Capítulo 10
La mesa de los inmortales
La Casa del Placer no dormía nunca.
Ni siquiera cuando el resto de Tebas se recogía bajo el peso de la noche y las avenidas del palacio se quedaban vacías, bañadas por antorchas cansadas y sombras largas.
Aquel lugar seguía respirando como una criatura propia, escondida entre callejones perfumados, cortinas rojas y puertas vigiladas por hombres que sabían mirar sin preguntar.
Desde fuera apenas parecía una construcción más de piedra oscura, discreta y protegida por celosías talladas, pero al cruzar el umbral el mundo cambiaba de ritmo: el aire se volvía denso por el humo de las resinas,
el vino corría como si los dioses no conocieran límites y la música se mezclaba con risas bajas, promesas murmuradas y el roce de telas demasiado finas para ocultar realmente nada.
Anubis ocupaba uno de los divanes del fondo.
No porque hubiera buscado privacidad, sino porque incluso allí, en mitad del exceso, los espacios parecían reorganizarse a su alrededor.
Vestía de negro, como siempre, aunque la túnica se le había aflojado ligeramente en el cuello y dejaba ver parte de los tatuajes oscuros que ascendían por su piel.
Tenía una copa entre los dedos y los ojos más quietos de lo normal, lo que en él era siempre una mala señal.
Había bebido lo suficiente para que el vino le suavizara apenas los bordes de la paciencia, pero no tanto como para perder el control. Anubis podía buscar el olvido con una obstinación casi ofensiva, pero jamás se permitía entregarse del todo a nada que pudiera volverlo vulnerable.
Y Hathor lo volvía vulnerable.
Esa era la parte intolerable.
La cueva tras la cascada. El vapor del manantial azul pegándose a la piel.
La forma en que ella lo había mirado cuando creyó que podía sostenerle la rabia sin delatar el deseo.
Su boca a un suspiro de la suya. Su nombre pronunciado como advertencia.
El instante exacto en que, si el sheneb no hubiera sonado desde la orilla, quizá ninguno de los dos habría sido capaz de apartarse.
No la había besado.
No como quiso.
Y aun así seguía sintiéndola.
A su izquierda, uno de sus hombres reía con una mujer de cabello negro y sonrisa peligrosa, una de esas mujeres que sabían convertir una mirada en una invitación y un silencio en una promesa.
El otro había extendido las piernas sobre un cojín, con una copa casi vacía en una mano y una bailarina de ojos oscuros sentada junto a él, riéndose de algo que probablemente no tenía tanta gracia como él pretendía.
Ambos parecían cómodos en aquel caos, hechos para el ruido, para el vino, para la burla fácil y la compañía hermosa.
Anubis, en cambio, permanecía allí como una sombra demasiado elegante para mezclarse con el resto.
—Hay que reconocerlo —dijo el más ancho, alzando la copa hacia él con una sonrisa cargada de vino y mala intención—, para ser un hombre que ha venido a olvidar, estás poniendo muy poco entusiasmo en la tarea.
—Yo diría que está intentando intimidar al vino —añadió el otro, soltando una carcajada baja—. Míralo. Seguro que la copa ya se arrepiente de haber nacido.
Anubis no los miró de inmediato.
Giró lentamente la copa entre los dedos, observando cómo el líquido oscuro atrapaba la luz rojiza de las lámparas.
—El vino, al menos, sabe cuándo callarse —respondió finalmente.
—Eso ha dolido, alteza —replicó el primero, llevándose una mano al pecho con una teatralidad indecente—. Uno sale de caza, protege tu palacio de alimañas nocturnas y encima recibe desprecio.
—Trágico —añadió el segundo—. Dos chacales haciendo el trabajo sucio mientras su señor se sienta aquí a sufrir con vino caro y mujeres hermosas alrededor. Qué vida tan dura.
Anubis dejó la copa sobre la mesa baja con un golpe suave.
Apenas perceptible.
Suficiente.
Las mujeres cercanas desviaron la mirada hacia él. No se movió más. No hacía falta. Incluso sentado, incluso con vino en la sangre, seguía teniendo esa superioridad silenciosa que obligaba a los demás a recordar quién era antes de decidir cuánto podían bromear.
—¿Habéis salido de caza? —preguntó con voz baja.
—Algo así —respondió el primero, y la sonrisa le volvió a la boca de inmediato, sucia, satisfecha—. Nos encontramos con una presa bastante peculiar correteando por los corredores de servicio.
—Peculiar y rápida —añadió el segundo, inclinándose hacia delante—. Para ir vestida como una mendiga, corría con una dignidad absurda. Casi nos hizo sudar.
La expresión de Anubis no cambió.
Pero la quietud de sus ojos se volvió más afilada.
—Define peculiar.
—Vestida con harapos —dijo el primero—. Cubierta de ceniza, velo roto, manos sucias, moviéndose por el palacio como si no supiera si estaba escapando o metiéndose más dentro. Y con una lengua demasiado fina para alguien que pretendía pasar desapercibida.
La imagen empezó a formarse antes de que él quisiera permitirlo.
No.
No podía ser.
—No era una ladrona cualquiera —intervino el segundo, divertido—. Según ella, habíamos cometido un error gravísimo. Nos lo dijo con esa voz de reina ofendida que ponen algunos prisioneros cuando se dan cuenta de que la puerta se va a cerrar igual.
Anubis levantó la vista despacio.
No de golpe.
No con alarma.
Solo lo suficiente para que el primero dejara de reír un segundo antes de darse cuenta de que había dicho algo que tal vez no era tan gracioso.
