Capítulo 12 #3
El baile dejó de ser una formalidad en ese instante. Dejó de pertenecer al salón, a la corte, a Horus o a Isis, porque Anubis se movía con una seguridad oscura, elegante, peligrosa, como si la música no lo guiara, sino que obedeciera a la presión de su mano en mi cintura.
Cada giro me acercaba un poco más de lo debido, cada pausa parecía medida para que pudiera notar el calor de su cuerpo, el roce de su ropa negra contra la seda de mi vestido y el perfume de mirra, lirio y humo que se mezclaba con el loto del salón hasta volver el aire irrespirable.
No hacía nada que la corte pudiera señalar.
Eso era lo peor.
Sus dedos no se movían de forma indecente, su postura no rompía del todo las reglas, su rostro permanecía bajo control. Pero la forma en que me sostenía era peor que cualquier atrevimiento, porque parecía conocer exactamente el límite entre lo correcto y lo insoportable.
La corte lo vio.
Tal vez no todo.
Pero sí lo suficiente.
Las conversaciones se detuvieron. Algunas perdieron el hilo. Una copa quedó suspendida a medio camino. No hacía falta que Anubis hiciera nada indebido; bastaba la forma en que me sostenía y la forma en que yo no me apartaba.
—Mírame —dijo.
No lo hice.
Sentí más que vi su sonrisa.
—Valiente para huir del palacio, pero cobarde para sostenerme la mirada.
Aquello me devolvió la rabia suficiente para alzar los ojos.
Error.
Sus ojos estaban demasiado cerca, verdes, oscuros, bordeados de oro bajo la luz temblorosa de las antorchas.
No había burla completa en ellos, sino algo más grave, más intenso, algo que me hizo sentir que el baile no era un baile, sino otra clase de duelo en el que ninguno de los dos podía permitirse perder.
—No soy cobarde —dije.
—No —admitió él, y esa sola palabra me desarmó más que cualquier insulto—. Eres imprudente, orgullosa y pésima elaborando planes, pero no cobarde.
—Qué generoso.
—Estoy siendo amable.
—Entonces os sale fatal.
Su mano se afirmó apenas en mi cintura, no lo suficiente para resultar incorrecto ante los demás, pero sí para que yo lo notara con una claridad absoluta. Mi respiración volvió a fallar.
—Te estás quedando sin aire otra vez —murmuró.
La humillación me encendió la cara.
—No por vos.
—Mentirosa.
La música creció a nuestro alrededor, pero yo tuve la sensación absurda de que todos podían vernos, de que todos podían sentir lo que ardía entre nosotros con cada paso contenido, cada mirada sostenida y cada palabra pronunciada demasiado bajo para ser inocente.
Isis, desde el extremo del salón, nos observaba.
Y Anubis también lo notó, porque su boca se curvó apenas.
—La estás enfureciendo —dijo.
—Ese era el propósito del vestido.
—Lo sé.
Lo dijo como si me conociera, como si hubiera entendido cada capa de provocación, cada trazo de kohl, cada desafío que yo había lanzado contra aquella corte antes de entrar siquiera en el salón.
—No sabéis nada de mí —murmuré.
Anubis me sostuvo la mirada mientras girábamos.
—Sé que estás al borde de romperte y aun así has decidido parecer una amenaza.
La frase me alcanzó con tanta precisión que durante un segundo olvidé responder.
Y eso fue lo peor.
Porque Anubis lo vio.
Mis dedos se tensaron sobre su hombro.
—No sigáis.
—Sé que Horus mira a Baset y que tú finges que no te duele para que ella pueda respirar.
—Para.
—Sé que Isis os está encerrando a todos en una jaula preciosa y que tú, en lugar de dejar de luchar, te has vestido del color de mi casa para recordarle que todavía puedes morder.
Me quedé sin respuesta.
No porque no quisiera dársela, sino porque durante un segundo no pude. La música, el salón, la presión de su mano en mi cintura y aquella verdad dicha con su voz baja y peligrosa me dejaron demasiado expuesta.
—¿Por qué hacéis esto? —pregunté al fin.
Anubis no respondió enseguida. Me hizo girar una vez más, me recuperó contra él con una precisión que casi pareció posesiva y, cuando quedé de nuevo demasiado cerca, bajó la voz hasta convertirla en algo que solo yo pudiera oír.
—Porque si Isis cree que puede mover todas las piezas sin que nadie toque el tablero, se equivoca.
Mi corazón golpeó con fuerza.
—¿Qué significa eso?
Sus ojos descendieron un instante a mi boca, tan rápido que casi habría podido fingir que no ocurrió.
Pero ocurrió.
Y cuando volvió a mirarme, la respuesta no llegó en forma de palabra, sino de silencio. Un silencio cargado de planes, de peligro y de promesas que aún no se atrevían a pronunciarse.
