Capítulo 11 #3
Me habían perseguido por el palacio.
Atrapado como a una ladrona.
Encerrado en una celda.
Y después escoltado de vuelta por dos bestias que ni siquiera habían tenido la decencia de fingir que aquello no les resultaba divertido.
Y todo, absolutamente todo, terminaba siempre en él.
Anubis.
Presuntuoso. Arrogante. Soberbio hasta la médula.
Incapaz de abrir la boca sin convertir cada palabra en una provocación.
Incapaz de ofrecer ayuda sin hacer que pareciera un castigo.
Incapaz de mirarme sin esa maldita expresión de superioridad, como si hubiera descubierto todos mis secretos antes incluso de que yo supiera que los tenía.
Caminé hacia el espejo y me detuve frente a mi reflejo.
La imagen que me devolvió el cristal habría resultado casi cómica si no me sintiera tan furiosa: el rostro manchado de ceniza, los ojos demasiado brillantes, el cabello escapándose del velo en mechones oscuros y el orgullo hecho jirones bajo una capa de suciedad.
Parecía una fugitiva.
Una auténtica fugitiva.
Y lo peor era que ni siquiera había llegado a cruzar los muros.
Solté una risa breve, seca, sin una sola gota de humor.
Qué patética.
No, patética no.
Desesperada.
Y esa palabra me dolió mucho más, porque era verdad.
Me acerqué a la jofaina, mojé un paño con manos temblorosas y empecé a frotarme la cara con más fuerza de la necesaria, como si pudiera arrancarme de la piel no solo la ceniza, sino también la sensación de sus ojos observándome al otro lado de los barrotes.
Esa mirada suya, silenciosa y oscura, regresaba una y otra vez, empeñada en instalarse en mi memoria con una precisión insoportable.
No se había burlado cuando le dije la verdad.
No del todo. Había permanecido quieto, escuchando, y eso era casi peor, porque sus silencios tenían más filo que las palabras de otros.
—Imbécil —murmuré, frotando con tanta fuerza que la piel empezó a arderme—. Maldito imbécil.
El paño cayó dentro del agua, tiñéndola de gris.
Lo odiaba.
Odiaba que Anubis apareciera siempre justo cuando menos quería ser vista, odiaba que hubiera tenido razón en demasiadas cosas y odiaba aún más que una parte de mí siguiera recordando el modo en que había ordenado abrir la celda sin apartar la mirada de la mía,
como si bajo toda aquella crueldad existiera algo peor que la burla: una comprensión oscura, incómoda, casi íntima, que yo no estaba dispuesta a concederle.
No.
Anubis no me comprendía.
No podía hacerlo.
Él no sabía lo que era vivir dentro de una jaula construida por otros, caminar hacia un destino que todos celebraban mientras una solo sentía cómo los barrotes se cerraban alrededor del cuello, ni pertenecer a una alianza antes incluso de pertenecer a una misma.
Él tenía una ciudad, un reino y una autoridad temida.
Yo solo tenía un collar escondido bajo una losa.
Y una boda acercándose como una sentencia.
Me quité la túnica sucia con movimientos bruscos y la dejé caer al suelo como si quemara, antes de envolverme en una bata limpia cuyo tacto de seda no logró arrancarme la sensación de mazmorra de la piel.
En algún punto del palacio seguía latiendo el rumor de lo que había ocurrido: la futura reina había intentado escapar vestida de mendiga y había terminado encerrada en las sombras del único hombre al que más habría querido evitar.
No pensaba agradecerle nada.
Ni la puerta abierta.
Ni la libertad prestada.
Ni aquel regreso silencioso a mis aposentos.
Porque Anubis no salvaba a nadie sin dejar antes una marca, y si creía que iba a mirarlo con gratitud podía esperar sentado en su trono de sombras hasta que el desierto se pudriera bajo la lluvia.
Me acerqué a la losa bajo la que había escondido el collar de Horus y me quedé mirándola sin atreverme a moverla.
El oro seguía allí, frío, perfecto y paciente, aguardando a que volviera a colocármelo como si aquella noche no hubiera existido, como si yo no hubiera intentado arrancarme de encima todo lo que representaba.
No pude tocarlo.
Terminé sentándome en el borde de la cama, con el cabello húmedo pegado a la nuca y las manos entrelazadas hasta que los nudillos se me aclararon.
La rabia seguía ahí, abriéndose paso por debajo de la piel como una fiebre negra.
Pero debajo de ella apareció una certeza más cruel: no había salida fácil, ni disfraz, ni pasillo, ni noche lo bastante oscura para impedir que el palacio me devolviera siempre al centro de la jaula.
Y Anubis, maldito fuera, había cerrado la puerta esta vez, pero también había sido quien la abrió.
Esa contradicción me enfurecía más que cualquiera de sus palabras.
Porque me obligaba a pensar en él no solo como el enemigo que disfrutaba empujándome contra mis límites, sino como el único que parecía haber visto la jaula desde dentro.
Me dejé caer hacia atrás sobre la cama sin quitarme la bata, mirando el techo con los ojos abiertos, incapaz de dormir, de llorar o de arrancarme de la cabeza su voz al decir mi nombre,
su mirada cuando le confesé que no quería vivir una vida miserable y la forma en que sus dedos se cerraron sobre el barrote antes de ordenar que abrieran la celda.