El chacal y la hija del sol Capítulo 11
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Capítulo 11

Una ladrona en palacio

Las mazmorras del palacio no tenían nada de glorioso.

Allí abajo no quedaba rastro del oro que cubría las salas superiores, ni del perfume de los jardines, ni de la música distante que a veces parecía flotar sobre Tebas como si la ciudad entera hubiese nacido para celebrar el poder de sus dioses.

Bajo tierra, el palacio se despojaba de su belleza y mostraba otra verdad, más antigua y menos adornada: piedra húmeda, hierro ennegrecido, antorchas consumidas a medias y un silencio tan denso que cada gota de agua cayendo desde el techo parecía un golpe contra mis nervios.

Permanecía sentada en el suelo de la celda, con la espalda apoyada contra la pared fría y las rodillas recogidas bajo la túnica sucia que había elegido para desaparecer.

La ceniza seguía adherida a mis manos, a mi rostro y al borde del velo desgarrado, y aunque había intentado limpiarme varias veces con la manga, solo había conseguido extender la suciedad hasta convertirla en una sombra grisácea sobre la piel.

Aquella apariencia de mendiga, que unas horas antes me había parecido una posibilidad de salvación, ahora me hacía sentir absurdamente pequeña.

Casi ridícula.

Encerrada entre barrotes como una ladrona de mercado.

No sabía cuánto tiempo había pasado desde que aquellos dos chacales me habían dejado allí.

Podían haber sido minutos o podían haber sido horas, porque el tiempo, en aquel lugar, no se medía igual.

Al principio había permanecido de pie, aferrada a los barrotes, esperando escuchar pasos, una orden, cualquier señal de que alguien acudiría a interrogarme; después había caminado de un lado a otro, contando los pasos que separaban una pared de la otra,

intentando no pensar en el hecho de que mi huida había terminado antes incluso de empezar.

Finalmente, agotada por el miedo, por la rabia y por la humillación, me había dejado caer al suelo con una dignidad maltrecha que apenas lograba sostener.

No iba a llorar.

Eso sí lo tenía claro.

Podían encerrarme, confundirme con una ladrona, tratarme como a una cualquiera bajo aquel disfraz de miseria, pero no iba a concederles también mis lágrimas.

No a aquellos dos desconocidos que me habían atrapado.

Y, sobre todo, no a Anubis, si era cierto que todo aquello terminaba inevitablemente en sus manos.

El sonido llegó antes que ellos.

Un rumor bajo, grave, casi animal.

Después, el roce de garras contra la piedra.

Levanté la cabeza de inmediato, con el corazón golpeándome el pecho tan fuerte que durante un instante olvidé respirar. La luz de las antorchas parpadeó al final del corredor, deformando las sombras sobre los muros.

Primero apareció uno.

Después el otro.

Los dos chacales avanzaban despacio por el pasillo de las mazmorras, enormes, oscuros, con los ojos encendidos por aquella inteligencia inquietante que no pertenecía a ningún animal común.

La piedra parecía empequeñecerse bajo sus cuerpos, y cada pisada resonaba con una calma deliberada, como si no necesitaran apresurarse porque todo cuanto había allí abajo les pertenecía de algún modo.

Me puse en pie tan rápido que casi perdí el equilibrio.

Retrocedí hasta que la espalda chocó contra la pared.

—No os acerquéis —dije, aunque mi voz salió más baja de lo que pretendía.

El chacal de mayor tamaño se detuvo frente a la celda, ladeando la cabeza con una paciencia insultante. El otro se sentó junto a él, elegante, casi divertido, con la cola moviéndose apenas contra el suelo de piedra.

Entonces la oscuridad detrás de ellos se movió.

Y Anubis apareció.

No entró con prisa ni con la alteración que yo habría esperado de alguien arrancado de dondequiera que hubiese estado.

Avanzó por el corredor con esa calma suya, negra, afilada, como si incluso las mazmorras hubieran sido construidas para recibirlo.

Llevaba el cabello algo desordenado, la túnica oscura abierta lo justo en el cuello para mostrar la línea de los tatuajes que desaparecían bajo la tela, y en sus ojos había un brillo distinto, apenas enturbiado, como si el vino no hubiera conseguido dominarlo,

pero sí suavizar de forma peligrosa los bordes de su prudencia.

Los chacales se apartaron ligeramente para dejarlo pasar.

No como sirvientes.

Como criaturas que reconocían, incluso entre la confianza y aquellas pequeñas desobediencias que parecían permitirse solo con él, quién tenía siempre la última palabra.

Anubis se detuvo ante los barrotes.

Durante unos segundos no dijo nada. Se limitó a mirarme con una quietud casi más insoportable que cualquier reproche, recorriendo primero el velo roto, después la túnica sucia, mis manos cubiertas de ceniza, la rodilla manchada por la caída y, finalmente, mis ojos.

Miedo.

Furia.

Y alivio.

Una mezcla imposible que yo habría negado hasta el último aliento.

La comisura de su boca se elevó.

—Debo reconocerlo —dijo al fin, con voz baja, grave y demasiado serena—. Cuando me dijeron que habían encerrado a una ladrona hermosa en mis mazmorras, no imaginé que la ladrona tendría tan mal gusto para disfrazarse.

Sentí que la vergüenza me subía al rostro bajo la capa de ceniza.

—Abrid la puerta.

