El chacal y la hija del sol Capítulo 13
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Capítulo 13

Una ayuda inesperada

La soledad de mi habitación no me dio descanso; al contrario, amplificó todo lo que llevaba horas intentando contener, como si al cerrar la puerta hubiera encerrado conmigo cada palabra de Isis, cada mirada de mi padre,

cada instrucción sobre la ceremonia y cada recordatorio de que mi vida ya no me pertenecía del todo.

Me quedé en medio de la estancia, con el vestido negro todavía ceñido al cuerpo y el kohl endureciéndome la mirada en el reflejo del espejo, pero aquella imagen de desafío que unas horas antes me había sostenido empezó a resquebrajarse en cuanto el silencio se volvió absoluto.

No había corte a la que provocar, ni reina a la que desafiar, ni padre ante quien fingir compostura; solo estaba yo, con el pecho tan cerrado que respirar se convirtió en una tarea dolorosa.

Toda la noche escuchando a Isis hablar de votos, coronas, recorridos sagrados y lunas ceremoniales me había dejado sin fuerzas, como si cada palabra hubiera arrancado algo de mí y lo hubiera sustituido por una obligación más.

Mi padre, con su gravedad dorada y sus pocas frases definitivas, había terminado de cerrar cualquier grieta por la que pudiera escapar una esperanza.

Me sentía a la deriva, arrastrada hacia una orilla que no había elegido, demasiado cansada para seguir luchando y demasiado orgullosa para derrumbarme en el suelo como habría querido hacer.

Necesitaba aire.

No pensé demasiado, porque si lo hacía regresaría al lecho, me quedaría quieta, esperaría al amanecer y dejaría que el miedo se disfrazara de obediencia.

Me quité solo las piezas más incómodas, dejé el cabello suelto sobre los hombros y salí al pasillo con el único propósito de encontrar un jardín, un balcón o cualquier espacio abierto donde la noche no pareciera tan estrecha como mi propia vida.

El palacio dormía a medias, vigilante incluso en sus horas más silenciosas, y avancé sin una ruta clara, cruzando galerías que apenas reconocía, estancias vacías donde las lámparas ardían bajas y corredores que se abrían unos en otros como si el lugar se empeñara en recordarme que no lo conocía,

que incluso bajo su techo seguía siendo una extraña.

Seguí una corriente de aire húmedo hasta una puerta entreabierta al final de una galería exterior, y en cuanto crucé el umbral, el mundo cambió.

La piedra fría dio paso a una terraza suspendida sobre la noche, y ante mí se desplegaron unos jardines que no parecían pertenecer al mismo palacio donde Isis acababa de dictar mi vida con voz de seda.

No se extendían sobre la tierra, sino entre pasarelas elevadas, estanques flotantes y canales estrechos que corrían de una terraza a otra como venas de agua bajo la luz lunar.

Los lotos y los nenúfares cubrían las superficies quietas, abiertos pese a la hora, con pétalos blancos, rosados y azulados que parecían brillar desde dentro, y sus reflejos convertían los estanques en un cielo invertido donde la luna se rompía en decenas de fragmentos plateados.

El perfume me envolvió antes de que pudiera avanzar.

Era loto, tierra húmeda, piedra mojada y flores nocturnas; una mezcla tan delicada y profunda que me llenó los pulmones con una belleza casi dolorosa.

Por primera vez en horas, el aire entró sin arañarme por dentro.

Caminé despacio por una pasarela de piedra clara, rozando con los dedos las hojas anchas de los nenúfares más próximos, observando cómo las gotas temblaban sobre ellas como pequeñas lunas, y durante unos instantes conseguí no pensar en la boda, ni en Horus, ni en Baset,

ni en la mano de Isis cerrándose alrededor de todo lo que yo era.

Entonces sentí que me miraban.

No fue un ruido ni un movimiento, sino esa certeza inmediata que el cuerpo reconoce antes que la razón: una mirada fija, silenciosa, demasiado consciente para confundirse con la casualidad.

Me detuve junto a un estanque donde los lotos parecían encenderse bajo la luna y alcé la vista hacia la pérgola cubierta de flores oscuras que se alzaba al otro lado del agua.

Anubis estaba allí.

Vestido de negro, como si la noche hubiera decidido tomar forma en él, permanecía apoyado junto a una columna baja, con los brazos relajados y la mirada clavada en mí.

La luna le dibujaba el rostro en sombras limpias, endureciendo la línea de su mandíbula y dejando sus ojos en esa penumbra verde y dorada que parecía ver demasiado incluso cuando no decía nada.

No pareció sorprendido de encontrarme, aunque algo en su quietud me hizo pensar que tampoco me esperaba.

Con Anubis era difícil distinguir una emoción de una decisión.

Nos miramos sin hablar.

Había demasiadas cosas suspendidas entre nosotros para que una palabra pudiera sostenerlas sin romperse: la tormenta, las mazmorras, el baile, su mano en mi cintura, mi respiración desordenada contra su pecho, el modo en que había desaparecido justo cuando yo lo había buscado entre la multitud.

Todo seguía allí, flotando sobre el agua, hermoso y peligroso, como aquellos lotos que brillaban en mitad de la noche.

—Te has perdido —dijo al fin, con esa voz grave que parecía pertenecer más a la sombra que al aire.

