Capítulo 12
Decisiones de otros
El día siguiente, el palacio despertó como si ya hubiera dictado sentencia.
No quedaba rastro visible de mi intento de fuga, salvo en el cansancio que me oscurecía la mirada y en la rigidez con la que entré en el salón principal junto a Baset, fingiendo que no había pasado la noche corriendo por pasillos de servicio,
siendo cazada por chacales y devuelta a mis aposentos como una niña imprudente.
Baset caminaba a mi lado en silencio, hermosa y pálida, con los dedos apretados contra la tela del vestido. Horus también estaba allí, serio, impecable, esforzándose por no mirarla.
Ese era el problema.
Que se esforzaba.
Y aun así fallaba.
Yo también lo veía, cada vez con más nitidez, en la forma en que su primera mirada, aunque intentara corregirla, buscaba a mi hermana antes de posarse en mí; en cómo Baset bajaba los ojos demasiado deprisa o fingía interesarse por cualquier detalle que no fuera él;
y en ese silencio espeso que se instala cuando dos personas intentan no decirse nada y, precisamente por eso, lo dicen todo.
El salón estaba lleno, pero no como una fiesta, sino como un juicio anunciado con música suave y oro pulido.
Osiris ocupaba su lugar con la serenidad de quien no necesita demostrar autoridad porque todo a su alrededor la confirma, mientras Isis, a su lado, parecía más luminosa que nunca y, precisamente por eso, más peligrosa,
pues la reina no necesitaba elevar la voz para que todos entendiéramos que aquel tablero le pertenecía.
Horus estaba serio, y lo noté antes incluso de que hablara, porque su seriedad no nacía del protocolo, sino de la culpa, de una tensión contenida en la mandíbula y de esa forma tan evidente de no mirar a Baset que delataba precisamente lo mucho que necesitaba hacerlo.
Cuando sus ojos se encontraron con los míos, sonrió con amabilidad, con esa corrección impecable que siempre parecía ofrecerme como una disculpa silenciosa, pero ya no bastaba.
Anubis también estaba allí, no en el centro, nunca del todo en el centro, sino a un lado, apoyado con aparente descuido junto a una columna oscura, vestido de negro incluso a plena mañana, con los brazos cruzados y la mirada afilada recorriendo la sala como si no participara en la escena y, aun así,
pudiera desmontarla pieza por pieza si se lo propusiera.
No dijo nada cuando entramos.
Ni sonrió.
Solo me miró un instante.
Lo suficiente para que el recuerdo de las mazmorras, de los barrotes, de la ceniza en mi rostro y de su voz llamándome Nefer volviera a pasarme por la nuca como una corriente fría.
Aparté la vista primero, y eso me molestó casi tanto como sentir que él lo había notado.
Isis esperó a que todos estuviéramos colocados antes de hablar. No se levantó. No necesitaba hacerlo.
—Nos alegra ver reunidas a ambas familias en un momento tan importante para Egipto —comenzó, dejando que sus ojos viajaran de mi padre a Osiris, de Osiris a Horus y finalmente a mí—.
Una unión como esta no es solo motivo de celebración, sino de estabilidad, de futuro y de continuidad para todos aquellos que dependen del equilibrio que nuestras casas han protegido durante siglos.
Equilibrio.
La palabra me cayó encima como una losa.
Allí no había amor, ni voluntad, ni deseo. Solo una palabra limpia con la que los dioses justificaban cualquier sacrificio mientras la víctima tuviera la decencia de sonreír.
Mi padre, sentado no muy lejos de mí, asintió con una gravedad que terminó de hundirme el pecho.
No esperaba que se opusiera, ni que dijera que su hija no era una moneda sagrada que pudiera intercambiarse por estabilidad, pero aun así hubo una parte estúpida de mí que sufrió al comprobar que su silencio no era duda, sino aceptación.
Isis continuó hablando de rituales, preparativos, bendiciones y símbolos, colocando cada palabra sobre mi piel con una precisión casi delicada.
—La unión se anunciará esta noche ante la corte —dijo con una dulzura impecable—. Y se celebrará bajo la próxima luna.
Hizo una pausa breve.
Demasiado breve.
—Dentro de dos noches.
Dos noches.
No tres.
Dos.
El número me atravesó con una violencia absurda. Sentí cómo el salón se alejaba, cómo las voces se deformaban, cómo mis uñas se clavaban en la palma hasta doler. Isis seguía hablando, pero yo ya no oía preparativos, bendiciones ni símbolos. Solo oía eso.
Dos noches para dejar de pertenecerme.
No podía hacerlo. No podía quedarme allí mientras todos hablaban de mi vida como si yo ya hubiera dejado de habitarla.
Ra se acercó solo lo justo, sin romper la compostura ni ofrecer al resto de la sala nada que pudiera interpretarse como preocupación. Desde fuera habría parecido un padre acomodando la postura de su hija.
No lo era.
Cuando inclinó la cabeza hacia mí, su voz llegó baja, ardiente y dura como el sol sobre la piedra.
—No tienes otra opción —murmuró, sin mirarme de frente—. No aquí. No delante de ellos.
Tragué saliva, pero el nudo en mi garganta no cedió.
—Padre... —susurré, sin apartar la vista de Isis—. No puedo hacer esto.
Su mano se posó apenas en mi espalda, un gesto mínimo, casi invisible para los demás, pero sus dedos se cerraron lo bastante como para recordarme que no era consuelo lo que me ofrecía, sino control.
