El chacal y la hija del sol Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

El silencio que siguió fue más profundo que el anterior.

Incluso los dos chacales dejaron de moverse.

Anubis me observó sin burlarse, sin interrumpir, sin llenar aquel espacio con una frase cruel que le permitiera recuperar la distancia. Y eso, por alguna razón, fue más peligroso que cualquiera de sus provocaciones.

Sentí el impulso absurdo de retroceder.

No lo hice.

—No iba a pedir ayuda —añadí, con una firmeza casi desesperada—. A nadie. No iba a arrodillarme ante mi padre, ni ante Horus, ni ante vos. Solo quería irme antes de que todos decidieran que ya era demasiado tarde para cambiar nada.

Anubis bajó la mirada un instante hacia mis manos aferradas al hierro, y cuando volvió a mis ojos, algo en su expresión se había vuelto más oscuro, más difícil de leer.

—Huir no cambia lo que eres.

—Quedarme tampoco.

La respuesta salió rápida, limpia, y por primera vez Anubis no pareció encontrar una réplica inmediata.

Sus dedos se cerraron alrededor del barrote con una calma demasiado lenta, como si estuviera conteniendo algo que no quería mostrar delante de mí ni delante de los dos chacales que lo conocían mejor que nadie.

—Tú no entiendes lo que hay fuera de estos muros —dijo al fin.

—Y tú no entiendes lo que hay dentro. Sería mi condena.

La frase lo alcanzó.

No fue evidente. Anubis no retrocedió, no parpadeó de forma brusca, no mostró herida alguna.

Pero lo vi en el endurecimiento súbito de su mandíbula, en la forma en que sus ojos dejaron de mirarme como a una fugitiva y empezaron a mirarme como a alguien que, sin saberlo, había puesto los dedos sobre una cicatriz.

El chacal de mayor tamaño bajó la cabeza.

El otro apartó la mirada con una discreción casi humana.

Durante unos segundos, lo único que se oyó fue el goteo constante del agua contra la piedra.

Anubis soltó el barrote y se incorporó despacio.

—Abrid la celda —ordenó.

Me tensé.

El chacal de mayor tamaño recuperó forma humana con una transformación oscura y silenciosa, alargándose desde la sombra animal hasta convertirse en aquel hombre ancho de hombros que me había capturado. Anubis ni siquiera necesitó mirarlo para añadir:

—Geb.

El hombre obedeció con una inclinación apenas perceptible.

El otro hizo lo mismo a su lado, con una elegancia más ligera, recuperando la forma humana de aquel hombre de sonrisa torcida y mirada demasiado inteligente.

—Unar —añadió Anubis, con la misma autoridad tranquila—. La llave.

Fue entonces cuando supe sus nombres.

Unar se acercó al candado mientras lanzaba una mirada rápida a Anubis.

—¿Vas a castigarla? —preguntó, con un tono en el que todavía quedaba algo de humor, aunque mucho menos que antes.

Anubis no apartó los ojos de mí.

—Estoy decidiendo si su peor castigo es encerrarla aquí o devolverla arriba para que continúe fingiendo que no está desesperada.

Le lancé una mirada furiosa.

—Sois insoportable.

—Y tú terrible huyendo.

—Al menos lo intenté.

—Sí —respondió él, y esta vez su voz perdió parte de la burla—. Eso es precisamente lo preocupante.

El candado cedió con un chasquido metálico.

La puerta se abrió.

No me moví de inmediato. La libertad repentina me pareció sospechosa, y el hecho de que Anubis siguiera al otro lado, serio, oscuro, demasiado atento, no ayudaba en absoluto.

—¿Y ahora qué? —pregunté.

Anubis me miró durante un largo instante, tan largo que sentí que el aire entre ambos volvía a cargarse de esa tensión insoportable que siempre parecía aparecer cuando no había nadie más capaz de intervenir.

—Ahora —dijo finalmente— vas a lavarte la ceniza de la cara, vas a cambiarte esa ropa ridícula y vas a regresar a tus aposentos antes de que todo el palacio despierte buscándote.

Solté una risa breve, sin humor.

—¿Y si no quiero?

Geb y Unar se quedaron demasiado quietos, como si incluso ellos hubieran comprendido que aquella pregunta no era prudente.

Anubis dio un paso hacia la puerta abierta de la celda.

No entró.

No hizo falta.

Su presencia ocupó todo el espacio.

—Entonces tendré que llevarte yo mismo.

Alcé la barbilla, aunque el corazón me golpeó una vez más contra las costillas.

—No os atreveríais.

Anubis me miró de arriba abajo, no con descaro, sino con esa precisión irritante que parecía encontrar siempre la forma de desarmarme sin tocarme.

—Nefer —murmuró—, después de esta noche, empiezo a pensar que sigues subestimando gravemente mi capacidad para atreverme.

Geb carraspeó.

Unar sonrió.

Y yo, cubierta de suciedad, encerrada en una mazmorra que acababa de dejar de ser celda para convertirse en otra clase de trampa, comprendí que mi huida no había terminado.

Solo había cambiado de carcelero.

Después de que los secuaces de Anubis me dejaran en mi habitación como si yo fuera un paquete incómodo que había que devolver antes de que alguien notara su ausencia, la rabia que ya llevaba toda la noche ardiéndome bajo la piel terminó de prender por completo.

No se marcharon de inmediato. El de la sonrisa torcida se permitió incluso una pequeña inclinación exagerada, casi burlona, mientras el otro permanecía junto a la puerta con esa expresión impasible de quien había visto demasiadas cosas como para impresionarse por una diosa cubierta de ceniza y

furia.

Solo cuando ambos desaparecieron por el pasillo, dejándome sola con el silencio de mis aposentos, pude respirar de verdad.

Respirar, sin embargo, no significó calmarme.

Me quedé inmóvil en mitad de la estancia, con la túnica sucia pegada al cuerpo, el velo desgarrado colgándome de un hombro y las manos todavía manchadas de gris, mientras la humillación de aquella noche regresaba por partes, una detrás de otra, como golpes pequeños pero constantes.