Apreté los dedos sobre el borde de la pasarela, odiando lo mucho que me alivió escucharlo y odiándolo todavía más porque quizá lo habría notado.

—Empiezo a pensar que este palacio está diseñado para eso.

No sonrió del todo, pero algo cambió en su boca, una sombra mínima de diversión que no alcanzó a suavizarle el rostro.

—Estos jardines no están abiertos a cualquiera.

Miré alrededor con más atención, consciente de pronto de la intimidad del lugar, del cuidado con que cada estanque, cada flor y cada canal parecían existir lejos del ojo de la corte.

—Entonces supongo que he añadido otra ofensa a mi lista.

—Una más no cambiará demasiado las cosas.

—¿Vais a encerrarme otra vez?

Esta vez sí hubo una sonrisa breve, lenta, suficiente para alterar el ritmo de mi respiración.

—Solo si decides huir vestida como una mendiga por corredores que no conoces.

Sentí el calor subir bajo mis mejillas y aparté la mirada hacia el agua.

—Fue un plan improvisado.

—Fue un desastre.

Quise responder con algo hiriente, algo que me devolviera el control, pero estaba demasiado cansada para pelear con la misma violencia de siempre.

La noche, el jardín y su presencia habían desarmado una parte de mí que no sabía cómo proteger, así que me limité a mirar los lotos mientras el silencio se asentaba entre los dos sin llegar a ser cómodo.

—¿De quién son? —pregunté.

Anubis tardó en contestar, y cuando lo hizo su voz perdió algo de filo.

—De mi madre.

Volví la mirada hacia él.

—¿Nefthis?

Asintió, observando los estanques como si aquel lugar guardara una memoria que no pertenecía a nadie más.

—Los creó cuando llegó al palacio. A Isis siempre le parecieron demasiado sombríos, demasiado húmedos, demasiado suyos. Por eso casi nunca viene aquí.

—Y por eso os gustan.

Sus ojos regresaron a mí, y durante un instante la distancia entre nosotros pareció estrecharse sin que ninguno se moviera.

—Entre otras cosas.

El jardín respiró a nuestro alrededor con un rumor suave de agua y hojas. No era un silencio vacío, sino uno de esos silencios que exigen cuidado porque cualquier palabra puede cambiarlo todo.

—¿Venís aquí cuando Tebas se vuelve insoportable? —dije, recordando su forma de mirar la ciudad como si incluso sus palacios fueran una jaula.

—Vengo cuando necesito recordar que hay lugares donde Isis no decide hasta el color de las flores.

La frase me atravesó con una precisión incómoda.

—Entonces venís a menudo.

Anubis bajó la mirada al agua.

—Más de lo que debería.

No sabía qué hacer con aquella pequeña verdad.

Era demasiado sencilla, demasiado humana en él, y quizá por eso me inquietó más que sus provocaciones.

Anubis podía ser cruel, insolente, irritante hasta lo insoportable, pero allí, en los jardines de su madre, bajo aquella luz hecha de agua y luna, parecía menos dispuesto a fingir que todo le daba igual.

—No deberías estar sola esta noche —dijo.

La ternura no estaba en la frase, pero algo parecido a la preocupación rozó su borde, y eso bastó para que mi orgullo reaccionara.

—No necesito escolta.

—No he dicho que la necesites.

—Entonces ¿qué habéis querido decir?

Se apartó de la columna y cruzó la pasarela con una lentitud calculada, deteniéndose a una distancia prudente que, por alguna razón, resultó más peligrosa que cualquier cercanía. No invadió mi espacio. No hizo falta. Su presencia ya estaba dentro de él.

—Que después de escuchar a Isis reducir tu vida a un calendario y ver cómo apenas podías respirar sin que nadie pareciera notarlo, cualquiera con algo de sentido común habría elegido quedarse lejos de los lugares donde puede ser encontrada.

Sentí que la frase me golpeaba en un lugar demasiado exacto.

—Vos sí lo notasteis.

—Sí.

La respuesta fue simple. Demasiado.

—Y aun así no dijisteis nada.

—No habría servido.

—Tal vez no queríais que sirviera.

Sus ojos se estrecharon apenas.

—Ten cuidado, Hathor. No confundas silencio con indiferencia.

Mi corazón dio un golpe incómodo.

—¿Y qué era entonces?

Anubis sostuvo mi mirada con una intensidad tan inmóvil que tuve la sensación de que el jardín entero se había quedado en suspenso.

—Control.

La palabra quedó entre nosotros como una advertencia.

—¿Control de qué?

—De mí.

No supe qué responder. La confesión fue tan baja, tan seca, que tardé un instante en comprenderla, y cuando lo hice el aire del jardín se volvió distinto, más denso, más cargado de todo lo que ninguno de los dos estaba dispuesto a nombrar.

Anubis apartó la mirada antes que yo, y eso me perturbó más que si hubiera sonreído.

—Mañana me marcho —dijo.

El golpe llegó sin aviso.

—¿Os marcháis?

—A Hardai.

El nombre pareció hundirse en el agua y alterar el reflejo de la luna. Lo había escuchado antes en su boca, en el desierto, cuando me habló de secretos, guardianes y puertas que no debían abrirse. Su ciudad. Su mundo. El único lugar que parecía pertenecerle de verdad.

—Creí que os quedaríais para la boda de vuestro hermano.