—Qué autoritaria para alguien que acaba de ser capturada huyendo por los corredores de servicio —replicó él, apoyando una mano sobre uno de los barrotes—.

Aunque, siendo justo, supongo que debería felicitarte.

No cualquiera consigue escapar de sus aposentos, perderse en medio del palacio, ser perseguida por dos chacales y terminar en una celda antes de medianoche.

Es una forma muy particular de urdir un plan.

El chacal de mayor tamaño soltó un resoplido bajo que sonó demasiado parecido a una risa.

El otro inclinó la cabeza, como si estuviera de acuerdo.

Apreté los dientes.

—No sabían quién era.

—Eso resulta evidente —respondió Anubis, recorriéndome de nuevo con la mirada—. Nadie en su sano juicio habría imaginado que la hija de Ra decidiría cubrirse de ceniza, vestirse como una pordiosera y correr por mi palacio como una rata asustada.

—No es vuestro palacio.

—Esta parte sí. ¿Tengo que recordarte quién es mi padre?

La respuesta fue tan rápida, tan fría y cargada de certeza que no encontré réplica inmediata. El silencio que siguió fue corto, pero suficiente para que él lo aprovechara. Anubis ladeó apenas la cabeza, y la burla de su rostro se volvió más afilada.

—Ahora dime, Nefer, ¿qué estabas tratando de hacer exactamente?

Levanté la barbilla.

—No tengo por qué responderte.

—Estás en una celda bajo mi custodia, vigilada por dos de mis chacales y vestida como alguien que intentaba desaparecer antes de que amaneciera. Créeme, tienes muchas razones para responderme.

—Entonces preguntad mejor.

Algo brilló en los ojos de Anubis, un destello rápido de diversión oscura que desapareció casi al instante.

—Muy bien —dijo, inclinándose apenas hacia los barrotes—. ¿Qué demonios estabas intentando hacer?

Sostuve su mirada con todo el orgullo que aún me quedaba, aunque por dentro el miedo seguía allí, mezclado con el cansancio y con esa humillación amarga de haber fracasado tan pronto.

Durante un instante pensé en mentir, en inventar una excusa absurda, en decir que me había perdido, que buscaba aire, que nada de aquello significaba nada; pero el rostro de Anubis no era el de alguien dispuesto a creer mentiras fáciles, y, peor aún, yo estaba demasiado cansada para fabricarlas.

—Salir —dije al fin.

La palabra cayó entre nosotros con una sencillez que la volvió más grave.

Anubis no se movió.

—¿Salir?

—Del palacio.

Los dos chacales intercambiaron una mirada breve, y aunque ninguno habló, el aire pareció cargarse de una atención distinta. Anubis, en cambio, permaneció inmóvil, con la mano aún apoyada en el hierro, observándome como si acabara de confirmar algo que ya sospechaba.

—¿Sola?

—Sí.

—Sin escolta.

—Sí.

—Sin conocer el palacio.

—Ya me di cuenta de que no fue mi mejor idea.

La frase me salió con un filo cansado, y por primera vez desde que había aparecido, la burla de Anubis se desvaneció apenas. No del todo. Nunca desaparecía del todo en él. Pero algo en sus ojos cambió, volviéndose más atento, más pesado.

—¿Qué pretendías hacer cuando cruzaras los muros? —preguntó—. ¿Caminar hasta el desierto vestida de mendiga? ¿Subirte al primer carro de provisiones? ¿Pedir trabajo en una taberna de Tebas? Debo admitir que tu sentido de la supervivencia resulta fascinante.

—No necesitaba un plan perfecto —respondí, sintiendo que la rabia comenzaba a imponerse al miedo—. Solo necesitaba no estar aquí cuando amaneciera.

Anubis guardó silencio.

Esta vez fue un silencio real.

No una pausa para burlarse.

Aparté la mirada primero, no porque me rindiera, sino porque me resultaba insoportable que él me observara así, como si estuviera desnudando capa por capa la desesperación que yo había intentado cubrir con ceniza, harapos y orgullo.

—No pienso vivir una vida miserable en este palacio —dije, y mi voz sonó más baja, pero también más verdadera—.

No pienso convertirme en una figura bonita que todos colocan donde conviene, ni sentarme junto a Horus mientras él mira a otra persona como si yo fuera solo una obligación decorada con oro.

Anubis no respondió.

Tragué saliva, pero seguí, porque si me detenía quizá no volvería a ser capaz de decirlo.

—Tenías razón.

La frase me costó más que cualquier otra.

Anubis entornó los ojos.

—Eso sí que no esperaba oírlo esta noche.

—No arruines el momento.

La comisura de su boca se movió apenas, pero no llegó a sonreír. Respiré hondo, cerré los dedos alrededor de los barrotes y continué, con la mirada fija en algún punto de su pecho porque sostenerle los ojos habría sido demasiado.

—Tenías razón cuando dijiste que yo solo sería su mujer ante el mundo.

Una figura correcta. Una alianza conveniente.

La hija de Ra al lado del heredero de Osiris para que todos puedan aplaudir el equilibrio de Egipto y fingir que eso basta.

Pero no seré amada. No como se ama a alguien cuando no se puede evitar mirarlo.

No como él mira a Baset. Y no voy a despertar cada día sabiendo que mi vida entera se construyó sobre una mentira que todos aceptaron porque era útil.