—¿Qué más dijo?
—Que no podíamos encerrarla allí —respondió el primero, burlón otra vez, aunque con más cuidado—. Que no sabíamos a quién teníamos delante. Que era una diosa.
—Y no una diosa cualquiera —añadió el segundo, disfrutando de la memoria—.
Lo dijo como si esperara que nos arrodilláramos en mitad del pasillo: Hathor.
Hija de Ra. Una diosa. Imagínate la escena.
Una muchacha cubierta de hollín, con pinta de haber salido de una cocina incendiada, exigiendo respeto como si trajera el sol escondido bajo el vestido.
La mano de Anubis se quedó inmóvil sobre su túnica.
Fue apenas un segundo. Un movimiento interrumpido. Casi invisible para cualquiera que no lo conociera.
Pero ellos sí lo vieron.
Vieron cómo sus dedos dejaron de jugar con el hilo, cómo la calma de su rostro se mantuvo intacta mientras algo detrás de sus ojos se cerraba de golpe.
—¿La creísteis?
El primero soltó una risa corta.
—¿Tú la habrías creído? Si la hija de Ra estuviera paseando por tus corredores vestida de mendiga, cubierta de ceniza y huyendo como una ladrona, quizá el problema ya no sería nuestro, sino de todo Egipto.
—Además —añadió el segundo—, las diosas suelen llevar joyas, séquito, escolta... no ese aspecto de rata mojada que se ha colado por una grieta.
Anubis apartó la vista un instante.
Pero ya no estaba allí.
La imagen encajó con una precisión incómoda: Hathor metiéndose en problemas, el orgullo herido en sus ojos, la facilidad que tenía para estar donde no debía, aquella condenada tendencia a desafiar cualquier advertencia solo porque alguien había intentado imponerle un límite.
Vestida de mendiga.
Cubierta de ceniza.
Huyendo del palacio.
Diciendo su nombre a dos chacales que, por supuesto, no la habían creído.
El vino dejó de tener sabor.
—¿Dónde está?
—En tus mazmorras —respondió el primero, y esta vez la diversión se le apagó un poco—. Pensamos que te divertiría decidir si merece castigo, interrogatorio o una lección de obediencia.
—Aunque hay que admitir —dijo el segundo, incapaz de contenerse del todo— que era un dulce que no me importaría comerme.
Anubis volvió lentamente la cabeza hacia él.
La mujer que estaba rellenándole la copa se apartó un paso sin que nadie se lo pidiera. No porque Anubis hubiera alzado la voz, sino porque el aire alrededor de él había cambiado. La música seguía sonando. Las risas seguían creciendo al otro lado de la sala. Pero en aquel rincón la noche se enfrió.
—Elige mejor tus palabras.
El primero no se asustó de la forma en que lo haría cualquier otro, pero sí enderezó la espalda. El segundo dejó de sonreír durante el tiempo justo para comprender que la broma había terminado.
—Hermosa, entonces —rectificó, con una prudencia que no le sentaba natural—. Muy hermosa. Aunque cubierta de hollín y hecha un desastre.
Anubis se puso en pie.
No fue un movimiento brusco.
Pero sí definitivo.
El diván crujió bajo el abandono repentino de su peso. La mujer de ojos oscuros retrocedió otro paso y, por primera vez en toda la noche, el primero dejó la copa sobre la mesa con una lentitud mucho menos despreocupada que antes.
—¿Ya? —preguntó el segundo—. Apenas empezábamos a divertirnos.
Anubis lo miró.
—La diversión tendrá que esperar.
El primero entornó los ojos, comprendiendo demasiado tarde que aquello había dejado de ser una broma.
—¿Conoces a la ladrona?
Anubis no respondió enseguida.
La luz roja de las lámparas le marcaba el rostro en sombras, endureciendo la línea de la mandíbula y haciendo que sus ojos parecieran más verdes, más fríos, más peligrosos.
—Espero equivocarme —dijo.
Y la forma en que lo dijo dejó claro que no lo esperaba en absoluto.
El segundo se levantó también, más sobrio de golpe.
—¿Quieres que vayamos contigo?
—No.
El primero soltó una risa seca.
—Eso no era una pregunta.
Anubis lo miró con la paciencia de quien había oído demasiadas veces la misma insolencia y aun así la toleraba solo porque venía de ellos.
—Entonces caminad más rápido.
La respuesta arrancó una sonrisa inmediata al segundo, y el primero recogió su manto de un tirón mientras la música, el humo y las mujeres de la Casa del Placer quedaban atrás, reducidos a una distracción que no había cumplido su función.
Anubis cruzó la sala sin mirar a nadie más.
Ignoró las manos que intentaron retenerlo, las voces que pronunciaron su nombre con promesas suaves y el perfume dulce que se le adhería a la ropa como una mentira.
Había ido allí para olvidar.
Para borrar de su cuerpo la memoria de una boca que casi había rozado la suya en la cueva del manantial azul.
Para ahogar en vino el recuerdo de Hathor respirando demasiado cerca, mirándolo como si quisiera odiarlo y no pudiera hacerlo del todo.
Para convencerse de que la ceremonia adelantada la convertiría pronto en esposa de Horus y que, por tanto, desearla era una estupidez peligrosa.
Para recordarse que podía tener cualquier compañía y no necesitar precisamente a la única mujer que no podía permitirse querer.
Pero mientras salía a la noche con sus dos chacales a la espalda, la verdad lo siguió como una sombra.
No había olvidado nada.
Y, si la mujer encerrada en sus mazmorras era quien creía, esa noche acababa de volverse infinitamente más peligrosa.