—Sí puedes —respondió—. Y lo harás.
Aquellas palabras me atravesaron con más fuerza que cualquier reproche.
—Me estás entregando como si no importara lo que yo quiera.
Ra no reaccionó de inmediato, y esa calma suya fue peor que cualquier estallido. Su rostro permaneció sereno, digno del dios al que todos veneraban, pero su voz descendió aún más, hasta volverse una brasa enterrada bajo ceniza.
—Lo que tú quieras dejó de ser lo importante en el momento en que naciste con mi sangre.
Sentí que algo dentro de mí se encogía, no por sorpresa, sino por confirmación.
Durante años había querido creer que detrás del dios existía un padre, que bajo el oro, el poder y la luz implacable quedaba un lugar donde yo podía ser algo más que una pieza útil.
Pero allí, frente a Isis, frente a Osiris, frente a toda una corte dispuesta a medir cada parpadeo, Ra acababa de dejarme claro cuál era mi verdadero valor.
No su hija, sino su alianza.
No una mujer, sino una promesa política vestida de blanco y oro.
—Soy tu hija —dije, y odié que mi voz sonara tan pequeña.
Por primera vez, Ra giró apenas el rostro hacia mí, y sus ojos, dorados y abrasadores, no mostraron ternura, solo una severidad antigua.
—Precisamente por eso te exijo más que a nadie.
Me quedé inmóvil, con el pecho subiendo y bajando demasiado rápido bajo el collar de Horus.
—¿Más? —murmuré—. Me estás pidiendo que desaparezca.
Su mirada se endureció.
—Te estoy pidiendo que recuerdes quién eres.
—No. Me estás pidiendo que olvide quién soy para convertirme en lo que ellos necesitan.
El silencio entre nosotros se tensó de golpe. Isis seguía observándonos desde unos pasos más allá, quieta, perfecta, como si no necesitara escuchar las palabras para entender exactamente lo que ocurría.
Ra inclinó la cabeza un poco más, y cuando habló, cada sílaba cayó sobre mí como una orden irreversible.
—Vas a ser reina, Hathor. Antes que amante, antes que hija, antes que cualquier capricho que creas llamar libertad. Reina. Eso es lo que importa. Eso es lo que sobrevivirá cuando todo lo demás se rompa.
Sentí el ardor de las lágrimas detrás de los ojos, pero no permití que cayeran.
No allí.
No ante él.
No ante ella.
—¿Y si no quiero sobrevivir convertida en algo que odio?
Su respuesta llegó sin vacilar.
—Entonces aprenderás a no odiarlo.
Me quedé sin aire.
Aquello fue peor que una amenaza. Peor que una orden. No había rabia en su voz ni crueldad evidente, solo una convicción tan fría que mi dolor parecía una molestia pasajera, algo que debía superar para no estorbar.
—No me mires así —añadió en voz aún más baja—. No me ridiculices delante de ellos. No después de lo que ha costado traerte hasta aquí.
Bajé la mirada solo un instante, no por obediencia, sino porque si seguía mirándolo quizá acabaría rompiéndome allí mismo.
Y en ese momento comprendí que mi padre no iba a salvarme.
No de Isis.
No de Horus.
No de aquella sala.
Porque él era parte de la jaula.
Tal vez siempre lo había sido.
Entonces sentí su mirada.
Anubis no se movía, no intervenía, no decía nada. Solo observaba.
Y lo odié por eso.
Odié que viera a Ra reduciéndome a una orden susurrada. Odié que supiera, antes que muchos, que bajo el oro, el collar y el nombre de Hathor no había una diosa invencible, sino una hija obligada a obedecer.
Lo odié aún más porque no parecía sorprendido.
La mañana terminó sin que yo recordara cómo, entre inclinaciones de cabeza, frases correctas, felicitaciones anticipadas y sonrisas que tuve que devolver con la boca seca, hasta que Baset y yo terminamos caminando juntas hacia nuestros aposentos.
Solo cuando cerramos la puerta tras nosotras, el silencio dejó de ser protocolo y se convirtió en refugio.
Baset se quedó de pie junto al tocador, mirando su propio reflejo sin verlo.
—Dos noches —susurró.
No supe si hablaba de mí o de ella.
Quizá de ambas.
Me acerqué despacio porque sus ojos estaban demasiado brillantes. Baset, mi hermana fuerte, la que siempre encontraba la manera de sonreír incluso cuando todo se torcía, estaba sufriendo en silencio por un hombre que no podía mirar demasiado y por una hermana a la que no quería perder.
—No tienes que soportar esto sola —le dije.
Ella soltó una risa breve, triste, sin alegría.
—¿Y tú sí?
No respondí, porque no había respuesta digna.
La tarde pasó entre doncellas, cofres abiertos, telas extendidas sobre divanes y una preparación que se sintió más como un ritual de sacrificio que como el arreglo para un baile.
Baset apenas hablaba y yo tampoco, mientras las mujeres que nos atendían se movían con un cuidado silencioso, como si una palabra fuera de lugar pudiera rompernos.
Cuando llegó el momento de elegir el vestido, no dudé.
Negro.
Si iban a entregarme como una ofrenda, al menos no iba a bajar vestida como una novia obediente.
Más oscuro que la noche anterior.
Más desafiante.
Más descarado.