El chacal y la hija del sol Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

—Mi hermano no necesita que lo observe mientras aprende a mentirle a una corte.

—Horus no es el único que tendrá que hacerlo.

Anubis me miró entonces con una seriedad que me dejó sin defensa.

—Lo sé.

Esa respuesta, tan quieta, tan desprovista de burla, estuvo a punto de romperme más que cualquier crueldad. Tragué saliva, pero el nudo de la garganta no cedió.

—Entonces decidlo de una vez —murmuré—. Decidme que todo saldrá bien. Que Horus y yo podremos fingir hasta convencernos. Que Baset dejará de mirarlo como si le doliera. Que Isis no ha ganado antes siquiera de que empecemos a luchar.

Anubis no se movió.

—No voy a mentirte para que duermas mejor.

Una risa breve, amarga, se me escapó sin permiso.

—Horus merece algo mejor que una vida escrita por su madre, y tú mereces algo más que convertirte en una esposa correcta delante de un mundo que confundirá tu obediencia con felicidad.

Aquello me atravesó con tanta limpieza que tuve que apartar la mirada.

—No hables como si te importara.

—No me pidas que nombre cosas que tú tampoco estás dispuesta a mirar de frente.

Volví hacia él con rabia, pero la rabia se me quebró antes de salir.

—¿Y qué quieres de mí, Anubis?

La pregunta quedó suspendida bajo la pérgola, pero en cuanto la pronuncié comprendí que no era esa la pregunta verdadera, porque él podía desear muchas cosas, podía esconderlas bajo arrogancia, estrategia o silencio, pero lo que me estaba asfixiando no era lo que él quisiera de mí,

sino lo que yo estaba a punto de pedirle a un hombre del que no debería depender jamás.

Anubis no respondió. Permaneció inmóvil, con el rostro medio cubierto por la sombra de las flores oscuras que trepaban sobre la estructura de piedra, y durante unos segundos solo se oyó el agua cayendo de una terraza a otra, la brisa rozando los lotos del estanque y mi respiración,

demasiado irregular para pertenecer a una diosa que aún pretendía mantener algo de dignidad.

Lo miré entonces con toda la fuerza que pude reunir, aunque por dentro ya no quedara demasiada, y comprendí que, si esperaba un milagro de mi padre, de Horus o de aquella corte, acabaría convertida en una esposa perfecta antes de que alguien se molestara en preguntarme si seguía viva por dentro.

—Sácame de aquí —dije en un susurro.

La expresión de Anubis cambió apenas, pero lo vi. Lo sentí. Fue un movimiento mínimo en la mandíbula, una tensión súbita bajo la piel, como si esas tres palabras hubieran logrado hacerle perder durante un segundo el control perfecto que siempre llevaba encima.

—No —respondió.

La rapidez de su negativa me golpeó más de lo que esperaba.

—Llévame contigo a Hardai.

Esta vez sí me miró de lleno, y en sus ojos no hubo burla, ni provocación, ni esa crueldad elegante con la que solía protegerse de todo; solo una dureza fría, inmediata, casi violenta, como si hubiera cerrado una puerta antes incluso de permitir que mi súplica llegara a cruzarla.

—No sabes lo que estás pidiendo.

—Sé exactamente lo que estoy pidiendo.

—No, Hathor. No lo sabes. Has oído historias, susurros de palacio, leyendas dichas en voz baja por cortesanos que jamás han puesto un pie donde yo vivo, pero Hardai no es un refugio para una princesa asustada ni una salida elegante para una boda que no quieres celebrar.

Me dolió que lo dijera así, con esa precisión cruel, como si mi desesperación pudiera reducirse a una rabieta de palacio, y aun así no retrocedí, porque era cierto que tenía miedo, pero no era el miedo lo que me sostenía allí, sino una claridad nueva, salvaje,

nacida de la certeza de que si no salía de Tebas aquella noche, al amanecer ya no habría nada que salvar.

—No soy una cría asustada.

—Ahora mismo lo eres —dijo, y su voz bajó un grado, no por desprecio, sino por una crudeza que me obligó a respirar con más dificultad—. Y eso te hace peligrosa para ti misma.

Apreté los dedos sobre la piedra de la pérgola, sintiendo la aspereza bajo la palma, aferrándome a algo que no se moviera porque todo lo demás parecía deshacerse a mi alrededor.

—Prefiero ser peligrosa para mí misma antes que seguir siendo obediente para todos los demás. Quiero tener libertad de elección.

Anubis apartó la mirada un instante hacia el estanque, pero no lo hizo para ignorarme, sino como si necesitara contener algo antes de permitirse hablar, y esa contención, esa lucha silenciosa que endureció sus hombros, me dio el valor suficiente para dar un paso hacia él.

—Llévame a Hardai.

—No.

—Por favor.

La palabra salió más baja de lo que habría querido, casi rota, y odié cómo sonó, odié que él la oyera, odié que mis rodillas no cedieran solo porque el orgullo aún me sujetaba por dentro con las uñas clavadas; pero ya no me quedaban muchas armas,

y si la súplica era lo único capaz de abrir una grieta en su negativa, estaba dispuesta a usarla.

Anubis cerró los ojos apenas un segundo, como si aquello lo enfureciera más que cualquier desafío.

—No me supliques.

—Entonces no me obligues a hacerlo.

