El chacal y la hija del sol Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

La doncella que sostenía la tela me miró con los ojos abiertos de par en par, como si quisiera advertirme de lo obvio, pero no se atrevió.

El vestido era una provocación en sí mismo: seda negra ajustada al torso, bordados en hilo oscuro que solo brillaban cuando la luz los rozaba, mangas ligeras cayendo desde los hombros como sombras y una abertura medida que permitía caminar sin restarle solemnidad.

No era el atuendo que Isis habría elegido para la futura esposa de Horus.

Y precisamente por eso lo quería.

—Ese —dije.

Baset me miró desde el otro lado de la estancia.

—Hathor...

—No empieces.

No lo hizo, quizá porque sabía que no iba a convencerme o quizá porque entendía que aquella era la única rebelión que podía permitirme sin incendiarlo todo.

Cuando las doncellas terminaron de vestirme y una de ellas delineó mis ojos con kohl negro, más marcado de lo habitual, vi algo parecido a la comprensión cruzar el rostro de mi hermana.

Si iban a llevarme hacia el altar como una figura decorativa, al menos iba a hacer que todos recordaran que seguía teniendo dientes.

Me observé en el espejo.

Y no vi a una novia.

Vi una advertencia.

Baset, en cambio, eligió un vestido claro, de un tono dorado suave que iluminaba su piel y hacía que pareciera aún más triste.

Cuando nuestras miradas se encontraron en el reflejo, entendí que ninguna de las dos quería bajar, ninguna tenía humor para sostener sonrisas, brindar, fingir alegría ni soportar las miradas de una corte que iba a celebrar una unión que nos estaba haciendo pedazos de formas distintas.

Pero bajamos.

Porque eso hacíamos siempre.

El salón de baile era una extensión dorada de música, fuego y vigilancia, un lugar donde las antorchas ardían como pequeños soles domesticados y los pebeteros perfumaban el aire con humo de mirra, loto e incienso.

Las telas blancas caían desde lo alto en pliegues perfectos, las fuentes interiores murmuraban entre reflejos de oro y la corte entera parecía haber acudido no solo a celebrar, sino a mirar, a juzgar y a recordar a quién pertenecía cada gesto.

En cuanto crucé el umbral, la sala no se calló del todo.

Fue peor.

Se quebró.

Las conversaciones siguieron, pero más bajas. Las copas se detuvieron a medio camino. Algunos abanicos dejaron de moverse. El negro de mi vestido atravesó aquella sala blanca y dorada como una mancha imposible de ignorar.

Mi vestido hizo exactamente aquello para lo que lo había elegido: interrumpió el orden perfecto que Isis había preparado para mí.

El negro caía sobre mi cuerpo con una elegancia deliberada, profundo, absoluto, casi insolente en medio de aquella sala pensada para exhibirme como una futura reina dócil, luminosa y aceptable.

No era solo el color lo que convertía aquel vestido en una provocación, sino la forma en que dejaba mis hombros al descubierto, el escote calculado y la caída de la tela, oscura y ligera, deslizándose sobre mis piernas como una sombra viva cada vez que avanzaba.

No era vulgar.

No era un descuido.

Era peor.

Era consciente.

No llevaba el vestido para agradarles, sino para obligarlos a mirarme.

Sentí las miradas descender sobre mí con una mezcla de escándalo, fascinación y reproche, y durante unos segundos permití que aquel desconcierto me sostuviera. Caminé con la barbilla alta, aunque el corazón me golpeaba con una violencia que nadie debía percibir.

Busqué a Isis entre la multitud porque sabía que, si el golpe había dado en el blanco, lo vería antes en sus ojos que en cualquier gesto. La encontré al instante, impecable junto al resplandor de las antorchas, con esa sonrisa serena que parecía no moverse jamás de su rostro.

Sin embargo, sus ojos sí cambiaron.

Apenas una fracción.

Lo suficiente para que yo entendiera que había visto el vestido, que había comprendido la provocación y que no iba a concederme el placer de una reacción visible.

Después vi a Horus. Estaba junto a Osiris, vestido de blanco y oro, impecable, hermoso y correcto como siempre, pero no parecía feliz.

Cuando me vio, su mirada se detuvo primero en el negro de mi vestido, después en la línea descubierta de mis hombros, en el kohl oscuro que endurecía mis ojos y, finalmente, regresó a mi rostro con algo parecido a la preocupación,

como si entendiera mejor que nadie que no acababa de entrar en el salón para ser admirada, sino para desafiar a todos los que esperaban verme obedecer.

Se acercó a mí cuando la música cambió.

—Hathor —dijo con suavidad—. Estás... muy llamativa.

Casi sonreí.

—No era exactamente la palabra que esperaba.

—Es la más segura —respondió él, y hubo en su intento de humor una delicadeza que me hizo sentir todavía peor, porque Horus no quería hacerme daño, pero estaba a punto de hacerlo de todos modos.

Me tendió la mano para el primer baile, como estaba previsto, y yo se la di porque todos estaban mirando y porque negarme habría sido una guerra que aún no sabía si podía permitirme.

Entramos en el centro del salón bajo una lluvia de atención.

La música empezó con una cadencia solemne y él colocó una mano en mi cintura con una delicadeza casi triste.