—Significa —dijo finalmente— que esta noche debes seguir bailando, Nefer.
La música terminó entonces, pero Anubis no me soltó de inmediato. Permaneció un segundo más con la mano en mi cintura, con mi respiración atrapada entre los dos y su mirada fija en la mía, como si quisiera asegurarse de que yo entendiera algo sin necesidad de decirlo.
Después se apartó.
Y el frío que dejó su ausencia fue casi peor que su cercanía.
Me quedé en mitad del salón con el pulso desbocado, la piel demasiado caliente bajo la seda negra y la sensación de que algo en mí acababa de quedar al descubierto delante de todos.
Horus me observaba desde unos pasos más allá con una expresión que no supe descifrar del todo.
Baset parecía haber dejado de respirar.
Isis nos miraba con una atención tan precisa que parecía estar tomando nota de cada centímetro de distancia que Anubis acababa de destruir entre nosotros.
Mi padre, en cambio, no necesitó acercarse para hacerme sentir su furia; bastó una mirada suya, dorada, inmóvil y afilada, para recordarme que nada de lo ocurrido había pasado inadvertido.
Anubis inclinó la cabeza con una cortesía oscura.
—Gracias por el baile.
No esperó mi respuesta.
Se marchó.
Yo necesitaba aire.
Di un paso hacia el lateral del salón, buscando un balcón, una galería, cualquier sombra donde recuperar el control.
Entonces la voz de Isis me alcanzó.
—Hathor, querida. Ven un momento. Tu padre y yo necesitamos hablar contigo.
Me detuve.
No fue una invitación.
Fue una puerta cerrándose.
Me obligué a componer el rostro antes de girarme hacia ella.
Isis estaba junto a mi padre, impecable, luminosa y terrible, con esa sonrisa que nunca parecía del todo una sonrisa porque siempre escondía una intención debajo.
Ra, a su lado, permanecía serio, dorado e imponente, con la expresión de quien ya ha decidido lo que es mejor para todos y no espera tener que explicarlo demasiado.
—Ahora mismo iba a tomar un poco de aire, Majestad —dije, procurando que mi voz no delatara la urgencia que me atravesaba.
—Será solo un instante —respondió Isis con dulzura, aunque en aquella dulzura no había ninguna posibilidad real de negarse—. Hay detalles de la ceremonia que conviene cerrar esta noche.
Detalles.
La palabra me produjo una náusea inmediata, no por su significado en sí, sino por todo lo que arrastraba detrás: el recorrido ceremonial, las vestiduras sagradas, las ofrendas, los votos, el orden en que tendría que caminar junto a Horus,
las bendiciones que ella pronunciaría sobre nosotros y el momento exacto en que mi padre entregaría mi mano ante toda la corte para sellar una unión que nadie me había preguntado si deseaba.
Isis empezó a enumerarlo todo con una precisión casi amorosa, como si al poner cada pieza en su sitio estuviera embelleciendo una prisión.
Yo asentía cuando correspondía.
Respondía con monosílabos correctos.
Y sentía, al mismo tiempo, cómo el suelo bajo mis pies parecía inclinarse poco a poco.
Baset apareció a mi lado en algún momento, pálida y silenciosa, intentando sostenerme con la mirada, aunque ella misma parecía a punto de quebrarse.
Horus también estaba cerca, serio, atrapado en aquella representación con la misma rigidez que yo, pero su presencia no lograba calmarme, quizá porque él era parte de aquello, aunque no quisiera serlo.
Mi padre hablaba de orgullo.
Osiris añadía frases solemnes sobre la grandeza de la alianza.
Isis seguía hilando instrucciones sobre coronas, telas y símbolos.
Y yo sentía que cada palabra me ataba un poco más a una vida que se cerraba sobre mí sin dejar hueco para respirar.
Busqué a Anubis con la mirada antes incluso de aceptar que lo estaba haciendo.
Primero entre las columnas.
Después junto a las copas.
Luego cerca de la entrada.
En cada sombra donde su presencia habría tenido sentido.
Pero Anubis ya no estaba.
La oscuridad se había retirado de la sala.
Y con ella, esa sensación absurda de que, por peligroso que fuera, había alguien más viendo la jaula desde fuera.
Se había marchado.
Me había dejado allí.
Con Isis.
Con mi padre.
Con Horus.
Con los votos, las telas, las bendiciones y la luna que iba a convertirme en esposa antes de que yo pudiera decidir si seguía siendo mía.
Tragué saliva, intentando contener el temblor de las manos mientras Isis hablaba de telas, de votos y de la luna que presidiría la ceremonia.
Y por primera vez en toda la noche entendí que la ausencia de Anubis podía ser tan insoportable como su cercanía.
Porque cuando estaba cerca, me desordenaba.
Pero aquella vez no había nadie entre los barrotes y yo.