

Tendrías que aceptar que algunas cosas no se preguntan dos veces y que otras no se miran demasiado tiempo.

Tendrías que confiar en mí cuando te diga que cierres los ojos, cuando te diga que no cruces una calle, cuando te diga que no respondas a una voz aunque pronuncie tu nombre con la voz de alguien a quien amas.

Se me heló la sangre.

—Eso suena a amenaza.

—Es una advertencia. La amenaza vendrá después, si decides ignorarla.

Lo miré con rabia, con miedo, con una desesperación que ya no podía esconder bien.

—¿Y tú? ¿Qué serías para mí allí?

Anubis no respondió de inmediato. Su rostro se endureció, pero no por frialdad, sino porque la pregunta parecía haber tocado algo que tampoco él quería mirar demasiado de cerca.

—Tu única salida —dijo al fin—. Tu protección. Tu condena, si decides odiarme por ello. Y el único nombre que se interpondrá entre tú y todo lo que Hardai querrá probar de ti.

El aire me faltó.

—No lo haces fácil.

—No —admitió—. Pero es la verdad.

Esa palabra pesó más que todas las demás.

Verdad.

No promesa. No consuelo. Verdad.

Durante un instante fui incapaz de hablar.

La noche seguía moviéndose alrededor de nosotros, el agua seguía cayendo, las flores oscuras seguían temblando sobre nuestras cabezas, y aun así todo parecía haberse reducido a aquel espacio mínimo entre su negativa y mi necesidad,

entre la ciudad que podía encerrarme para siempre y el palacio que ya me estaba convirtiendo en algo que no era.

—Si voy contigo —dije lentamente—, no será porque quiera ser tu esposa.

Algo cruzó su mirada, rápido, indescifrable.

—Lo sé.

—No será porque confíe en ti.

—Serías estúpida si lo hicieras tan pronto.

—Y no será porque no tenga miedo.

Esta vez su expresión cambió apenas, lo justo para que la dureza se le quebrara en algún lugar mínimo.

—El miedo sería lo único sensato que llevarías contigo.

Di un paso más hacia él, y aquella cercanía, aunque aún quedara aire entre nuestros cuerpos, pareció tensarlo todo.

—Entonces llévame.

Anubis no se movió.

—Hathor...

—Llévame contigo a Hardai.

—Si cruzas esa puerta, no podré devolverte a esta vida cuando te arrepientas.

—Esta vida ya no es mía.

La frase salió más firme de lo que esperaba, y al decirla sentí algo romperse dentro de mí, no con estrépito, sino con una claridad extraña, como si por fin hubiera dejado de sostener una cuerda que me estaba despellejando las manos.

Anubis me miró durante tanto tiempo que pensé que volvería a negarse, que elegiría por mí como todos los demás, que también él decidiría que yo era demasiado frágil, demasiado impulsiva, demasiado desesperada para entender las consecuencias de mi propia petición.

Pero entonces su mandíbula se tensó.

Y supe que había cedido.

—Tengo miedo —admití, y aquella confesión me dejó más expuesta de lo que habría querido, como si al pronunciarla hubiera entregado una parte de mí que llevaba toda la noche intentando proteger.

Anubis no sonrió, no se burló ni suavizó la expresión para hacerme creer que el miedo era una debilidad pasajera o algo que desaparecería al cruzar las puertas de Hardai.

Al contrario, me sostuvo la mirada con una seriedad tan cruda que, por un instante, comprendí que no iba a mentirme para hacerme sentir mejor.

—Deberías tenerlo —dijo al fin, con la voz baja—. Solo un idiota no tendría miedo de entrar en mi ciudad.

Sus palabras no me consolaron, y quizá por eso me parecieron más reales que cualquier promesa.

—Eso no ayuda demasiado —murmuré.

Algo parecido a una sombra de ironía cruzó su rostro, pero desapareció enseguida, devorada por una gravedad que no le conocía.

—No estoy intentando ayudarte a dormir tranquila, Hathor.