Su mirada volvió a mí, oscura, intensa, cargada de algo que no supe nombrar, pero que hizo que el aire entre ambos se volviera más denso.

—Si te llevo conmigo, no será una huida, Hathor. No será desaparecer unas semanas hasta que Ra se calme, ni esconderte en una habitación hasta que Isis pierda interés. Hardai no funciona así. Nadie entra en mi ciudad sin pagar un precio, y tú menos que nadie.

Tragué saliva, pero no aparté la mirada.

—Dime el precio.

Él soltó una risa baja, sin humor, casi amarga.

—Lo dices como si estuvieras preparada para escucharlo.

—Dímelo.

Anubis dio un paso hacia mí, y aunque no llegó a tocarme, su cercanía tuvo el mismo efecto que una mano cerrándose alrededor de mi garganta, porque su presencia siempre parecía traer consigo algo de sombra, algo de muerte,

algo de ese lugar imposible que gobernaba lejos de todos los mapas que conocíamos.

—Si cruzas las puertas de Hardai conmigo, no podrás salir de allí cuando quieras.

No podrás abandonar la ciudad porque te arrepientas, porque eches de menos a tu hermana, porque descubras que la libertad que imaginabas tiene muros más altos que los de Tebas.

Hardai no se abre para cualquiera y, una vez dentro, solo saldrás de allí de mi mano, bajo mi permiso y con mi protección, porque fuera de eso ni sus leyes ni sus criaturas reconocerán tu derecho a marcharte con vida.

El frío me subió por la espalda pese al aire cálido de la noche.

—¿Criaturas?

Su rostro no se suavizó.

—Almas antiguas, condenados que aún recuerdan el sabor de la rabia, guardianes que no distinguen entre curiosidad e invasión, bestias nacidas de juramentos rotos,

sombras con nombres que no conviene pronunciar y seres que han vivido tanto tiempo entre muertos que ya no obedecen las normas de los vivos.

Hardai es hermosa, sí, más de lo que tu corte podría imaginar, pero también es un lugar lleno de cosas que te mirarían como una intrusa si yo no les diera una razón para inclinar la cabeza.

Sentí que el corazón me golpeaba con más fuerza, no solo por miedo, sino por la imagen que sus palabras abrían ante mí: una ciudad prohibida, terrible y bella, donde la salvación no tendría forma de jardín luminoso, sino de abismo.

—Entonces dales una razón.

Anubis me sostuvo la mirada durante un silencio tan largo que empecé a notar el pulso en la garganta.

—Solo hay una.

Lo supe antes de que lo dijera. Tal vez porque la noche se volvió más quieta, tal vez porque su voz descendió hasta convertirse en algo casi irrevocable, tal vez porque una parte de mí llevaba temiendo esa respuesta desde que le pedí que me sacara de allí.

—Entrarías como mi consorte…, mi esposa.

Las palabras no fueron un golpe; fueron una cadena cerrándose despacio.

Me quedé inmóvil.

—Acabo de intentar escapar de una boda.

—Y me estás pidiendo que te lleve a una ciudad donde nadie te respetará si entras como mi invitada, mi protegida o mi capricho de una noche.

Hardai no obedece a coronas ajenas ni a nombres solares.

Allí, Hathor, tu padre no significa nada si yo no lo permito.

Isis no significa nada. Horus no significa nada. Pero mi esposa sí.

El silencio cayó sobre mí con un peso distinto.

—¿Tu esposa?

—Mi esposa, si quieres aferrarte a una diferencia que en Hardai apenas importará al principio.

La ciudad necesita un título que pueda reconocer, un lugar desde el que no puedan tocarte, un nombre que obligue a todos los seres que habitan allí a respetarte.

No como hija de Ra. No como futura reina de Horus. Como señora de los muertos.

La expresión me atravesó.

Señora de los muertos.

No sabía si aquella frase sonaba a salvación o a condena, y quizá precisamente por eso me dejó sin aliento, porque no era la clase de destino que nadie habría elegido para mí.

No era blanco, ni oro, ni luz domesticada.

Era sombra. Era poder. Era una corona distinta, terrible, hecha de secretos y silencio.

—Eso no es una elección —susurré—. Es otra jaula.

—Puede serlo —admitió sin suavizar la verdad—. Pero al menos sería una jaula cuya puerta estás pidiendo abrir tú.

La dureza de sus palabras me dolió porque no estaban vacías.

Pensé en Isis, en su sonrisa calculada; en mi padre, diciéndome que no lo ridiculizara; en Horus, tan correcto, tan amable, tan incapaz de romper el orden que lo había construido; pensé en Baset, en la culpa que me desgarraría si me marchaba sin ella,

y en la certeza aún peor de que quedarme tampoco la salvaría de las manos de aquella corte.

Todo conducía al mismo lugar. Todos estaban escribiendo mi nombre en un destino que no había elegido.

Excepto él.

Anubis no me prometía felicidad. Ni amor. Ni siquiera seguridad completa. Me ofrecía monstruos, silencio, una ciudad cerrada y un título que podía devorarme si no aprendía a sostenerlo. Y, aun así, por primera vez, la decisión estaba frente a mí y no sobre mi cabeza.

Lo miré entonces con una mezcla de rabia, desconcierto y una gratitud que no quería sentir, porque aceptar que quizá él era el único que me estaba ofreciendo una salida significaba también aceptar que todo cuanto había creído seguro se estaba derrumbando a mis pies.