Bailaba bien, por supuesto.

Horus hacía bien todo lo que el mundo esperaba de él.

Su mano era cálida en mi cintura, su distancia correcta, su mirada amable.

Y nada en él ardía.

Nos movimos con perfecta corrección, con la distancia exacta, el ritmo adecuado y la postura impecable. Cualquiera que nos mirara habría visto a una pareja digna, hermosa, destinada. Yo, en cambio, sentía la incomodidad debajo de cada giro.

Cuando el movimiento del baile nos acercó a la zona donde Baset permanecía de pie junto a una columna, lo sentí antes de verlo: un cambio mínimo en los dedos de Horus, una respiración más contenida, una traición involuntaria.

La miró.

Solo un instante.

Pero lo hizo.

Y Baset también lo miró.

La tristeza que vi en sus ojos fue tan profunda que casi perdí el paso.

Horus lo notó.

—Lo siento —murmuró.

No supe si se disculpaba por pisarme, por mirarla o por todo.

—Yo también —respondí.

Aquellas dos palabras bastaron para que ambos entendiéramos demasiado.

Seguimos bailando, atrapados en una coreografía que nos obligaba a acercarnos, girar, separarnos y volver a encontrarnos, igual que la vida que habían diseñado para nosotros.

Él no quería herirme, yo no quería odiarlo y, aun así, cada paso confirmaba la misma verdad: ninguno estaba con quien deseaba estar.

Entonces el aire cambió.

No por la música.

Por él.

Anubis apareció en mi campo de visión como si la oscuridad hubiera decidido tomar forma entre el fuego de las antorchas. Vestía de negro, por supuesto, pero aquella noche su presencia parecía más peligrosa que nunca, no porque intentara llamar la atención, sino porque no necesitaba hacerlo.

La corte podía fingir que lo ignoraba, pero el espacio se alteraba cuando él se movía.

Algunas miradas lo siguieron.

Otras se apartaron demasiado deprisa.

Avanzó hacia nosotros en mitad del baile.

No pidió permiso al salón.

Solo a Horus.

—Permíteme robarle un baile a tu prometida.

Mi cuerpo se tensó antes de que pudiera impedirlo.

Horus dudó solo un instante, pero en ese instante hubo mucho más que sorpresa. Hubo alivio, quizá culpa, quizá la oportunidad de apartarse de una escena que tampoco sabía cómo sostener. Luego miró hacia Baset, demasiado rápido para que fuera casual, y finalmente soltó mi mano.

—Por supuesto.

Yo podría haberme negado.

Debería haberlo hecho.

Pero cuando Anubis me tendió la mano, con esa calma insoportable y los ojos fijos en los míos, no lo hice. Tal vez fue orgullo, tal vez curiosidad, tal vez esa parte de mí que llevaba días negando que cada vez que él se acercaba algo en el mundo se volvía más intenso.

Puse mi mano sobre la suya.

Sus dedos se cerraron alrededor de los míos con una firmeza medida, ni brusca ni suave, y me condujo al centro del salón como si aquel lugar, aquella música y todas aquellas miradas le pertenecieran por derecho propio.

Al principio bailamos demasiado separados.

Tan separados que cualquiera habría entendido que aquello también era una forma de provocación.

—Qué considerado por vuestra parte —dije, sin mirarlo del todo—. Interrumpir un baile oficial delante de toda la corte.

—No parecía que ninguno de los dos estuviera disfrutándolo.

—¿Y habéis venido a salvarme?

—No te sobreestimes.

—Qué alivio. Por un momento temí que fuerais a comportaros como un caballero.

Su boca se curvó apenas.

—No cometo errores tan graves.

La música nos obligó a girar, y lo hice con la postura rígida, manteniendo el espacio entre nosotros como si aquella distancia fuera lo único que me protegía de él.

Podía sentir su mirada sobre mi rostro, sobre el kohl oscuro que delineaba mis ojos, sobre el vestido negro que yo había elegido para provocar a Isis y que, de algún modo inquietante, también parecía haber sido elegido para desafiarlo a él.

—Negro otra vez —murmuró.

—¿Os molesta?

—No.

Su respuesta fue demasiado rápida.

Me atreví a mirarlo.

—Qué decepción.

—Al contrario —dijo, más bajo—. Empieza a parecer una costumbre peligrosa.

El calor me subió por el cuello y aparté la mirada antes de que pudiera verlo.

No debería afectarme una frase así, no dicha por él, no en mitad de un salón lleno de dioses, con Horus a pocos pasos y mi destino sellándose cada vez más cerca.

Pero la voz de Anubis tenía la maldita capacidad de convertir cualquier comentario en una caricia que no llegaba a tocarme.

Entonces cambió el paso.

No fue brusco.

Fue peor.

Fue exacto.

Su mano se afirmó en mi cintura y tiró de mí hacia él, reduciendo de golpe toda la distancia que yo había defendido desde el primer compás. Mi cuerpo chocó contra el suyo lo justo para robarme el aire.

—Anubis... —susurré, más advertencia que protesta.

—Baila.

Una orden baja, inapelable, y mi cuerpo, traidor, obedeció antes que mi orgullo.